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John Grisham-Intermediario
En las postrimerías de una presidencia destinada a interesar menos a
los historiadores que cualquier otra, aparte tal vez de la de William
Henry Harrison (treinta y un días desde el nombramiento hasta su
muerte), Arthur Morgan se reunió en el Despacho Oval con el último
amigo que le quedaba para reflexionar acerca de sus últimas disposiciones.
En aquel momento tenía la sensación de haberse equivocado en
todas las decisiones que había tomado durante los cuatro años precedentes
y a aquellas alturas no confiaba demasiado en poder enmendar
hasta cierto punto las cosas. Su amigo tampoco estaba muy seguro
aunque, como siempre, apenas habló y lo poco que dijo fue lo que el
presidente deseaba oír.
Se trataba de la cuestión de los indultos, de las súplicas desesperadas
de ladrones, malversadores y embusteros, algunos de ellos todavía en
la cárcel y otros que jamás habían cumplido condena pero, pese a ello,
querían recuperar el buen nombre y ver restituidos sus privilegios. Todos
alegaban ser amigos, o amigos de amigos, o bien partidarios acérrimos,
a pesar de que sólo unos cuantos habían tenido la ocasión de
manifestarle su apoyo antes de aquel momento. Qué pena que después
de cuatro tumultuosos años de gobernar el mundo libre todo quedara
reducido a un miserable montón de peticiones de un grupito de chorizos.
¿A qué ladrones se podía permitir volver a robar? Ésta era la trascendental
cuestión a la que se enfrentaba el presidente en aquellas
horas finales.
Su último amigo era Critz, un antiguo compañero de la asociación estudiantil
de su época universitaria en Cornell. En aquellos tiempos Morgan
dirigía la división administrativa y Critz atiborraba fraudulentamen3
te de papeletas las urnas electorales. En los últimos cuatro años Critz
había sido secretario de prensa, jefe de Estado Mayor, asesor de seguridad
nacional e incluso secretario de Estado, aunque sólo duró tres
meses en el cargo, del que fue fulminantemente destituido cuando, con
su singular estilo diplomático, estuvo a punto de desencadenar la Tercera
Guerra Mundial. El último nombramiento de Critz había tenido lugar
el octubre anterior, durante las últimas y enloquecidas semanas de
la violenta embestida de la reelección. Cuando las encuestas señalaban
que el presidente Morgan iba quedando rezagado en por lo menos cuarenta
estados, Critz se hizo con el control de la campaña y consiguió
enemistarlo con el resto del país, excepto, hasta cierto punto, con Alaska.
Habían sido unas elecciones históricas; jamás un presidente en ejercicio
había conseguido tan pocos votos electorales. Tres para ser exactos,
todos de Alaska, el único estado que Morgan no había visitado siguiendo
el consejo de Critz. Quinientos treinta y cinco para el aspirante,
tres para el presidente Morgan. La expresión «aplastante victoria» no
reflejaba ni por asomo la situación.
Una vez efectuado el recuento de votos, el aspirante, siguiendo un
mal consejo, decidió poner en tela de juicio los resultados de Alaska.
¿Por qué no ir por los quinientos treinta y ocho votos electorales?, se
dijo. Un candidato a la presidencia no tiene nunca la oportunidad de derrotar
por completo a su contrincante, de alzarse con la madre de todas
las victorias y dejar a su adversario sin un solo voto.
El presidente tuvo que padecer todavía durante otras seis semanas
mientras arreciaban los pleitos en Alaska. Cuando el Tribunal Supremo
le otorgó finalmente los tres votos electorales del estado, él y Critz se
bebieron discretamente una botella de champán.
El presidente Morgan se había enamorado de Alaska, a pesar de que
los resultados sólo le habían concedido finalmente un escaso margen de
diecisiete votos.
Habría tenido que evitar más estados.
Perdió incluso en su Delaware natal, donde el otrora esclarecido electorado
le había permitido ocho maravillosos años como gobernador. Si
él no había tenido tiempo de visitar Alaska, su contrincante había ignorado
por completo Delaware... ni la menor organización, ni anuncios en
televisión, nada para contrarrestar la campaña. ¡Y así y todo su oponente
había obtenido el 52 % de los votos!
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Critz, sentado en un sillón de cuero, sostenía en las manos un cuaderno
de apuntes con una lista de los cientos de cosas que había que
hacer de inmediato. Observó cómo su presidente se desplazaba muy
despacio de una ventana a la siguiente mientras escudriñaba la oscuridad
y soñaba con lo que hubiese podido ser. El hombre estaba deprimido
y humillado.
A los cincuenta y ocho años su vida había terminado, su carrera era
un fracaso, su matrimonio se estaba desmoronando. La señora Morgan
ya había regresado a Wilmington y bromeaba sin recato acerca de irse
a vivir a una cabaña de Alaska. Critz abrigaba ciertas dudas acerca de
la capacidad de su amigo de pasarse el resto de la vida cazando y pescando,
pero la perspectiva de vivir a más de tres mil kilómetros de la
señora Morgan resultaba de lo más seductora. Hubiesen podido ganar
en Nebraska si la un tanto aristocrática primera dama no se hubiera referido
a su equipo de fútbol como a los Sooners, tal como se conocía
popularmente a los habitantes del estado de Oklahoma.
¡Los Sooners de Nebraska!
De la noche a la mañana, Morgan cayó en picado no sólo en las encuestas
de Nebraska sino también en las de Oklahoma; jamás se recuperó.
Y en Tejas, su mujer tomó un bocado de una guindilla galardonada
con un premio y vomitó. Mientras la llevaban a toda prisa al hospital,
un micrófono captó sus todavía famosas palabras: «¿Cómo es posible
que sean ustedes tan retrasados como para comer semejante mierda?»
Nebraska cuenta con cinco votos electorales. Tejas tiene treinta y
cuatro. Insultar al equipo de fútbol local era un error al que hubiesen
podido sobrevivir. Sin embargo, ningún candidato supera una descripción
tan degradante de la guindilla de Tejas.
¡Menuda campaña! Critz estaba tentado de escribir un libro! Alguien
tenía que dejar constancia del desastre.
La colaboración de casi cuarenta años entre ambos estaba a punto de
terminar. Critz había conseguido un empleo con un contratista del Departamento
de Defensa por 200.000 dólares anuales y llevaría a cabo
una gira de conferencias a 50.000 dólares cada una siempre y cuando
hubiera alguien suficientemente desesperado como para pagarlos. Tras
dedicar su vida a la administración pública, se había quedado sin un
céntimo, estaba envejeciendo rápidamente y ansiaba ganar unos dólares.
El presidente había vendido su preciosa casa de Georgetown a muy
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buen precio. Se había comprado un pequeño rancho en Alaska donde
estaba claro que la gente lo admiraba y tenía previsto pasar el resto de
sus días allí, cazando, pescando y quizás escribiendo sus memorias.
Lo que hiciera en Alaska no tendría nada que ver ni con la política ni
con Washington. No sería un veterano estadista, la figura decorativa del
partido de nadie, la sabia voz de la experiencia. No emprendería ninguna
gira de despedida, no pronunciaría discursos en convenciones, no le
otorgarían ninguna cátedra de ciencias políticas. No habría ninguna biblioteca
presidencial. La gente se había expresado con claridad, de un
modo rotundo. Si no lo querían, él, desde luego, podía vivir sin ellos.
–Tenemos que tomar una decisión sobre Cuccinello –dijo Critz.
El presidente permanecía de pie junto a la ventana con la mirada
perdida en la oscuridad, pensando todavía en Delaware.
–¿Quién?
–Figgy Cuccinello, el director cinematográfico acusado de haber mantenido
relaciones sexuales con una joven aspirante a actriz.
–¿Cómo de joven?
–De quince años, creo.
–Eso es muy joven.
–Pues sí. Huyó a Argentina, donde ya lleva diez años. Ahora siente
nostalgia, quiere regresar y volver a rodar películas tremendas. Dice
que su arte lo está llamando para que regrese a casa.
–A lo mejor, son las chicas jóvenes las que lo están llamando para
que regrese a casa.
–Eso también.
–Diecisiete años no me molestaría. Quince es demasiado.
–Su oferta llega a los cinco millones.
El presidente se volvió y miró a Critz.
–¿Ofrece cinco millones por un indulto?
–Sí, y hay que decidir con rapidez. El dinero se tiene que sacar por
transferencia de Suiza. Y allí son las tres de la madrugada.
–¿Adonde iría a parar?
–Tenemos cuentas offshore en paraísos fiscales. Es fácil.
–¿Qué haría la prensa?
–Sería desagradable.
–Siempre es desagradable.
–Pero esto sería especialmente desagradable.
–La verdad es que a mí la prensa me importa un bledo –dijo Morgan.
–Pues entonces, ¿por qué lo preguntas? –quiso saber Critz.
–¿Se puede seguir el rastro del dinero? –preguntó el presidente, vol6
viéndose de nuevo hacia la ventana.
–No.
Con la mano derecha, el presidente se empezó a rascar la nuca, tal
como siempre hacía cuando se enfrentaba con una decisión difícil. A
punto de lanzar un ataque nuclear contra Corea del Norte se había rascado
la piel hasta hacerse sangre y mancharse el cuello de la camisa
blanca.
–La respuesta es nó –dijo–. Quince es demasiado joven.
Sin previo aviso se abrió la puerta y Artie Morgan, el hijo del presidente,
irrumpió en la habitación con una Heineken en una mano y unos
papeles en la otra.
–Acabo de hablar con la CIA –dijo con aire indiferente. Llevaba unos
vaqueros desteñidos e iba sin calcetines–. Maynard está de camino.
Dejó los papeles sobre el escritorio y se retiró dando un portazo.
Artie hubiese aceptado los cinco millones de dólares sin dudar, se dijo
Critz, independientemente de la edad de la chica. Quince años seguro
que no eran demasiado poco para Artie. Hubiesen ganado en Kansas si
no hubieran sorprendido a Artie en la habitación de un motel de Topeka
con tres animadoras, la mayor de diecisiete años. Un fiscal grandilocuente
había desestimado finalmente las acusaciones, dos días después
de las elecciones: las chicas firmaron una declaración jurada; no habían
mantenido relaciones sexuales con Artie. Estaban a punto de hacerlo y,
de hecho, habían faltado segundos para que participaran en toda clase
de retozos, pero una de las madres llamó a la puerta de la habitación
del motel e impidió la orgía.
El presidente se sentó en su mecedora de cuero simulando hojear
unos inútiles documentos.
–¿Qué es lo último que se sabe sobre Backman? –preguntó.
En los dieciocho años que llevaba como director de la CIA, Teddy
Maynard había estado en la Casa Blanca menos de diez veces. Y jamás
para cenar (siempre declinaba la invitación por motivos de salud), y
jamás para saludar a un pez gordo extranjero (era algo que le importaba
un carajo). Cuando podía caminar se pasaba alguna vez por allí para
consultas con el presidente de turno y quizá con algún que otro de los
que elaboraban sus programas políticos. Desde que iba en silla de ruedas,
hablaba con la Casa Blanca por teléfono. Nada menos que todo un
vicepresidente había sido conducido dos veces en automóvil a Langley
para reunirse con Maynard.
La única ventaja de ir en silla de ruedas era que le daba un pretexto
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para ir o quedarse o hacer lo que le diera la real gana. Nadie quería
presionar a un viejo lisiado.
Se había pasado casi cincuenta años trabajando como espía, pero
ahora prefería el lujo de mirar directamente a su espalda cuando se
desplazaba por ahí. Viajaba en una furgoneta blanca sin identificación –
con cristales a prueba de balas, paredes de plomo y dos chicos armados
hasta los dientes sentados detrás del chofer, también armado hasta los
dientes–, con su silla de ruedas fijada al suelo en la parte posterior y
mirando hacia atrás para que Teddy viera el tráfico que no podía verle a
él. Otras dos furgonetas lo seguían a cierta distancia: cualquier imprudente
intento de acercarse al director hubiese sido inmediatamente
abortado. No se esperaba ninguno. Casi todo el mundo creía a Teddy
Maynard muerto o pasando perezosamente sus últimos días en alguna
residencia secreta donde se enviaba a morir a los viejos espías.
Teddy así lo quería.
Iba envuelto en un pesado quilt de color gris y lo atendía Hoby, su fiel
ayudante.
Mientras la furgoneta circulaba por el Cinturón a una velocidad constante
de noventa y cinco kilómetros por hora, Teddy bebía té verde escanciado
desde un termo por Hoby y contemplaba los vehículos que los
seguían.
Hoby permanecía sentado al lado de la silla de ruedas en un taburete
de cuero hecho especialmente para él.
Tras tomarse un sorbo de té, Teddy preguntó:
–¿Dónde está Backman en estos momentos?
–En su celda –contestó Hoby.
–¿Y nuestra gente está con el director de la cárcel?
–Están sentados en su despacho, esperando.
Otro sorbo de la taza de papel cuidadosamente sostenida con ambas
manos.
Las manos eran frágiles, surcadas por venas y del color de la leche
descremada, como si ya hubieran muerto y esperaran pacientemente al
resto del cuerpo.
–¿Cuánto se tardará en sacarlo del país?
–Unas cuatro horas.
–¿Y el plan está bien organizado?
–Todo está a punto. Esperamos la luz verde.
–Espero que este imbécil vea las cosas a mi manera.
Critz y el imbécil contemplaban las paredes del Despacho Oval y su
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silencio quedaba interrumpido de vez en cuando por algún comentario
acerca de Joel Backman. Tenían que hablar de algo, pues ninguno de
los dos quería mencionar lo que realmente pensaba.
«¿Es posible que esté ocurriendo?»
«¿De veras es el final?»
Cuarenta años. De Cornell al Despacho Oval. Un final tan brusco que
no habían tenido tiempo para prepararse debidamente. Contaban con
cuatro años más. Cuatro años de gloria para crearse un legado con
habilidad y después alejarse noblemente hacia el ocaso.
Aunque ya era tarde, fuera parecía todavía más oscuro. Las ventanas
que daban a la Rosaleda eran negras. Casi podía oírse el incesante tictac
del reloj de pared colgado encima de la repisa de la chimenea en su
cuenta atrás definitiva.
–¿Qué hará la prensa si indulto a Backman? –preguntó el presidente,
no por primera vez.
–Se pondrá furiosa.
–Tendría gracia.
–Tú ya no estarás.
–No, es cierto.
Finalizada la ceremonia del traspaso de poderes, al mediodía del día
siguiente, su huida de Washington empezaría en un jet privado (propiedad
de una petrolera) hasta la residencia de un viejo amigo suyo en la
isla de Barbados. Siguiendo las instrucciones de Morgan, se habían retirado
los televisores de la residencia, no entregarían periódicos ni revistas
y todos los teléfonos habían sido desconectados. No se mantendría
en contacto con nadie, ni siquiera con Critz, y menos con la señora
Morgan durante por lo menos un mes. Le importaba un bledo que ardiera
Washington. De hecho, esperaba en su fuero interno que ardiera.
Después, de Barbados se trasladaría en secreto a su cabaña de Alaska y
allí seguiría ignorando al mundo durante el invierno y hasta la llegada
de la primavera.
–¿Deberíamos indultarlo? –preguntó el presidente.
–Probablemente –contestó Critz.
Ahora el presidente había pasado al «nosotros», cosa que hacía invariablemente
cuando tenía que tomar alguna decisión potencialmente
impopular. Para las fáciles siempre utilizaba el «yo». Cuando necesitaba
una muleta, y sobre todo cuando necesitaba a alguien a quien echar la
culpa, ampliaba el proceso de toma de decisiones e incluía a Critz, que
llevaba cuarenta años cargando con la culpa y, aunque no cabía duda
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de que estaba acostumbrado, era evidente que ya estaba cansado.
–Muy probablemente no estaríamos ahora aquí de no haber sido por
Joel Backman.
–Puede que tengas razón –dijo el presidente.
Siempre había afirmado que debía su elección a su brillante y carismática
personalidad para organizar campañas, a su impresionante comprensión
de las cuestiones y a su clara visión de Estados Unidos. El
hecho de tener que reconocer finalmente que le debía algo a Joel
Backman resultaba casi sorprendente.
Pero Critz era demasiado insensible y estaba demasiado cansado para
sorprenderse.
Seis años antes el escándalo Backman había arrastrado a buena parte
de Washington y, al final, salpicado la Casa Blanca. Una nube se cernió
sobre un presidente popular y le allanó el camino a Arthur Morgan hacia
la presidencia.
Ahora, saliendo a trompicones, Morgan saboreaba la idea de propinarle
un arbitrario tortazo en la cara al establishment de Washington
que se había pasado cuatro años ninguneándolo. El indulto para Joel
Backman sacudiría los muros de todos los edificios comerciales del distrito
de Columbia y el escándalo de la prensa provocaría una conmoción
de colosales proporciones. A Morgan le gustaba la idea. Mientras él tomaba
el sol en Barbados, la ciudad volvería a quedarse atascada una
vez más, los congresistas exigirían la celebración de vistas, los fiscales
actuarían ante las cámaras y los insoportables bustos parlantes escupirían
su verborrea en los noticiarios por cable.
El presidente sonrió, contemplando la oscuridad.
En el puente Arlington Memorial sobre el río Potomac Hoby volvió a
llenar de té verde la taza de papel del director.
–Gracias –dijo Teddy en voz baja–. ¿Qué hará nuestro chico mañana
cuando abandone el cargo? –preguntó.
–Huirá del país.
–Hubiese tenido que irse antes.
–Tiene previsto pasar un mes en el Caribe lamiéndose las heridas,
ajeno al mundo, haciendo pucheros y esperando a que alguien le demuestre
un poco de interés.
–¿Y la señora Morgan?
–Ya está otra vez en Delaware jugando al bridge.
–¿Se van a separar?
–Si él no es tonto. ¿Quién sabe?
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Teddy tomó cuidadosamente un sorbo de té.
–Bueno pues, ¿cuál será nuestra influencia en caso de que Morgan
oponga resistencia?
–No creo que la oponga. Las conversaciones preliminares han ido
muy bien. Parece que Critz acepta la idea. Ahora comprende las cosas
mucho mejor que Morgan. Critz sabe que jamás habrían visto el Despacho
Oval de no ser por el escándalo Backman.
–Pero, repito, ¿qué influencia podemos ejercer en caso de que se resista?
–Ninguna, en realidad. Es idiota, pero honrado.
Abandonaron la avenida Constitución para enfilar la calle Dieciocho y
cruzaron enseguida la puerta este de la Casa Blanca. Unos hombres
armados con metralletas aparecieron en la oscuridad y poco después
los agentes del Servicio Secreto con sus trincheras negras detuvieron la
furgoneta. Se utilizaron unas palabras en clave, las radios chirriaron y,
en cuestión de minutos, Teddy fue sacado de la furgoneta. Una vez
dentro, un registro superficial de su silla de ruedas reveló tan sólo a un
arropado y lisiado anciano.
Artie, sin la Heineken y una vez más sin llamar, asomó la cabeza por
la puerta y anunció:
–Aquí está Maynard.
–O sea que está vivo –dijo el presidente.
–Por los pelos.
–Pues que lo hagan pasar.
Hoby y un agente llamado Priddy siguieron a la silla de ruedas hasta
el interior del Despacho Oval. El presidente y Critz saludaron a sus
huéspedes y los acompañaron a la zona de los asientos, ante la chimenea.
Aunque Maynard evitaba la Casa Blanca, Priddy vivía prácticamente
allí e informaba cada mañana al presidente acerca de cuestiones relacionadas
con el servicio de espionaje.
Mientras se acomodaban, Teddy miró a su alrededor como si buscara
micrófonos ocultos y dispositivos de escucha. Estaba casi seguro de que
no había ninguno; aquella práctica se había terminado con el Watergate.
Nixon había mandado instalar en la Casa Blanca suficientes alambres
como para controlar a una pequeña ciudad, pero, como es natural,
lo había pagado muy caro. Teddy, en cambio, estaba bien controlado.
Cuidadosamente oculta encima del eje de su silla de ruedas, a pocos
centímetros por debajo de su asiento, había una potente grabadora que
captaría todos los sonidos emitidos en el transcurso de los siguientes
treinta minutos.
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Trató de mirar con una sonrisa al presidente Morgan, pero, en realidad,
hubiese querido decirle algo así como: «Sin duda es usted el político
más limitado que jamás he conocido. Sólo en Estados Unidos un imbécil
como usted habría podido llegar a la cumbre.»
El presidente Morgan miró con una sonrisa a Teddy Maynard, pero, en
realidad, hubiese querido decirle algo así como: «Le habría tenido que
despedir hace cuatro años. Su agencia ha sido un constante motivo de
vergüenza para este país.»
Teddy: «Me sorprendió que ganara en un solo estado, aunque fuera
por diecisiete votos.»
Morgan: «No sería usted capaz de encontrar a un terrorista ni siquiera
aunque se anunciara en un tablón de anuncios.»
Teddy: «Que le vaya bien la pesca. Pescará todavía menos truchas
que votos.»
Morgan: «¿Por qué no se murió de una puñetera vez tal como todo el
mundo me prometió que iba a hacer?»
Teddy: «Los presidentes van y vienen, pero yo nunca me voy.»
Morgan: «Fue Critz quien quiso mantenerle en el cargo. Agradézcaselo
a él. Yo quería pegarle la patada a las dos semanas del comienzo de
mi mandato.»
Critz preguntó en voz alta:
–¿Alguien quiere café?
–No –contestó Teddy y, en cuanto lo hubo dicho, Hoby y Priddy declinaron
también el ofrecimiento.
Y, puesto que la CIA no quería café, el presidente Morgan dijo:
–Sí, solo y con dos terrones.
Critz le hizo una seña con la cabeza a un secretario que esperaba junto
a una puerta lateral entornada. Se volvió hacia los reunidos diciendo:
–No disponemos de mucho tiempo.
Teddy se apresuró a contestar:
–Estoy aquí para discutir la cuestión de Joel Backman.
–Sí, por eso está usted aquí –dijo el presidente.
–Tal como usted sabe –añadió Teddy casi ignorando al presidente, el
señor Backman ingresó en prisión sin decir ni una palabra. Sigue conservando
unos secretos que, francamente, podrían poner en un apuro
la seguridad nacional.
–No se le puede matar –terció Critz.
–No podemos colocar en la diana a ciudadanos norteamericanos, señor
Critz. Va en contra de la ley. Preferimos que lo haga otro.
–No le entiendo –dijo el presidente.
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–Este es el plan. Si usted concede el indulto al señor Backman y él
acepta el indulto, lo sacaremos del país en cuestión de unas horas.
Tendrá que acceder a pasarse el resto de su vida escondido. Eso no
tendría que suponer ningún problema porque hay varias personas que
quisieran verle muerto y él lo sabe. Lo recolocaremos en un país extranjero,
probablemente en Europa, donde nos será más fácil vigilarlo.
Dispondrá de una nueva identidad. Será un hombre libre y, con el tiempo,
la gente se olvidará de Joel Backman.
–Eso no es el fin de la historia –dijo Critz.
–No. Esperaremos, puede que un año, filtraremos la noticia en los lugares
apropiados. Localizarán al señor Backman y lo liquidarán y, cuando
lo hagan, muchas de nuestras preguntas quedarán contestadas.
Una prolongada pausa mientras Teddy miraba a Critz y después al
presidente. Cuando tuvo la certeza de que ambos estaban absolutamente
desconcertados, siguió adelante.
–Es un plan muy sencillo, caballeros. Es simplemente cuestión de
quién lo mata.
–¿O sea que usted lo controlará?
–Muy de cerca.
–¿Quién lo persigue? –preguntó el presidente.
Teddy volvió a juntar las venosas manos, se echó un poco hacia atrás
y después miró hacia abajo desde su larga nariz como un maestro de
escuela que se estuviera dirigiendo a sus párvulos de tercer grado.
–Tal vez los rusos, los chinos, quizá los israelíes. Podría haber otros.
Por supuesto que había otros, pero nadie esperaba que Teddy revelara
todo lo que sabía. Jamás lo había hecho y jamás lo haría, independientemente
de quién fuera el presidente y del tiempo que éste hubiera
pasado en el Despacho Oval. Iban y venían, algunos duraban cuatro
años, otros ocho. A algunos les encantaba el espionaje, otros sólo se
preocupaban por las últimas encuestas. Morgan se había mostrado particularmente
inepto en política exterior y, habida cuenta de las pocas
horas que le quedaban en la Administración, estaba claro que Teddy no
iba a divulgar más que lo necesario para conseguir el indulto.
–¿Y por qué razón iba Backman a aceptar semejante acuerdo? –
preguntó Critz.
–Puede que no lo acepte –contestó Teddy–. Pero lleva seis años en
una celda de aislamiento. Eso son veinticuatro horas al día en una diminuta
celda. Una hora de sol. Tres duchas semanales. Mala comida...
dicen que ha perdido veinticinco kilos. Tengo entendido que no anda
muy bien de salud.
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Dos meses antes, después de la arrolladora victoria del aspirante,
Teddy Maynard había elaborado el plan de aquel indulto y tirado de alguno
de sus muchos hilos: las condiciones de aislamiento de Backman
habían empeorado considerablemente. Habían bajado casi cuatro grados
la temperatura de la celda y llevaba un mes tosiendo sin parar. Su
comida, más bien insulsa, se procesaba por segunda vez y se la servían
fría. Se pasaban la mitad del tiempo echando el agua de su retrete. Los
vigilantes lo despertaban a todas horas de la noche. Le habían recortado
los privilegios telefónicos. Se le había prohibido de repente el acceso
a la biblioteca jurídica que utilizaba dos veces por semana. Backman,
que era abogado, conocía sus derechos y amenazaba con toda clase de
denuncias contra la cárcel y el Gobierno, pero aún no había presentado
ninguna. La lucha se estaba cobrando su tributo. Pedía pastillas para
dormir y Prozac.
–¿Quiere que indulte a Joel Backman para que usted pueda organizar
su asesinato? –preguntó el presidente.
–Sí –contestó Teddy sin andarse con rodeos–. Aunque, en realidad,
no lo organizaremos.
–Pero ocurrirá.
–Sí.
–¿Y su muerte redundará en interés de nuestra seguridad nacional?
–Estoy firmemente convencido de ello.
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El ala de aislamiento del Penal Federal de Rudley disponía de cuarenta
celdas idénticas de unos tres metros y medio cuadrados, sin ventanas
ni barrotes, con suelo de hormigón pintado de verde, paredes de
ladrillo de cenizas y una sólida puerta metálica con una estrecha ranura
en la parte inferior para las bandejas de la comida y una pequeña mirilla
para que los guardias echaran un vistazo de vez en cuando. El ala
estaba llena de confidentes del Gobierno, soplones relacionados con el
narcotráfico, mafiosos inadaptados, un par de espías, hombres que necesitaban
permanecer encerrados porque en casa había mucha gente
gustosamente dispuesta a cortarles la garganta. Casi todos los cuarenta
reclusos que permanecían en régimen de arresto protegido habían pedido
estar en el ala A.
Joel Backman intentaba dormir cuando dos guardias abrieron ruidosamente
su puerta y encendieron la luz.
–El director quiere verle –dijo uno de ellos, sin más explicaciones.
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Cruzaron en silencio la gélida pradera de Oklahoma en una furgoneta
de la prisión, pasando por delante de otros edificios que albergaban a
delincuentes menos seguros hasta llegar al edificio de la administración.
Backman, esposado sin ningún motivo aparente, fue conducido a toda
prisa al interior y después le hicieron subir dos tramos de escalera y bajar
por un largo pasillo hasta un espacioso despacho donde las luces
permanecían encendidas y algo importante estaba ocurriendo. Vio un
reloj en la pared; eran casi las once de la noche.
Jamás había visto al director, lo cual no era insólito. Por muchas y
buenas razones el director no se dejaba ver demasiado. No se presentaba
candidato a ningún cargo y no tenía el menor interés en motivar a
sus tropas. Lo acompañaban otros tres hombres de aspecto muy serio
que llevaban un rato conversando. A pesar de que el tabaco estaba rigurosamente
prohibido en los despachos del Gobierno de Estados Unidos,
había un cenicero lleno y una densa niebla se elevaba casi hasta el
techo.
El director dijo sin preámbulos:
–Siéntese allí, señor Backman.
–Encantado de conocerle –dijo Backman, mirando a los otros hombres
presentes en la estancia–. ¿Por qué estoy aquí exactamente?
–A eso vamos.
–¿Podría, por favor, quitarme estas esposas? Le prometo no matar a
nadie.
El director chasqueó los dedos en dirección a uno de los guardias, que
sacó rápidamente una llave y liberó a Backman. A continuación, el
guardia salió a toda prisa de la habitación con un ruidoso portazo, para
disgusto del director, que era un hombre muy nervioso.
–Éste es el agente especial Adair del FBI –dijo, señalándolo–. Este es
el señor Knabe del Departamento de Justicia. Y éste es el señor Sizemore,
también de Washington.
Ninguno de los tres hizo ademán alguno de acercarse a Backman, que
permanecía todavía de pie completamente perplejo. Los saludó con una
inclinación de cabeza en un parco intento de ser educado. Sus esfuerzos
no fueron correspondidos.
–Siéntese, por favor –dijo el director, y Backman, finalmente, se sentó–.
Gracias. Como usted sabe, señor Backman, un nuevo presidente
está a punto de jurar su cargo. El presidente Morgan está listo para
marcharse. Ahora mismo se encuentra en el Despacho Oval, estudiando
la decisión de concederle a usted el pleno indulto.
Backman experimentó de repente un violento acceso de tos, provocado
en parte por la temperatura casi polar de su celda y en parte por el
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sobresalto de la palabra «indulto».
El señor Knabe del Departamento de Justicia le ofreció una botella de
agua cuyo contenido él se bebió mojándose la barbilla hasta que, finalmente,
consiguió dominar la tos.
–¿Un indulto? –preguntó en un susurro.
–Un pleno indulto con ciertos beneficios adicionales.
–Pero ¿por qué?
–El porqué no lo sé, señor Backman, mi misión no consiste en comprender
lo que ocurre. Yo soy simplemente el mensajero.
El señor Sizemore, presentado simplemente como «de Washington»,
sin título o cargo añadido, dijo:
–Es un trato, señor Backman. A cambio de un pleno indulto, deberá
usted acceder a abandonar el país para jamás regresar y vivir con una
nueva identidad en un lugar donde nadie le pueda encontrar.
«Ningún problema», pensó Backman. No quería que lo encontraran.
–Pero ¿por qué? –volvió a preguntar.
La botella de agua que sostenía en la mano izquierda temblaba visiblemente.
Mientras la veía temblar, el señor Sizemore de Washington estudió a
Joel Backman de la cabeza a los pies, desde su cabello gris casi rapado
hasta sus viejas zapatillas de atletismo baratas, con los calcetines negros
de la cárcel, y no pudo por menos que recordar la imagen de aquel
hombre en su vida anterior. Le vino a la mente la portada de una revista.
Una sofisticada fotografía de Joel Backman con un traje negro italiano
de corte impecable, cuidado al detalle y mirando a la cámara con
tanta vanidad como cupiera imaginar. Su cabello era entonces más largo
y oscuro, el hermoso rostro terso y sin arrugas, la cintura ancha
hablaba de muchos almuerzos de poder y de cenas de cuatro horas de
duración. Le encantaban la comida, las mujeres y los automóviles deportivos.
Tenía un jet privado, un yate y un puesto en Vail, de todo lo
cual siempre estaba dispuesto a presumir. El llamativo titular por encima
de su cabeza decía:
EL INTERMEDIARIO: ¿ES EL SEGUNDO HOMBRE
MÁS PODEROSO DE WASHINGTON?
La revista se encontraba en la cartera de documentos del señor Sizemore
junto con una abultada carpeta acerca de Joel Backman. Le
había echado un vistazo durante el vuelo de Washington a Tulsa.
Según el artículo de la revista, los ingresos del intermediario supera16
ban al parecer los diez millones de dólares anuales, si bien el entrevistado
se había mostrado más bien parco al respecto con el reportero. En
el bufete jurídico que había fundado trabajaban doscientos abogados,
un número más bien reducido para Washington, pero era sin duda el
más poderoso en los círculos políticos: una máquina de fabricación de
lobbys, no un lugar donde unos auténticos abogados ejercieran su profesión.
Más bien una especie de burdel para poderosas empresas y Gobiernos
extranjeros.
«Oh, cómo han caído los poderosos», pensó en su fuero interno el
señor Sizemore mientras contemplaba el temblor de la botella.
–No lo entiendo –acertó a musitar Backman.
–Y nosotros no tenemos tiempo de explicárselo –dijo el señor Sizemore–.
Es un trato rápido, señor Backman. Por desgracia, no dispone usted
de tiempo para pensarlo. Se le exige que tome una decisión inmediata.
Sí o no. ¿Quiere quedarse aquí o quiere vivir con otro nombre en
la otra punta del mundo?
–¿Dónde?
–No sabemos dónde, pero ya lo pensaremos.
–¿Estaré seguro?
–Sólo usted puede responder a la pregunta, señor Backman.
Mientras el señor Backman reflexionaba acerca de su propia pregunta,
su temblor se intensificó.
–¿Cuándo me iré? –preguntó muy despacio. Su voz había recuperado
momentáneamente la fuerza, pero otro violento acceso de tos acechaba.
–Inmediatamente –contestó el señor Sizemore, el cual se había hecho
con el control de la reunión, relegando al director, al FBI y al Departamento
de Justicia al papel de simples espectadores.
–¿Quiere decir ahora mismo?
–Ya no regresará a su celda.
–¡Joder! –exclamó Backman, y los demás no pudieron por menos que
sonreír.
–Hay un guardia esperando junto a su celda –dijo el director–. Él le
traerá lo que usted quiera.
–Siempre hay un guardia esperando junto a mi celda –le replicó
Backman al director–. Si es ese pequeño y sádico hijo de puta de Sloan,
díganle que se corte las muñecas con mis cuchillas de afeitar.
Todos tragaron saliva y esperaron a que las palabras escaparan por
los respiraderos de la calefacción, pero cortaron el contaminado aire y
resonaron un instante en la habitación.
El señor Sizemore carraspeó, desplazó el peso del cuerpo de la posa17
dera izquierda a la derecha y dijo:
–Hay unos caballeros esperando en el Despacho Oval, señor Backman.
¿Va usted a aceptar el trato?
–¿El presidente me está esperando a mí?
–Se podría decir que sí.
–Está en deuda conmigo. Yo lo coloqué allí.
–No es el momento de hablar de estas cuestiones, señor Backman –
dijo serenamente el señor Sizemore.
–¿Acaso me devuelve el favor?
–Ignoro lo que piensa el presidente.
–Da por sentado que es capaz de pensar.
–Voy a llamar y a decirles que la respuesta es no.
–Espere.
Backman apuró el contenido de la botella de agua y pidió otra. Se secó
la boca con la manga y después dijo:
–¿Es algo así como un programa de protección de testigos o algo por
el estilo?
–No es un programa oficial, señor Backman. Pero, de vez en cuando,
nos hace falta ocultar a la gente.
–¿Con cuánta frecuencia pierden a alguien?
–No con mucha.
–¿No con mucha? O sea que no hay garantía de que yo vaya a estar a
salvo.
–No hay nada garantizado. Pero sus posibilidades son muy buenas.
Backman miró al director y le preguntó:
–¿Cuántos años me quedan aquí, Lester?
Lester regresó bruscamente a la conversación. Nadie le llamaba Lester,
un nombre que él aborrecía y evitaba. La placa con el nombre que
figuraba en su escritorio ponía «L. Howard Cass».
–Catorce años, y podría dirigirse a mí como director Cass.
–Cass un cuerno. Lo más probable es que muera dentro de tres. Una
combinación de desnutrición, hipotermia y cuidados sanitarios negligentes
se encargarían de ello. Aquí Lester gobierna muy bien el barco, chicos.
–¿Podríamos continuar? –preguntó el señor Sizemore.
–Por supuesto que acepto el trato –dijo Backman–. ¿Qué necio no lo
haría?
Al final, el señor Knabe del Departamento de Justicia se movió. Abrió
una cartera de documentos diciendo:
–Aquí está la documentación.
–¿Para quién trabaja? –le preguntó Backman al señor Sizemore.
18
–Para el presidente de Estados Unidos.
–Bien, dígale que no voté por él porque estaba en chirona. Pero lo
habría hecho sin duda de haber tenido la ocasión. Y dígale que le he
dado las gracias, ¿de acuerdo?
–Por supuesto.
Hoby llenó otra taza de té verde, ahora sin teína porque ya era casi
medianoche, y se la entregó a Teddy, que, envuelto en una manta,
contemplaba el tráfico que tenían a su espalda. Se encontraban en la
avenida Constitución, saliendo de la ciudad, muy cerca del puente Roosevelt.
El viejo tomó un sorbo y dijo:
–Morgan es demasiado estúpido como para vender indultos. Pero el
que me preocupa es Critz.
–Hay una nueva cuenta en la isla de Nevis –dijo Hoby–. Apareció
hace un par de semanas, abierta por una oscura empresa propiedad de
Floyd Dunlap.
–¿Y ése quién es?
–Uno de los recaudadores de fondos de Morgan.
–¿Por qué Nevis?
–Es el lugar más en boga actualmente para las actividades offshore.
–¿Y la tenemos cubierta?
–Por todas partes. Cualquier transferencia debería tener lugar en las
próximas cuarenta y ocho horas.
Teddy asintió levemente con la cabeza y miró a su izquierda para
echar un vistazo parcial al centro Kennedy.
–¿Dónde está Backman?
–Está abandonando la prisión.
Teddy sonrió y tomó un sorbo de té. Cruzaron el puente en silencio y,
cuando el Potomac estuvo a su espalda, preguntó finalmente:
–¿Quién se lo cargará?
–¿Importa eso realmente?
–No, por supuesto. Pero resultará muy agradable contemplar la contienda.
Vestido con un uniforme militar muy gastado pero almidonado y planchado,
con todas las aplicaciones y las placas eliminadas, unas relucientes
botas negras de combate y una gruesa parka de la Marina con capucha,
que él se colocó cuidadosamente alrededor de la cabeza, Joel
Backman salió del Penal Federal de Rudley cinco minutos después de
medianoche, catorce años antes de lo debido. Había permanecido seis
años allí en una celda de aislamiento y, al salir, llevaba consigo una pe19
queña bolsa de lona con unos cuantos libros y algunas fotografías. No
miró atrás.
Tenía cincuenta y dos años, estaba divorciado y sin un céntimo, totalmente
distanciado de dos de sus tres hijos. Todos los amigos le habían
olvidado. Ninguno se había molestado en mantener una correspondencia
después del primer año de su reclusión. Una antigua novia, una
de las incontables secretarias a las que había perseguido por sus elegantes
despachos, le había escrito durante diez meses hasta que el
Washington Post publicó que el FBI había llegado a la conclusión de que
no era probable que Joel Backman hubiera defraudado a su bufete y a
sus clientes millones de dólares como inicialmente se había rumoreado.
¿Quién quiere cartearse con un abogado arruinado y convicto? Con
uno rico, tal vez…
Su madre le escribía de vez en cuando, pero tenía noventa y un años
y vivía en una residencia para personas con pocos recursos cerca de
Oakland. Cada carta que recibía de ella le daba la impresión de que iba
a ser la última. Él le escribía una vez a la semana, pero dudaba de que
ella pudiera leer algo y estaba casi seguro de que nadie del personal
tenía tiempo ni interés en leérselo. Ella siempre le decía «gracias por la
carta», pero jamás le mencionaba lo que él le comentaba. Le enviaba
postales en las ocasiones especiales. En una de sus cartas ella le había
confesado que nadie más se acordaba de su cumpleaños.
Las botas pesaban mucho. Mientras avanzaba por la acera se dio
cuenta de que se había pasado casi los seis años anteriores en calcetines
y sin zapatos. Qué cosas tan curiosas piensa uno cuando lo sueltan
sin previo aviso. ¿Cuándo había sido la última vez que calzó botas? ¿Y
cuándo se podría librar de las muy condenadas?
Se detuvo un segundo y miró al cielo. Durante una hora diaria le
habían permitido pasear por un pequeño patio de hierba en el exterior
de su ala de la prisión. Siempre solo, siempre vigilado por un guardia,
como si él, Joel Backman, un antiguo abogado que jamás en su vida
había disparado un arma de fuego en un acceso de furia, fuera a convertirse
de repente en un personaje peligroso y causar algún daño a alguien.
El «jardín» estaba rodeado por una valla de tres metros de altura
de tela metálica rematada por alambre de púas. Más allá había un
canal de desagüe vacío y, más allá todavía, una interminable pradera
sin árboles que debía de llegar hasta Tejas.
El señor Sizemore y el agente Adair eran sus escoltas. Lo acompañaron
a un utilitario deportivo de color verde oscuro que, a pesar de no
llevar identificación, proclamaba a gritos su condición de «propiedad estatal
». Joel ocupó el asiento de atrás y se puso a rezar. Cerró fuerte20
mente los ojos, apretó los dientes y le pidió a Dios que, por favor, permitiera
que el motor se pusiera en marcha, las ruedas se movieran, las
puertas se abrieran y la documentación estuviera en regla. «Por favor,
Dios mío, no me gastes bromas crueles. ¡Que esto no sea un sueño, por
favor, Dios mío!»
Veinte minutos más tarde, Sizemore fue el primero en hablar.
–Por cierto, señor Backman, ¿tiene usted apetito?
El señor Backman había dejado de rezar y se había puesto a llorar. El
vehículo se había estado moviendo con regularidad, pero él no había
abierto los ojos. Permanecía tumbado en el asiento trasero ruchando infructuosamente
con sus emociones.
–Desde luego que sí –contestó.
Se incorporó y miró afuera. Iban por una carretera interestatal. Pasaron
junto a un cartel de señalización verde que decía: SALIDA PERRY.
Se detuvieron en el estacionamiento de una casa especializada en tortitas,
a menos de cuatrocientos metros de la interestatal. A lo lejos,
grandes camiones circulaban penosamente a toda potencia de sus motores
diesel. Joel los contempló un segundo y prestó atención. Levantó
de nuevo los ojos y vio una media luna.
–¿Tenemos prisa? –preguntó Sizemore mientras entraban en el restaurante.
–Vamos bien de horario –fue la respuesta.
Se sentaron alrededor de una mesa cerca de la ventana de la fachada
mientras Joel miraba hacia el exterior. Pidió una torrija impregnada de
huevo y leche con fruta, nada muy sustancioso, pues temía que su
cuerpo estuviera demasiado acostumbrado a las bazofias con que se
había alimentado hasta entonces.
La conversación fue muy escasa; los dos chicos del Gobierno estaban
programados para decir muy poco y eran incapaces de mantener una
conversación intrascendente. Y a Joel no le apetecía oír lo que pudieran
decirle.
Trató de no sonreír. Sizemore informaría más tarde de que Backman
miraba ocasionalmente hacia la puerta y parecía observar detenidamente
a los demás clientes. No parecía asustado, muy al contrario. A
medida que transcurrían los minutos y disminuía el sobresalto, pareció
que se adaptaba rápidamente y se animaba un tanto. Devoró dos raciones
de torrijas y se bebió cuatro tazas de café solo.
Pocos minutos después de las cuatro de la madrugada cruzaron la
verja de Fort Summit, cerca de Brinkley, Tejas. Backman fue conducido
21
al hospital de la base y examinado por dos médicos. Exceptuando un
resfriado, la tos y la extrema delgadez, no estaba en mala forma. Después
fue acompañado a un hangar donde le presentaron al coronel
Gantner, el cual se convirtió de inmediato en su mejor amigo. Siguiendo
las instrucciones de Gantner y bajo su estrecha supervisión, Joel se
cambió de ropa y se puso un mono verde de paracaidista del Ejército
con el apellido HERZOG estampado en el bolsillo derecho.
–¿Ése soy yo? –preguntó Joel, contemplando el apellido.
–Durante las próximas cuarenta y ocho horas –contestó Gantner.
–¿Y mi graduación?
–Comandante.
–No está mal. |
En algún momento, durante aquellas sucintas instrucciones, el señor
Sizemore de Washington y el agente Adair se marcharon y Joel Backman
jamás los volvió a ver.
Con las primeras luces del alba, Joel cruzó la escotilla posterior de un
C–130 de carga y siguió a Gantner hasta un pequeño cuarto de literas
del nivel superior donde otros seis soldados se estaban preparando para
un largo vuelo.
–Ocupe esta litera –le dijo Gantner, indicándole una próxima al suelo.
–¿Puedo preguntar adonde vamos? –dijo Joel en voz baja.
–Puede, pero yo no le puedo contestar.
–Simple curiosidad.
–Le informaré cuando aterricemos.
–¿Y eso cuándo será?
–Dentro de unas catorce horas.
Sin ninguna ventanilla para distraerse, Joel se tumbó en la litera, se
cubrió la cabeza con una manta y ya roncaba cuando despegaron.
3
Critz durmió unas cuantas horas y salió de casa mucho antes de que
empezara el jaleo del comienzo del nuevo mandato. Poco después del
amanecer, él y su esposa fueron trasladados a Londres en uno de los
muchos jets privados de su nuevo patrón. Tendría que pasarse dos semanas
allí y después regresar al torbellino del Cinturón, en calidad de
nuevo e influyente representante de lobbys y participar en un juego
muy antiguo. Aborrecía la idea. Se había pasado años viendo cómo los
perdedores políticos cruzaban la calle e iniciaban nuevas carreras ejerciendo
presión sobre sus antiguos compañeros y vendiendo su alma a
22
quienquiera que tuviera dinero suficiente para pagar cualquier influencia
que ellos alegaran tener. Era una actividad repugnante. Estaba harto
de la vida política, pero, por desgracia, no sabía hacer otra cosa.
Pronunciaría algunos discursos, quizás escribiera un libro, se pasaría
unos cuantos años esperando que alguien se acordara de él. Pero Critz
sabía con cuánta rapidez se olvida en Washington a los otrora poderosos.
El presidente Morgan y el director Maynard habían acordado aplazar
el caso Backman veinticuatro horas pasada la hora del inicio del mandato.
A Morgan no le importaba; estaría en Barbados. En cambio, Critz no
se sentía vinculado por ningún acuerdo y tanto menos con un personaje
como Teddy Maynard.
Después de una larga cena regada con mucho vino, hacia las dos de
la madrugada en Londres, llamó a un corresponsal de la CBS en la Casa
Blanca y le reveló en secreto los datos esenciales del indulto de Backman.
Tal como había previsto, la CBS dio a conocer la historia en su
programa de chismorreos de primera hora y, antes de las ocho de la
mañana, la noticia ya se había propagado como un rayo por todo el distrito
de Columbia.
¡Joel Backman había recibido un pleno indulto incondicional en el último
momento!
Se ignoraban los detalles de su liberación. Lo último que se sabía de
él era que permanecía en una cárcel de máxima seguridad de Oklahoma.
En una ciudad ya de por sí crispada, el día comenzó con la irrupción
del indulto en escena y el primer día de ocupación efectiva del cargo de
un nuevo presidente.
El depauperado bufete jurídico Pratt & Bolling se encontraba en la
avenida Massachusetts, a cuatro manzanas al norte de Dupont Circle;
no era una mala ubicación, aunque no se parecía ni de lejos a su antigua
sede de la avenida Nueva York. Unos cuantos años antes, cuando
Joel Backman estaba al mando –y entonces el bufete se llamaba Backman,
Pratt & Bolling–, éste había insistido en pagar el alquiler más alto
de la ciudad para permanecer de pie delante de los enormes ventanales
de su amplio despacho del octavo piso y contemplar la Casa Blanca
desde arriba.
La Casa Blanca ya no se veía por ninguna parte; no había lujosos
despachos con vistas impresionantes; el edificio tenía tres pisos en lugar
de ocho. Y de los doscientos abogados generosamente remunera23
dos quedaban aproximadamente treinta que a duras penas ganaban para
vivir.
La primera quiebra –conocida en los despachos como Backman I,–
había diezmado la firma, pero también había conseguido salvar milagrosamente
de la cárcel a sus socios. La Backman II se había debido a
tres años de encarnizadas luchas internas y pleitos entre los supervivientes.
Los competidores del bufete gustaban de comentar que Pratt
& Bolling se pasaba más tiempo demandándose a sí mismo que a aquellos
a quienes lo contrataban para que demandara. Pero a primera hora
de aquella mañana los competidores se mostraban muy tranquilos. Joel
Backman era un hombre libre. El intermediario estaba suelto. ¿Protagonizaría
un regreso? ¿Volvería a Washington? ¿Sería cierto todo aquello?
Seguramente no.
Kim Bolling se encontraba en aquellos momentos internado en un
centro de desintoxicación alcohólica y desde allí sería enviado directamente
a una clínica mental privada donde pasaría muchos años. La insoportable
tensión de los últimos seis años lo había llevado al borde del
abismo, hasta un punto sin retorno. La tarea de afrontar la última pesadilla
de Joel Backman cayó sobre las anchas espaldas de Cari Pratt.
Pratt había sido el que veintidós años antes había pronunciado el fatídico
«de acuerdo» cuando Backman le había propuesto la boda entre
sus dos pequeños bufetes. Pratt había sido el que se había pasado dieciséis
años trabajando duramente para limpiar la basura que Backman
dejaba a su espalda mientras el bufete se ampliaba y los honorarios
crecían como la espuma y todos los límites éticos se difuminaban hasta
el extremo de resultar irreconocibles. Pratt había sido el que había luchado
semanalmente con su socio, pero que, con el tiempo, había
aprendido a gozar de los frutos de su enorme éxito.
Y había sido Pratt el que tan cerca había estado de una demanda federal
poco antes de que Joel Backman asumiera heroicamente la culpa
en nombre de todos. El acuerdo de Backman entre el fiscal y su defensa,
un acuerdo que exculpaba a todos los demás socios del bufete, exigía
una multa de diez millones de dólares que fue la causa directa de la
primera quiebra, la Backman I. Pero una quiebra era mejor que la cárcel,
se recordaba Pratt a sí mismo casi a diario.
Aquella mañana a primera hora empezó a pasear por su modesto
despacho, murmurando para sus adentros mientras trataba desesperadamente
de creer que la noticia simplemente no era cierta. De pie delante
de su pequeña ventana que daba al edificio de ladrillo gris de la
24
puerta de al lado, se preguntó cómo era posible que ocurriera tal cosa.
¿Cómo era posible que un antiguo abogado/intermediario arruinado,
expulsado del colegio de abogados y totalmente desacreditado convenciera
a un presidente a punto de finalizar su mandato de que le concediera
un indulto en el último momento?
Sin embargo, reconocía Pratt, si alguien en el mundo era capaz de
obrar semejante milagro, ése era Joel Backman.
Pratt se pasó unos minutos al teléfono, echando mano de su amplia
red de soplones y sabelotodos. Un antiguo amigo que había conseguido
sobrevivir en el Departamento de la Presidencia bajo cuatro presidentes
–dos de cada partido– le había confirmado finalmente la verdad.
–¿Dónde está? –preguntó Pratt en tono apremiante, como si Backman
pudiera resucitar de un momento a otro en el distrito de Columbia.
–Nadie lo sabe –fue la respuesta.
Pratt cerró la puerta y reprimió el impulso de abrir la botella de vodka
del despacho. Tenía cuarenta y nueve años cuando su socio había sido
enviado a prisión para cumplir una condena de veinte sin libertad condicional,
y a menudo se preguntaba qué haría cuando tuviera sesenta y
uno y Backman saliera de la cárcel. En aquel momento, Pratt tenía la
sensación de haber sido víctima de una estafa de catorce años.
La sala de justicia estaba tan abarrotada de gente que el juez aplazó
dos horas la vista para que se pudiera organizar y atender en cierto
modo la demanda de asientos. Todas las agencias importantes de noticias
del país exigían un lugar para sentarse o permanecer de pie. Numerosos
peces gordos del Departamento de Justicia, el FBI, el Pentágono,
la CIA, la NSA, la Casa Blanca y la Colina del Capitolio, sede del
Congreso de Estados Unidos, querían un asiento porque según ellos
cumplirían mejor sus objetivos si presenciaban el linchamiento de Joel
Backman. Cuando el acusado apareció finalmente en la tensa sala, la
gente se quedó repentinamente helada y el único sonido fue el del taquígrafo
de actas preparando su máquina.
Backman fue acompañado a la mesa de la defensa; su pequeño ejército
de abogados se apretujó a su alrededor como si esperara balas
procedentes de la galería. Un tiroteo no hubiera constituido ninguna
sorpresa, si bien los servicios de seguridad consideraban el riesgo muy
inferior al de una visita presidencial. En primera fila, directamente detrás
de la mesa de la defensa, se sentaban Cari Pratt y aproximadamente
media docena de socios o desde hacía poco antiguos socios del
señor Backman. Todos ellos habían sido registrados exhaustivamente y
con razón. A pesar de que odiaban con toda su alma a aquel hombre,
25
no tenían más remedio que ser partidarios suyos. Si su acuerdo entre el
fiscal y la defensa no prosperaba a causa de un contratiempo de última
hora, volverían a convertirse en piezas de caza y no tardarían en tener
que afrontar desagradables juicios.
Por lo menos estaban sentados en la primera fila, entre el público, y
no junto a la mesa de la defensa, donde estaban los timadores. Por lo
menos estaban vivos. Ocho días antes, Jacy Hubbard, uno de sus socios
estrella, había sido hallado muerto en el cementerio de Arlington: un
supuesto suicidio que no convencía a nadie. Hubbard, antiguo senador
por Tejas, había dejado su escaño después de veinticuatro años con el
exclusivo, aunque secreto, propósito de ofrecer su significativa influencia
al mejor postor. Naturalmente, Joel Backman jamás hubiese
permitido que semejante pez gordo se escapara de su red, por lo que él
y el resto de Backman, Pratt & Bolling habían contratado a Hubbard por
un millón de dólares anuales por el simple hecho de que el bueno de
Jacy podía entrar en el Despacho Oval siempre que quisiera.
La muerte de Hubbard había obrado maravillas; a Joel Backman ya
no le cabía duda acerca del punto de vista del Gobierno. El obstáculo
que había retrasado las negociaciones del acuerdo entre el fiscal y la
defensa se había esfumado de repente. Backman no sólo aceptaría la
condena de veinte años sino que lo haría de inmediato. ¡Estaba deseando
que lo sometieran a un régimen de custodia protegida!
El fiscal del Estado era aquel día un alto funcionario del Departamento
de Justicia y, en presencia de un público tan numeroso y prestigioso,
actuó con mucha grandilocuencia. No iba a utilizar una sola palabra pudiendo
utilizar tres; había demasiada gente. Estaba en el escenario: un
insólito momento en una larga carrera más bien aburrida en que todo el
país estaría casualmente viéndole. Con una completa falta de gracia se
lanzó a la lectura a gritos del auto de acusación e inmediatamente quedó
claro que no tenía ningún talento para la interpretación y que carecía
del más mínimo instinto teatral por más que se esforzara. Al cabo de
ocho minutos de soporífero monólogo, el juez, mirando con expresión
adormilada por encima de sus gafas de lectura, dijo:
–¿Sería usted tan amable, señor, de darse un poco de prisa y bajar
además la voz?
Los cargos eran dieciocho y los presuntos delitos iban del espionaje a
la traición. Tras su lectura, Joel Backman quedó absolutamente vilipendiado,
clasificado en la misma categoría que Hitler. Su abogado recordó
inmediatamente al tribunal y a todos los presentes que ningún aspecto
de la acusación se había demostrado, que, de hecho, se trataba de una
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simple exposición de parte del caso, es decir, del punto de vista absolutamente
parcial del Gobierno acerca de aquellas cuestiones. Explicó que
su cliente se declararía culpable sólo de cuatro de los dieciocho cargos:
tenencia ilícita de documentos militares.
A continuación, el juez leyó el largo acuerdo de culpabilidad y durante
veinte minutos no se dijo nada. Los artistas sentados en la primera fila
dibujaban la escena con frenético entusiasmo, pero sus imágenes no
tenían casi ningún parecido con la realidad.
Oculto en la última fila y sentado entre desconocidos estaba Neal
Backman, el hijo mayor de Joel. En aquel momento seguía siendo un
asociado de Backman, Pratt & Bolling, pero la situación estaba a punto
de cambiar. Contemplaba el procedimiento sumido en un estado de
conmoción, incapaz de creer que su otrora poderoso progenitor estuviera
declarándose culpable y a punto de ser enterrado en el sistema penal
federal.
Al final, el acusado fue acompañado al estrado, donde levantó la mirada
hacia el juez con tanto orgullo como le fue posible. Mientras los
abogados le hablaban en susurros a ambos oídos, se declaró culpable
de los cuatro cargos y fue conducido de nuevo a su asiento. Consiguió
no mirar a los ojos a nadie.
La fecha de la sentencia quedó fijada para el mes siguiente. Mientras
esposaban y se llevaban a Backman, todos los presentes tenían muy
claro que éste no se vería obligado a divulgar sus secretos y que permanecería
efectivamente en la cárcel durante un período de tiempo
prolongado, en cuyo transcurso sus conspiraciones se irían desvaneciendo.
La gente empezó a dispersarse muy despacio. Los reporteros
consiguieron la mitad de la historia que querían. Los grandes hombres
de las agencias se marcharon en silencio... algunos se alegraban de que
los secretos se hubieran protegido y otros estaban furiosos por el hecho
de que se estuvieran ocultando los delitos. Cari Pratt y sus agobiados
socios se dirigieron al bar más próximo.
El primer reportero llamó al despacho poco antes de las nueve de la
mañana. Pratt ya había advertido a su secretaria de que se esperaban
tales llamadas. Debía decir a todos que él estaba ocupado en los tribunales
a causa de cierto asunto muy largo y que era probable que se pasara
varios meses sin regresar al despacho. Las líneas telefónicas no
tardaron en quedar colapsadas y una jornada aparentemente productiva
se fue al traste. Los abogados y los empleados del bufete lo dejaron
27
todo y se pasaron el rato hablando únicamente de la noticia de Backman.
Muchos contemplaban la puerta principal como esperando que el
fantasma regresara a buscarlos.
Solo, detrás de una puerta cerrada, Pratt se tomaba un Bloody Mary
viendo las noticias por cable. Por suerte, un grupo de turistas daneses
había sido secuestrado en Filipinas, de lo contrario Joel Backman hubiese
sido el centro de atención. Pero se estaba acercando al segundo lugar,
pues habían empezado a presentarse en pantalla toda clase de expertos,
maquillados y colocados bajo los focos de los estudios, para
comentar los legendarios pecados de aquel hombre.
Un antiguo jefe del Pentágono calificó el indulto de «golpe potencial a
nuestra seguridad nacional». Un juez federal retirado, que aparentaba
hasta el último de los noventa y tantos años que tenía, lo calificó, como
era de esperar, de «error judicial». Un novato senador de Vermont reconoció
que sabía muy poco acerca del escándalo Backman, pese a lo
cual se mostró encantado de aparecer en directo en la televisión por
cable y dijo que tenía previsto pedir toda clase de investigaciones. Un
funcionario anónimo de la Casa Blanca dijo que el nuevo presidente estaba
«muy molesto» por el indulto y pensaba revisarlo, pero cualquiera
sabía lo que había querido decir con eso.
Y venga y venga. Pratt se preparó otro Bloody Mary.
Lo peor de lo peor, un «corresponsal» –no simplemente un «reportero
»– sacó una nota acerca del senador Hubbard y Pratt tendió la mano
hacia el control remoto. Subió el volumen cuando la pantalla mostró
una fotografía de gran tamaño del rostro de Hubbard. El antiguo senador
había sido encontrado muerto con una bala en la cabeza una semana
antes de que Backman se declarara culpable. Lo que a primera vista
parecía un suicidio fue calificado posteriormente de dudoso a pesar de
que en ningún momento se había identificado a ningún sospechoso. La
pistola carecía de identificación y probablemente era robada.
Hubbard practicaba la caza, pero jamás había utilizado pistola. Los
residuos de pólvora de su mano derecha planteaban dudas. La autopsia
reveló una fuerte concentración de alcohol y barbitúricos en su cuerpo.
El alcohol no era desde luego sorprendente, pero no se sabía que Hubbard
consumiera pastillas. Pocas horas antes se le había visto con una
atractiva joven en un bar de Georgetown, cosa bastante propia de él.
La teoría más extendida era la de que la señora le había introducido
en el cuerpo suficiente cantidad de barbitúricos para dejarlo sin sentido
y después lo había dejado en manos de asesinos profesionales. Éstos lo
habían trasladado a una zona apartada del cementerio de Arlington y le
habían disparado un solo tiro en la cabeza. Su cuerpo descansaba sobre
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la tumba de su hermano, un condecorado héroe del Vietnam. Un detalle
muy bonito, pero quienes le conocían bien decían que raras veces
hablaba de su familia y muchos ignoraban la existencia del hermano
muerto.
La sospecha era que Hubbard había sido asesinado por los mismos
que deseaban pegarle un tiro a Joel Backman. Y durante años Cari Pratt
y Kim Bolling se habían gastado un montón de dinero en guardaespaldas
profesionales por si acaso sus nombres figuraran en la misma lista.
Pero no era así, evidentemente. Los detalles del fatídico acuerdo que
atrapó a Backman y mató a Hubbard los habían elaborado ellos dos y,
con el tiempo, Pratt había suavizado las medidas de seguridad que lo
rodeaban, aunque seguía llevando consigo una Ruger a todas partes.
Pero Backman estaba lejos y la distancia aumentaba a cada minuto.
Curiosamente, él también pensaba en Jacy Hubbard y en la gente que
quizá lo había matado. Disponía de tiempo suficiente para pensar. Catorce
horas en una litera plegable de un ruidoso avión de carga eran
muy eficaces para embotar los sentidos de una persona normal. Sin
embargo, para un recluso recién liberado que acababa de huir de seis
años de aislamiento, el vuelo resultaba de lo más estimulante.
Quienquiera que hubiera asesinado a Jacy Hubbard estaría deseando
hacer lo mismo con Joel Backman, por lo que, mientras volaba a ocho
mil metros de altura, éste se planteó unas cuantas preguntas cruciales.
¿Quién había ejercido influencia para que le concedieran el indulto?
¿Dónde se proponían ocultarlo? ¿Quiénes eran exactamente «ellos»?
Unas preguntas agradables, en realidad. Menos de veinticuatro horas
antes sus preguntas habían sido: ¿Tratan de matarme de hambre? ¿De
congelarme? ¿Estoy perdiendo poco a poco la razón, en esta celda de
tres metros y medio por tres metros y medio, o la estoy perdiendo muy
rápido? ¿Veré alguna vez a mis nietos? ¿Lo deseo?
Le gustaban más las nuevas preguntas, por muy inquietantes que
fueran. Por lo menos, podría caminar por una calle de algún lugar y
respirar el aire y sentir el sol y detenerse tal vez en una cafetería y tomarse
un café bien cargado.
Una vez había tenido un cliente, un acaudalado importador de cocaína,
que había caído en una trampa de la DEA, el organismo de lucha
contra la droga. El cliente era una pieza tan valiosa que los federales le
ofrecieron una nueva vida con un nuevo nombre y un nuevo rostro a
cambio de delatar a los colombianos. Los delató, efectivamente, y, después
de someterse a una operación, reapareció al norte de Chicago. Allí
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regentaba una pequeña librería. Joel se había pasado por ella años más
tarde y había encontrado al cliente con perilla, fumando en pipa y con
pinta de personaje un tanto intelectual y mundano. Tenía una nueva
esposa y tres hijastros, y los colombianos jamás tuvieron ni idea de lo
ocurrido.
Aquí afuera hay un mundo muy grande. No es tan difícil esconderse.
Joel cerró los ojos, permaneció inmóvil prestando atención al constante
zumbido de los cuatro motores y trató de decirse que dondequiera
que lo llevaran no viviría como un fugitivo. Se adaptaría, sobreviviría,
no viviría atemorizado.
Escuchó la conversación en voz baja, dos literas más abajo, de dos
soldados intercambiando historias acerca de todas las chicas que habían
conocido. Pensó en Mo, el delator de la mafia que en el transcurso de
los últimos cuatro años había ocupado la celda de al lado y que, durante
las veinticuatro horas del día, era el único ser humano con quien podía
hablar. No se veían, pero ambos podían oírse por un respiradero.
Mo no echaba de menos a su familia, a sus amigos, su barrio, la comida,
la bebida o la luz del sol. Mo sólo hablaba de sexo. Contaba largas y
complicadas historias acerca de sus aventuras. Contaba chistes, algunos
de los más guarros que Joel hubiera escuchado en su vida. Incluso
escribía poemas acerca de sus antiguas amantes, orgías y fantasías.
No echaría de menos a Mo y su imaginación.
Sin querer, se volvió a quedar dormido.
El coronel Gantner lo estaba sacudiendo mientras le decía en un susurro:
–Comandante Herzog, comandante Herzog. Tenemos que hablar.
Backman salió de su litera y siguió al coronel por un oscuro y estrecho
pasillo entre las literas hasta llegar a un pequeño cuarto, un poco
más cerca de la cabina.
–Siéntese –dijo Gantner.
Ambos se acurrucaron junto a una mesita metálica.
Gantner sostenía una carpeta en la mano.
–Éste es el trato –empezó diciendo–. Aterrizamos dentro de aproximadamente
una hora. El plan consiste en que usted esté enfermo, tan
enfermo como para que una ambulancia del hospital de la base permanezca
esperando el aparato en la pista de aterrizaje. Las autoridades
italianas efectuarán su habitual y rápida inspección de los documentos y
puede que lleguen incluso a echarle un vistazo a usted. Probablemente
no. Estaremos en una base militar norteamericana donde los soldados
30
van y vienen constantemente. Tengo un pasaporte para usted. Yo
hablaré con los italianos y después usted será conducido en la ambulancia
al hospital.
–¿Italianos?
–Sí, italianos. ¿Ha oído hablar alguna vez de la Base Aérea de Aviano?
–No.
–Ya me lo imaginaba. Lleva en manos norteamericanas desde que
expulsamos a los alemanes en 1945. Está al nordeste de Italia, cerca
de los Alpes.
–Debe de ser bonito.
–No está mal, pero es una base.
–¿Cuánto tiempo permaneceré allí?
–La decisión no me corresponde a mí. Mi misión consiste en sacarle
de este avión y llevarlo al hospital de la base. Allí, otra persona se hará
cargo de la situación. Eche un vistazo a esta biografía del comandante
Herzog, por si acaso.
Joel se pasó unos cuantos minutos leyendo la historia imaginaria del
comandante Herzog y aprendiéndose de memoria los detalles de su pasaporte
falso.
–Recuerde que está muy enfermo y sedado –dijo Gantner–. Finja
simplemente estar en coma.
–Llevo seis años en coma.
–¿Le apetece un poco de café?
–¿Qué hora es en el lugar adonde vamos?
Gantner consultó su reloj y efectuó un rápido cálculo.
–Probablemente aterrizaremos cerca de la una de la madrugada.
–Me encantaría un poco de café.
Gantner le ofreció una taza de papel y un termo y se retiró.
Tras beberse dos tazas, Joel notó que los motores reducían la potencia.
Regresó a su litera y trató de cerrar los ojos.
Mientras el C–130 rodaba hasta detenerse, una ambulancia de las
Fuerzas Aéreas se situó marcha atrás cerca de la escotilla posterior.
Unos soldados paseaban por allí, buena parte de ellos todavía medio
dormidos. La camilla que transportaba al comandante Herzog fue bajada
por la escotilla y cuidadosamente colocada en la ambulancia. El más
próximo oficial italiano permanecía sentado en el interior de un jeep estadounidense
contemplando indiferente la escena mientras procuraba
conservar el calor. La ambulancia se alejó sin demasiada prisa y, cinco
minutos más tarde, el comandante Herzog fue introducido en el peque31
ño hospital de la base e instalado en una pequeña habitación del segundo
piso donde dos policías militares montaron guardia junto a su
puerta.
4
Por suerte para Backman, pese a que éste no tenía modo de saberlo
ni ningún motivo para preocuparse, en el último momento el presidente
Morgan también había concedido el indulto a un anciano prófugo multimillonario
huido del país. El multimillonario, un inmigrante de un país
eslavo a quien se había ofrecido la opción de cambiar de nombre a su
llegada hacía varias décadas, había elegido en su juventud el título de
duque de Mongo. El duque había donado paletadas de dinero para la
campaña presidencial de Morgan. Cuando se reveló que se había pasado
la vida evadiendo impuestos, se reveló también que había pasado
varias noches en el Dormitorio Lincoln donde, tomando una última y
cordial copa antes de irse a dormir, él y el presidente comentaban las
inminentes acusaciones. Según la tercera persona presente en las charlas
nocturnas, una joven pelandusca que en aquellos momentos representaba
el papel de quinta esposa del duque, el presidente había prometido
ejercer toda la presión que le fuera posible sobre el fisco y apartar
a los sabuesos que perseguían a su amigo.
No ocurrió tal cosa. La acusación tenía treinta y ocho páginas de extensión
y, antes de que saliera de la impresora, el multimillonario, sin
su esposa número cinco, ya estaba en Uruguay tumbado a la bartola en
un palacio con su futura esposa número seis.
Ahora quería regresar a casa para morir con dignidad, como un verdadero
patriota y ser enterrado en su granja Thoroughbred justo en las
afueras de Lexington, Kentucky. Critz cerró el trato y, pocos minutos
después de haber firmado el indulto para Joel Backman, el presidente
Morgan le garantizó al duque de Mongo toda la clemencia.
La noticia tardó un día en filtrarse –por razones comprensibles, la Casa
Blanca no hacía públicos los indultos– y la prensa perdió los estribos.
Allí estaba, un hombre que le había estafado al Gobierno de la nación
seiscientos millones de dólares a lo largo de un período de veinte años,
un timador que merecía permanecer encerrado de por vida, a punto de
regresar a casa en su gigantesco jet para pasar el resto de sus días rodeado
de un lujo obsceno. La historia de Backman, por muy sensacional
que fuera, tendría que competir no sólo con los turistas daneses secuestrados
sino también con el mayor defraudador de impuestos del
32
país.
Pero seguía siendo un tema candente. Buena parte de los periódicos
matinales de la Costa Este publicaban una fotografía del «intermediario
» en primera plana. Casi todos ofrecían reportajes sobre el escándalo,
su declaración de culpabilidad y su presente indulto.
Cari Pratt los leyó todos on line en un desordenado y espacioso despacho
que tenía encima de su garaje, en el noroeste de Washington.
Usaba aquel lugar para esconderse, para alejarse de las luchas intestinas
de su bufete, para evitar a los socios a los que no podía aguantar.
Allí podía beber sin que a nadie le importara. Podía arrojar objetos, soltar
maldiciones contra las paredes y hacer lo que le diera la real gana,
pues era su refugio.
La carpeta Backman, guardada normalmente en una caja de cartón
de gran tamaño escondida en un armario, estaba sobre su mesa de trabajo.
La repasaba por primera vez en muchos años. Lo había guardado
todo, los artículos que se publicaban, las fotografías, los memorándums
internos del bufete, las notas confidenciales que él había tomado, las
copias de las acusaciones, el informe de la autopsia de Jacy Hubbard.
Qué historia tan despreciable.
En enero de 1996, tres jóvenes informáticos paquistaníes hicieron un
asombroso descubrimiento. Trabajando en una calurosa y pequeña vivienda
situada en el último piso de un edificio de apartamentos de las
afueras de Karachi, interconectaron varios ordenadores Hewlett–
Packard adquiridos on line gracias a una subvención gubernamental. A
continuación, conectaron su nuevo «superordenador» a un sofisticado
teléfono militar vía satélite, facilitado también por el Gobierno. La operación,
enteramente secreta, se basaba en protocolos militares. Su objetivo
era muy sencillo: localizar y tratar de acceder a un nuevo satélite
espía indio que daba vueltas a unos quinientos kilómetros de altura sobre
Pakistán. Si conseguían acceder al satélite, esperaban poder controlar
qué vigilaba. Un sueño añadido era intentar manipularlo.
Al principio, la información secreta robada fue muy emocionante, pero
después resultó prácticamente inútil. Los nuevos «ojos» indios estaban
haciendo más o menos lo mismo que llevaban haciendo los antiguos
desde hacía diez años: tomar miles de fotografías de las mismas instalaciones
militares. Durante aquellos mismos diez años, los satélites paquistaníes
habían estado enviando fotografías de las bases militares y
de los movimientos de tropas indios. Ambos países hubiesen podido intercambiar
las fotografías sin averiguar nada.
33
Pero habían descubierto accidentalmente otro satélite, y después otro
y otro más. No eran paquistaníes ni indios; no hubiesen tenido que estar
allí: cada uno sobrevolaba a unos quinientos kilómetros la Tierra
desplazándose en dirección norte–nordeste a una velocidad constante
de ciento noventa y cinco kilómetros por hora. Mantenían entre sí una
distancia de unos seiscientos cincuenta kilómetros.
A lo largo de diez días, los emocionadísimos hackers controlaron los
movimientos de por lo menos seis satélites distintos, todos ellos pertenecientes
aparentemente al mismo sistema, a medida que se acercaban
lentamente desde la península Arábiga y surcaban los cielos de Afganistán
y Pakistán camino del oeste de China.
No se lo dijeron a nadie sino que, en lugar de eso, consiguieron que
los militares les facilitaran un acceso vía satélite más potente alegando
su necesidad de terminar un trabajo inconcluso acerca de la vigilancia
india. Al cabo de un mes de metódicos controles durante las veinticuatro
horas del día, consiguieron establecer la existencia de una red mundial
de nueve satélites, todos ellos interconectados y todos cuidadosamente
diseñados para que nadie aparte de quien lo había lanzado pudiera
detectarlos.
Pusieron a su descubrimiento el nombre en clave de Neptuno.
Los tres jóvenes magos se habían educado en Estados Unidos. El jefe
era Safi Mirza, un antiguo ayudante de profesor de la Universidad de
Stanford que había trabajado durante una breve temporada en la Breedin
Corp., antigua empresa subcontratada del Departamento de Defensa
especializada en sistemas satelitales. Fazal Sharif había cursado estudios
superiores en ciencias informáticas en el Georgia Tech.
El tercero y más joven miembro de la banda Neptuno era Farooq
Khan, y fue Farooq quien finalmente creó el software capaz de penetrar
en el primer satélite Neptuno. Una vez dentro de su sistema informático,
Farooq se puso a descargar información de espionaje tan secreta
que tanto él como Fazal y Safi comprendieron que se estaban adentrando
en tierra de nadie. Había nítidas fotografías en color de campos
de adiestramiento terrorista en Afganistán y de limusinas del Estado en
Pekín. Neptuno captaba a los pilotos chinos bromeando entre sí a seis
mil metros de altitud y observaba una sospechosa embarcación pesquera
atracando en Yemen. Neptuno seguía el recorrido de un camión blindado,
probablemente de Castro, por las calles de La Habana. Y, en una
grabación de vídeo en directo que les causó un fuerte impacto a los
tres, se veía con toda claridad a Arafat en persona saliendo a una callejuela
de su recinto de Gaza, encendiendo un cigarrillo y después ori34
nando.
Durante dos días de insomnio, los tres fisgaron en los satélites durante
su recorrido por Pakistán. El software estaba en inglés y, dado el interés
de Neptuno por Oriente Medio, Asia y China, era fácil deducir que
Neptuno pertenecía a Estados Unidos con la colaboración marginal en
primer lugar del Reino Unido y, en segundo, de Israel. Puede que fuera
un secreto conjunto estadounidense–israelí.
Después de dos días de fisgoneo abandonaron el pequeño apartamento
y reorganizaron su leonera en la granja de un amigo, a quince
kilómetros de Karachi. El descubrimiento ya era lo suficientemente
emocionante de por sí, pero ellos, y especialmente Safi, querían dar un
paso más. Safi confiaba en poder manipular el sistema.
Su primer éxito fue ver a Fazal Sharif leyendo un periódico. Para proteger
su localización, Fazal tomó un autobús al centro de Karachi y,
provisto de una boina verde y unas gafas de sol, se compró un periódico
y se sentó en el banco de un parque, cerca de cierto cruce. Mientras
Farooq accionaba los mandos a través de un enlace de potencia fraudulentamente
ampliada, un satélite Neptuno localizó a Fazal, su zoom se
acercó lo bastante como para que la cámara captara los titulares del
periódico y lo transmitió todo a la granja donde lo contemplaron todo
con incredulidad.
Las transmisiones de las imágenes a la Tierra poseían la máxima resolución
tecnológica del momento... alcanzaban nada menos que
aproximadamente la distancia de un metro veinte con la misma nitidez
que los satélites de reconocimiento estadounidenses y dos veces más
nítidas que las de los mejores satélites comerciales europeos y norteamericanos.
Durante semanas y meses los tres trabajaron sin descanso elaborando
software de fabricación casera para su descubrimiento. Rechazaron
buena parte de lo que escribían, pero, mientras iban poniendo a punto
sus programas, no dejaban de asombrarse con las posibilidades de
Neptuno.
Dieciocho meses después de haber descubierto Neptuno, los tres ya
tenían, en cuatro discos Jaz de dos gigabytes, un programa que no sólo
aumentaba la velocidad a la cual Neptuno se comunicaba con sus numerosos
contactos en la Tierra sino que también le permitía interferir
en las transmisiones de muchos de los satélites de navegación, comunicaciones
y reconocimiento en órbita. A falta de otro nombre en clave
mejor bautizaron su programa como JAM, «interferencia».
Aunque el sistema que ellos llamaban Neptuno pertenecía a otros, los
35
tres conspiradores consiguieron controlarlo, manipularlo por completo e
incluso inutilizarlo. Empezó entonces una amarga disputa. Safi y Fazal
se volvieron codiciosos y querían vender JAM al mejor postor. Farooq
no veía en su producto más que una fuente de problemas. Quería vendérselo
a los militares paquistaníes y lavarse las manos de todo aquel
asunto.
En septiembre de 1998, Safi y Fazal viajaron a Washington y se pasaron
un infructuoso mes tratando de entrar en el espionaje militar a través
de sus contactos paquistaníes. Al final, un amigo les habló de Joel
Backman, el hombre capaz de abrir cualquier puerta de Washington.
Pero llegar hasta su puerta fue todo un reto. El intermediario era un
hombre muy importante con clientes muy importantes y muchas personas
influyentes le exigían parte de su tiempo. Sus honorarios básicos
para una hora de consulta con un nuevo cliente ascendían a cinco mil
dólares, pero eso sólo estaba al alcance de los suficientemente afortunados
como para ser mirados favorablemente por el gran hombre. Safi
le pidió prestados dos mil dólares a un tío de Chicago y prometió al señor
Backman pagarle el resto en noventa días.
Los documentos del tribunal revelaron posteriormente que su primera
entrevista había tenido lugar el 24 de octubre de 1998 en los despachos
de Backman, Pratt & Bolling. Aquella entrevista acabaría por destruir finalmente
la vida de todos los presentes.
Al principio, Backman se mostró escéptico a propósito de JAM y de
sus increíbles posibilidades. O tal vez captó de inmediato su potencial y
decidió pasarse de listo con sus nuevos clientes. Safi y Fazal soñaban
con venderle JAM al Pentágono a cambio de una fortuna, cualquier suma
que el señor Backman considerara que se podía conseguir a cambio
de su producto. Y, si alguien en Washington podía conseguir una fortuna
a cambio de JAM, éste era Joel Backman.
Al principio, se había puesto en contacto con Jacy Hubbard, su portavoz
de un millón de dólares que seguía jugando al golf una vez a la semana
con el presidente e iba de bar en bar con los peces gordos del
Congreso. Era pintoresco, llamativo, combativo, tres veces divorciado y
muy amante del whisky caro... sobre todo cuando lo pagaban los
miembros de los lobbys. Había sobrevivido políticamente sólo por su
fama de ser el más sucio organizador de campañas de la historia del
Senado de Estados Unidos, lo cual no era moco de pavo. Conocido antisemita,
en el transcurso de su carrera había establecido estrechos lazos
con los saudíes. Muy estrechos. Una de las muchas investigaciones
36
éticas reveló la existencia de una aportación de un millón de dólares a
una campaña por parte de un príncipe con el cual Hubbard esquiaba en
Austria.
En un principio, Hubbard y Backman hablaron del mejor modo de comercializar
JAM. Hubbard quería ofrecérselo a los saudíes, los cuales,
estaba convencido, pagarían mil millones de dólares por él. Pero Backman
había adoptado un provinciano punto de vista según el cual un
producto tan peligroso debía quedarse en casa. Hubbard estaba seguro
de que podría cerrar un trato con los saudíes siempre y cuando éstos
prometieran no utilizar jamás JAM contra Estados Unidos, su aliado declarado.
Backman temía a los israelíes, a sus poderosos amigos en Estados
Unidos, a sus militares y, por encima de todo, a sus servicios secretos
de espionaje.
Por aquel entonces Backman, Pratt & Bolling representaba a muchas
empresas y Gobiernos extranjeros. De hecho, el bufete era «la» dirección
para cualquiera que buscara influencia inmediata en Washington.
Bastaba con pagar sus impresionantes honorarios para tener acceso. En
su interminable lista de clientes constaban la industria del acero japonesa,
el Gobierno de Corea del Sur, los saudíes, buena parte del entramado
bancario del Caribe, el régimen panameño, una cooperativa agrícola
boliviana que sólo cultivaba cocaína, y así sucesivamente. Había
muchos clientes legales y muchos no tan limpios.
El rumor acerca de JAM se fue propagando lentamente por sus despachos.
Podía representar los honorarios más sustanciosos que jamás
hubiera cobrado el bufete, y eso que había habido algunos de vértigo. A
medida que transcurrían las semanas otros socios del bufete presentaron
posibles focos alternativos para la comercialización de JAM. La idea
del patriotismo fue paulatinamente olvidada... ¡había demasiado dinero
de por medio! El bufete representaba a una empresa holandesa que
construía componentes electrónicos para las Fuerzas Aéreas chinas y,
con semejantes credenciales, se podía cerrar un trato muy lucrativo con
el Gobierno de Pekín. Los surcoreanos podían descansar más tranquilos
si sabían exactamente qué estaba ocurriendo en el norte. Los sirios
hubiesen entregado su tesoro nacional a cambio de neutralizar las comunicaciones
militares israelíes. Cierto cártel de la droga hubiese estado
dispuesto a pagar miles de millones de dólares a cambio de controlar
los intentos de prohibición de la DEA.
A cada día que pasaba, Joel Backman y su banda de voraces abogados
se hacían más ricos. En los despachos más grandes del bufete no
se hablaba de otra cosa.
37
El médico era un poco brusco y no parecía tener demasiado tiempo
para su nuevo paciente. A fin de cuentas, aquello era un hospital militar.
Sin apenas una palabra, le tomó el pulso y le examinó el corazón,
los pulmones, la presión arterial, los reflejos y todo lo demás y después
anunció inesperadamente:
–Creo que está usted deshidratado.
–¿Y eso cómo es posible? –preguntó Backman.
–Ocurre a menudo en los vuelos largos. Vamos a colocarle un gota a
gota. Dentro de veinticuatro horas estará bien.
–¿Quiere decir una intravenosa?
–Eso es.
–A mí no me gustan las intravenosas.
–¿Perdón?
–Lo he dicho muy claro. No me gustan las agujas.
–Le hemos tomado una muestra de sangre.
–Sí, eso era sangre que salía, no algo que entra. Olvídelo, doctor, no
quiero que me inyecten nada.
–Pero es que está usted deshidratado.
–Yo no me noto deshidratado.
–El médico soy yo y digo que está usted deshidratado.
–Pues déme un vaso de agua.
Media hora más tarde entró una sonriente enfermera con un puñado
de medicamentos. Joel dijo que no a las pildoras para dormir y, cuando
ella sacó una aguja hipodérmica, Backman le preguntó:
–¿Qué es eso?
–Ryax.
–¿Y qué demonios es Ryax?
–Un relajante muscular.
–Bueno, en estos momentos mis músculos están muy relajados. Jamás
me he quejado de no tener los músculos relajados. Nadie me ha
diagnosticado falta de relajación muscular. Nadie me ha preguntado si
tengo los músculos relajados. Por consiguiente, puede tomar el Ryax y
metérselo en el trasero y así estaremos los dos relajados y más contentos.
A la enfermera estuvo a punto de caérsele la aguja. Tras una larga y
dolorosa pausa completamente sin habla, la enfermera consiguió tartamudear:
–Hablaré con el doctor.
–Hágalo. Pero, bien mirado, ¿por qué no se lo mete usted en su gor38
do trasero? Él es el que necesita relajarse.
Pero la enfermera ya se había marchado.
En el otro extremo de la base, un tal sargento McAuliffe tecleó en su
ordenador un mensaje al Pentágono. Desde allí fue transmitido casi de
inmediato a Langley, donde lo leyó Julia Javier, una veterana seleccionada
personalmente por el director Maynard para ocuparse del caso
Backman. Menos de diez minutos después del incidente con el Ryax, la
señora Javier estudió su monitor, musitó un maldita sea y subió al piso
de arriba.
Como de costumbre, Teddy Maynard permanecía sentado tras una
larga mesa envuelto en un quilt, leyendo uno de los numerosos resúmenes
que se amontonaban cada hora sobre su escritorio.
–Se acaban de recibir noticias de Aviano –dijo la señora Javier–.
Nuestro chico rechaza todas las medicaciones. No acepta una intravenosa.
No quiere tomar pastillas.
–¿No le pueden dar nada con la comida? –preguntó Teddy sin levantar
la voz.
–No come.
–¿Qué dice?
–Que tiene el estómago revuelto.
–¿Es posible?
–No va al lavabo. Es difícil saberlo.
–¿Toma líquidos?
–Le han dado un vaso de agua que ha rechazado. Ha insistido sólo en
beber agua embotellada. Cuando se la han llevado, ha examinado el
tapón para asegurarse de que no se había roto el precinto.
Teddy apartó a un lado el informe que estaba leyendo y se frotó los
ojos con los nudillos. El primer plan consistía en sedar a Backman en el
hospital con una intravenosa o una intramuscular, dejarlo inconsciente,
mantenerlo drogado un par de días y después irle administrando poco a
poco alguna deliciosa mezcla de sus más modernos narcóticos. Tras
mantenerlo unos cuantos días en una especie de bruma, iniciarían el
tratamiento con el pentotal, el suero de la verdad, que, hábilmente utilizado
por sus veteranos interrogadores, permitía averiguar cualquier
cosa.
El primer plan era fácil e infalible. El segundo llevaría un mes y el éxito
distaba mucho de estar garantizado.
–Tiene grandes secretos, ¿verdad? –dijo Teddy.
–Sin duda.
39
–Pero eso ya lo sabíamos, ¿no?
–Sí, lo sabíamos.
5
Dos de los tres hijos de Joel Backman ya lo habían abandonado cuando
estalló el escándalo. Neal, el mayor, había escrito a su padre por lo
menos dos veces al mes, aunque en los primeros días tras la sentencia
le había costado mucho escribir las cartas.
Neal, de veinticinco años, era un socio novato del bufete Backman
cuando su padre fue a la cárcel. Aunque apenas sabía nada acerca de
JAM y Neptuno, el FBI lo acosó sin piedad y, al final, los fiscales federales
presentaron una acusación contra él.
La repentina decisión de Joel de declararse culpable tuvo mucho que
ver con lo ocurrido a Jacy Hubbard, pero también se debió al maltrato
infligido a su hijo por las autoridades. En el acuerdo se incluyó la retirada
de las acusaciones contra Neal.
Cuando su padre se fue para cumplir su condena de veinte años, Cari
Pratt rescindió inmediatamente el contrato de Neal y los guardias armados
del servicio de seguridad del bufete lo escoltaron hasta la calle.
El apellido Backman era una maldición y encontrar un empleo en la zona
de Washington resultaba imposible. Un compañero de la Facultad de
Derecho tenía un tío juez, ya retirado; tras varias llamadas aquí y allá,
Neal acabó en la pequeña ciudad de Culpeper, Virginia, trabajando en
un bufete de cinco miembros y agradecido de haber tenido aquella
oportunidad.
Buscaba el anonimato. Pensó en la posibilidad de cambiarse el apellido.
Se negó a discutirlo con su padre. Se encargaba de escrituras, redactaba
testamentos y títulos de propiedad y acabó adaptándose perfectamente
a la vida de una pequeña localidad. Al final conoció y se casó
con una chica del lugar, con la que no tardó en tener una hija: el segundo
nieto de Joel y el único de quien éste poseía una fotografía.
Neal se enteró de la puesta en libertad de su padre en el Post. Lo comentó
detenidamente con su mujer y brevemente con los compañeros
de su bufete. La noticia puede que provocara terremotos en el distrito
de Columbia, pero los temblores no llegaron a Culpeper. Nadie parecía
saber nada o preocuparse por ello. El no era el hijo del intermediario;
era simplemente Neal Backman, uno de los muchos abogados de una
pequeña ciudad sureña.
Un juez lo llevó aparte después de una vista y le preguntó:
40
–¿Dónde ocultan a su padre?
A lo cual Neal contestó respetuosamente:
–No es uno de mis temas preferidos, señoría.
Y éste fue el final de la conversación.
A primera vista, nada cambió en Culpeper. Neal seguía trabajando
como si el indulto se hubiera concedido a un hombre que él no conocía.
Esperaba una llamada telefónica; en algún momento su padre acabaría
poniéndose en contacto con él.
Tras repetidas peticiones, la enfermera jefe pasó el sombrero y reunió
casi tres dólares en monedas. La cantidad le fue entregada al paciente
al que seguían llamando comandante Herzog, un personaje cada vez
más excéntrico cuyo estado se estaba agravando sin duda a causa del
hambre. El comandante Herzog tomó el dinero y se fue directamente a
las máquinas automáticas que había encontrado en el segundo piso y
allí se compró tres bolsitas de maíz Fritos y dos Dr Peppers.
Lo consumió todo en cuestión de segundos y al cabo de una hora tuvo
que ir al lavabo aquejado de una violenta diarrea.
Pero, por lo menos, ya no estaba tan hambriento y tampoco estaba
drogado ni decía cosas que no debía.
Pese a ser un hombre técnicamente libre, plenamente indultado y
demás, se encontraba todavía encerrado en unas instalaciones propiedad
del Gobierno de Estados Unidos y seguía alojándose en una habitación
no mucho más grande que su celda de Rudley. Allí la comida era
espantosa, pero por lo menos se la podía comer sin temor a que lo sedaran.
Ahora vivía de maíz frito y gaseosa.
Las enfermeras eran sólo ligeramente más amables que los guardias
que lo atormentaban. Los médicos querían simplemente drogarlo siguiendo
instrucciones de arriba, de eso estaba seguro. Muy cerca de allí
había una pequeña cámara de torturas donde esperaban echársele encima
en cuanto las drogas empezaran a obrar sus milagros.
Ansiaba salir, respirar el aire y disfrutar del sol, comer en abundancia
y mantener un poco de contacto humano con alguien que no vistiera de
uniforme. Y, después de dos largos días, lo consiguió. Un hombre de
rostro impasible llamado Stennett se presentó en su habitación al tercer
día y le dijo amablemente:
–Bueno, Backman, éste es el trato. Me llamo Stennett.
Arrojó una carpeta sobre las mantas encima de las piernas de Joel, al
lado de unas viejas revistas que éste estaba leyendo por tercera vez.
Joel abrió la carpeta.
–¿Marco Lazzeri?
41
–Éste es usted, amigo, un italiano de pleno derecho. Aquí tiene su
certificado de nacimiento y su carnet de identidad. Apréndase de memoria
toda la información tan pronto como pueda.
–¿Que me la aprenda de memoria? Si ni siquiera la sé leer.
–Pues aprenda. Salimos dentro de unas tres horas. Lo conducirán a
una ciudad cercana donde conocerá a su nuevo mejor amigo, el cual lo
llevará de la mano unos cuantos días.
–¿Unos cuantos días?
–Puede que un mes, depende de lo bien que usted haga la transición.
Joel dejó la carpeta y miró a Stennett.
–¿Para quién trabaja usted?
–Si se lo dijera, lo tendría que matar.
–Muy gracioso. ¿La CIA?
–Estados Unidos, es lo único que le puedo decir y lo único que usted
necesita saber.
Joel contempló la ventana de marco metálico provista de candado y
dijo:
–No he visto pasaporte en la carpeta.
–Sí, bueno, eso es porque no irá usted a ninguna parte, Marco. Está a
punto de iniciar una vida muy tranquila. Sus vecinos creerán que nació
en Milán pero creció en Canadá, de ahí el mal italiano que está a punto
de aprender. Si le entraran ganas de viajar, la situación podría ser muy
peligrosa para usted.
–¿Peligrosa?
–Vamos, Marco. No juegue conmigo. Hay algunas personas francamente
desagradables que estarían encantadas de localizarle. Haga lo
que le digo y no lo harán.
–No sé ni una sola palabra de italiano.
–Pues claro que sí... pizza, spaghetti, caffé latte, bravo, opera, mamma
mia. Ya irá aprendiendo. Cuanto más rápido aprenda y cuanto mejor
lo haga, tanto más seguro estará. Tendrá un profesor.
–No tengo un céntimo.
–Eso dicen. No han podido encontrar nada, en todo caso. –Stennett
se sacó unos cuantos billetes del bolsillo y los introdujo en la carpeta–.
Mientras estaba usted encerrado, Italia abandonó la lira y adoptó el euro.
Aquí hay trescientos. Un euro es aproximadamente un dólar. Regresaré
dentro de una hora con un poco de ropa. En la carpeta hay un pequeño
diccionario, doscientas de sus primeras palabras en italiano. Le
sugiero que ponga manos a la obra.
Una hora más tarde Stennett regresó con una camisa, unos pantalo42
nes, una chaqueta, unos zapatos y calcetines, todo de estilo italiano.
–Buon giorno –dijo.
–Hola –contestó Backman.
–¿Cómo se dice automóvil?
–Macchina.
–Muy bien, Marco. Ya es hora de subir a la macchina.
Otro silencioso caballero se encontraba sentado al volante de un anodino
Fiat utilitario. Joel se acomodó en el asiento de atrás con una bolsa
de lona que contenía su valor neto. Stennett se sentó delante. El aire
era frío y húmedo y una fina capa de nieve cubría apenas el suelo.
Cuando cruzaron la verja de la Base Aérea de Aviano, Joel Backman
experimentó por primera vez la sensación de libertad, a pesar de que la
ligera oleada de emoción estaba envuelta en una gruesa capa de inquietud.
Estudió atentamente las señalizaciones de la carretera; ni una palabra
desde el asiento delantero. Estaban en la carretera 251, una vía de
dos carriles, circulando hacia el sur, le pareció. El tráfico se intensificó a
medida que se iban acercando a la ciudad de Pordenone.
–¿Con cuántos habitantes cuenta Pordenone? –preguntó Joel, rompiendo
el pesado silencio.
–Cincuenta mil –contestó Stennett.
–Esto está en el norte de Italia, ¿verdad?
–Nordeste.
–¿Queda muy lejos de los Alpes?
Stennett señaló vagamente hacia su derecha y contestó:
–A unos sesenta kilómetros siguiendo por aquí. En un día despejado,
se pueden ver.
–¿Podríamos detenernos a tomar un café en algún sitio? –preguntó
Joel.
–No... bueno... no estamos autorizados a detenernos.
Hasta aquel momento, el chofer parecía completamente sordo.
Rodearon Pordenone por el norte y no tardaron en adentrarse en la
A28, una carretera de cuatro carriles donde todo el mundo menos los
camioneros parecía estar llegando muy tarde al trabajo. Pequeños automóviles
pasaban zumbando por su lado mientras ellos circulaban penosamente
a escasos cien kilómetros por hora. Stennett desdobló un
periódico italiano, La Repubblica, y cubrió con él la mitad del parabrisas.
Joel se alegró de circular en silencio y contemplar la campiña que pa43
saba ante sus ojos. La suave llanura parecía muy fértil a pesar de que
estaban a finales de enero y los campos sin cultivar. De vez en cuando,
por encima de los bancales de una colina, se distinguía alguna antigua
mansión. De hecho, una vez él había alquilado una.
Aproximadamente hacía doce años, su esposa número dos había
amenazado con largarse en caso de que no se la llevara a disfrutar de
unas largas vacaciones en algún sitio. Joel trabajaba ochenta horas a la
semana y todavía le faltaba tiempo para otros trabajos. Prefería vivir en
el despacho y, a juzgar por cómo iban las cosas en casa, no cabía duda
de que la vida allí era mucho más tranquila. Sin embargo, un divorcio le
hubiese salido demasiado caro, por lo que anunció a todo el mundo que
él y su querida esposa se irían a pasar un mes en Toscana. Se comportó
como si todo hubiera sido idea suya: «¡Todo un mes de vino y aventuras
gastronómicas en el corazón del Chianti!»
Encontraron un monasterio del siglo XIV cerca de la población medieval
de San Gimignano, con ama de llaves, cocineros e incluso un chofer.
Pero, al cuarto día de la aventura, Joel recibió la alarmante noticia de
que el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes del Senado
estaba considerando la posibilidad de anular una partida que le
arrebataría a uno de sus clientes contratistas del Departamento de Defensa
nada menos que dos mil millones de dólares. Alquiló un jet para
regresar a casa, puso manos a la obra y consiguió que el Senado rectificara.
La esposa número dos se quedó en su lugar de vacaciones donde, tal
como él averiguaría más adelante, empezó a acostarse con el joven
chofer. Se pasó una semana llamando a diario y prometiendo regresar
a la mansión para terminar las vacaciones, pero, pasada la segunda
semana, ella dejó de atender sus llamadas. La Ley de Asignaciones volvió
a modificarse favorablemente.
Un mes más tarde la mujer presentó una demanda de divorcio. En la
amarga contienda que siguió él acabó perdiendo más de tres millones
de dólares.
Y eso que ella era la preferida de las tres. Ahora las tres se habían
ido, todas para siempre. La primera, la madre de dos de sus hijos, se
había vuelto a casar dos veces desde el divorcio y su actual marido se
había hecho rico vendiendo fertilizantes líquidos a países del Tercer
Mundo. De hecho, su ex mujer había llegado a escribirle a la cárcel una
cruel y pequeña nota en la que alababa el sistema judicial por haberle
arreglado finalmente las cuentas a uno de sus más grandes estafado44
res.
No se lo podía reprochar. Había liado el petate tras sorprenderlo con
una secretaria, una putita que se había convertido en su esposa número
dos.
La esposa número tres había abandonado el barco poco después de la
presentación de la acusación.
Qué vida tan perra. Cincuenta y dos años y ¿qué le había reportado
una carrera dedicada a esquilmar a los clientes, perseguir a las secretarias
por los despachos, apretarles las tuercas a corruptos políticos de
tres al cuarto, trabajar siete días a la semana sin prestar la menor
atención a unos hijos sorprendentemente formales, crearse una imagen
pública y desarrollar un ego desmedido, persiguiendo dinero, dinero y
más dinero? ¿Cuál es la recompensa de la implacable búsqueda del
Gran Sueño Americano?
Seis años en la cárcel. Y luego un nombre falso porque el verdadero
es demasiado peligroso. Y unos trescientos dólares en el bolsillo.
¿Marco? ¿Cómo podría mirarse al espejo cada mañana y decir «Buenos
días, Marco»?
Claro que eso era mucho mejor que: «Buenos días, señor Delincuente.
»
Stennett, más que leer el periódico, luchaba contra él. Bajo su examen,
éste vibraba, brincaba y se arrugaba y hasta a veces el conductor
se volvía a mirarlo, irritado.
Un cartel indicador ponía que Venecia se encontraba a sesenta kilómetros
al sur y Joel decidió romper la monotonía.
–Me gustaría vivir en Venecia, si a la Casa Blanca le parece bien.
El chofer dio un respingo y el periódico de Stennett descendió unos
quince centímetros. La atmósfera en el interior del pequeño automóvil
se hizo por un instante irrespirable hasta que Stennett consiguió soltar
un gruñido y encogerse de hombros.
–Lo siento –dijo.
–Perdone, pero tengo que mear –dijo Joel–. ¿Podría conseguir autorización
para ir al lavabo?
Se detuvieron al norte de la ciudad de Conegliano, en un moderno
servizio del borde de la carretera. Stennett llevó una bandeja de espressos
de máquina. Joel tomó su taza y se acercó a la ventana de la
fachada para contemplar el tráfico mientras escuchaba la discusión de
una joven pareja en italiano. No recordaba ninguna de las doscientas
palabras que había intentado aprenderse de memoria. Le parecía una
45
tarea imposible.
Stennett se situó a su lado y contempló el tráfico.
–¿Ha pasado algún tiempo en Italia? –le preguntó.
–Un mes una vez, en Toscana.
–¿De veras? ¿Todo un mes? Debió de ser bonito.
–En realidad, fueron cuatro días, pero mi mujer se quedó un mes.
Hizo unos cuantos amigos. ¿Y usted? ¿Ésta es una de sus guaridas preferidas?
–Me muevo bastante. –Su rostro era tan vago como su respuesta.
Tomó un sorbo de la tacita y añadió–: Conegliano es famoso por su
Prosecco.
–La versión italiana del champán –dijo Joel.
–Sí. ¿A usted le gusta beber?
–Llevo seis años sin probar una gota.
–¿No le servían nada en la cárcel?
–No.
–¿Y ahora?
–Regresaré poquito a poco a él. El alcohol llegó a ser un vicio en otros
tiempos.
–Será mejor que nos vayamos.
–¿Cuánto tardaremos?
–No mucho.
Stennett hizo ademán de dirigirse a la puerta, pero Joel lo detuvo.
–Verá, es que necesito comer algo. ¿Podría llevarme un bocadillo para
el camino?
Stennett contempló un estante depaniniya. preparados.
–¿Podrían ser dos?
–Faltaría más.
La A27 conducía al sur hacia Treviso y, cuando comprendió que no
pasarían de largo, Joel dedujo que el trayecto estaba a punto de terminar.
El conductor aminoró la marcha, tomó dos desvíos y muy pronto
estuvieron circulando entre brincos por las estrechas calles de la ciudad.
–¿Cuántos habitantes tiene Treviso? –preguntó Joel.
–Ochenta y cinco mil –contestó Stennett.
–¿Qué sabe de la ciudad?
–Es una próspera y pequeña ciudad que no ha cambiado mucho en
quinientos años. Fue antiguamente aliada acérrima de Venecia cuando
todas estas ciudades luchaban entre sí. Lo bombardeamos todo en la
Segunda Guerra Mundial. Un bonito lugar, sin demasiados turistas.
46
«Un buen lugar para ocultarse», pensó Joel.
–¿Este es mi destino?
–Podría ser.
Una alta torre de reloj atraía todo el tráfico hacia el centro de la ciudad,
donde los vehículos avanzaban a paso de tortuga alrededor de la
Piazza dei Signori. Las motocicletas y los ciclomotores zigzagueaban entre
los automóviles con unos conductores aparentemente temerarios.
Joel devoró con la mirada las encantadoras tiendecitas: la tabaccheria
con sus expositores de periódicos bloqueando la entrada, la farmacia
con su cruz de neón verde, la carnicería con toda clase de embutidos en
el escaparate y, como es natural, las pequeñas terrazas de los cafés
con todas las mesas ocupadas por personas que parecían conformarse
con sentarse a leer, chismorrear y beber espressos durante horas. Ya
eran casi las once de la mañana. ¿En qué demonios debía de ganarse la
vida aquella gente si podía hacer una pausa para un café una hora antes
del almuerzo?
Llegó a la conclusión de que su reto sería averiguarlo.
El anónimo chofer entró en un improvisado estacionamiento. Stennett
marcó unos números en un móvil, esperó y después habló rápidamente
en italiano. Al terminar, señaló el parabrisas diciendo:
–¿Ve aquel café de allí, el que hay debajo del toldo rojo y blanco? ¿El
Caffé Donati?
Joel miró desde el asiento de atrás y dijo:
–Sí, ya lo veo.
–Entre por la puerta principal, pase por delante de la barra de su derecha
y diríjase hacia las ocho mesas del fondo. Tome asiento, pida un
café y espere.
–¿Qué tengo que esperar?
–Un hombre se acercará a usted al cabo de unos diez minutos. Hará
lo que él le diga.
–¿Y si no lo hago?
–No gaste bromas, señor Backman. Lo estaremos vigilando.
–¿Quién es ese hombre?
–Su nuevo mejor amigo. Sígalo y probablemente sobrevivirá. Como
cometa alguna estupidez, no durará ni un mes.
Stennett lo dijo con cierto tono de vanidosa satisfacción, como si le
hiciera gracia el hecho de poder encargarse de liquidar al pobre Marco.
–O sea que aquí nos decimos adiós, ¿verdad? –dijo Joel, recogiendo
su bolsa.
–Arrivederci, Marco, no adiós. ¿Tiene su documentación?
47
–Sí.
–Pues entonces, arrivederci.
Joel bajó despacio del vehículo y empezó a alejarse. Reprimió el impulso
de mirar hacia atrás para asegurarse de que Stennett, su protector,
aún estaba allí para protegerlo de lo desconocido. Pero no se volvió,
sino que trató de aparentar naturalidad mientras bajaba por la calle
con una bolsa de lona, la única bolsa de lona que él veía en aquel momento
en el centro de Treviso.
Stennett lo estaría vigilando, claro. ¿Y quién más? Seguro que su
nuevo mejor amigo debía de estar por allí, parcialmente escondido detrás
de un periódico comunicándose con Stennett y el resto. Joel se detuvo
un momento delante de la tabaccheria y echó un vistazo a los titulares
de los periódicos italianos, a pesar de que no entendió ni una sola
palabra. Se detuvo porque podía hacerlo, porque era un hombre libre
con la capacidad y el derecho de detenerse donde le apeteciera y de
hacer lo que le viniera en gana.
Entró en el Caffé Donati y el joven que estaba limpiando con un trapo
la superficie de la barra lo saludó con un «buon giorno».
–Buon giorno –consiguió contestar Joel, sus primeras verdaderas palabras
en italiano.
Para evitar alargar la conversación, siguió caminando. Pasó por delante
de la barra, de una escalera de caracol donde un letrero señalaba
el café del piso de arriba y de un gran mostrador lleno de deliciosos
pasteles. La parte de atrás del local estaba oscura y llena de gente y de
asfixiante humo de tabaco. Se sentó a una de las dos mesas libres e
hizo caso omiso de las miradas de los demás parroquianos. Lo aterrorizaba
el camarero, lo aterrorizaba el hecho de pedir una consumición y
lo aterrorizaba la posibilidad de ser desenmascarado en una fase tan
temprana de su huida, por lo que se limitó a permanecer sentado con la
cabeza inclinada, leyendo sus nuevos documentos de identidad.
–Buon giorno –dijo una joven situada a su izquierda.
–Buon giorno –consiguió responder Joel. Y, antes de que ella pudiera
comentarle algo acerca del menú, añadió–: Espresso.
La chica sonrió y dijo algo totalmente incomprensible, a lo cual él
contestó:
–No.
Dio resultado, porque la chica se retiró y para Joel fue una gran victoria.
Nadie lo miraba como si fuera un forastero ignorante. Cuando ella
le sirvió el café, le dijo muy suavemente «grazie» y la camarera incluso
le sonrió.
48
Lo tomó muy despacio pues no sabía cuánto le tendría que durar y no
quería terminárselo y verse obligado a pedir otra cosa.
El italiano se arremolinaba a su alrededor en una suave e incensante
cháchara de amigos que chismorreaban a velocidad de vértigo. ¿El inglés
resultaba tan ininteligible? Probablemente sí. La idea de aprender
el idioma lo suficiente para comprender lo que se decía a su alrededor
se le antojaba absolutamente imposible. Contempló su miserable lista
de doscientas palabras y, por unos minutos, trató desesperadamente de
oír pronunciar alguna de ellas.
Se acercó la camarera y le hizo una pregunta a la cual él contestó con
su habitual «no», y volvió a dar resultado.
O sea que Joel Backman se estaba tomando un espresso en un pequeño
bar de Via Verde, junto a la Piazza dei Signori, en el centro de
Treviso, en el Véneto, en el nordeste de Italia, mientras allá en el penal
de Rudley sus antiguos compañeros permanecían todavía encerrados en
régimen de aislamiento protegido con una comida asquerosa, un café
aguado y unos sádicos guardias y unas normas estúpidas y muchos
años por delante antes de poder soñar siquiera con una vida en libertad.
Contra toda expectativa, Joel Backman no moriría detrás de las rejas
de Rudley. No se le marchitarían la mente, el cuerpo y el espíritu. Les
había arrancado catorce años a sus torturadores y ahora estaba sentado
en un bonito café a una hora de Venecia.
¿Por qué pensaba en la cárcel? Porque uno no puede dejar atrás seis
años de cualquier cosa sin experimentar un sobresalto: te llevas contigo
parte del pasado por muy desagradable que éste haya sido.
El horror de la cárcel hacía que su repentina puesta en libertad le resultara
más dulce. Le llevaría tiempo, pero prometió concentrarse en el
presente. Sin pensar en absoluto en el futuro. Escuchando los sonidos,
la rápida charla de los amigos, las risas, el tipo hablando en susurros
por un móvil, la bonita camarera transmitiendo en voz alta los pedidos
a la cocina. Aspirando los olores... el humo del tabaco, el aromático café,
los pastelillos recién hechos, el calor de un antiguo y pequeño local
donde los habitantes del lugar llevaban siglos reuniéndose.
Y se preguntó por enésima vez por qué estaba allí exactamente. ¿Por
qué lo habían sacado de tapadillo de la cárcel y del país? Una cosa es
un indulto, pero ¿por qué una fuga internacional en toda regla? ¿Por
qué no entregarle la documentación de su puesta en libertad, permitirle
despedirse del viejo Rudley y vivir su vida como los demás delincuentes
49
recién indultados?
Tenía una corazonada. Podía atreverse a formular una respuesta bastante
acertada. Y esa respuesta lo aterrorizaba.
Luigi apareció como llovido del cielo.
6
Luigi tenía treinta y pocos años, unos tristes ojos oscuros, un cabello
moreno que le cubría parcialmente las orejas y una barba de por lo menos
cuatro días. Iba embutido en una especie de gruesa chaqueta basta
que, sumada al rostro sin afeitar, le confería un simpático aspecto de
campesino. Pidió un espresso y se mostró muy sonriente. Joel observó
inmediatamente que llevaba las manos y las uñas muy limpias y tenía
una dentadura muy regular. La rústica y gruesa chaqueta y la barba
formaban parte del disfraz. Probablemente Luigi había estudiado en
Harvard.
Su impecable inglés tenía justo el acento suficiente para convencer a
cualquiera de que era efectivamente italiano, dijo que era de Milán. Su
padre, italiano, era un diplomático que había viajado con su mujer norteamericana
y sus dos hijos por todo el mundo al servicio de su país.
Joel suponía que Luigi sabía muchas cosas acerca de él, por cuyo motivo
hizo preguntas para averiguar todo lo que pudiera acerca de su nuevo
entrenador.
No averiguó gran cosa. Matrimonio: ninguno. Colegio: Bolonia. Estudios
en Estados Unidos, sí, en algún lugar del Medio Oeste. Trabajo:
Gobierno. Qué gobierno: no podía decirlo. Sonreía con facilidad para
esquivar las preguntas a las que no quería responder. Joel se enfrentaba
con un profesional y lo sabía.
–Supongo que sabe usted algunas cosas acerca de mí –dijo Joel.
La sonrisa, la impecable dentadura. Los tristes ojos casi se cerraban
cuando sonreía. Las señoras se lo comían con los ojos.
–He visto la carpeta.
–¿La carpeta? La carpeta sobre mí no cabría en este local.
–He visto la carpeta.
–Muy bien pues, ¿cuánto tiempo sirvió Jacy Hubbard en el Senado de
Estados Unidos?
–Demasiado, diría yo. Mire, Marco, no vamos a revivir el pasado.
Ahora tenemos muchas cosas que hacer.
–¿Me podrían poner otro nombre? No me gusta demasiado Marco.
–Yo no lo elegí.
50
–Bueno pues, ¿quién lo ha elegido?
–No lo sé, pero yo no. Hace usted muchas preguntas inútiles.
–He sido abogado durante veinticinco años. Es una vieja costumbre.
Luigi apuró su espresso y depositó unos cuantos euros sobre la mesa.
–Vamos a dar un paseo –dijo, levantándose.
Joel tomó su bolsa de lona y siguió a su entrenador hasta el exterior
del café y la acera, bajando por una calle lateral con menos tráfico.
Apenas habían dado unos pasos cuando Luigi se detuvo delante del albergo
Campeol.
–Esta será su primera parada –dijo.
–¿Qué es esto? –preguntó Joel.
Era un edificio de estuco de cuatro pisos encajado entre otros dos.
Unas vistosas banderas ondeaban por encima del porche.
–Un pequeño y bonito hotel. Albergo significa hotel. También puede
utilizar la palabra «hotel» si quiere, pero en las ciudades más pequeñas
les gusta decir albergo.
–O sea que es un idioma fácil.
Joel estaba mirando arriba y abajo de la estrecha calle... que sería
evidentemente su nuevo barrio.
–Más fácil que el inglés.
–Ya veremos. ¿Cuántos idiomas habla usted?
–Cinco o seis.
Entraron y cruzaron el pequeño vestíbulo. Luigi saludó con la cabeza
al recepcionista del mostrador de la entrada como si ya lo conociera.
Joel consiguió pronunciar un aceptable «buon giorno» sin detenerse para
evitar una respuesta más complicada. Subieron tres tramos de escalera
y llegaron al final de un estrecho pasillo. Luigi tenía la llave de la
habitación 30, una sencilla pero muy bien amueblada suite con ventanas
en tres paredes y una vista sobre un canal de abajo.
–Es la mejor –dijo Luigi–. Nada especial, pero adecuada.
–Habría tenido usted que ver mi última habitación.
Joel arrojó la bolsa sobre la cama y empezó a descorrer las cortinas.
Luigi abrió la puerta de un armario muy pequeño.
–Mire. Aquí tiene cuatro camisas, cuatro pantalones, dos chaquetas,
dos pares de zapatos, todo de su talla. Y un grueso abrigo de lana...
aquí en Treviso hace mucho frío.
Joel contempló su nuevo vestuario. Las prendas estaban perfectamente
colgadas, todas planchadas y listas para su uso. Los colores eran
discretos, de muy buen gusto, y todas las camisas se podían combinar
con cada chaqueta y cada par de pantalones. Al final, se encogió de
51
hombros diciendo:
–Gracias.
–En ese cajón de ahí encontrará un cinturón, calcetines, ropa interior,
todo lo que necesite. En el cuarto de baño hay todos los artículos de
aseo necesarios.
–¿Qué puedo decirle?
–Y aquí en el escritorio hay dos pares de gafas. –Luigi tomó un par y
lo sostuvo contra la luz. Las pequeñas lentes rectangulares estaban rodeadas
por una fina montura negra metálica, muy europea–. Armani –
dijo Luigi con cierto orgullo.
–¿Gafas de lectura?
–Sí y no. Le sugiero que se las ponga siempre que salga de esta habitación.
Forman parte del disfraz, Marco. Parte de su nuevo yo.
–Hubiese tenido usted que conocer al antiguo.
–No, gracias. El aspecto es muy importante para los italianos, sobre
todo para nosotros los del norte. Su atuendo, sus gafas, su corte de cabello,
todo tiene que encajar debidamente para no llamar la atención.
Joel se sintió de pronto muy cohibido, pero, qué demonios, pensó
después. Llevaba enfundado en la ropa de la cárcel más tiempo del que
hubiera querido recordar. En sus días de gloria se gastaba habitualmente
tres mil dólares en un traje impecablemente confeccionado a la medida.
Luigi le seguía dando instrucciones.
–Nada de pantalones cortos, nada de calcetines negros y calzado deportivo
blanco, nada de pantalones de poliéster y camisas de golf y, por
favor, no empiece a engordar.
–¿Cómo se dice en italiano «anda y que te jodan»?
–Ya llegaremos a eso más tarde. Los hábitos y las costumbres son
importantes. Son fáciles de aprender y muy agradables. Por ejemplo,
nunca pida un cappuccino después de las diez y media de la mañana.
En cambio, un espresso se puede pedir a cualquier hora del día. ¿Lo sabía?
–Pues no.
–Sólo los turistas piden cappuccinos después del almuerzo o la cena.
Una vergüenza. Toda aquella leche con el estómago lleno.
Por un instante, Luigi frunció el entrecejo como si estuviera a punto
de vomitar de asco.
Joel levantó la mano derecha diciendo:
–Juro no hacerlo jamás.
–Siéntese –dijo Luigi, señalándole un pequeño escritorio y dos sillas.
Ambos se sentaron y procuraron ponerse cómodos. Luigi añadió–: Pri52
mero, la habitación. Está a mi nombre, pero el personal cree que un
hombre de negocios canadiense se alojará un par de semanas aquí.
–¿Un par de semanas?
–Sí, después se trasladará usted a otro sitio. –Luigi lo dijo en el tono
más siniestro posible, como si unas cuadrillas de asesinos ya estuvieran
en Treviso buscando a Joel Backman–. A partir de este momento, dejará
usted un rastro. Métaselo en la cabeza: cualquier cosa que haga,
cualquier persona con quien hable... todo formará parte de su rastro. El
secreto de la supervivencia es dejar tan pocas pistas como sea posible.
Hable con muy pocas personas, incluidos el recepcionista del mostrador
de la entrada y la gobernanta. El personal del hotel observa a los clientes
y suele tener muy buena memoria. Dentro de seis meses alguien
podría venir a este mismo hotel y empezar a hacer preguntas acerca de
usted. Podría llevar consigo una fotografía. Podría ofrecer sobornos. Y el
recepcionista podría acordarse repentinamente de usted y del hecho de
que apenas hablaba italiano.
–Tengo una pregunta.
–Y yo tengo muy pocas respuestas.
–¿Por qué aquí? ¿Por qué en un país donde no puedo hablar el idioma?
¿Por qué no en Inglaterra o Australia donde podría mezclarme con
más facilidad?
–Esta decisión la tomó otra persona, Marco, no yo.
–Ya me lo imaginaba.
–Pues, ¿por qué lo pregunta?
–No lo sé. ¿Puedo pedir un traslado?
–Otra pregunta inútil.
–Es un chiste malo, no una mala pregunta.
–¿Podemos seguir?
–Sí.
–Durante los primeros días lo llevaré a comer y a cenar. Saldremos
por ahí, siempre a lugares distintos. Treviso es una bonita ciudad con
muchos cafés y los visitaremos todos. Tiene que empezar a pensar en
el día en que yo ya no esté aquí. Tenga cuidado con las personas que
conozca.
–Tengo otra pregunta.
–Sí, Marco.
–Es sobre el dinero. La verdad es que no me gusta estar sin un céntimo.
¿Tienen ustedes previsto concederme una asignación o algo por el
estilo? Le lavaré el coche y me encargaré de otras tareas.
–¿Qué es una asignación?
–Dinero en efectivo, ¿comprende? Dinero para gastos.
53
–No se preocupe por el dinero. De momento, yo me encargo de las
cuentas. No pasará hambre.
–De acuerdo.
Luigi rebuscó en el profundo bolsillo de la chaqueta y sacó un teléfono
móvil.
–Esto es para usted.
–¿Y a quién voy a llamar exactamente?
–A mí, si necesita algo. Mi número está en la parte de atrás.
Joel aceptó el móvil y lo dejó encima del escritorio.
–Tengo apetito. He estado soñando con un almuerzo con pasta, vino
y postre y, naturalmente, un espresso, no un cappuccino a esta hora, y
después quizá la siesta de rigor. Ahora ya llevo cuatro días en Italia y
no he comido más que maíz frito y bocadillos. ¿Qué dice?
Luigi consultó su reloj.
–Conozco el lugar apropiado, pero primero un poco más de instrucción.
Usted no habla italiano, ¿de acuerdo?
Joel puso los ojos en blanco y trató de sonreír diciendo:
–No, jamás tuve ocasión de aprender italiano, francés, alemán ni ningún
otro idioma. Soy estadounidense, Luigi, ¿comprende? Mi país es
más grande que toda Europa junta. Me basta con saber inglés.
–Recuerde que es usted canadiense.
–De acuerdo, lo que sea, pero estamos aislados. Sólo nosotros y los
estadounidenses.
–Mi misión es mantenerlo a salvo.
–Gracias.
–Y, para ayudarnos a conseguirlo, tiene que aprender mucho italiano
tan rápido como pueda.
–Lo comprendo.
–Tendrá un profesor, un joven estudiante llamado Ermanno. Estudiará
con él por la mañana y también por la tarde. El trabajo será duro.
–¿Durante cuánto tiempo?
–Todo el que haga falta. Eso depende de usted. Si trabaja con empeño,
en tres o cuatro meses podría defenderse por su cuenta.
–¿Cuánto tardó usted en aprender inglés?
–Mi madre es estadounidense. En casa hablábamos inglés y fuera italiano.
–Eso es jugar con ventaja. ¿Qué más habla usted?
–Español, francés, algunos otros idiomas. Ermanno es un profesor
excelente. El aula está unas puertas más abajo.
–¿No aquí, en el hotel?
–No, no, Marco. Tiene usted que pensar en su rastro. ¿Qué dirían el
54
botones o la gobernanta si un chico se pasara cuatro horas diarias en la
habitación con usted?
–Dios nos libre.
–La gobernanta escucharía detrás de la puerta y oiría las lecciones.
Se lo diría a su jefe. En cuestión de uno o dos días todo el personal sabría
que el hombre de negocios canadiense está estudiando intensamente.
¡Durante cuatro horas al día!
–Lo entiendo. Y ahora, el almuerzo.
Al salir del hotel, Joel consiguió mirar con una sonrisa al recepcionista,
al conserje y al jefe de los botones sin decir ni una sola palabra. Recorrieron
una manzana hasta el centro de Treviso, la Piazza dei Signori,
la plaza principal rodeada de pórticos y cafés. Era mediodía y el tráfico
de peatones, muy intenso, pues la gente se estaba yendo a almorzar. El
tiempo estaba refrescando, pero Joel se encontraba muy a gusto con su
nuevo abrigo de lana. Se esforzaba todo lo que podía en parecer italiano.
–¿Dentro o fuera? –preguntó Luigi.
–Dentro –contestó Joel, entrando en el Caffé Beltrame, que daba a la
piazza.
Una estufa de ladrillo junto a la entrada calentaba el local y los efluvios
del cotidiano festín se filtraban desde la parte de atrás. Luigi y el
jefe de camareros hablaron simultáneamente, se rieron y después encontraron
una mesa junto al ventanal que daba a la calle.
–Hemos tenido suerte –dijo Luigi mientras ambos se quitaban el abrigo
y se sentaban–. El plato especial de hoy es faraona con polenta.
–¿Y eso qué es?
–Pintada con polenta.
–¿Y qué más?
Luigi estaba estudiando una pizarra que colgaba de una tosca viga
transversal.
–Panzerotti di funghi al burro... raviolis grandes de setas fritos. Conchiglie
di cavolfiori... conchas de vieira con coliflor. Spiedino di carne
misto alia griglia... brochetas de carne variada a la parrilla.
–Me lo como todo.
–El vino de la casa es muy bueno.
–Lo prefiero tinto.
En pocos minutos el café se llenó de clientes habituales, todos los
cuales parecían conocerse entre sí. Un afable hombrecillo pasó velozmente
por delante de la mesa con un sucio delantal blanco, se detuvo
55
justo lo suficiente para cruzar la mirada con Joel y no anotó nada mientras
Luigi soltaba una larga lista de lo que querían comer. Llegó una jarra
de vino de la casa con un cuenco de aceite de oliva tibio y una bandeja
de focaccia, torta cortada en rebanadas, y Joel empezó a comer.
Luigi estaba ocupado explicando las complejidades del almuerzo y el
desayuno, las costumbres, las tradiciones y los errores cometidos por
los turistas que intentaban hacerse pasar por auténticos italianos.
Con Luigi todo sería una experiencia de aprendizaje.
Aunque Joel sorbió y saboreó muy despacio el primer vaso de vino, el
alcohol se le subió directamente a la cabeza. Una maravillosa sensación
de calor y un entumecimiento se apoderaron de su cuerpo. Era libre,
tenía muchos años por delante y estaba sentado en un rústico y pequeño
café de una ciudad italiana de la que jamás había oído hablar, bebiéndose
un exquisito vino de la zona y aspirando los efluvios de un delicioso
festín. Miró sonriendo a Luigi mientras éste seguía con sus explicaciones,
pero, en determinado momento, Joel se perdió en otro mundo.
Ermanno afirmaba tener veintitrés años, pero no aparentaba más de
dieciséis. Era alto, estaba dolorosamente delgado y, con su cabello de
color arena y sus ojos de color avellana, más parecía alemán que italiano.
Además, era muy tímido y muy nervioso y a Joel no le gustó la primera
impresión.
Se reunieron con Ermanno en su pequeño apartamento del tercer piso
de un desvencijado edificio situado a unas seis manzanas de distancia
del hotel de Joel. Constaba de tres pequeñas habitaciones –una cocina,
un dormitorio y una zona de estar–, pero, puesto que Ermanno
era estudiante, semejante ambiente no era inesperado. Sin embargo,
todo daba la impresión de que el chico acababa de instalarse allí y podía
mudarse a otro sitio de un momento a otro.
Se sentaron alrededor de un pequeño escritorio situado en el centro
de la sala de estar. No había televisor. La habitación era fría y estaba
muy mal iluminada, por lo que Joel no pudo por menos que pensar que
lo habían llevado a una especie de lugar clandestino donde a los fugitivos
se les mantiene con vida y se los traslada de un sitio a otro en secreto.
El calor del almuerzo de dos horas de duración se estaba disipando
rápidamente. El nerviosismo de su profesor no contribuía a mejorar la
situación.
Al ver que Ermanno se mostraba incapaz de controlar la reunión, Lui56
gi intervino rápidamente para poner en marcha las cosas. Sugirió que
estudiaran cada mañana de nueve a once con una pausa de dos horas y
que, después, reanudaran las clases hasta que se cansaran. Ermanno y
Joel parecieron de acuerdo, pero a éste se le ocurrió una pregunta: «Si
mi nuevo hombre de aquí es un estudiante, ¿cómo tiene tiempo para
pasarse el día dándome clase?» Pero lo dejó correr. Ya intentaría averiguarlo
más tarde.
¡Oh, la de preguntas que se acumulaban en su mente!
Al final, Ermanno se tranquilizó y describió los detalles del curso.
Cuando hablaba despacio, no se le notaba mucho el acento. Pero,
cuando corría, cosa que tendía a hacer, su inglés habría podido sonar a
italiano. Una vez Luigi lo interrumpió para decirle:
–Ermanno, es importante que hables muy despacio, por lo menos los
primeros días.
–Gracias –dijo Joel dándoselas de listillo.
Ermanno se ruborizó y consiguió decir tímidamente:
–Perdón.
Entregó su primera remesa de material de estudio: el primer volumen
del curso junto con una pequeña grabadora y dos casetes.
–Las cintas siguen el orden del curso –explicó muy despacio–. Esta
noche tendrías que estudiar el primer capítulo y escuchar cada cinta
vanas veces. Mañana empezaremos por ahí.
–Será un curso muy intensivo –terció Luigi, ejerciendo más presión,
como si fuera necesario.
–¿Dónde aprendiste inglés? –preguntó Joel.
–En la universidad –contestó Ermanno–. En Bolonia.
–¿O sea que no has estudiado en Estados Unidos?
–Sí que he estudiado –contestó el chico mirando nerviosamente a
Luigi, como si prefiriera no hablar de nada que ocurriera en Estados
Unidos. A diferencia de Luigi, Ermanno era muy transparente y estaba
claro que no era un profesional.
–¿Dónde? –preguntó Joel, insistiendo para ver qué podía averiguar.
–Furman –contestó Ermanno–. Una pequeña escuela de Carolina del
Sur.
–¿Cuándo estuviste allí?
Luigi acudió en su rescate, carraspeando.
–Ya habrá tiempo más tarde para estas conversaciones intrascendentes.
Es importante que te olvides del inglés, Marco. A partir de hoy, vivirás
en un mundo italiano. Todo lo que toques tiene un nombre italiano.
Todo lo que pienses lo tendrás que traducir. Dentro de una semana
57
pedirás las consumiciones en los restaurantes. Dentro de dos semanas
soñarás en italiano. Es una inmersión total y absoluta en el idioma y la
cultura, y no hay vuelta atrás.
–¿Podríamos empezar a las ocho de la mañana? –preguntó Joel.
Ermanno lo miró, se agitó con cierta impaciencia y, al final, dijo:
–Quizás a las ocho y media.
–Muy bien, estaré aquí a las ocho y media.
Abandonaron el apartamento y regresaron dando un paseo a la Piazza
dei Signori. Era media tarde, el tráfico había disminuido considerablemente
y las aceras estaban casi desiertas. Luigi se detuvo delante de la
Trattoria del Monte y señaló la puerta diciendo:
–Me reuniré aquí mismo contigo a las ocho para cenar, ¿de acuerdo?
–Sí, de acuerdo.
–¿Sabes dónde está tu hotel?
–Sí, el albergo.
–¿Y tienes un plano de la ciudad?
–Sí.
–Muy bien. Ahora vete por tu cuenta, Marco.
Dicho lo cual, Luigi se adentró en una callejuela y desapareció. Joel se
lo quedó mirando un segundo y después reanudó su paseo hasta la plaza
principal.
Se sentía muy solo. Cuatro días después de haber abandonado Rudley
era por fin libre, no llevaba escolta y puede que nadie lo observara,
aunque lo dudaba. Decidió inmediatamente moverse por la ciudad e ir a
lo suyo como si nadie lo vigilara.
Y decidió también, mientras fingía contemplar el escaparate de una
pequeña tienda de artículos de cuero, no pasarse el resto de la vida volviendo
la cabeza.
No lo encontrarían.
Vagó sin rumbo hasta llegar a la Piazza San Vito, una plazoleta donde
había dos iglesias desde hacía setecientos años. Tanto la iglesia de Santa
Lucia como la de San Vito estaban cerradas, pero, según decía la vetusta
placa de latón, ambas volverían a abrir de cuatro a seis de la tarde.
¿Qué clase de lugar cierra desde el mediodía a las cuatro de la tarde?
Los bares no estaban cerrados, simplemente desiertos. Al final, hizo
acopio de valor y entró en uno. Acercó un taburete, contuvo la respiración
y pronunció la palabra «bina» cuando el barman estuvo más cerca.
El barman le contestó algo, esperó una respuesta y, por una décima
58
de segundo, Joel estuvo tentado de salir disparado del local. Pero entonces
vio el barril, lo señaló como si supiera muy bien lo que quería y
el barman alargó la mano hacia una jarra vacía.
La primera cerveza en seis años. Estaba fría, era densa y aromática y
la saboreó sorbo a sorbo. Una telenovela sonaba desde un televisor del
fondo del bar. Prestó atención de vez en cuando, no entendió ni una sola
palabra y trató de convencerse de que conseguiría dominar el idioma.
Mientras estaba tomando la decisión de marcharse y regresar dando un
paseo a su hotel, miró por la ventana de la fachada.
Vio pasar a Stennett.
Entonces pidió otra cerveza.
7
El caso Backman había sido ampliamente comentado por Dan Sandberg,
un veterano del Washington Post. En 1998, había revelado la historia
de ciertos documentos altamente secretos que habían abandonado
el Pentágono sin autorización.
La investigación del FBI que inmediatamente se abrió lo mantuvo
ocupado durante medio año, en cuyo transcurso publicó dieciocho reportajes,
casi todos de primera plana. Tenía contactos fidedignos tanto
en la CIA como en el FBI. Conocía a los socios de Backman, Pratt & Bolling,
y se había pasado algún tiempo en sus despachos. Acosó al Departamento
de Justicia en demanda de información. Estaba presente en
la sala del tribunal el día en que Backman se declaró precipitadamente
culpable y desapareció.
Un año más tarde había escrito uno o dos libros acerca del escándalo.
Vendió un respetable número de 24.000 ejemplares en tapa dura y, en
otros formatos, aproximadamente la mitad. En el transcurso de sus investigaciones,
Sandberg estableció ciertas relaciones básicas. Una de
ellas resultó ser una valiosa aunque completamente inesperada fuente
de información: Un mes antes de la muerte de Jacy Hubbard, Cari
Pratt, que por aquel entonces era objeto de una grave acusación al
igual que casi todos los socios más antiguos del bufete, se había puesto
en contacto con él y concertado una cita. Al final, ambos acabaron reuniéndose
más de doce veces mientras el escándalo seguía su curso, y
en los años sucesivos se habían convertido en amigos de copas y solían
reunirse de tapadillo por lo menos un par de veces al año para intercambiar
chismes.
Tres días después de la divulgación de la noticia del indulto, Sandberg
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llamó a Pratt y concertó una cita con él en su local preferido, un bar estudiantil
próximo a la Universidad de Georgetown.
Pratt tenía un aspecto espantoso, como si se hubiera pasado varios
días bebiendo. Pidió un vodka; Sandberg prefirió seguir con la cerveza.
–Bueno pues, ¿dónde está tu chico? –preguntó Sandberg sonriendo.
–Ya no está en la cárcel, eso seguro. Pratt tomó un sorbo casi letal de
vodka y emitió un chasquido con los labios.
–¿Ni una sola palabra de él?
–Nada. Ni yo ni nadie del bufete.
–¿Te sorprendería que llamara o pasara por allí?
–Sí y no. Nada puede sorprenderme de Backman. –Más vodka–. Si
jamás volviera a poner los pies en el distrito de Columbia, tampoco me
sorprendería. Si apareciera mañana y anunciara la creación de un nuevo
bufete, no me sorprendería.
–El indulto te sorprendió.
–Sí, pero eso no ha sido obra de Backman, ¿verdad?
–Lo dudo.
Pasó una estudiante y Sandberg le echó un vistazo. Se había divorciado
un par de veces y siempre andaba al acecho. Tomó un sorbo de
cerveza diciendo:
–No puede ejercer la profesión, ¿verdad? Creo que le retiraron la licencia.
–Eso no constituiría ningún obstáculo para Backman. Lo llamaría «relaciones
gubernamentales» o «asesoría» o cualquier otra cosa. Los lobbys
son su especialidad y para eso no hace falta ninguna licencia. Qué
demonios, la mitad de los abogados de esta ciudad no sabría ni dónde
está el Palacio de Justicia. Pero seguro que todos saben dónde está el
Congreso.
–¿Y qué me dices de los clientes?
–Eso no va a ocurrir. Backman no regresará al distrito de Columbia. A
no ser que tú hayas averiguado otra cosa.
–No he averiguado nada. Ha desaparecido. En la cárcel nadie dice ni
una sola palabra. No consigo que nadie del penal suelte prenda.
–¿Cuál es tu teoría? –preguntó Pratt, apurando su consumición como
si ya estuviera preparado para otra.
–Hoy he descubierto que Teddy Maynard fue a la Casa Blanca a última
hora del día diecinueve. Sólo alguien como Teddy podría arrancarle
algo a Morgan. Backman salió probablemente escoltado y ha desaparecido.
–¿Testigo protegido?
–Algo así. La CIA ya ha ocultado a gente otras veces. Tienen que
60
hacerlo. No consta nada oficialmente, pero tienen recursos.
–Pero ¿por qué ocultar a Backman?
–Venganza. ¿Recuerdas a Aldrich Arnés, el topo más grande de la historia
de la CIA?
–Pues claro.
–Ahora está encerrado a buen recaudo en algún penal federal. ¿No
sabes que a la CIA le encantaría cargárselo? No pueden hacerlo porque
va en contra de la ley... No pueden centrar su objetivo en ciudadanos
de Estados Unidos, ni aquí ni en el extranjero.
–Backman no era un topo de la CIA. Qué caray, odiaba a Teddy Maynard
y el sentimiento era recíproco.
–Maynard no lo mataría. Organizaría las cosas de tal manera que alguien
esté encantado de hacerlo.
Pratt se estaba levantando.
–¿Quieres otra? –preguntó, señalando la cerveza.
–Tal vez más tarde –contestó Sandberg.
Levantó su jarra por segunda vez e ingirió un sorbo.
Pratt regresó con un vodka doble, se sentó y preguntó:
–O sea que tú crees que los días de Backman están contados.
–Me has preguntado mi teoría. Cuéntame la tuya.
Un razonable trago de vodka y después:
–El mismo resultado, pero desde un ángulo ligeramente distinto. –
Pratt sumergió el dedo en la bebida, la removió y se lamió el dedo
mientras reflexionaba unos segundos–. Todo confidencial, ¿de acuerdo?
–Naturalmente.
Habían hablado tanto a lo largo de los años que todo era siempre
confidencial.
–Transcurrió un período de ocho días entre la muerte de Hubbard y la
declaración de culpabilidad de Backman. Fue un período tremendo.
Tanto Kim Bolling como yo estábamos bajo la protección del FBI las
veinticuatro horas del día y en todas partes. Muy curioso, en realidad.
El FBI estaba tratando por todos los medios de enviarnos a la cárcel para
siempre y, al mismo tiempo, se sentía obligado a protegernos. –Un
sorbo mientras miraba a su alrededor para ver si algún estudiante escuchaba
con disimulo. No vio a ninguno–. Hubo algunas amenazas, algunas
actuaciones muy serias por parte de las mismas personas que se
habían cargado a Jacy Hubbard. Más tarde el FBI nos quitó la protección,
meses después de la marcha de Backman, cuando la situación ya
se había calmado. Nos sentimos un poco más tranquilos, pero Bolling y
yo continuamos dos años pagándonos un servicio de vigilancia armada.
Yo sigo mirando por el espejo retrovisor. El pobre Kim ha perdido el jui61
cio.
–¿Quién profirió las amenazas?
–Los mismos que estarían encantados de descubrir el paradero de
Joel Backman.
–¿Quiénes?
–Backman y Hubbard habían acordado vender su pequeño producto a
los saudíes a cambio de una impresionante cantidad de dinero. Muy
elevada, pero muy inferior al coste de la construcción de todo un nuevo
sistema de satélites. El acuerdo se fue al carajo. Hubbard resultó muerto,
Backman fue inmediatamente enviado a la cárcel y la cosa no les
hizo ninguna gracia a los saudíes. Tampoco a los israelíes, porque ellos
también querían cerrar un trato. –Hizo una pausa para tomar un trago,
como si necesitara un poco más de fuerza para terminar la historia–.
Después tenemos a los que crearon inicialmente el sistema.
–¿Los rusos?
–No es probable. A Jacy Hubbard le encantaban las chicas asiáticas.
Lo vieron por última vez saliendo de un bar con una preciosa chiquita
de torneadas piernas, largo cabello negro y rostro redondo, originaria
de algún lugar del otro extremo del mundo. La China comunista utiliza
aquí a miles de personas para obtener información. Todos sus estudiantes,
hombres de negocios y diplomáticos en Estados Unidos. Este lugar
está lleno de chinos que se dedican a fisgar. Además, sus servicios de
inteligencia cuentan con unos agentes muy eficaces. Por una cosa de
este tipo, no vacilarían en perseguir a Hubbard y Backman.
–¿Estás seguro de que es la China comunista?
–Nadie está seguro, hombre. Puede que Backman lo sepa, pero jamás
se lo dijo a nadie. Ten en cuenta que la CIA ni siquiera estaba al corriente
de la existencia de este sistema. Los pillaron con los pantalones
bajados y el viejo Teddy aún está intentando ponerse al día.
–El viejo Teddy se lo está pasando en grande, ¿eh?
–Con toda seguridad. Le soltó a Morgan una información sobre la seguridad
nacional. Morgan, como era de esperar, se lo traga. Backman
sale. Teddy lo saca a escondidas del país y después vigila para ver
quién aparece con una pistola. Es un juego en el que Teddy no puede
perder.
–Es brillante.
–Es más que brillante, Dan. Piénsalo bien. Cuando Joel Backman se
encuentre con su asesino, nadie lo sabrá jamás. Nadie sabe dónde está.
Nadie sabrá quién es cuando encuentren su cuerpo.
–Si es que lo encuentran.
–Exactamente.
62
–¿Y Backman lo sabe?
Pratt apuró su segundo trago y se secó la boca con la manga. Estaba
frunciendo el ceño.
–Backman no tiene un pelo de tonto. Pero buena parte de lo que sabemos
salió a la luz cuando él se fue. Sobrevivió seis años en la cárcel y
probablemente cree que podrá sobrevivir a cualquier cosa.
Critz entró en un pub cerca del hotel Connaught de Londres. Caía una
persistente lluvia y necesitaba un lugar donde guarecerse.
Su mujer se encontraba en el pequeño apartamento que su nuevo jefe
les había alquilado, por lo que Critz podía permitirse el lujo de permanecer
sentado en un abarrotado pub donde nadie le conocía y tomarse
un par de cervezas. Ya llevaba una semana en Londres y todavía
faltaba otra para que cruzara de nuevo el Atlántico de regreso al distrito
de Columbia, donde aceptaría un miserable trabajo como miembro de
un lobby por cuenta de una empresa que fabricaba, entre otra quincalla,
misiles defectuosos que el Pentágono aborrecía, pero que, a pesar
de ello, se vería obligado a comprar porque la empresa contaba con todos
los grupos de presión apropiados.
Encontró un reservado desocupado, sólo parcialmente visible a través
de la bruma del humo de tabaco, entró y se sentó detrás de su cerveza.
Qué agradable resultaba beber solo sin la preocupación de que alguien
le viera y corriera a decirle:
«Oye, Critz, ¿qué pensabais hacer, estúpidos, con el veto de Berman?
» Bla, bla, bla.
Escuchó las joviales voces británicas de los clientes que iban y venían.
Ni siquiera le molestaba el humo. Estaba solo y era anónimo y disfrutaba
de aquella intimidad.
Sin embargo, su anonimato no era completo. A su espalda apareció
un hombrecillo tocado con una vieja gorra de marinero, entró en el reservado
y se situó al otro lado de la mesa. Le pegó un susto.
–¿Le importa que me siente aquí con usted, señor Critz? –dijo el marinero,
esbozando una sonrisa que dejó al descubierto unos grandes y
amarillentos dientes.
Critz recordaría más adelante aquellos sucios dientes.
–Siéntese –dijo Critz en un tono cansado–. ¿Cómo se llama?
–Ben.
No era británico y el inglés no era su lengua materna. Ben tenía unos
treinta años, cabello oscuro, ojos castaños y una larga y puntiaguda nariz
que le confería un aspecto más bien griego.
–No tiene apellido, ¿eh? –Critz tomó un sorbo de su cerveza y dijo–:
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¿Cómo ha averiguado exactamente mi apellido?
–Lo sé todo de usted.
–No sabía que fuera tan famoso.
–Yo a eso no lo llamaría fama, señor Critz. Seré breve. Trabajo por
cuenta de unas personas que necesitan desesperadamente localizar a
Joel Backman. Le pagarán una cuantiosa suma de dinero en efectivo.
Dinero en efectivo en una caja o dinero en efectivo en un banco suizo,
no importa. Se puede hacer rápidamente, en cuestión de horas. Usted
nos dice dónde está, cobra un millón de dólares y jamás nadie lo sabrá.
–¿Cómo me han localizado?
–Muy sencillo, señor Critz. Digamos que somos profesionales.
–¿Espías?
–Eso no tiene importancia. Somos quienes somos y vamos a encontrar
al señor Backman. El caso es, ¿quiere usted el millón de dólares?
–No sé dónde está.
–Pero lo puede averiguar.
–Tal vez.
–¿Le interesa el negocio?
–No por un millón de dólares.
–Pues, ¿por cuánto?
–Tendré que pensarlo.
–Piénselo rápido.
–¿Y si no consigo obtener la información?
–En tal caso, jamás lo volveremos a ver. Este encuentro jamás tuvo
lugar. Es muy fácil.
Critz ingirió un buen trago de su cerveza y reflexionó acerca del asunto.
–De acuerdo, supongamos que consigo obtener esta información, no
soy muy optimista al respecto, pero ¿y si tengo suerte? Entonces,
¿qué?
–Toma usted un avión de la Lufthansa desde Dulles hasta Amsterdam
en primera clase. Se registra en el hotel Amstel de la calle Biddenham.
Ya le encontraremos, tal como lo hemos encontrado aquí.
Critz hizo una pausa y se aprendió los detalles de memoria.
–¿Cuándo? –preguntó.
–Lo antes posible, señor Critz. Hay otros que lo están buscando.
Ben desapareció con la misma rapidez con que había aparecido y dejó
a Critz mirando entre el humo mientras se preguntaba si todo habría
sido un sueño. Critz abandonó el pub una hora más tarde con el rostro
oculto bajo un paraguas, completamente seguro de que lo estaban vigi64
lando.
¿También lo vigilarían en Washington? Tenía la inquietante sensación
de que sí.
8
La siesta no dio resultado. El vino del almuerzo y las dos cervezas de
la tarde tampoco le sirvieron de nada. Tenía simplemente demasiadas
cosas en que pensar.
Además, estaba muy descansado; tenía suficiente sueño acumulado
en el cuerpo. Seis años en solitario encierro reducen el cuerpo humano
a un estado tan pasivo que el sueño se convierte en la principal actividad.
Durante los primeros meses en Rudley, Joel dormía ocho horas por
la noche y hacía una buena siesta después del almuerzo, lo cual era
comprensible teniendo en cuenta lo poco que había dormido durante los
veinte años anteriores, en que se pasaba la vida manteniendo en pie la
República de día y persiguiendo faldas hasta el amanecer. Al cabo de un
año, podía dormir nueve y a veces hasta diez horas. Había muy poco
más que hacer aparte de leer y ver un poco la televisión.
Una vez, por puro aburrimiento, llevó a cabo un estudio, una de sus
muchas encuestas clandestinas, pasando una hoja de papel de celda en
celda mientras los guardias hacían la siesta y, de treinta y siete encuestados
de su bloque, el porcentaje era de once horas de sueño al día.
Mo, el delator de la mafia, aseguraba dormir dieciséis horas y a menudo
se le oía dormir al mediodía. Mad Cow Miller era el que menos dormía,
apenas tres horas, pero el pobre hombre había perdido el juicio hacía
años, por lo que Joel se vio obligado a eliminar sus respuestas del estudio.
Había períodos de insomnio, largos períodos en que se pasaba el rato
mirando al techo y pensando en los errores y en los hijos y los nietos,
en la humillación del pasado y el temor del futuro. Y había semanas en
que le facilitaban pildoras para dormir en la celda, de una en una, pero
jamás le daban resultado. Joel sospechaba que eran simples placebos.
Pero en seis años había dormido demasiado. Ahora su cuerpo estaba
muy descansado. Y su mente trabajaba en exceso.
Se levantó lentamente de la cama donde llevaba una hora tumbado
incapaz de cerrar los ojos y se acercó a la mesita donde tomó el móvil
que Luigi le había facilitado. Se lo llevó a la ventana, tecleó los números
pegados con cinta adhesiva en la parte posterior y, tras cuatro timbrazos,
oyó una conocida voz.
65
–Ciao, Marco. Come stai?
–Simplemente comprobando a ver si funciona este chisme –contestó
Joel.
–¿Me crees capaz de darte un teléfono defectuoso? –preguntó Luigi.
–No, por supuesto que no.
–¿Qué tal la siesta?
–Pues muy buena, estupenda. Te veré a la hora de cenar.
–Ciao.
¿Dónde estaba Luigi? ¿Acechando allí cerca con un móvil en el bolsillo,
esperando a que Joel lo llamara? ¿Vigilando el hotel? Si Stennett y
el chofer estaban todavía en Treviso, con Luigi y Ermanno habría en total
cuatro «amigos» por decirlo de alguna manera encargados de vigilar
a Joel Backman.
Asió el teléfono y se preguntó quién más de allí afuera estaría al corriente
de la llamada. ¿Quién más estaría escuchando? Contempló la
calle de abajo y se preguntó quién estaría allí. ¿Sólo Luigi?
Rechazó aquellos pensamientos y se sentó a la mesa. Le apetecía un
café, tal vez un espresso doble para que se le pusieran en marcha los
nervios, de ninguna manera un cappuccino debido a lo tardío de la
hora, pero no estaba preparado para descolgar el auricular y pedirlo.
Podía decir «hola» y «café» en italiano, pero había toda otra serie de
palabras que todavía ignoraba.
¿Cómo puede sobrevivir un hombre sin un café cargado? En otros
tiempos, su secretaria preferida solía servirle su primera taza de un impresionante
brebaje turco exactamente a las seis y media de la mañana,
seis días a la semana. Había estado casi a punto de casarse con
ella. A las diez de la mañana, el intermediario estaba tan tenso que
arrojaba cosas, les pegaba gritos a sus subordinados y atendía tres llamadas
al mismo tiempo mientras unos senadores permanecían a la espera.
Aquel recuerdo no le gustó. Raras veces le gustaban sus recuerdos.
Tenía muchos y se había pasado seis años librando en solitario una encarnizada
batalla mental para depurar su pasado.
Volviendo al café, le asustaba pedirlo porque temía el idioma. Joel
Backman jamás le había tenido miedo a nada y, si había sido capaz de
seguir el desarrollo de trescientas disposiciones legales a través del laberinto
del Congreso y efectuar cien llamadas telefónicas al día sin apenas
examinar el Rolodex o una agenda, estaba seguro de que podría
aprender suficiente italiano para pedir un café.
Colocó cuidadosamente el material de estudio de Ermanno sobre la
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mesa y examinó la sinopsis. Comprobó las pilas de la pequeña grabadora
y tomó las cintas. La primera clase de la lección era un tosco dibujo
en color de la sala de estar de una familia con mamá, papá y los niños
viendo la televisión. Los objetos estaban indicados tanto en el idioma
materno como en italiano: puerta y porta, sofá y sofá, ventana y finestra,
cuadro y quadro, etc. El chico era un ragazzo, la madre era la madre,
el viejo que se tambaleaba en un rincón apoyado en un bastón era
el abuelo o il nonno.
Cinco páginas más adelante estaban la cocina, el dormitorio y el cuarto
de baño. Al cabo de una hora, y todavía sin café, Joel empezó a pasear
lentamente por su habitación, señalando y pronunciando en voz
baja los nombres de todo lo que veía: cama, letto, lámpara, lampada;
reloj, orologio; jabón, sapone. Había unos cuantos verbos incluidos por
precaución: hablar, parlare; comer, mangiare; beber, bere; pensar,
pensare. Se colocó ante el pequeño espejo (specchio) de su cuarto de
baño y trató de convencerse de que era efectivamente Marco. Marco
Lazzeri. «Sono Marco. Sono Marco», repetía. Soy Marco. Soy Marco.
En principio una tontería, pero tenía que hacer borrón y cuenta nueva.
Había demasiadas cosas en juego para aferrarse a un antiguo nombre
que lo podía matar. Si el hecho de ser Marco le podía salvar el pellejo,
pues sería Marco.
Marco. Marco. Marco.
Empezó a buscar palabras que no estuvieran en los dibujos. En su
nuevo diccionario encontró carta igienica para rollo de papel higiénico,
guanciale para almohada, soffitto para techo. Todo tenía un nuevo
nombre, todos los objetos de su habitación, de su pequeño y nuevo
mundo, todo lo que podía ver en aquel momento se convertía en algo
nuevo. Una y otra vez, mientras sus ojos saltaban de una cosa a otra,
pronunciaba la palabra italiana.
¿Y qué decir de sí mismo? Tenía un cervello, cerebro. Tocaba una
mano; un brazo, braccio; una pierna, gamba. Tenía que respirar, respirare;
ver, vedere; tocar, toccare; oír, sentire; dormir, dormire; soñar,
sognare.
Estaba divagando y se contuvo. Mañana Ermanno empezaría con la
primera lección, la primera descarga de vocabulario, poniendo el acento
en lo más básico: saludos y felicitaciones, conversación cortés, números
del uno al cien, los días de la semana, los meses del año e incluso el alfabeto.
Los verbos ser (essere) y haber (avere) se conjugaban en presente,
pasado simple y futuro.
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A la hora de cenar, Marco ya se había aprendido de memoria toda la
primera lección y escuchado la correspondiente cinta una docena de veces.
Salió a la gélida noche y echó alegremente a andar hacia la Trattoria
del Monte, donde sabía que Luigi lo estaría esperando con una de las
mejores mesas y algunas excelentes sugerencias del menú. En la calle,
con la cabeza todavía dándole vueltas después de varias horas de memorización
mecánica, vio una motocicleta, una bicicleta, un perro y un
par de hermanas gemelas y se enfrentó con la dura realidad de no conocer
ninguna de aquellas palabras en su nuevo idioma.
Todo se lo había dejado en la habitación del hotel.
Pensando en la comida que lo esperaba, siguió impertérrito hacia delante,
confiando todavía en que él, Marco, podría llegar a convertirse en
cierto modo en un respetable italiano. En una mesa de la esquina, saludó
a Luigi con un ceremonioso gesto.
–Buona sera, signore, come esta?
–Soto bene, grazie, e tu?
–Molto bene, grazie –contestó Marco. Muy bien, gracias.
–Has estado estudiando, ¿verdad? –dijo Luigi.
–Pues sí, no tenía otra cosa que hacer.
Antes de que Marco pudiera desdoblar la servilleta, se acercó un camarero
con una botella de tinto de la casa protegida por una envoltura
de paja. Llenó con presteza dos copas y se marchó.
–Ermanno es un profesor estupendo –estaba diciendo Luigi.
–¿Lo has utilizado otras veces? –preguntó Marco como el que no
quiere la cosa.
–Sí.
–O sea que, ¿con cuánta frecuencia te traes aquí a alguien como yo y
lo conviertes en italiano?
Luigi esbozó una sonrisa diciendo:
–De vez en cuando.
–Cuesta un poco creerlo.
–Puedes creer lo que quieras, Marco. Todo es imaginario.
–Hablas como un espía.
Un encogimiento de hombros que no fue una verdadera respuesta.
–¿Para quién trabajas, Luigi?
–¿Tú para quién crees?
–Formas parte de un alfabeto... CIA, FBI, NSA. Puede que alguna oscura
rama del servicio de inteligencia militar.
–¿Te lo pasas bien, reuniéndote conmigo en estos encantadores restaurantes?
–preguntó Luigi.
–¿Tengo otra alternativa?
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–Sí. Como sigas haciendo estas preguntas, dejaremos de reunimos.
Y, cuando dejemos de reunimos, tu vida, a pesar de lo vulnerable que
ya es, se volverá todavía más frágil.
–Pensé que tu misión era proteger mi vida.
–Y lo es. Por consiguiente, deja de hacerme preguntas sobre mí. Te
aseguro que no hay respuestas.
Como si estuviera en nómina, el camarero eligió el momento más
oportuno para acercarse y depositó dos cartas de gran tamaño entre
ambos, modificando con ello hábilmente el rumbo que estaba siguiendo
la conversación. Marco frunció el entrecejo ante la lista de platos y recordó
una vez más hasta dónde llegaban sus conocimientos de italiano.
Al final reconoció las palabras caffe, vino y birra.
–¿Qué parece más recomendable? –preguntó.
–El chef es de Siena y, por consiguiente, le gustan los platos toscanos.
El risotto con funghi porcini es excelente como primer plato. Yo
tomaré un bistec florentino, que es sensacional.
Marco cerró la carta y aspiró los efluvios procedentes de la cocina.
–Tomaré las dos cosas.
Luigi cerró también la suya y le hizo una seña al camarero. Tras
haber pedido los platos, ambos se pasaron unos cuantos minutos bebiendo
vino en silencio.
–Hace unos años –empezó diciendo Luigi–, me desperté una mañana
en un pequeño hotel de Estambul. Solo y con unos quinientos dólares
en el bolsillo. Y un pasaporte falso. No hablaba una sola palabra de turco.
Mi enlace estaba en la ciudad, pero, si yo me hubiera puesto en
contacto con él, me habría visto obligado a buscarme una nueva carrera.
En diez meses exactamente tenía que regresar al mismo hotel y reunirme
con un amigo que me sacaría del país.
–Eso suena a adiestramiento básico de la CIA.
–Te has equivocado en la parte del alfabeto –dijo Luigi, haciendo una
pausa para tomar un sorbo de vino antes de seguir adelante–. Puesto
que disfruto con la comida, aprendí a sobrevivir. Me empapé del idioma
y la cultura y de todo lo que me rodeaba. Me las arreglé bastante bien,
me mezclé con el ambiente que me rodeaba y, diez meses más tarde,
cuando me reuní con mi amigo, tenía más de mil dólares en el bolsillo.
–Italiano, inglés, francés, español, turco... ¿qué más?
–Ruso. Me soltaron durante un año en Stalingrado.
Marco estuvo casi a punto de preguntar «quiénes», pero lo dejó correr.
No habría respuesta; además, ya creía conocerla.
–¿O sea que a mí me han soltado aquí?
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El camarero depositó en la mesa una cesta de panecillos variados y
un pequeño cuenco de aceite de oliva. Luigi empezó a mojar y a comer,
y la pregunta quedó olvidada o ignorada. Les sirvieron más comida, una
bandejita de jamón y salame con aceitunas, y la conversación empezó a
languidecer. Luigi era un espía o un contraespía, o un agente secreto, o
un agente de alguna otra clase, o simplemente un enlace o un contacto,
o puede que un colaborador de segunda fila, pero era en primer lugar y
por encima de todo italiano. Todo el adiestramiento del mundo no pudo
desviar su atención del reto que tenía delante cuando la comida estuvo
servida.
Mientras comía, Luigi cambió de tema. Explicó los detalles de una cena
italiana como es debido. Primero, los antipasti, generalmente una
bandeja de carnes variadas como la que en aquellos momentos tenían
delante. Después, el primer plato, el primo, que, por regla general, es
una considerable ración de pasta, arroz, sopa o polenta, cuyo propósito
es preparar el estómago para el plato principal, el secondo, un sustancioso
plato de carne, pescado, cerdo, pollo o cordero. «Ten cuidado con los
postres», le advirtió en tono siniestro, mirando a su alrededor para
asegurarse de que el camarero no le estuviera escuchando. Meneó
compungido la cabeza para explicar que muchos buenos restaurantes
los compraban fuera y estaban tan cargados de azúcar o de licores baratos
que prácticamente se te cargaban los dientes.
Marco consiguió mostrarse lo suficientemente impresionado por aquel
escándalo nacional.
–Apréndete la palabra gelato –dijo Luigi con los ojos nuevamente brillantes.
–Helado –dijo Marco.
–Muy bien. Los mejores del mundo. Hay una gelateria unas puertas
más abajo. Iremos allí después de cenar.
El servicio de habitaciones terminaba a las doce de la noche. A las
11.55, Marco descolgó el auricular y marcó dos veces el número 44.
Tragó profundamente saliva y contuvo la respiración. Llevaba treinta
minutos practicando el diálogo.
Tras unos cuantos perezosos timbrazos en cuyo transcurso estuvo casi
a punto de colgar un par de veces, una soñolienta voz contestó diciendo:
–Buona sera.
Marco cerró los ojos y se lanzó.
70
–Buona sera. Vorrei un caffé, per favore. Un espresso doppio.
–Si, latte e zucchero? –¿Leche y azúcar?
–No, senza latte e zucchero.
–Si, cinque minuti.
–Grazie.
Marco colgó rápidamente para evitar el riesgo de un ulterior diálogo,
pese a que, dado el poco entusiasmo que se respiraba en el otro extremo
de la línea, dudaba mucho que tal cosa fuera posible. Se puso en
pie de un salto, levantó un puño en el aire y se dio una palmada en la
espalda por haber completado su primera lección en italiano. No había
habido el menor tropiezo. Cada una de las dos partes había comprendido
todo lo que decía la otra.
A la una de la madrugada aún se tomaba su espresso doble, saboreándolo
a pesar de que ya estaba frío. Mediada la tercera lección no
pensaba ni de lejos en el sueño, sólo en devorar todo el libro de texto
para su primera sesión con Ermanno.
Llamó a la puerta del apartamento con diez minutos de antelación.
Era una cuestión de control. Por más que intentara resistirse, regresaba
impulsivamente a sus viejos hábitos. Prefería ser él quien decidiera
cuándo empezarían las lecciones. Diez minutos antes o veinte minutos
después, la hora no importaba.
Mientras esperaba en el oscuro rellano, le vino repentinamente a la
memoria la reunión de altos vuelos de la cual había sido anfitrión una
vez en su enorme sala de juntas. La sala estaba abarrotada de ejecutivos
de multinacionales y peces gordos de distintas agencias gubernamentales,
todos ellos convocados allí por el intermediario. A pesar de
que la sala de juntas se encontraba a cincuenta pasos pasillo abajo de
su despacho, él hizo su entrada veinte minutos más tarde, pidiendo disculpas
y explicando que había estado hablando por teléfono con el despacho
del primer ministro de no sé qué país de segunda.
Mezquinos, mezquinos, mezquinos los juegos que se montaba.
Ermanno no pareció impresionado. Hizo esperar a su alumno por lo
menos cinco minutos antes de abrirle la puerta con una tímida sonrisa y
un amistoso:
–Buon giorno, signor Lazzeri.
–Buon giorno, Ermanno. Come stai?
–Molto bene, grazie. E tu?
–Molto bene, grazie.
Ermanno abrió un poco más la puerta y, con un amplio gesto de la
71
mano, añadió:
–Prego. Adelante, por favor.
Marco entró y se sorprendió una vez más de lo improvisado y provisional
que parecía todo. Dejó sus libros en la mesita del centro de la
habitación de la parte anterior del apartamento y decidió no quitarse el
abrigo. Fuera la temperatura era de unos seis grados centígrados y
aquel pequeño apartamento no estaba mucho más caldeado.
–Vorresti un caffé? –preguntó Ermanno. ¿Te apetece un café?
–Si, grazie.
Se había pasado unas dos horas durmiendo, de cuatro a seis, después
se había duchado y vestido y había decidido salir a las calles de
Treviso, donde encontró un bar abierto en el que se reunían los ancianos
tomando espressos y hablando todos a la vez. Le apetecía un poco
más de café, pero lo que de verdad necesitaba era tomar un bocado.
Un cruasán, un bollo o algo por el estilo, algo cuyo nombre todavía no
había aprendido. Llegó a la conclusión de que podría aguantarse el
hambre hasta el mediodía cuando se reuniera una vez más con Luigi
para efectuar otra incursión en la gastronomía italiana.
–Tú eres estudiante, ¿verdad? –preguntó en inglés cuando Ermanno
regresó de la cocina con dos tacitas.
–Non inglese, Marco, non inglese.
Y eso fue todo el inglés. Un brusco final; una áspera despedida definitiva
de su idioma materno. Ermanno se sentó a un lado de la mesa y
Marco al otro y, a las ocho y media en punto, ambos pasaron a la primera
página de la primera lección. Marco leyó el primer diálogo en italiano
y Ermanno hizo amablemente las correcciones aunque se quedó
muy impresionado de la preparación de su alumno. Se había aprendido
totalmente de memoria el vocabulario, pero el acento se tenía que trabajar.
Una hora más tarde, Ermanno empezó a señalar distintos objetos de
la habitación –alfombra, libro, revista, silla, quilt, cortinas, radio, suelo,
pared, mochila– y Marco contestó con soltura. Con un acento cada vez
más perfecto, soltó toda la lista de las expresiones de cortesía –buenos
días, cómo está usted, muy bien, gracias, por favor, hasta luego, adiós,
buenas noches– y treinta más. Recitó los días de la semana y los meses
del año. La lección terminó al cabo de sólo dos horas y Ermanno preguntó
si necesitaba un descanso.
–No.
Pasaron a la segunda lección, con otra página de vocabulario que
Marco ya dominaba, y otros ejemplos de diálogo que éste pronunció de
72
maravilla.
–Has estudiado mucho –murmuró Ermanno en inglés.
–Non inglese, Ermanno, non inglese –lo corrigió Marco.
El juego ya estaba en marcha: quién podía ser más aplicado. Al mediodía,
el profesor ya estaba agotado y necesitaba un descanso, por lo
que ambos suspiraron de alivio al oír una llamada a la puerta y la voz
de Luigi en el rellano. Éste entró y los vio a los dos inclinados sobre la
mesita atestada de papeles como si se hubieran pasado varias horas
echando pulsos.
–Come va? –preguntó Luigi. ¿Cómo va?
Ermanno le miró con expresión cansada y contestó:
–Molto intenso.
–Vorrei pranzare –anunció Marco, levantándose muy despacio. Quisiera
almorzar.
Marco esperaba disfrutar de un agradable almuerzo con un poco de
inglés intercalado para facilitar las cosas y tal vez para aliviar la tensión
mental de intentar traducir todas las palabras que oía. Sin embargo,
después del brillante resumen de la sesión matinal que le había facilitado
Ermanno, Luigi experimentó el impulso de seguir con la inmersión
durante la comida o, por lo menos, la primera parte de ella. En el menú
no había ni una sola palabra en inglés, por lo que, tras haberle explicado
Luigi todos los platos en un incomprensible italiano, Marco levantó
las manos diciendo:
–Se acabó. Me voy a pasar la siguiente hora sin hablar ni escuchar
italiano.
–¿Y tu almuerzo?
–Me comeré el tuyo.
Tomó un sorbo de vino y procuró relajarse.
–Muy bien pues. Supongo que nos las podremos arreglar con el inglés
durante una hora.
–Grazie –dijo Marco sin poder contenerse.
9
A media sesión matinal del día siguiente, Marco cambió bruscamente
de estrategia. En mitad de un diálogo especialmente aburrido, soltó en
inglés:
–Tú no eres estudiante.
Ermanno levantó los ojos del libro de instrucciones, hizo una momentánea
pausa y después dijo:
73
–Non inglese, Marco. Soltanto italiano. –Sólo italiano.
–Ahora mismo estoy harto del italiano, ¿vale? Tú no eres estudiante.
Ermanno no sabía engañar, por lo que hizo una pausa excesivamente
larga.
–Lo soy –dijo sin demasiada convicción.
–No, no lo creo. Es evidente que no vas a clase, de lo contrario, no
podrías pasarte todo el día enseñándome a mí.
–A lo mejor, voy a clases nocturnas. ¿Eso qué importa?
–Tú no vas a ninguna clase. Aquí no hay ningún libro, ninguna publicación
estudiantil, ninguna de las habituales porquerías que los estudiantes
dejan tiradas por todas partes.
–A lo mejor está todo en la otra habitación.
–Déjame ver.
–¿Por qué? ¿Por qué es importante?
–Porque creo que estás trabajando para las mismas personas para las
que trabaja Luigi.
–¿Y qué si lo hiciera?
–Quiero saber quiénes son.
–¿Y si yo no lo supiera? ¿A ti qué más te da? Tu tarea es aprender el
idioma.
–¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí, en este apartamento?
–No tengo que contestar a tus preguntas.
–Mira, creo que te instalaste aquí la semana pasada; que esto es una
especie de piso franco y que tú no eres realmente la persona que dices
ser.
–Pues entonces ya somos dos.
Ermanno se levantó de golpe y entró en la cocinita trasera del apartamento.
Regresó con unos papeles que deslizó delante de Marco. Era
el resguardo de un paquete certificado de la Universidad de Bolonia con
una etiqueta postal en la cual figuraba la dirección de Ermanno Rosconi,
la dirección en la cual se encontraban ambos en aquel preciso momento.
–Pronto reanudaré las clases –dijo Ermanno–. ¿Quieres un poco más
de café?
Marco estudiaba los impresos. Comprendía justo lo suficiente para
captar el significado.
–Sí, por favor.
Era simple papeleo fácilmente falsificable. Sin embargo, en caso de
que fuera falso, estaba muy bien hecho. Ermanno regresó a la cocina y
abrió el grifo del agua.
Marco empujó su silla hacia atrás diciendo:
74
–Voy a dar una vuelta por la manzana. Necesito despejar un poco la
cabeza.
La costumbre cambió a la hora de cenar. Luigi se reunió con él delante
de un estanco que daba a la Piazza dei Signori y ambos bajaron por
una bulliciosa callejuela cuando los tenderos ya estaban cerrando.
Había oscurecido y hacía mucho frío, y los hombres de negocios arrebujados
en sus elegantes atuendos regresaban corriendo a casa con bufanda
y sombrero. Luigi llevaba las manos enguantadas en los bolsillos
de lana de una especie de guardapolvo de áspero y grueso tejido que le
llegaba hasta las rodillas y que tanto podía haber heredado de su abuelo
como comprado la semana anterior en la tienda tremendamente cara
de un diseñador de Milán. Pese a ello, lo lucía con mucho estilo y Marco
envidió una vez más la natural elegancia de su instructor.
Luigi no tenía prisa y parecía disfrutar del frío. Hizo algunos comentarios
en italiano, pero Marco se negó a seguirle la corriente.
–Inglés, Luigi –le dijo dos veces–. Necesito el inglés.
–De acuerdo. ¿Qué tal ha ido tu segundo día de clase?
–Muy bien. Ermanno no lo hace mal. No tiene sentido del humor, pero
es un profesor eficaz.
–¿Estás haciendo progresos?
–¿Y cómo podría no hacer progresos?
–Ermanno me dice que tienes buen oído para el idioma.
–Ermanno es un embaucador muy malo y tú lo sabes. Trabajo duro
porque muchas cosas dependen de ello. Me machaca seis horas al día y
después me paso tres horas por la noche empollando. El progreso es
inevitable.
–Trabajas muy duro –repitió Luigi. De repente, se detuvo a mirar lo
que parecía una pequeña charcutería–. Aquí cenamos, Marco.
Marco hizo un gesto de reproche. La ventana de la fachada se encontraba
a no más de cuatro metros y medio de distancia. Las mesas estaban
todas apretujadas junto a la ventana y el local parecía lleno a rebosar.
–¿Estás seguro? –preguntó Marco.
–Sí, es un sitio muy bueno. Comida ligera, bocadillos y cosas por el
estilo. Come tú solo. Yo no voy a entrar.
Marco le miró y fue a protestar, pero se contuvo y esbozó una sonrisa
como si aceptara el reto de buen grado.
–El menú está en una pizarra, encima de la caja, nada de inglés. Primero
pides, pagas y después recoges la comida al final del mostrador;
no es mal sitio para sentarse si consigues un taburete. La propina está
75
incluida.
–¿Cuál es la especialidad de la casa? –preguntó Marco.
–La pizza de jamón con alcachofas es deliciosa. También lo son los
bocadillos. Me reuniré contigo allí, junto a la fuente, dentro de una
hora.
Marco apretó la mandíbula y entró en el local sintiéndose muy solo.
Mientras esperaba detrás de dos señoras, estudió desesperadamente la
pizarra en busca de algo que pudiera pronunciar. Que se fuera al carajo
el sabor. Lo importante era pedir y pagar. Por suerte, la cajera era una
dama de mediana edad que disfrutaba sonriendo. Marco la saludó con
un cordial «buona sera» y, antes de que ella pudiera contestarle algo,
le pidió «un panino con prosciutto e formaggio» –un bocata de jamón y
queso– y una Coca–Cola.
–¡Ah, la Coca–Cola! Da igual en qué idioma se la nombre.
La caja se puso en marcha ruidosamente y ella pronunció un batiburrillo
de palabras incomprensibles. Pero siguió sonriendo, dijo «si» y entregó
un billete de veinte euros que sin duda sería suficiente para pagar
y recibir un poco de cambio. Dio resultado. El cambio iba acompañado
de un resguardo.
–Numero sessantasette –dijo la cajera. Número sesenta y siete.
Tomó el resguardo y recorrió muy despacio el mostrador en dirección
a la cocina. Nadie le miró, nadie pareció fijarse en él. ¿Se estaría
haciendo pasar realmente por italiano, por un auténtico habitante del
lugar? ¿O acaso se le notaba tanto que era forastero que la gente ni se
molestaba en mirarle? Había adquirido rápidamente la costumbre de
estudiar cómo vestían los demás hombres y creía haberse adaptado.
Tal como Luigi le había dicho, los hombres del norte de Italia se preocupaban
mucho más por el estilo y el aspecto que los norteamericanos.
Se veían más chaquetas y pantalones a la medida, más jerséis y
corbatas. Mucho menos tejido vaquero y prácticamente ninguna camiseta
u otras manifestaciones de falta de interés por el aspecto.
Luigi, o quienquiera que le hubiera preparado el vestuario, alguien
pagado sin duda por los contribuyentes estadounidenses, había hecho
muy bien su trabajo. Para ser un hombre que se había pasado seis años
vestido con la misma ropa carcelaria, Marco se estaba adaptando rápidamente
a lo italiano. Observó las bandejas de comida que iban pasando
por el mostrador, cerca de la parrilla.
Al cabo de unos diez minutos apareció un voluminoso bocadillo. Un
empleado lo tomó, arrancó un resguardo y gritó:
–Numero sessantasette.
76
Marco se adelantó sin decir nada y mostró su resguardo. Inmediatamente
le sirvieron la bebida sin alcohol. Encontró sitio en una mesita de
un rincón y disfrutó plenamente de la soledad de su cena.
El local era ruidoso y estaba lleno de gente, un sitio de barrio en el
que muchos de los clientes se conocían. Los saludos iban acompañados
de besos y abrazos, largos holas y adioses todavía más largos. Hacer
cola no constituía ningún problema, aunque a los italianos les costaba
un poco comprender lo que es mantenerse los unos detrás de los otros.
En Estados Unidos hubiese habido vehementes protestas de los clientes
y puede que alguna palabrota del cajero.
En un país en el que una casa de trescientos años se considera nueva,
el tiempo tiene un significado distinto. La comida es para disfrutarla,
incluso en una pequeña charcutería con unas cuantas mesas.
Los que estaban sentados cerca de Joel parecían dispuestos a pasarse
horas digiriendo su pizza y sus bocadillos. ¡Tenían tantas cosas de que
hablar!
El ritmo de muerte cerebral de la vida carcelaria le había embotado
todos los sentidos. Había conservado la cordura leyendo ocho libros
semanales, pero incluso aquel ejercicio había sido para huir, no necesariamente
para aprender. Dos días de intensa memorización, conjugaciones
y pronunciación, y de escuchar como jamás en su vida había escuchado
le habían dejado mentalmente exhausto.
Por consiguiente, absorbió el estruendo italiano sin tratar de comprender
nada. Disfrutaba del ritmo, la cadencia y las risas. De vez en
cuando captaba alguna palabra, sobre todo de los saludos y las despedidas,
y lo consideraba en cierto modo un progreso. La contemplación
de las familias y los amigos le hacía sentirse solo, pero se negaba a
pensar en ello. La soledad eran veinticuatro horas dianas en una pequeña
celda con alguna que otra carta y un simple libro de bolsillo por
toda compañía. Sabía lo que era la soledad; aquello, en cambio, era un
día en la playa.
Procuró que el jamón y el queso le duraran al máximo, pero todo tenía
un límite. Recordó pedir algún plato frito la siguiente vez porque con
las frituras puedes seguir jugueteando incluso cuando ya están frías,
alargando de este modo la comida mucho más de lo que se consideraría
normal en Estados Unidos. Cedió su mesa a regañadientes.
Casi una hora después de haber entrado en el local, abandonó su caldeado
interior camino de la fuente. Habían cortado el agua para que no
se helara. Luigi apareció a los pocos minutos como si hubiera permane77
cido acechando en la oscuridad. Tuvo el valor de sugerirle un gelato, un
helado, pero Marco estaba temblando. Regresaron al hotel y se dieron
las buenas noches.
El supervisor de Luigi contaba con cobertura diplomática en el consulado
norteamericano de Milán. Se llamaba Whitaker y Backman era la
menor de sus prioridades. Backman no tenía nada que ver con el espionaje
ni el contraespionaje y Whitaker estaba demasiado ocupado en este
sector como para molestarse por un poderoso ex intermediario de
Washington que había sido ocultado en Italia. Sin embargo, preparaba
debidamente sus resúmenes diarios y los enviaba a Langley. Allí eran
recibidos y revisados por Julia Javier, la veterana con acceso directo al
señor Maynard en persona. Gracias a la vigilancia de la señora Javier,
Whitaker se mostraba tan diligente en Milán. De no haber sido por eso,
quizá los resúmenes no hubiesen sido tan puntuales.
Teddy quería información.
La señora Javier fue llamada a su despacho del séptimo piso, al «Ala
Teddy», como se la conocía en Langley. Entró en su «estación», su
puesto, tal como él prefería que lo llamaran, y lo encontró una vez más
tras una larga y ancha mesa de reuniones sentado en su elevada silla
de ruedas, envuelto en varias mantas de tronco para abajo y vestido
con su habitual traje negro, examinando montones de resúmenes mientras
Hoby permanecía a la espera, listo para ir por otra taza del maldito
té verde que Teddy estaba convencido de que lo mantenía vivo.
Estaba vivo por los pelos, pero Julia Javier ya llevaba muchos años
pensando lo mismo.
Puesto que ella no bebía café y el té ni lo tocaba, no le ofrecieron nada.
Ocupó su habitual lugar a la derecha de Teddy, en una especie de
asiento de los testigos que todos los visitantes se esperaba que ocuparan
–por el oído derecho oía mejor que por el izquierdo– y él consiguió
saludarla con un cansado: «Hola, Julia.»
Como de costumbre, Hoby se sentó delante de ella y se dispuso a
tomar notas.
Todos los sonidos de la «estación» eran captados por los más sofisticados
dispositivos de grabación jamás creados por la moderna tecnología,
pese a lo cual Hoby hacía el numerito de anotarlo todo.
–Infórmeme acerca de Backman –dijo Teddy.
Un informe oral como aquél tenía que ser conciso e ir al grano sin una
sola palabra innecesaria.
Julia estudió sus notas, carraspeó y empezó a hablar para los micró78
fonos ocultos.
–Está en Treviso, una bonita y pequeña ciudad del norte de Italia.
Lleva cuatro días allí y por lo visto se está adaptando muy bien. Nuestro
agente se mantiene en contacto constante con él y el profesor de idiomas,
un lugareño, está haciendo un buen trabajo. Backman no tiene
dinero ni pasaporte y hasta ahora se ha mostrado muy dispuesto a no
separarse del agente. No ha utilizado el teléfono de su habitación del
hotel ni el móvil, como no sea para llamar a nuestro agente. No ha demostrado
ningún deseo de explorar o pasear. Está claro que las costumbres
adquiridas en la cárcel no se pierden fácilmente. No se aleja de
su hotel. Cuando no le dan clase o come, permanece en su habitación y
estudia italiano.
–¿Qué tal va con el idioma?
–No está mal. Tiene cincuenta y dos años y, por consiguiente, no será
muy rápido.
–Yo aprendí el árabe a los sesenta –dijo Teddy con orgullo, como si
los sesenta años se encontraran a un siglo de distancia.
–Sí, lo sé –dijo Julia. En Langley todo el mundo lo sabía–. Estudia
mucho y hace progresos, pero sólo lleva tres días. El profesor está impresionado.
–¿De qué habla?
–No del pasado, no de los viejos amigos ni de los viejos enemigos. De
nada que a nosotros nos interese. Eso lo ha excluido, por lo menos de
momento. La conversación suele girar en torno a su nuevo lugar de residencia,
la cultura y el idioma.
–¿Y su estado de ánimo?
–Acaba de salir de la cárcel catorce años antes de lo previsto y disfruta
de las largas comidas y del buen vino. Está muy contento. No parece
que sienta añoranza, pero, como es natural, no tiene un verdadero
hogar. Jamás habla de su familia.
–¿Qué tal su salud?
–Parece buena. La tos le ha desaparecido. Parece que duerme bien.
No se queja.
–¿Cuánto bebe?
–Tiene cuidado. Disfruta del vino en el almuerzo y la cena y toma una
cerveza en un bar de la zona, pero nada excesivo.
–Vamos a aumentarle un poco la bebida para probar, ¿de acuerdo? A
ver si se le desata un poco la lengua.
–Este es nuestro plan.
–¿Hasta qué extremo lo tenemos vigilado?
–Todo está controlado por dispositivos de escucha... los teléfonos, la
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habitación, las clases de idioma, los almuerzos, las cenas. Hasta en los
zapatos lleva micrófonos. En ambos pares. Su abrigo lleva un Peak 30
cosido dentro del forro. Lo podemos localizar prácticamente en cualquier
sitio.
–¿O sea que no lo pueden perder?
–Es un abogado, no un espía. De momento, parece conformarse con
disfrutar de su libertad y hacer lo que le dicen.
–Pero no es tonto. Recuérdelo, Julia. Backman sabe que hay algunas
personas muy desagradables que estarían encantadas de localizarlo.
–Muy cierto, pero, por ahora, es como un niñito agarrado a la falda
de su madre.
–¿O sea que se siente seguro?
–Dadas las circunstancias, sí.
–Pues entonces, vamos a pegarle un susto.
–¿Ahora?
–Sí. –Teddy se frotó los ojos y tomó un sorbo de té–. ¿Qué hay de su
hijo?
–Grado de vigilancia tres; no ocurren demasiadas cosas en Culpeper,
Virginia. Si Backman intenta establecer contacto con alguien, será con
Neal Backman. Pero antes lo sabremos en Italia que en Culpeper.
–Su hijo es la única persona en quien confía –dijo Teddy, expresando
lo que Julia ya había dicho muchas veces.
–Muy cierto.
Tras una prolongada pausa, Teddy añadió:
–¿Alguna otra cosa, Julia?
–Le está escribiendo una carta a su madre, a Oakland.
Teddy esbozó una rápida sonrisa.
–Qué bonito. ¿La tenemos?
–Sí, nuestro agente la fotografió ayer, la acabamos de recibir. Backman
la oculta entre las páginas de una revista de turismo local, en su
habitación de hotel.
–¿Es muy extensa?
–Un par de párrafos bastante largos. Está claro que aún no ha terminado
de escribirla.
–Léamela –dijo Teddy, apoyando la cabeza en el respaldo de su silla
de ruedas y cerrando los ojos.
Julia rebuscó entre los papeles y se empujó las gafas de lectura hacia
arriba sobre el caballete de la nariz.
–No lleva fecha y está escrita a mano, lo cual es un fastidio porque la
escritura de Backman es fatal.
80
Querida madre:
No sé muy bien si alguna vez recibirás esta carta. No sé muy bien si
la echaré al correo, de lo que depende que la recibas o no. En cualquier
caso, he salido de la cárcel y estoy mejor. En mi última carta te decía
que las cosas iban bien en la llanura de Oklahoma. Entonces no tenía ni
idea de que el presidente me indultaría. Todo ocurrió tan rápido que todavía
no me lo puedo creer.
Vivo en la otra punta del mundo, no puedo decir dónde porque eso
podría molestar a algunas personas. Preferiría estar en Estados Unidos,
pero no es posible. Yo no pude opinar al respecto. No es que sea una
vida estupenda, pero sin duda es mucho mejor que la que tenía hace
una semana. En la cárcel me estaba muriendo a pesar de lo que decía
en mis cartas. No quería que te preocuparas. Aquí soy libre y eso es lo
más importante del mundo. Puedo pasear por la calle, comer en un café,
ir y venir a mi antojo y hacer lo que me da la gana. La libertad, madre,
es algo con lo que llevaba años soñando y creía imposible.
Julia dejó la carta y dijo:
–Hasta aquí ha llegado.
Teddy abrió los ojos diciendo:
–¿Le cree lo bastante estúpido como para enviarle una carta a su
madre por correo?
–No. Pero lleva mucho tiempo escribiéndole una vez a la semana. Es
una costumbre y probablemente surte en él un efecto terapéutico. Con
alguien tiene que hablar.
–¿Seguimos vigilando su correspondencia?
–Sí, la poca que recibe.
–Muy bien. Péguenle un susto de muerte y después facilítenme el informe.
–Sí, señor.
Julia recogió los papeles y se marchó de la habitación. Teddy tomó un
resumen y se ajustó las gafas de lectura. Hoby se dirigió a una cercana
y pequeña cocina.
El teléfono de la madre de Backman, en la residencia de Oakland,
había sido pinchado y, de momento, no había permitido averiguar nada.
El día en que se anunció el indulto, dos íntimas amigas habían llamado
para hacerle un montón de preguntas y felicitarla discretamente, pero
la señora Backman estaba tan conmovida que, al final, le habían tenido
que administrar un sedante para que descansara unas cuantas horas.
Sus nietos –los tres hijos que Joel había tenido con sus distintas espo81
sas– hacía seis meses que no la llamaban.
Lydia Backman había superado dos ataques y estaba inmovilizada en
una silla de ruedas. Cuando su hijo estaba en pleno apogeo, vivía con
bastante lujo en una espaciosa vivienda de propiedad con una enfermera
a su entero servicio. La condena de su hijo la había obligado a dejar
la buena vida y mudarse a una residencia geriátrica junto con otro centenar
de personas.
Seguro que Backman no intentaría contactar con ella.
10
Tras pasarse varios días soñando con el dinero, Critz empezó a gastarlo,
por lo menos mentalmente. Con toda aquella pasta no se vería
obligado a trabajar por cuenta del corrupto contratista y tampoco tendría
que hablar en público en giras organizadas de conferencias. (Tampoco
estaba muy seguro de que hubiera público interesado en escucharle
a pesar de lo que le había prometido su agente de conferencias.)
¡Critz ya estaba pensando en el retiro! En algún lugar lejos de Washington
y de todos los enemigos que se había creado, en algún lugar de
la playa con un velero a su alcance. O puede que se trasladara a Suiza
y permaneciera cerca de su nueva fortuna guardada en su nuevo banco,
todo maravillosamente libre de impuestos y creciendo día a día.
Efectuó una llamada telefónica y consiguió prorrogar el alquiler de su
apartamento en Londres unos cuantos días. Animó a su mujer a hacer
más compras. Ella también estaba cansada de Washington y necesitaba
una vida más fácil.
En parte por su desmedida codicia, en parte a causa de su natural
ineptitud y en parte también por su escasa sofisticación en cuestiones
de espionaje, Critz metió la pata estrepitosamente desde el principio.
Para ser alguien tan experto en los sucios manejos de Washington, sus
errores fueron inadmisibles.
En primer lugar, utilizó el teléfono de su apartamento de alquiler hasta
donde podían seguirle el rastro de inmediato. Llamó a Jeb Priddy, el
enlace de la CIA destacado en la Casa Blanca durante los últimos cuatro
años. Priddy permanecía aún en su puesto, pero esperaba que no tardaran
en llamarlo desde Langley. El nuevo presidente se estaba instalando
y la situación era caótica, según Priddy, a quien pareció molestar
ligeramente aquella llamada. Él y Critz jamás habían hecho buenas migas
y Priddy comprendió de inmediato que el otro estaba tratando de
sonsacarle algo. Al final, Critz le dijo que intentaba localizar a un viejo
amigo, un veterano analista de la CIA con el que antaño había jugado
82
mucho al golf. Se llamaba Daly, Addison Daly, y había dejado Washington
para pasar una temporada en Asia. ¿Sabía Priddy por casualidad
dónde estaba en aquellos momentos?
Addison Daly estaba escondido en Langley y Priddy lo sabía muy bien.
–Le conozco de nombre –contestó Priddy–. Puede que consiga encontrarlo.
¿Dónde te puedo localizar?
Critz le facilitó el número del apartamento. Priddy llamó a Addison
Daly y le contó sus sospechas. Daly puso en marcha su grabadora y
llamó a Londres a través de una línea segura. Critz contestó al teléfono
y se puso loco de contento al oír la voz de su antiguo amigo. Habló por
los codos de lo maravillosa que era la vida después de la Casa Blanca,
después de todos aquellos años dedicado al juego político, de lo agradable
que era ser un ciudadano anónimo. Estaba deseando reanudar
sus viejas amistades y volver a jugar en serio al golf.
Daly le siguió muy bien la corriente. Le explicó que él también estaba
pensando en el retiro –ya llevaba casi treinta años en el servicio– y soñaba
con una vida más fácil.
–¿Cómo está Teddy últimamente?, –quiso saber Critz. ¿Y cómo está
el nuevo presidente? ¿Qué atmósfera se respira en Washington con la
nueva Administración?
–No ha habido grandes cambios, –contestó Daly en tono meditabundo,
otra pandilla de imbéciles. Por cierto, ¿cómo está el ex presidente
Morgan?
Critz lo ignoraba, no había hablado con él, de hecho, cabía la posibilidad
de que se pasara muchos años sin volver a hablar con él. Cuando
la conversación ya tocaba a su fin, Critz preguntó, con una torpe carcajada:
–Supongo que nadie habrá visto a Joel Backman, ¿verdad?
Daly también consiguió reírse... era todo muy divertido.
–No –contestó–. Creo que el chico está muy bien escondido.
–Con razón.
Critz prometió llamar en cuanto regresara a Washington. ¡Jugarían
dieciocho hoyos en uno de los mejores clubes, y después tomarían unas
copas como en los viejos tiempos!
¿Qué viejos tiempos?, se preguntó Daly tras colgar el aparato.
Una hora más tarde le pasaron la conversación a Teddy Maynard.
Puesto que las dos primeras llamadas habían resultado prometedoras,
Critz siguió adelante. Siempre le había encantado utilizar el teléfono.
Compartía la llamada teoría de la escopeta: llena el aire de llamadas y
83
algo saldrá. Se estaba forjando un rudimentario plan. Otro viejo amigo
suyo había formado parte en otros tiempos del equipo de colaboradores
del presidente del Comité de Espionaje del Senado y, aunque se había
convertido en miembro de un influyente lobby, mantenía, al parecer,
estrechas conexiones con la CIA.
Hablaron de política y de golf y, al final, para gran deleite de Critz, el
amigo le preguntó en qué habría estado pensando exactamente el presidente
Morgan al conceder el indulto al duque de Mongo, el mayor defraudador
de impuestos de la historia de Estados Unidos. Critz señaló
que él se había mostrado contrario al indulto, pero consiguió encauzar
la conversación hacia otro controvertido indulto.
–¿Qué se rumorea sobre Backman? –preguntó.
–Tú estabas allí –contestó su amigo.
–Sí, pero ¿dónde lo ha escondido Maynard? Eso es lo más importante.
–¿O sea que fue un trabajo de la CIA? –preguntó el amigo.
–Por supuesto –contestó Critz con la voz de la autoridad. ¿Quién más
hubiese podido sacarlo en secreto del país en mitad de la noche?
–Curioso –dijo su amigo, sin añadir nada.
Critz insistió en que ambos comieran juntos a la semana siguiente y
así terminó la conversación.
Mientras Critz utilizaba febrilmente el teléfono, se sorprendió una vez
más de su interminable lista de contactos. El poder tenía sus ventajas.
Joel, o Marco, se despidió de Ermanno a las cinco y media de la tarde,
tras haber completado una sesión prácticamente ininterrumpida de tres
horas. Ambos estaban exhaustos.
El gélido aire le ayudó a despejarse la cabeza mientras caminaba por
las angostas calles de Treviso. Por segundo día consecutivo entró en un
pequeño bar de una esquina y pidió una cerveza. Se sentó junto a la
ventana y contempló a los viandantes que apuraban el paso al salir del
trabajo y a otros que hacían compras para la cena. El bar estaba caldeado
y lleno de humo y Marco volvió a pensar en la cárcel. No podía
evitarlo: el cambio había sido demasiado drástico y la libertad excesivamente
repentina. Aún temía despertarse en cualquier momento y encontrarse
encerrado en la celda con algún bromista invisible riendo histérico
en la distancia.
Después de la cerveza se tomó un espresso y, a continuación, salió a
la oscuridad de la calle con las manos en los bolsillos. Al doblar la esquina,
vio su hotel y a Luigi paseando nerviosamente por la acera con
un cigarrillo en los labios. Mientras Marco cruzaba la calle, Luigi lo siguió.
84
–Nos tenemos que ir inmediatamente –le dijo.
–¿Por qué? –preguntó Marco, mirando a su alrededor en busca de algún
chico malo.
–Te lo explicaré más tarde. Tienes una bolsa de viaje sobre la cama.
Haz la maleta tan deprisa como puedas. Yo te espero aquí.
–¿Y si no me quiero ir? –preguntó Marco.
Luigi le agarró la muñeca izquierda, lo pensó un segundo y después
esbozó una sonrisa forzada.
–En ese caso, puede que no dures ni veinticuatro horas –le dijo en
tono siniestro–. Por favor, confía en mí.
Marco subió a toda prisa la escalera, recorrió el pasillo y, cuando ya
casi había llegado a su habitación, se dio cuenta de que el intenso dolor
de estómago que lo atenazaba no se debía a la afanosa respiración sino
al miedo.
¿Qué había ocurrido? ¿Qué había visto u oído Luigi, o qué le habían
dicho? ¿Quién era exactamente Luigi en primer lugar y de quién recibía
órdenes? Mientras Marco sacaba precipitadamente la ropa del diminuto
armario y la arrojaba sobre la cama, se hizo estas preguntas y muchas
más. Tras haber hecho el equipaje, se sentó un instante y trató de ordenar
sus pensamientos. Respiró hondo varias veces, soltó despacio el
aire y se dijo que todo lo que estaba ocurriendo formaba parte del juego.
¿Tendría que pasarse la vida huyendo? ¿Siempre haciendo las maletas
a toda prisa, huyendo de una habitación a otra? Aquello era mucho
mejor que la cárcel, pero también se cobraría su tributo. ¿Y cómo era
posible que alguien lo hubiera localizado tan pronto? Llevaba sólo cuatro
días en Treviso.
Cuando consiguió recuperar en cierto modo la compostura, echó a
andar sin prisas por el pasillo, bajó por la escalera, cruzó el vestíbulo,
saludó con la cabeza sin decir nada al boquiabierto recepcionista y salió
por la puerta principal. Luigi le arrebató la bolsa y la colocó en el maletero
de un Fiat utilitario. Ya estaban en las afueras de Treviso cuando
empezaron a hablar.
–Bueno, Luigi, ¿que ocurre? –preguntó Marco.
–Un cambio de decorado.
–Eso ya lo he visto. ¿Por qué?
–Por muy buenas razones.
–Ya, eso lo explica todo.
Luigi conducía con la mano izquierda, cambiaba febrilmente de marcha
con la derecha y mantenía el acelerador lo más cerca posible del
85
suelo sin prestar atención a los frenos. A Marco lo tenía perplejo que
aquella gente pudiera pasarse dos horas y media almorzando tranquilamente
y después subir a un vehículo para efectuar un trayecto de diez
minutos por la ciudad a velocidad de vértigo.
Circularon hacia el sur una hora aproximadamente por carreteras secundarias,
evitando las autopistas.
–¿Nos sigue alguien? –preguntó Marco más de una vez mientras doblaban
cerradas curvas sobre dos ruedas.
Luigi se limitó a menear la cabeza. Mantenía los ojos entornados, las
cejas juntas y las mandíbulas fuertemente apretadas cuando no tenía
un cigarrillo a mano. Conseguía conducir como un loco, fumando tranquilamente
sin mirar jamás atrás. Estaba decidido a no hablar, lo cual
intensificaba el deseo de Marco de conversar.
–Estás tratando de asustarme, ¿verdad, Luigi? Estamos jugando al
juego de los espías... tú eres el jefe y yo soy el pobre idiota que conoce
los secretos. Me pegas un susto de muerte y me conviertes en un ser
dócil y leal. Sé lo que estás haciendo.
–¿Quién mató a Jacy Hubbard? –preguntó Luigi sin apenas mover los
labios.
De repente, Backman experimentó el impulso de callarse. La sola
mención de Hubbard lo dejó momentáneamente helado. El nombre
siempre le hacía evocar la misma imagen: una fotografía de la policía
de Jacy tirado sobre el sepulcro de su hermano con un lado de la cabeza
volado de un disparo y sangre por todas partes... en la lápida, en su
camisa blanca. Por todas partes.
–Tú tienes el expediente –contestó Backman–. Fue un suicidio.
–Ya. Y, si tú lo creías, ¿por qué decidiste declararte culpable y pedir
custodia protegida en la cárcel?
–Tenía miedo. Los suicidios pueden ser contagiosos.
–Muy cierto.
–¿O sea que me estás diciendo que los chicos que suicidaron a Hubbard
me pisan los talones?
Luigi se lo confirmó con un encogimiento de hombros.
–¿Y han descubierto de alguna manera que me escondo en Treviso?
–Es mejor no correr ningún riesgo.
No le facilitarían los detalles en caso de que efectivamente hubiera
alguno. Trató de no hacerlo, pero volvió instintivamente la cabeza y
contempló la oscura carretera a su espalda. Luigi miró por el espejo retrovisor
y consiguió esbozar una sonrisa de satisfacción, como diciendo:
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están en algún sitio de aquí atrás.
Joel se hundió unos centímetros en su asiento y cerró los ojos. Dos
de sus clientes habían muerto. Safi Mirza había sido apuñalado a la salida
de una sala de fiestas tres meses después de haber contratado a
Backman y entregado la única copia de JAM que obraba en su poder.
Las heridas por arma blanca eran muy graves, pero, al mismo tiempo,
le habían inyectado un veneno, probablemente al clavarle la hoja. Ningún
testigo. Ninguna pista. Un asesinato sin resolver pero uno de los
muchos que se cometían en el distrito de Columbia. Un mes después
Fazal Sharif había desaparecido en Karachi y se le daba por muerto.
JAM valía efectivamente mil millones de dólares, pero nadie disfrutaría
jamás de aquel dinero.
En 1998, Backman, Pratt & Bolling habían contratado a Jacy Hubbard
por un millón de dólares anuales. Su primer gran desafío fue la comercialización
de JAM. Para demostrar el valor del producto, Hubbard se
abrió paso con amenazas y sobornos hasta el Pentágono en un torpe y
desgraciado intento de confirmar la existencia del sistema de satélites
Neptuno. Un topo de Hubbard que informaba de todo a sus superiores
sacó clandestinamente ciertos documentos, falsificados pero todavía secretos.
Los papeles de alto secreto demostraban al parecer la existencia
de una Red Gamma, un sistema imaginario de vigilancia a lo Guerra de
las Galaxias con unas posibilidades inauditas. Tras haber «confirmado»
Hubbard que los tres jóvenes paquistaníes estaban efectivamente en lo
cierto –su Neptuno era un proyecto de Estados Unidos–, éste comunicó
orgullosamente su hallazgo a Joel Backman y ambos se pusieron en
marcha.
Puesto que la Red Gamma era al parecer una creación de los militares
estadounidenses, JAM valía muchísimo más. Pero la verdad era que ni
el Pentágono ni la CIA tenían el menor conocimiento acerca de la existencia
de Neptuno.
Entonces el Pentágono decidió filtrar su propia trola: una falsa filtración
de un topo que trabajaba por cuenta del ex senador Jacy Hubbard
y de su poderoso y nuevo jefe, el intermediario en persona. Estalló el
escándalo. El FBI registró los despachos de Backman, Pratt & Bolling en
plena noche, encontró los documentos del Pentágono que todo el mundo
creía auténticos y, en cuestión de cuarenta y ocho horas, un equipo
muy concienciado de fiscales federales emitió unos autos de acusación
contra todos los socios del bufete.
No tardaron en producirse los asesinatos sin que hubiera la menor
pista acerca de quién pudiera estar detrás de ellos. El Pentágono neu87
tralizó brillantemente a Hubbard y a Backman sin revelar si efectivamente
era propietario y había creado el sistema de satélites. La Red
Gamma, Neptuno o lo que fuera, quedó eficazmente protegida por la
impenetrable telaraña de los «secretos militares».
Backman el abogado quería que se celebrara un juicio, sobre todo en
caso de que los documentos del Pentágono fueran dudosos, pero Backman
el acusado quería evitar un destino similar al de Hubbard.
Si la precipitada huida de Luigi de Treviso pretendía meterle el miedo
en el cuerpo, el plan estaba dando repentinamente resultado. Por primera
vez desde su indulto, Joel echó de menos la protección de su pequeña
celda de máxima seguridad.
Ya estaban cerca de la ciudad de Padua y sus luces y su tráfico aumentaban
a cada kilómetro que cubrían.
–¿Cuántos habitantes tiene Padua? –preguntó Marco, las primeras
palabras que pronunciaba en media hora.
–Doscientos mil. ¿Por qué los estadounidenses siempre quieren saber
la población de los pueblos y las ciudades?
–No creo que eso sea un problema.
–¿Tienes apetito?
Las sordas pulsaciones de su estómago se debían al miedo, no al
hambre, pero dijo que sí de todos modos. Se comieron una pizza en un
bar del otro lado de la circunvalación exterior de Padua y regresaron
inmediatamente al automóvil para continuar hacia el sur.
Aquella noche durmieron en una pequeña fonda rural de ocho habitaciones
tan pequeñas como armarios, propiedad de la misma familia
desde la época de los romanos. Ningún rótulo indicaba el lugar; era uno
de los refugios de Luigi. La carretera más próxima era estrecha, descuidada
y por ella no circulaba prácticamente ningún vehículo fabricado
después de 1970. Bolonia no quedaba lejos.
Luigi estaba en la habitación contigua, al otro lado de una gruesa pared
de piedra de muchos siglos de antigüedad. Cuando Joel Backman/
Marco Lazzeri se deslizó bajo las mantas y empezó finalmente a
entrar en calor, no vio el menor parpadeo de luz en ningún sitio. Oscuridad
absoluta. Y silencio absoluto. Estaba todo tan tranquilo que se pasó
mucho rato sin poder cerrar los ojos.
11
Tras recibir el quinto informe sobre las llamadas de Critz preguntando
88
acerca de Joel Backman, a Teddy Maynard le dio un insólito berrinche.
El muy estúpido estaba en Londres llamando por teléfono como un desesperado
y tratando por alguna razón de encontrar a alguien, quienquiera
que fuera, capaz de facilitarle información acerca de Backman.
–Alguien le ha ofrecido dinero a Critz –le ladró Teddy a Wigline, un director
adjunto.
–Pero Critz no tiene ninguna posibilidad de averiguar dónde está
Backman –dijo Wigline.
–No tendría ni que intentarlo. Sólo conseguirá complicar las cosas.
Hay que neutralizarlo.
Wigline miró a Hoby y éste dejó súbitamente de tomar notas.
–¿Qué dice, Teddy?
–Neutralícenlo.
–Es un ciudadano estadounidense.
–¡Lo sé! Pero también está poniendo en peligro una operación. Hay
un precedente. Lo hemos hecho otras veces.
No se tomó la molestia de decirles cuál era el precedente, pero ellos
suponían que, puesto que Teddy tenía por costumbre crearse sus propios
precedentes, de nada serviría discutir acerca del asunto.
Hoby asintió con la cabeza como diciendo: sí, ya lo hemos hecho
otras veces.
Wigline apretó la mandíbula y dijo:
–Supongo que usted quiere que se haga ahora.
–Cuanto antes –dijo Teddy–. Preséntenme un plan dentro de dos
horas.
Observaron a Critz mientras salía de su apartamento alquilado, iniciaba
su largo paseo de última hora de la tarde, un paseo que solía terminar
con unas cuantas jarras de cerveza. Al cabo de media hora de lánguido
paseo, se acercó a Leicester Square y entró en el Dog and Duck,
el mismo pub de la víspera.
Ya iba por la segunda jarra, sentado al fondo de la barra principal de
la planta baja, cuando el taburete que tenía al lado quedó libre y un
agente llamado Greenlaw se coló en el hueco y pidió a gritos una cerveza.
–¿Le importa que fume? –le preguntó Greenlaw a Critz, el cual se encogió
de hombros diciendo:
–Esto no es Estados Unidos.
–Conque yanqui, ¿eh? –dijo Greenlaw.
–Pues sí.
–¿Vive aquí?
89
–No, estoy simplemente de visita.
Critz mantenía la vista clavada en las botellas de la pared del otro lado
de la barra, evitando mirar a los ojos a su interlocutor, sin el menor
deseo de conversar. Se había enamorado rápidamente de la soledad de
un abarrotado pub. Le encantaba permanecer sentado, bebiendo y escuchando
las rápidas bromas de los británicos, sabiendo que nadie tenía
ni idea de quién era. Pero aún se estaba preguntando quién era el
hombrecillo llamado Ben. Si lo vigilaban, lo estaban haciendo muy bien,
sin delatarse.
Greenlaw apuró su cerveza en un intento de dar alcance a Critz. Era
importante pedir las dos siguientes al mismo tiempo. Dio una calada a
un cigarrillo y añadió su propio humo a la nube que se cernía sobre
ellos.
–Llevo un año aquí –dijo.
Critz asintió con la cabeza sin mirarle. Lárgate.
–No me importa conducir por la izquierda ni el mal tiempo que hace,
pero lo que de veras me fastidia de aquí son los deportes. ¿Ha visto usted
alguna vez un partido de cricket? Dura cuatro días.
Critz consiguió soltar un gruñido y decir hastiado:
–Un deporte estúpido.
–Aquí o juegan al fútbol o juegan al cricket y esta gente se vuelve loca
por ambas cosas. Acabo de sobrevivir al invierno inglés sin la NFL.
Ha sido una pesadilla.
Critz era un fiel abonado a los partidos de la temporada de los Redskins
y pocas cosas en la vida lo emocionaban tanto como su amado
equipo. Greenlaw era un aficionado más bien tibio, pero se había pasado
el día aprendiéndose de memoria las estadísticas en una casa franca
de la CIA situada al norte de Londres. En caso de que el fútbol no diera
resultado, pasaría a la política. Y, si eso tampoco daba resultado, tenía
a una señora muy guapa esperando fuera, a pesar de que Critz no tenía
fama de juerguista.
De repente, Critz experimentó una sensación de añoranza. Sentado
en un pub, lejos de casa, lejos de la locura de la Super Bowl –dos días
lejos y prácticamente ignorada por la prensa británica–, le parecía oír
los gritos del público y sentir su emoción. Si los Redskins hubieran sobrevivido
a los partidos de desempate, él no hubiese estado bebiendo
cervezas en Londres sino en la Super Bowl, en las localidades de la línea
de las cincuenta yardas facilitadas por una de las muchas empresas
a las que podía recurrir. Miró a Greenlaw y le preguntó:
–¿Patriots o Packers?
90
–Mi equipo no lo consiguió, pero soy un hincha incondicional de la
NFC, la National Football Conference.
–Yo también. –¿Cuál es su equipo?
Y ésta fue tal vez la pregunta más crucial que hubiera podido formular
Robert Critz. Cuando Greenlaw contestó que los Redskins, Critz sonrió
de corazón y experimentó el deseo de hablar. Se pasaron unos
cuantos minutos estableciendo el pedigrí: cuánto tiempo llevaba cada
uno de ellos siendo hincha de los Redskins, los grandes partidos que
habían presenciado, los grandes jugadores, el campeonato de la Super
Bowl. Greenlaw pidió otra ronda y ambos parecieron dispuestos a repasar
durante horas los viejos partidos. Critz había hablado con muy pocos
yanquis en Londres y no costaba llevarse bien con aquel tipo.
Greenlaw se excusó para ir al lavabo. Estaba arriba, era del tamaño
de un armario para escobas, un agujero como muchos retretes de Londres.
Corrió el pestillo unos segundos para disfrutar de un poco de intimidad
y sacó rápidamente un móvil para informar de sus progresos. El
plan ya estaba en marcha. El equipo estaba esperando unas puertas
más abajo en la calle. Tres hombres y la señora guapa.
Cuando ya iba por la cuarta jarra, y tras discrepar amablemente
acerca de la proporción de touchdowns e interceptaciones de Sonny
Jurgensen, a Critz le entraron finalmente ganas de mear. Preguntó el
camino y desapareció. Greenlaw echó hábilmente en la jarra de Critz
una pastillita blanca de Rohypnol, un fuerte sedante insípido e inodoro.
Cuando el señor Redskins regresó, ya refrescado y dispuesto a seguir
bebiendo, hablaron de John Riggins y de Joe Gibbs y se lo pasaron estupendamente
bien mientras la barbilla del pobre Critz empezaba a inclinarse.
–Uf –dijo con la lengua ya un poco pastosa–. Será mejor que me vaya.
Me espera la parienta.
–A mí también –dijo Greenlaw, levantando su jarra–. Termínese la
cerveza.
Ambos apuraron sus jarras y se levantaron para marcharse; Critz delante
y Greenlaw esperando para darle alcance.
Se abrieron paso entre la gente agrupada en la entrada y salieron a la
acera, donde un frío viento reanimó a Critz, aunque sólo un instante. Se
olvidó de su nuevo amigo y a los veinte pasos empezó a tambalearse
sobre unas piernas que parecían de goma. Tuvo que agarrarse al poste
de una farola. Greenlaw lo sujetó mientras se desplomaba y, para que
lo oyera una joven pareja que estaba pasando en aquellos momentos,
dijo:
91
–Maldita sea, Fred, ya te has vuelto a emborrachar.
Pero Fred lo estaba todo menos borracho. Apareció un automóvil como
llovido del cielo y aminoró la marcha para acercarse al bordillo. Se
abrió la portezuela trasera y Greenlaw empujó a un Critz más muerto
que vivo al asiento posterior.
La primera parada fue un almacén situado a ocho manzanas de distancia.
Allí Critz, ya totalmente inconsciente, fue trasladado a una pequeña
camioneta cerrada de reparto con doble portezuela trasera.
Mientras Critz permanecía tumbado en el suelo de la camioneta, un
agente utilizó una aguja hipodérmica y le inyectó una dosis masiva de
heroína muy pura. La presencia de heroína siempre conseguía que se
falsearan los resultados de la autopsia, a instancias de la familia, claro.
Cuando ya Critz apenas podía respirar, la camioneta abandonó el almacén
camino de la calle Withcomb, no lejos de su apartamento. El
asesinato requería tres vehículos: la camioneta, seguida de un Mercedes
de gran cilindrada y un automóvil en la retaguardia conducido por
un británico de verdad que se quedaría por allí charlando con la policía.
El principal propósito del automóvil de retaguardia era mantener el tráfico
lo más alejado posible del Mercedes.
En la tercera fase, mientras los tres conductores hablaban entre sí y
con dos agentes, incluida la señora guapa oculta en la acera y también
escuchando, se abrieron las portezuelas traseras de la camioneta, Critz
cayó a la calle, el Mercedes se lanzó contra su cabeza y le dio de lleno
con un sordo y desagradable ruido y después todo el mundo desapareció
menos el británico del automóvil de retaguardia. Éste pisó el freno,
bajó precipitadamente, corrió hacia el pobre borracho que acababa de
caer en medio de la calzada y ser atropellado y miró rápidamente a su
alrededor en busca de otros testigos.
No había ninguno, pero se estaba acercando un taxi por el otro carril.
Le hizo señas y muy pronto el tráfico quedó interrumpido. Poco después
empezó a congregarse la gente y llegó la policía. Aunque el británico
del vehículo de la retaguardia hubiera sido el primero en llegar al escenario
de los hechos, apenas había visto nada. Había visto caer a un
hombre a la calzada entre aquellos dos automóviles aparcados allí y ser
atropellado por un automóvil negro de gran cilindrada. O, a lo mejor,
era de color verde oscuro. No estaba muy seguro de la marca ni del
modelo. No se le había ocurrido en ningún momento echar un vistazo al
número de la matrícula. No podía describir al conductor que se había
dado a la fuga después del atropello. Estaba demasiado trastornado por
la contemplación del borracho que había aparecido de repente en la ca92
lle.
Cuando el cuerpo de Bob Critz fue introducido en una ambulancia para
su traslado al depósito de cadáveres, Greenlaw, la señora guapa y
los otros dos componentes del equipo ya estaban a bordo de un tren
que acababa de salir de Londres con destino a París. Se dispersarían
durante anos cuantos días y después regresarían a Inglaterra, su base
de operaciones.
Marco quería desayunar sobre todo porque olía el aroma a jamón y
salchichas a la parrilla procedente de algún lugar de la casa principal,
pero Luigi estaba deseando seguir adelante.
–Hay otros huéspedes y comen todos a la misma mesa –le explicó
mientras ambos metían precipitadamente sus maletas en el vehículo–.
Recuerda que estás dejando un rastro y la signora no olvida nada.
Bajaron por el camino rural en busca de carreteras más anchas.
–¿Adonde vamos? –preguntó Marco.
–Ya veremos.
–¡Deja de jugar conmigo! –rugió Marco y Luigi pegó un respingo–.
¡Soy un hombre absolutamente libre que podría abandonar este automóvil
en cualquier momento!
–Sí, pero...
–¡Deja de amenazarme! Cada vez que te hago una pregunta, me respondes
con las vagas amenazas de que, si voy por mi cuenta, no duraré
ni veinticuatro horas. Quiero saber qué ocurre. ¿Adonde nos dirigimos?
¿Cuánto tardaremos en llegar? ¿Cuánto tiempo permanecerás a
mi lado? Dame algunas respuestas, Luigi, o me largo.
Luigi se adentró en una carretera de cuatro carriles. Según la señalización,
Bolonia se encontraba a treinta kilómetros. Esperó a que la tensión
se suavizara un poco y después dijo:
–Estaremos unos cuantos días en Bolonia. Ermanno se reunirá con
nosotros allí. Seguirás con tus lecciones. Te instalaremos en una casa
franca durante varios meses. Después yo desapareceré y tú te las arreglarás
por tu cuenta.
–Gracias. ¿Por qué era tan difícil decir todo eso?
–El plan varía.
–Sabía que Ermanno no era un estudiante.
–Es un estudiante. Y también forma parte del plan.
–¿Te das cuenta de lo ridículo que es el plan? Piénsalo bien, Luigi. Alguien
está gastando un montón de tiempo y de dinero tratando de enseñarme
otro idioma y otra cultura. ¿Por qué no colocarme de nuevo en
el aparato de carga y esconderme en algún lugar como Nueva Zelanda?
93
–La idea me parece sensacional, Marco, pero yo no soy quien toma
estas decisiones.
–Marco un cuerno. Cada vez que me miro al espejo y digo Marco me
entran ganas de reír.
–Pues no tiene gracia. ¿Conoces a Robert Critz?
Marco hizo una breve pausa.
–Me he reunido con él algunas veces a lo largo de los años. Jamás lo
necesité demasiado. Otro simple mercenario de la política como yo, supongo.
–íntimo amigo del presidente Morgan, jefe de Estado Mayor, director
de campaña.
–¿Y qué?
–Lo mataron anoche en Londres. Con él ya son cinco los que han
muerto por tu causa... Jacy Hubbard, los tres paquistaníes y ahora
Critz. Los asesinatos no han terminado, Marco, y no terminarán. Por favor,
ten un poco de paciencia conmigo. Yo sólo intento protegerte.
Marco echó la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas y cerró los
ojos. No podía ni siquiera empezar a ordenar las piezas.
Efectuaron una rápida salida y se detuvieron a poner gasolina. Luigi
regresó al automóvil con dos tacitas de café cargado.
–Café para ir tirando –dijo Marco jovialmente–. Creía que semejantes
males estaban prohibidos en Italia.
–La comida rápida se está abriendo camino. Es una pena.
–Échales la culpa a los estadounidenses. Todo el mundo lo hace.
No tardaron en verse obligados a avanzar a paso de tortuga entre el
tráfico de la hora punta de las afueras de Bolonia. Luigi decía:
–Nuestros mejores automóviles se fabrican por esta zona, ¿sabes?
Ferraris, Lamborghinis, Maseratis, todos los grandes vehículos deportivos.
–¿Me podrían facilitar uno?
–No entra en el presupuesto, lo siento.
–¿Y qué es exactamente lo que entra en el presupuesto?
–Una vida muy tranquila y sencilla.
–Es lo que me suponía.
–Mucho mejor que la que tenías hasta ahora.
Marco tomó un sorbo de café y contempló el tráfico.
–¿Tú no estudiaste aquí?
–Sí. La universidad tiene mil años de antigüedad. Es una de las mejores
del mundo. Te la enseñaré más adelante.
Abandonaron la arteria principal y empezaron a serpear por una polvorienta
periferia. Las calles eran cada vez más cortas y estrechas y
94
Luigi parecía conocer muy bien el lugar. Siguieron los carteles que indicaban
el centro de la ciudad y la universidad. De repente, Luigi derrapó,
subió a un bordillo y consiguió introducir el Fiat en un hueco justo lo
bastante ancho para una motocicleta.
–Vamos a comer algo –dijo, y, en cuanto consiguieron salir del vehículo,
echaron a andar rápidamente por la acera en medio del gélido aire.
El siguiente escondrijo de Marco era un hotel de mala muerte situado
a pocas manzanas del casco antiguo de la ciudad.
–Veo que ya ha habido recortes en el presupuesto –murmuró, siguiendo
a Luigi por un pequeño vestíbulo en dirección a la escalera.
–Es sólo por unos días –dijo Luigi.
–Y después, ¿qué?
Marco bregaba con las maletas en la angosta escalera. Luigi no llevaba
nada. Por suerte, la habitación estaba en el primer piso, un espacio
más bien reducido con una pequeña cama y unas cortinas que llevaban
muchos días sin descorrerse.
–Me gusta más Treviso –dijo Marco, contemplando las paredes.
Luigi descorrió las cortinas. La luz del sol contribuyó sólo un poco a
mejorar la situación.
–No está mal –dijo sin demasiada convicción.
–Mi celda de la cárcel era más bonita.
–Te quejas mucho.
–Con razón.
–Deshaz el equipaje. Me reuniré contigo abajo dentro de diez minutos.
Ermanno nos espera.
Ermanno parecía tan desconcertado como Marco por el repentino
cambio de vivienda. Estaba tan agobiado y alterado como si se hubiera
pasado toda la noche siguiéndolos desde Treviso.
Recorrieron con él unas cuantas manzanas hasta llegar a un ruinoso
edificio de apartamentos. No había ascensor a la vista, por lo que subieron
cuatro tramos de escalera y entraron en un minúsculo apartamento
de dos habitaciones con menos mobiliario todavía que el de Treviso.
Estaba claro que Ermanno había hecho rápidamente las maletas y
las había deshecho todavía con más rapidez.
–Tu pocilga es peor que la mía –dijo Marco, echando un vistazo a su
alrededor.
Distribuido sobre una estrecha mesa y a la espera de ser utilizado estaba
el material de estudio que ambos habían utilizado la víspera.
95
–Regresaré a la hora del almuerzo –dijo Luigi, marchándose de inmediato.
–Andiamo a studiare –anunció Ermanno. Vamos a estudiar.
–Ya lo he olvidado todo.
–Pero ayer tuvimos una buena sesión.
–¿No podríamos ir a un bar a beber algo? La verdad es que no estoy
de humor.
Pero Ermanno ya había ocupado su puesto al otro lado de la mesa y
pasaba las páginas de su manual. Marco se acomodó a regañadientes
en el asiento del otro lado.
El almuerzo y la cena no fueron muy memorables. Ambos consistieron
en unos apresurados tentempiés en unas falsas trattorias, una versión
italiana de la comida rápida. Luigi estaba de mal humor e insistió,
a veces con muy malos modos, en que sólo hablaran en italiano. Luigi
hablaba despacio y con claridad y lo repetía todo cuatro veces hasta
que Marco lo entendía y después pasaba a la siguiente frase. Resultaba
imposible disfrutar de la comida sometido a semejante presión.
A las doce de la noche Marco ya estaba en la cama de su fría habitación,
arrebujado en la delgada manta, tomando el zumo de naranja que
él mismo había pedido mientras se aprendía de memoria una lista tras
otras de verbos y adjetivos.
¿Qué demonios podía haber hecho Robert Critz para que lo mataran
las mismas personas que, a lo mejor, también estaban buscando a Joel
Backman? La pregunta resultaba demasiado grotesca. Empezaba a vislumbrar
una respuesta. Suponía que Critz estaba presente cuando le
concedieron el indulto; el ex presidente Morgan era incapaz de tomar
semejante decisión por sí mismo. Pero, dejando eso aparte, resultaba
imposible imaginar a Critz implicado a un nivel más elevado. A lo largo
de varias décadas sólo había demostrado ser un buen lacayo sin escrúpulos.
Pero, si la gente estaba muriendo, tenía que aprenderse cuanto antes
los verbos y adjetivos que tenía diseminados ante sus ojos. El idioma
equivalía a supervivencia y movimiento. Luigi y Ermanno no tardarían
en desaparecer y Marco Lazzeri se quedaría solo y tendría que valerse
por sí mismo.
12
Marco huyó de su claustrofóbica habitación o «apartamento», tal como
lo llamaban, y salió a dar un largo paseo al amanecer. Las aceras
96
estaban casi tan húmedas como el gélido aire. Con un plano de bolsillo
que Luigi le había facilitado, en italiano, naturalmente, se encaminó
hacia el casco antiguo y, tras pasar por delante de las ruinas de las antiguas
murallas de Porta San Donato, torció hacia el oeste por Via Irnerio
bordeando el barrio universitario de Bolonia. Las centenarias aceras
estaban flanqueadas por kilómetros de pórticos.
Estaba claro que la vida empezaba muy tarde en el barrio universitario.
De vez en cuando pasaban un automóvil o una o dos motos, pero el
tráfico de peatones era todavía muy escaso. Luigi le había explicado
que Bolonia tenía una larga historia de tendencia izquierdista y comunista.
Era una historia compleja que Luigi le había prometido explorar
con él.
Marco vio más adelante un pequeño rótulo de neón verde que anunciaba
el bar Fontana y, a medida que se acercaba fue aspirando el aroma
del café cargado. El bar estaba encajado en la esquina de un edificio
antiguo... aunque, en realidad, todos eran antiguos.
La puerta se abrió a regañadientes y, una vez dentro, Marco estuvo a
punto de esbozar una sonrisa al percibir los aromas de café, cigarrillos,
pasteles y los desayunos a la parrilla que se estaban preparando al fondo
del local. Pero, de pronto, se sintió atenazado por el miedo, por la
habitual inquietud de tener que pedir algo en un idioma desconocido.
El bar Fontana no era un lugar de reunión de estudiantes o de mujeres.
Los parroquianos eran de su edad, de cincuenta para arriba, e iban
vestidos de una manera un tanto estrafalaria. Había allí suficientes pipas
y barbas como para ser calificado de lugar de encuentro de profesores.
Uno o dos de ellos lo miraron, pero, en una universidad de
100.000 alumnos, costaba un poco que alguien llamara la atención.
A Marco le asignaron la última mesita del fondo y, cuando finalmente
consiguió acomodarse en su sitio con la espalda contra la pared, se encontró
prácticamente hombro con hombro con sus nuevos vecinos, cada
uno de los cuales parecía perdido en su periódico matinal sin que aparentemente
hubiera reparado en él.
En una de sus clases de cultura italiana, Luigi le había explicado el
concepto del espacio en Europa y lo significativamente distinto que era
éste del que imperaba en Estados Unidos. El espacio en Europa se comparte,
no se protege. Las mesas se comparten, el aire evidentemente
se comparte, porque el humo no molesta a nadie. Los automóviles, las
casas, los autobuses, los apartamentos, los cafés, muchos aspectos importantes
de la vida son más pequeños y, por consiguiente, más apretados
y más voluntariamente compartidos. No resulta ofensivo acercar
97
el rostro al de un conocido durante una conversación porque no se viola
ningún espacio. Se habla con las manos, con un abrazo, un achuchón e
incluso a veces con un beso.
Incluso a los estadounidenses cordiales semejante familiaridad les resulta
incomprensible.
Y Marco aún no estaba preparado para ceder demasiado espacio. Tomó
el arrugado menú de la mesa y eligió rápidamente lo primero que
reconoció. Mientras el camarero se detenía y le miraba, le dijo con tanta
naturalidad como pudo:
–Espresso e un panino al formaggio. –Un bocadillo de queso.
El camarero asintió con la cabeza. Nadie levantó la vista al oír el fuerte
acento extranjero de su italiano. Ningún periódico se inclinó para ver
a quién podía pertenecer. A nadie le importaba. Oían constantemente
toda clase de acentos.
Mientras volvía a dejar el menú sobre la mesa, Marco Lazzeri llegó a
la conclusión de que, a lo mejor, le gustaba Bolonia, aunque resultara
ser un nido de comunistas. Con tantos estudiantes y profesores que
iban y venían desde todos los lugares del mundo, los forasteros eran
aceptados como parte de la cultura. Puede que incluso resultara bien
visto hablar con un poco de acento y vestir de una manera distinta. A lo
mejor, no tenía nada de malo estudiar abiertamente el idioma.
Una de las señales que delataban a un forastero era el hecho de observarlo
todo, moviendo rápidamente los ojos como si supiera que estaba
entrando sin permiso en una nueva cultura y no quería que lo sorprendieran.
A Marco no lo sorprenderían observando los detalles del bar
Fontana. Sacó un cuadernillo de hojas de vocabulario e hizo un enorme
esfuerzo por ignorar a las personas y las escenas que deseaba contemplar.
Verbos, verbos, verbos. Ermanno le repetía una y otra vez
que, para dominar el italiano o cualquier otro idioma románico, que para
el caso era lo mismo, uno se tenía que aprender los verbos. El cuadernillo
contenía un millar de verbos básicos y Ermanno aseguraba que
eso era un buen punto de partida.
A pesar de lo aburrido que resultaba el aprendizaje de memoria, Marco
experimentaba un curioso placer. Le parecía tremendamente satisfactorio
pasar cuatro páginas –cien verbos, nombres o lo que fuera– sin
perderse ni uno. Cuando fallaba en alguno o lo pronunciaba mal, volvía
al principio y se castigaba empezando otra vez. Había conquistado trescientos
verbos cuando llegaron el café y el bocadillo. Tomó un sorbo,
reanudó su trabajo como si la comida fuera mucho menos importante
que el vocabulario y ya había alcanzado más o menos los cuatrocientos
98
cuando apareció Rudolph.
La silla del otro lado de la mesita redonda de Marco había quedado
desocupada, lo cual llamó la atención de un hombre grueso y bajito,
vestido enteramente de negro desteñido, con rizados mechones grises
asomando bajo una boina negra que conseguía de algún modo mantenerse
en equilibrio sobre su cabeza.
–Buon giorno. E libera? –preguntó educadamente el hombre indicando
la silla.
Marco no entendió muy bien lo que había dicho, pero estaba claro lo
que quería. Captó la palabra libera y dedujo que significaba «libre» o
«desocupada».
–Si –consiguió contestar Marco sin acento, y entonces el hombre se
quitó una larga capa negra, la colocó sobre el respaldo y consiguió situarse
en su sitio.
Cuando se sentó, ambos estuvieron a menos de noventa centímetros
de distancia. «Aquí el espacio es distinto», se repetía Marco. El hombre
dejó un ejemplar de L'Unita sobre la mesa e hizo que ésta se balanceara
adelante y atrás. Marco temió momentáneamente por su espresso.
Para evitar la conversación, se sumergió todavía más en los verbos de
Ermanno.
–¿Americano? –preguntó su nuevo amigo en un inglés sin acento extranjero.
Marco inclinó el cuadernillo y contempló los relucientes ojos no demasiado
lejanos.
–Casi. Canadiense. ¿Cómo lo ha adivinado?
El hombre señaló con la cabeza el librillo diciendo: –Inglés y vocabulario
italiano. No tiene pinta de británico y, por consiguiente, he supuesto
que era estadounidense.
A juzgar por su acento, probablemente no era de la parte alta del
Medio Oeste. Ni de Nueva York o Jersey; tampoco de Tejas o del Sur,
los Apalaches o de Nueva Orleans. Tras haber descartado amplias zonas
del país, Marco ya estaba empezando a pensar en California. Y también
estaba empezando a ponerse muy nervioso. Tendría que mentir y aún
no había practicado lo suficiente.
–Y usted, ¿de dónde es? –preguntó.
–Mi última parada fue Austin, Tejas. De eso hace treinta años. Me
llamo Rudolph.
–Buenos días, Rudolph, encantado. Yo soy Marco. –Estaban en el parvulario,
donde sólo son necesarios los nombres de pila–. No parece tejano.
99
–Menos mal –dijo el otro soltando una cordial carcajada sin que apenas
se le viera la boca–. Soy natural de San Francisco.
El camarero se inclinó y Rudolph pidió un café solo y otra cosa en rápido
italiano. El camarero añadió algo más y lo mismo hizo Rudolph,
pero Marco no entendió nada.
–¿Qué le trae a Bolonia? –preguntó Rudolph. Parecía deseoso de
hablar; probablemente no tenía muchas ocasiones de acorralar a un
paisano suyo norteamericano en su café preferido.
Marco inclinó el librillo y contestó:
–Estoy viajando un año por Italia para ver los monumentos e intentar
aprender un poco el idioma.
Medio rostro de Rudolph estaba cubierto por una descuidada barba
gris que empezaba casi a la altura de los pómulos y se derramaba en
todas direcciones. Casi toda su nariz resultaba visible, al igual que parte
de la boca. Pero, por alguna curiosa razón que nadie comprendería jamás
porque nadie se atrevería a hacer una pregunta tan ridícula, había
adquirido el hábito de afeitarse un pequeño círculo bajo el labio inferior
que cubría casi toda la parte superior de la barbilla. Aparte de aquel territorio
virgen, las rizadas patillas estaban autorizadas a ir libremente
por donde quisieran y no parecía que se las lavara demasiado. La parte
superior de su cabeza era más o menos lo mismo: montones de intacto
y brillante matorral gris asomando por debajo de la boina. Puesto que
casi todas sus facciones estaban enmascaradas, toda la atención la
atraían sus ojos. Eran de color verde oscuro y proyectaban unos rayos
que, desde debajo de unas pobladas y colgantes cejas, lo abarcaban
todo.
–¿Cuánto tiempo lleva en Bolonia? –preguntó Rudolph.
–Llegué ayer. No tengo ningún programa. Y usted, ¿qué le trae por
aquí?
Marco estaba deseando mantener la conversación apartada de su
propia persona.
Los ojos bailaron sin parpadear ni una sola vez.
–Llevo treinta años aquí. Soy profesor de la universidad.
Al final, Marco hincó el diente en su bocadillo de queso, en parte porque
tenía apetito pero sobre todo para que Rudolph siguiera hablando.
–¿De dónde es usted? –preguntó éste.
Siguiendo el guión, Marco contestó:
–De Toronto. Mis abuelos emigraron allí desde Milán. Tengo sangre
italiana, pero jamás aprendí el idioma.
–El idioma no es difícil –dijo Rudolph mientras le servían el café. To100
mó la tacita, se la introdujo profundamente en la barba y ésta debió de
localizar la boca. Emitió un chasquido con los labios y se inclinó un poco
hacia delante, como si quisiera hablar–. No me parece usted canadiense
–dijo mientras los ojos parecían burlarse de él.
Marco se estaba esforzando para comportarse como un italiano. Ni siquiera
había tenido tiempo de adoptar una pose de canadiense. ¿Cómo
es exactamente un canadiense? Tomó otro bocado, éste más grande y,
con la boca llena, dijo:
–Lo siento. ¿Cómo llegó aquí desde Austin?
–Es una larga historia.
Marco se encogió de hombros como si dispusiera de mucho tiempo.
–De joven fui profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de
Tejas. Cuando descubrieron que era comunista, empezaron a ejercer
presión para que me fuera. Luché contra ellos. Y ellos lucharon contra
mí. Me envalentoné, sobre todo en clase. A los comunistas no les iba
demasiado bien en Tejas a principios de los años setenta y dudo que
ahora las cosas hayan cambiado demasiado. Me privaron de mi puesto,
me expulsaron de la ciudad y entonces me vine aquí a Bolonia, el corazón
del comunismo italiano.
–¿Qué enseña aquí?
–Jurisprudencia. Derecho. Radicales teorías jurídicas izquierdistas.
Llegó una especie de brioche azucarado y Rudolph se zampó la mitad
de un bocado. Cayeron unas cuantas migas desde las profundidades de
su barba.
–¿Sigue siendo comunista? –preguntó Marco.
–Pues claro. Siempre. ¿Para qué iba a cambiar?
–Parece que ya han perdido un poco el rumbo, ¿no cree? Al final, resulta
que no era tan buena idea como parecía. No hay más que ver el
lío en que se encuentra metida Rusia a causa de Stalin y de su legado.
Y en Corea del Norte se están muriendo de hambre mientras los dictadores
montan ojivas nucleares. Cuba se encuentra cincuenta años por
detrás del resto del mundo. A los sandinistas los echaron de Nicaragua.
China está abrazando el libre mercado capitalista porque el viejo sistema
se le ha hundido. La verdad es que no da resultado, ¿no le parece?
El brioche había perdido su atractivo; los ojos verdes estaban entornados.
Marco vio venir una invectiva, probablemente aderezada con palabrotas
tanto en inglés como en italiano. Miró rápidamente a su alrededor
y se dio cuenta de que había muchas posibilidades de que los
comunistas del bar Fontana lo superaran en número.
¿Y qué había hecho el capitalismo por él? En su honor cabe decir que
101
Rudolph sonrió y se encogió de hombros nostálgico:
–Puede que sí, pero le aseguro que fue muy divertido ser comunista
hace treinta años, sobre todo en Tejas. Qué días aquellos.
Marco señaló con la cabeza el periódico y dijo: –¿Lee usted alguna
vez los periódicos de casa?
–Mi casa está aquí, amigo mío. Me convertí en ciudadano italiano y
llevo veinte años sin pisar Estados Unidos.
Backman suspiró de alivio. No había leído periódicos estadounidenses
desde su puesta en libertad, aunque suponía que la noticia se habría
publicado. Probablemente con viejas fotografías. Su pasado parecía a
salvo con Rudolph.
Marco se preguntó si aquél sería su futuro: la ciudadanía italiana. Si
es que llegaba a tener alguna. ¿Seguiría al cabo de veinte años vagando
por Italia, sin volver la cabeza pero siempre tentado de hacerlo?
–Ha dicho usted «casa» –lo interrumpió Rudolph–. ¿Se refiere a Estados
Unidos o a Canadá?
Marco sonrió y señaló con la cabeza en dirección a un lugar lejano.
–Supongo que por allí.
Un pequeño error que no hubiese tenido que cometer. Para cambiar
rápidamente de tema dijo:
–Ésta es mi primera visita a Bolonia. No sabía que fuera el centro del
comunismo italiano.
Rudolph posó la taza y chasqueó los labios parcialmente ocultos. Después
se mesó la barba con ambas manos como un viejo gato que se
alisa los bigotes.
–Bolonia es muchas cosas, amigo mío –dijo como si se dispusiera a
iniciar un largo monólogo–. Siempre ha sido el centro del libre pensamiento
y de la actividad intelectual en Italia, de ahí su apodo inicial, la
dotta, es decir, la docta. Después se convirtió en la patria de la izquierda
política y se ganó su segundo apodo, la rossa, la roja. Y los boloñeses
siempre se han tomado muy en serio su comida. Creen, y probablemente
tienen razón, que esto es el vientre de Italia. De ahí su tercer
apodo de la grassa, la gorda, un término cariñoso porque no verá usted
muchas personas gordas por aquí. Yo estaba gordo cuando llegué. –Se
dio orgullosamente una palmada en el estómago con una mano mientras
se terminaba el brioche con la otra.
De repente, a Marco lo asaltó una aterradora pregunta: ¿Sería posible
que Rudolph formara parte de la interferencia? ¿Sería compañero de
equipo de Luigi y Ermanno y Stennett y cualquier otro que pudiera
102
haber allí afuera en la sombra, trabajando duro para preservar la vida
de Joel Backman? Seguro que no. Seguro que era lo que había dicho,
un profesor. Un tipo raro, un inadaptado, un veterano comunista que
había encontrado una vida mejor en otro sitio.
La idea se le pasó, pero no la olvidó. Marco se terminó su pequeño
bocadillo y llegó a la conclusión de que ya habían hablado suficiente. De
repente, tenía que tomar un tren para dedicar el día a otros lugares de
interés. Consiguió salir de detrás de la mesa y Rudolph le dedicó una
afectuosa despedida.
–Estoy aquí todas las mañanas –dijo–. Vuelva cuando pueda quedarse
más tiempo.
–Grazie –dijo Marco–. Arrivederci.
En el exterior del café, Via Irnerio se estaba animando con las pequeñas
camionetas de reparto que ya habían iniciado sus trayectos. Dos
conductores se gritaron, probablemente palabrotas amistosas. Marco
jamás lo entendería. Se alejó del café por temor a que el viejo Rudolph
tuviera la ocurrencia de preguntarle alguna otra cosa y saliera disparado
del local. Tomó por una calle secundaria, Via Capo di Lucca –estaba
aprendiendo que todas estaban rotuladas y podía localizarlas fácilmente
en el plano– y se dirigió zigzagueando hacia el centro. Pasó por delante
de otro pequeño y acogedor café, dio marcha atrás y entró a tomarse
un cappuccino.
Allí no lo molestó ningún comunista, incluso le pareció que nadie se
fijaba en él. Marco y Joel Backman saborearon el momento... la deliciosa
y fuerte bebida, la densa y caldeada atmósfera, las apagadas risas
de los que estaban conversando. En aquel preciso momento nadie en el
mundo sabía exactamente dónde estaba; la sensación era verdaderamente
estimulante.
A instancias de Marco, las sesiones matinales empezaban a las ocho y
no treinta minutos más tarde. Ermanno, el estudiante, seguía necesitando
muchas horas de sueño, pero no podía discutir con el entusiasmo
de que hacía gala su alumno. Marco llegaba a cada lección con las listas
de su vocabulario totalmente aprendidas de memoria, con los diálogos
perfeccionados y un apremiante deseo de asimilar el idioma que a duras
penas dominaba. En determinado momento, sugirió que empezaran
a las siete.
La mañana que conoció a Rudolph, Marco se pasó dos horas ininterrumpidas
estudiando y después dijo bruscamente:
103
–Vorrei vedere l'universita. –Quisiera ver la universidad.
–¿Quando? –preguntó Ermanno.
–Adesso. Andiamo ajare una passeggiata. –Ahora. Vamos a dar un
paseo.
–Pensó que dobbiamo studiare. –Creo que tenemos que estudiar.
–Si. Possiamo studiare camminando. –Podemos estudiar caminando.
Marco ya se había levantado y estaba poniéndose el abrigo. Abandonaron
el deprimente edificio y echaron a andar hacia la universidad.
–¿Questa via come si chiama? –preguntó Ermanno. ¿Cómo se llama
esta calle?
–E via Donati –contestó Marco sin buscar el nombre de la calle.
Se detuvieron delante de una abarrotada tiendecita y Ermanno preguntó:
–¿Che tipo di negozio é questo? –¿Qué clase de establecimiento es
éste?
–Una tabaccheria. –Un estanco.
–¿Che cosa puoi comprare in questo negozio? –¿Qué puedes comprar
en esta tienda?
–Posso comprare molte cose. Giornali, riviste, francobolli, sigarette. –
Puedo comprar muchas cosas. Periódicos, revistas, sellos, cigarrillos.
La sesión se convirtió en un animado juego de nombramiento de cosas.
Ermanno señalaba con la mano y decía:« ¿Cosa é quello?» Una bicicleta,
un policía, un automóvil azul, un autobús, un banco, un contenedor
de basura, un estudiante, una cabina telefónica, un perrito, un
café, una pastelería. Exceptuando una farola, Marco fue rápido con cada
palabra italiana. Y todos los verbos más importantes –caminar, hablar,
ver, estudiar, pensar, conversar, respirar, comer, beber, darse prisa,
conducir–, la lista era interminable y Marco tenía a su disposición las
correspondientes traducciones.
Pocos minutos después de las diez, la universidad empezó finalmente
a cobrar vida. Ermanno explicó que no había un campus central, ningún
cuadrado estilo americano bordeado de árboles y cosas por el estilo. La
Universitá degli Studi estaba repartida en docenas de preciosos edificios,
algunos de quinientos años de antigüedad, casi todos ellos agrupados
de punta a punta de Via Zamboni, aunque con el paso de los siglos
la universidad había crecido y ahora abarcaba una amplia zona de
Bolonia.
Durante una o dos manzanas olvidaron la lección de italiano en medio
de la oleada de estudiantes que apuraban el paso yendo y viniendo de
104
sus clases. Marco se sorprendió buscando a un viejo de brillante cabello
gris, su comunista preferido, su primera amistad auténtica desde que
saliera de la cárcel. Ya había decidido volver a ver a Rudolph.
En el 22 de Via Zamboni, Marco se detuvo para contemplar una placa
entre la ventana y la puerta:
FACOLTÁ DI GIURISPRUDENZA.
–¿Ésta es la Facultad de Derecho?
–Sí.
Rudolph debía de estar dentro por algún sitio, difundiendo sin duda
sus tesis izquierdistas entre sus impresionables alumnos.
Reanudaron la marcha sin prisas, jugando a nombrar las cosas y disfrutando
de la energía de la calle.
13
La lezione a piedi –lección a pie– continuó al día siguiente cuando
Marco se rebeló después de media hora de aburrida gramática sacada
directamente del libro de texto y exigió salir a dar un paseo.
–Ma devi imparare la grammatica –insistía Ermanno. Tienes que
aprenderte la gramática.
Marco ya se estaba poniendo el abrigo.
–En eso te equivocas, Ermanno. Yo necesito una conversación real,
no estructuras de frases.
–Sonó io l'insegnante. –El profesor soy yo.
–Vamos. Andiamo. Bolonia nos espera. Las calles están llenas de alegres
jóvenes, en el aire se perciben los sonidos de tu lengua, esperando
a que yo los asimile. –Al ver que Ermanno dudaba, Marcó sonrió y le dijo–:
Por favor, amigo mío. Llevo seis años encerrado en una pequeña
celda aproximadamente del mismo tamaño que este apartamento. No
puedes pretender que me quede aquí. Ahí fuera hay una ciudad vibrante.
Vamos a explorarla.
Fuera el aire era fresco y vigorizante, no había ni una sola nube en
ninguna parte, un precioso día de invierno que había inducido a los apasionados
boloñeses a echarse a la calle para hacer recados y mantener
largas charlas con los viejos amigos. Se formaban bolsas de intensa
conversación cuando los estudiantes de soñolientos ojos se saludaban y
las amas de casa se reunían para intercambiar chismes. Ancianos caballeros
con abrigo y corbata se estrechaban la mano y después hablaban
105
todos a la vez. Los vendedores callejeros anunciaban a gritos sus últimas
gangas.
Pero para Ermanno aquello no era un paseo por el parque. Si su
alumno quería conversación, estaba claro que se la tendría que ganar.
Señaló y le dijo a Marco, naturalmente en italiano:
–Acércate a aquel policía y pregúntale por dónde se va a la Piazza
Maggiore. Apréndete bien las instrucciones y después me las repites.
Marco se acercó muy despacio, murmurando unas palabras y tratando
de recordar otras. Siempre empezar con una sonrisa y el saludo
apropiado.
–Buon giorno –dijo casi conteniendo la respiración.
–Buon giorno –contestó el policía.
–Mipuó aiutare? –¿Me puede ayudar?
–Certamente.
–Sonó canadese. Non parlo molto bene. –Soy canadiense. No hablo
muy bien el italiano. –Allora.
–Vamos a ver.
El policía seguía sonriendo, visiblemente deseoso de echarle una mano.
–Dov'é la Piazza Maggiore?
El policía se volvió y miró a lo lejos hacia el centro de Bolonia. Carraspeó
y Marco se preparó para el torrente de instrucciones. Ermanno
permanecía de pie a escasa distancia, prestando atención a todo.
Con una cadencia deliciosamente pausada el agente dijo en italiano,
gesticulando, naturalmente, tal como hacen todos:
–No está muy lejos. Baje por esta calle, gire a la izquierda por la siguiente,
que es la Via Zamboni, y sígala hasta que vea dos torres. Tome
por Via Rizzoli y camine tres manzanas.
Marco escuchó con toda atención e intentó repetir cada frase. El policía
volvió a repetir pacientemente el ejercicio. Marco le dio las gracias,
repitió todo lo que pudo en su fuero interno y después se lo soltó todo a
Ermanno.
–Non c'é male –dijo éste. No está mal.
La diversión acababa de empezar. Mientras Marco disfrutaba de su
pequeño triunfo, Ermanno empezó a buscar al siguiente profesor involuntario.
Lo encontró en un anciano que caminaba lentamente apoyado
en un bastón y llevaba un grueso periódico bajo el brazo.
–Pregúntale dónde ha comprado el periódico –le ordenó a su alumno.
Marco se lo tomó con calma, siguió unos pasos al caballero y, cuando
creyó que ya tenía a punto las palabras, dijo:
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–Buon giorno, scusi. –El anciano se detuvo, le miró y, por un instante,
pareció que iba a levantar el bastón y darle a Marco en la cabeza.
No contestó con el habitual buon giorno–. Dove ha comprato questo
giornale? –¿Dónde ha comprado el periódico?
El viejo contempló el periódico como si fuera de contrabando y después
miró a Marco como si lo hubiera insultado. Señaló con la cabeza
hacia la izquierda y dijo algo así como «por allí». Y así terminó su participación
en la conversación. Mientras el hombre se alejaba arrastrando
los pies, Ermanno se situó al lado de Marco y le dijo en inglés:
–No ha habido mucha conversación, ¿eh?
–Más bien no.
Entraron en un pequeño café. Marco se limitó a pedir un espresso.
Pero Ermanno no se conformaba con cualquier cosa; quería un café con
azúcar pero sin crema de leche y un pastelito de cerezas y le ordenó a
Marco que lo pidiera sin equivocarse. Sobre la mesa Ermanno dispersó
varios billetes de distintos valores y monedas de cincuenta céntimos y
un euro, y ambos practicaron con los números y las cuentas. Después
decidió tomarse otro café, esta vez sin azúcar pero con un poco de
crema de leche. Marco tomó dos euros y regresó con el café. Contó el
cambio.
Después de un breve descanso, regresaron a la calle y dieron un paseo
por la Via San Vitale, una de las principales calles de la universidad,
con pórticos que cubrían ambas aceras y miles de estudiantes apurando
el paso para asistir a clase. Las calles estaban atestadas de bicicletas,
el medio de transporte preferido para circular por allí. Ermanno había
estudiado tres años en Bolonia, o eso dijo por lo menos, aunque Marco
casi no se creía nada de lo que le contaban su profesor o su adiestrador.
–Ésta es la Piazza Verdi –dijo Ermanno, señalando una placita en la
que estaba a punto de iniciarse una manifestación de protesta.
Una melenuda reliquia de los años setenta ajustaba un micrófono,
preparándose sin duda para denunciar a voz en grito las fechorías cometidas
por Estados Unidos en algún lugar del mundo. Sus seguidores
trataban de desplegar una enorme pancarta de fabricación casera muy
mal pintada cuyo texto ni siquiera Ermanno pudo descifrar. Pero habían
llegado demasiado temprano. Los estudiantes estaban medio dormidos
y más preocupados por la posibilidad de llegar tarde a clase.
–¿Qué les pasa? –preguntó Marco al pasar por su lado.
–No lo sé muy bien. Algo relacionado con el Banco Mundial. Aquí
107
siempre hay alguna manifestación.
Siguieron adelante en medio de la juvenil muchedumbre, abriéndose
paso entre la avalancha de peatones camino del centro.
Luigi se reunió a almorzar con ellos en el restaurante Testerino, cercano
a la universidad. Como pagaban la cuenta los contribuyentes estadounidenses,
pedía a menudo sin reparar en el precio. Ermanno, el
estudiante sin blanca, se sentía incómodo con aquellas extravagancias,
pero, siendo italiano, acabó aceptando de buena gana la idea de un
prolongado almuerzo. Éste duró dos horas y en su transcurso no se
pronunció ni una sola palabra en inglés. El italiano fue lento, metódico y
a menudo repetido, pero jamás cedió ante el inglés. A Marco le resultaba
difícil disfrutar de una buena comida mientras su cerebro trabajaba a
destajo tratando de oír, captar, digerir, comprender y elaborar una respuesta
a la última frase que le acababan de lanzar. A menudo la última
frase pasaba por su cabeza sin que él hubiera identificado más que una
o dos palabras antes de ser repentinamente sustituida por otra. Y sus
dos amigos no se lo tomaban a broma. A la menor señal de que Marco
no los seguía, de que se limitaba a asentir con la cabeza para que siguieran
hablando y él pudiera comerse un bocado, se detenían bruscamente
y decían:
–Che cosa Io detto? –¿Qué he dicho?
Marco masticaba unos segundos, tratando de ganar tiempo para pensar
en algo –¡en italiano, maldita sea!– que lo sacara del apuro. Sin
embargo, estaba aprendiendo a escuchar, a captar las palabras esenciales.
Sus dos amigos le habían dicho repetidamente que siempre entendería
mucho más de lo que podría decir.
La comida lo salvó. Tuvo especial importancia la diferencia entre tortellini
(pequeños raviolis rellenos principalmente de carne de cerdo) y
tortelloni (raviolis más grandes rellenos principalmente de requesón). El
chef, al percatarse de que Marco era un canadiense muy interesado en
la gastronomía boloñesa, insistió en servirle los dos platos. Como siempre,
Luigi explicó que ambos eran creaciones exclusivas de los grandes
chefs de Bolonia.
Marco se limitó a comer, haciendo todo lo posible por devorar las deliciosas
raciones mientras procuraba evitar el italiano.
Al cabo de dos horas, Marco insistió en tomarse un descanso. Se bebió
su segundo espresso y se despidió. Los dejó delante del restaurante
y se fue solo. Le silbaban los oídos y la cabeza le daba vueltas a causa
del esfuerzo.
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Se desvió dos manzanas de Via Rizzoli. Y lo volvió a hacer para asegurarse
de que nadie lo seguía. Las largas aceras porticadas eran ideales
para agacharse y esconderse. Cuando se volvieron a llenar de estudiantes
cruzó la Piazza Verdi, donde la protesta contra el Banco Mundial
había cedido paso a un encendido discurso que, por una vez, hizo que
Marco se alegrara enormemente de no entender el italiano. Se detuvo
en el número 22 de Via Zamboni y una vez más contempló la impresionante
puerta de madera maciza que daba acceso a la Facultad de
Derecho. La cruzó haciendo todo lo posible por aparentar naturalidad.
No había ningún directorio a la vista, pero en un tablón de anuncios estudiantil
se ofrecían apartamentos, libros, compañía, prácticamente de
todo, incluido un programa de estudios estivales en la Wake Forest Law
School.
Al otro lado del vestíbulo el edificio se abría a un patio al aire libre
donde los estudiantes se reunían charlando por los móviles y conversando
mientras aguardaban el comienzo de las clases.
Le llamó la atención una escalera situada a su izquierda. Subió al segundo
piso, donde al final encontró una especie de directorio. Comprendió
la palabra uffici y bajó por un pasillo pasando por delante de
dos aulas hasta encontrar los despachos de la facultad. Casi todos tenían
nombre, pero algunos no. El último pertenecía a Rudolph Viscovitch,
hasta entonces el único apellido no italiano del edificio. Marco llamó con
los nudillos y nadie contestó. Giró el pomo pero la puerta estaba cerrada
con llave. Se sacó del bolsillo del abrigo una hoja de papel del Campeol
de Treviso y garabateó una nota:
Querido Rudolph:
Pasaba por el campus, tropecé con su despacho y quería saludarlo.
Puede que lo vuelva a ver en el bar Fontana. Disfruté de nuestra charla
de ayer. Es bonito oír inglés de vez en cuando. Su amigo canadiense,
Marco Lazzeri.
Lo deslizó por debajo de la puerta y bajó por la escalera detrás de un
grupo de estudiantes. Una vez en Via Zamboni, echó a andar sin rumbo
fijo. Se detuvo a tomar un gelato y después regresó sin prisa a su
hotel. Su oscuro cuartito estaba demasiado frío para echar una siesta.
Se prometió volver a quejarse a su adiestrador. El almuerzo había costado
más que tres noches de su habitación. Seguro que Luigi y los que
estaban por encima de él podían permitirse pagar un sitio un poco me109
jor.
Volvió con paso cansino al apartamento–armario de Ermanno para la
sesión de la tarde.
Luigi esperó pacientemente en la Céntrale de Bolonia la llegada del
Eurostar directo de Milán. La estación de trenes estaba relativamente
tranquila durante la pausa que precedía a la hora punta de las cinco de
la tarde. A las 3.35, cumpliendo exactamente el horario, la aerodinámica
bala entró con un silbido para efectuar una rápida parada y Whitaker
bajó de un salto al andén.
Puesto que Whitaker nunca sonreía, ambos apenas se saludaron. Tras
un indiferente apretón de manos, se dirigieron al Fiat de Luigi.
–¿Qué tal tu chico? –preguntó Whitaker en cuanto cerró la portezuela.
–Lo está haciendo muy bien –contestó Luigi mientras ponía el motor
en marcha y se alejaba del lugar–. Estudia muy duro. No tiene mucho
más que hacer.
–¿Y se queda en su sitio?
–Sí. Le gusta pasear por la ciudad, pero teme alejarse demasiado.
Además, no tiene dinero.
–Mantenedlo sin un céntimo. ¿Qué tal va su italiano?
–Aprende muy rápido. –Se encontraban en la Via della Indipendenza,
una ancha calle que los estaba llevando directamente hacia el sur, al
centro de la ciudad–. Está muy motivado.
–¿Tiene miedo?
–Creo que sí.
–Es listo y es un manipulador, Luigi, no lo olvides. Y, precisamente
porque es listo, tiene también mucho miedo. Sabe que corre peligro.
–Le conté lo de Critz.
–¿Y qué?
–Se quedó perplejo.
–¿No se asustó?
–Sí, creo que sí. ¿Quién se cargó a Critz?
–Supongo que nosotros, pero eso nunca se sabe. ¿Está preparada la
casa franca?
–Sí.
–Muy bien. Vamos a ver el apartamento de Marco.
Via Fondazza era una tranquila calle residencial situada en el extremo
suroriental del casco antiguo, a pocas manzanas del barrio universitario.
Como en el resto de Bolonia, las aceras de ambos lados de la calle
110
eran porticadas. Las puertas de las casas y los apartamentos se abrían
directamente a las aceras. Casi todos los edificios tenían placas de latón
al lado de los porteros electrónicos, pero el 112 de Via Fondazza no.
Carecía de placa y estaba alquilado desde hacía tres años a un misterioso
hombre de negocios de Milán que pagaba el alquiler pero raras
veces lo utilizaba. Whitaker llevaba más de un año sin verlo; tampoco
es que fuera muy interesante. Era un sencillo apartamento de unos
ciento ochenta metros cuadrados y cuatro habitaciones sucintamente
amuebladas. Costaba 1.200 euros al mes. Era un piso franco, más o
menos; uno de los tres que en aquellos momentos tenía bajo su control
en el norte de Italia.
Constaba de dos dormitorios, una pequeña cocina y una sala de estar
con un sofá, un escritorio, dos sillones de cuero y ningún televisor. Luigi
señaló el teléfono y ambos comentaron casi en lenguaje cifrado las características
del dispositivo de grabación que se había instalado, indetectable.
Había dos micrófonos ocultos en cada habitación, potentes
aparatos que captaban cualquier sonido. Había también dos cámaras
microscópicas: una oculta en una rendija de un viejo azulejo, en la parte
superior del estudio, desde donde se podía ver la puerta principal. La
otra estaba escondida en un barato aplique de la pared de la cocina y
permitía ver con toda claridad la puerta trasera.
No vigilarían el dormitorio, cosa de la cual Luigi dijo alegrarse. En caso
de que Marco consiguiera encontrar a una mujer dispuesta a visitarle,
la podrían captar entrando y saliendo con la cámara del estudio y
eso era más que suficiente para Luigi. En caso de que se muriera de
aburrimiento, podría accionar un interruptor y escuchar para divertirse.
El piso franco estaba separado de otro apartamento por una gruesa
pared de piedra. Luigi se alojaba en la puerta contigua, en una vivienda
de cinco habitaciones ligeramente más grande que la de Marco. Su
puerta trasera daba a un jardincillo invisible desde el piso franco; así
nadie sabía sus movimientos. La cocina había sido transformada en un
cuarto de vigilancia de alta tecnología desde el que podía accionar una
cámara siempre que quisiera y echar un vistazo a lo que ocurría en la
puerta de al lado.
–¿Estudiarán aquí? –preguntó Whitaker.
–Sí. Creo que es suficientemente seguro. Además, yo puedo controlar
las cosas.
Whitaker volvió a recorrer cada una de las habitaciones. Cuando ya
hubo visto suficiente, preguntó:
–¿Todo a punto en la puerta de al lado?
111
–Todo. Me he pasado las últimas dos noches allí. Estamos preparados.
–¿Con cuánta rapidez lo puedes trasladar?
–Esta misma tarde.
–Muy bien. Vamos a ver al chico.
Echaron a andar hacia el norte hasta el final de Via Fondazza y después
hacia el noroeste por una calle más ancha, la Strada Maggiore. El
lugar de la cita era un pequeño café llamado Lestre's. Luigi tomó un periódico
y se sentó solo a una mesa, Whitaker tomó otro periódico y se
sentó muy cerca de él. Ninguno prestaba atención al otro. A las cuatro
y media en punto, Ermanno y su alumno entraron a beberse un rápido
espresso con Luigi.
En cuanto se hubieron saludado y quitado los abrigos, Luigi preguntó:
–¿Estás cansado del italiano, Marco?
–Estoy harto de él –contestó Marco sonriendo.
–Muy bien. Hablemos en inglés.
–Que Dios te bendiga.
Whitaker, sentado a un metro y medio de distancia, parcialmente escondido
detrás del periódico, fumaba un cigarrillo como si no tuviera el
menor interés por ninguno de quienes lo rodeaban. Como es natural,
conocía a Ermanno, pero jamás lo había visto. Marco era otra historia.
Aproximadamente unos doce años antes, Whitaker había estado en
Washington haciendo un trabajo en Langley, en la época en que todo el
mundo conocía al intermediario. Recordaba a Joel Backman como una
fuerza política que dedicaba casi tanto tiempo a cultivar su egocéntrica
imagen como a representar a sus importantes clientes. Era el epítome
del dinero y el poder, el influyente personaje capaz de avasallar, engatusar
y soltar el suficiente dinero como para conseguir cualquier cosa
que se propusiera.
Era asombroso lo que seis años en la cárcel podían hacer. Ahora estaba
muy delgado y tenía un aspecto muy europeo con sus gafas Armani.
Le estaban empezando a salir canas en la barba. Whitaker estaba
seguro de que prácticamente nadie del otro lado del Atlántico hubiese
podido entrar en el Lestre's en aquel momento y reconocer a Joel
Backman.
Marco sorprendió al hombre situado a un metro y medio de distancia
mirándole ligeramente más de lo debido, pero no sospechó nada. Estaban
conversando en inglés y puede que pocas personas lo hicieran, por
lo menos en el Lestre's. Cerca de la universidad se escuchaban varios
112
idiomas en todos los cafés.
Ermanno se excusó tras beberse un espresso.
A los pocos minutos Whitaker también se marchó. Recorrió unas
cuantas manzanas hasta un cibercafé que ya había utilizado otras veces.
Conectó su portátil y tecleó un mensaje para Julia Javier de Langley:
El apartamento de Fondazza ya está listo, debería trasladarse esta
noche. He echado un visto a nuestro hombre, tomando café con nuestros
amigos. De otro modo, no lo habría reconocido. Se está adaptando
muy bien a su nueva vida. Aquí todo está en orden; no hay ningún problema.
Cuando ya había anochecido, el Fiat se detuvo a mitad de Via Fondazza
y lo descargaron en un santiamén. Marco hacía muy rápido el
equipaje porque no tenía prácticamente nada. Dos bolsas de ropa y
unos cuantos libros de texto de italiano y listo. Cuando entró en su
nuevo apartamento, lo primero que notó fue que estaba suficientemente
caldeado.
–Eso ya es otra cosa –le dijo a Luigi.
–Voy a aparcar el automóvil. Echa un vistazo.
Miró a su alrededor, contó cuatro habitaciones con un bonito mobiliario,
nada de particular pero una gran mejora en comparación con su último
alojamiento. La vida estaba mejorando... diez días antes estaba en
la cárcel.
Luigi regresó enseguida.
–¿Qué te parece?
–Me lo quedo. Gracias.
–Faltaría más.
–Y gracias también a la gente de Washington.
–¿Has visto la cocina? –preguntó Luigi dándole al interruptor de la
luz.
–Sí, está perfecta. ¿Cuánto tiempo me quedaré aquí, Luigi?
–Yo no tomo estas decisiones. Ya lo sabes.
–Lo sé.
Habían regresado al estudio.
–Un par de cosas –dijo Luigi–. Primero, Ermanno vendrá cada día
aquí para ayudarte a estudiar. De ocho a once y después de dos a cinco
o cuando tú quieras parar.
–Estupendo. Pero buscadle al chico otro apartamento, por favor. Su
113
pocilga es una vergüenza para los contribuyentes estadounidenses.
–Segundo, ésta es una calle muy tranquila, principalmente de apartamentos.
Entra y sal rápidamente, no te entretengas a charlar con los
vecinos, no hagas amistades. Recuerda, Marco, que estás dejando un
rastro. Como sea muy marcado, alguien te encontrará.
–Te lo he oído decir diez veces.
–Pues vuelve a oírme.
–Cálmate, Luigi. Mis vecinos jamás me verán, te lo prometo. Me gusta
este sitio. Es mucho más bonito que mi celda de la cárcel.
14
La ceremonia en honor de Robert Critz se celebró en un mausoleo
que parecía un club de campo, en un lujoso barrio residencial de Filadelfia,
la ciudad donde había nacido pero que él había evitado visitar
por lo menos en los últimos treinta años. Había muerto sin testamento
y sin ninguna disposición final. La pobre señora Critz tuvo que ocuparse
de trasladarlo a casa desde Londres y de deshacerse debidamente de
él. Un hijo propuso la idea de la incineración y la colocación en un bonito
nicho de mármol bien protegido de las inclemencias del tiempo. A
aquellas alturas, la señora Critz hubiese accedido a casi cualquier cosa.
El hecho de sobrevolar durante siete horas el Atlántico (en una litera)
con los restos de su marido situados en algún lugar debajo de ella en
una caja especialmente diseñada para el traslado aéreo de seres humanos
muertos había estado casi a punto de hacerle perder los nervios.
Después se había tenido que enfrentar con el caos del aeropuerto, donde
no había nadie para recibirla ni asumir la responsabilidad de la situación.
¡Qué desastre!
La ceremonia era sólo por invitación, una condición impuesta por el
ex presidente Arthur Morgan, el cual, tras haberse pasado escasamente
dos semanas en Barbados no estaba dispuesto a regresar y que lo viera
alguien. En caso de que estuviera sinceramente apenado por la muerte
de su amigo de toda la vida, no lo dejaba traslucir. Había discutido tanto
los detalles de la ceremonia con la familia Critz que, al final, casi le
habían pedido que no asistiera.
La fecha se había modificado a causa de Morgan. El orden de la ceremonia
no era de su agrado. Accedió a regañadientes a pronunciar un
discurso de alabanza, pero sólo en caso de que fuese muy breve. Lo
cierto era que jamás le había gustado la señora Critz ni él a ella.
Al reducido círculo de amigos y a la familia les resultaba imposible
114
creer que Robert Critz se hubiera emborrachado en un pub de Londres
hasta el extremo de caminar haciendo eses por una bulliciosa calle y
caer delante de un automóvil. Cuando el resultado de la autopsia reveló
una significativa cantidad de heroína, la señora Critz se llevó tal disgusto
que insistió en que el informe se sellara y enterrara. Se había negado
a hablarles a sus hijos del narcótico. Estaba absolutamente segura de
que su marido jamás había tocado una droga ilegal –bebía demasiado,
aunque eso muy pocas personas lo sabían–, pero, a pesar de ello, estaba
firmemente decidida a proteger su buen nombre.
La policía de Londres había accedido de buen grado a guardar los resultados
de la autopsia y archivar el caso. Habían hecho preguntas, naturalmente,
pero estaban muy ocupados con otros casos y, además, tenían
una viuda deseosa de regresar a casa y olvidarlo todo.
La ceremonia comenzó a las dos de la tarde de un jueves –la hora
también la había decidido Morgan para que su jet privado pudiera volar
sin escalas desde Barbados al Aeropuerto Internacional de Filadelfia– y
duró una hora. Se habían cursado invitaciones a ochenta y dos personas
y se presentaron cincuenta y una, casi todas ellas más interesadas
en ver al presidente Morgan que en despedirse del viejo Critz. La presidió
un pastor semiprotestante de nadie sabía exactamente qué secta.
Critz llevaba cuarenta años sin ver el interior de una iglesia como no
fuera para asistir a bodas o funerales. El pastor se enfrentó con la difícil
tarea de evocar el recuerdo de un hombre al que jamás había conocido
y, por más que lo intentó, sus esfuerzos resultaron infructuosos. Leyó
unos pasajes de los Salmos. Pronunció una vaga plegaria que igual
hubiese servido para un diácono que para un asesino en serie. Dedicó
unas palabras de consuelo a la familia, cuyos miembros eran para él
unos perfectos desconocidos.
Más que una sentida despedida, la ceremonia fue tan fría como las
paredes de mármol gris de la falsa capilla. Morgan, con un bronceado
ridículo para el mes de febrero, trató de halagar al reducido grupo con
algunas anécdotas acerca de su viejo amigo, pero no pudo disimular la
indiferencia de alguien que hace las cosas por simple compromiso y está
deseando desesperadamente regresar a su jet.
Las horas pasadas bajo el sol del Caribe habían convencido a Morgan
de que la culpa de la desastrosa campaña de su reelección se podía
atribuir exclusivamente a Robert Critz. No le había revelado a nadie sus
conclusiones; en realidad, no tenía a nadie en quien confiar, pues en la
mansión de la playa no estaban más que él y los sirvientes nativos que
lo atendían. Pero ya estaba empezando a sentir rencor y a poner en te115
la de juicio su amistad.
No se entretuvo con la gente cuando la ceremonia empezó a perder
fuelle y terminó de una vez. Ofreció los preceptivos abrazos a la señora
Critz y a sus hijos, habló brevemente con algunos viejos amigos, prometió
verlos al cabo de unas semanas y se marchó precipitadamente en
compañía de su obligatoria escolta del Servicio Secreto. Las cámaras de
los noticiarios llevaban mucho rato esperando al otro lado de la valla del
recinto, pero no pudieron captar ninguna imagen del ex presidente, que
permanecía agachado en la parte trasera de una de las dos camionetas
negras. Cinco horas más tarde ya se encontraba junto a la piscina contemplando
otro ocaso caribeño.
A pesar de que la ceremonia había interesado a un reducido número
de personas, éstas habían sido cuidadosamente observadas por otras.
En su transcurso, Teddy Maynard recibió una lista de los cincuenta y un
asistentes. No había ningún sospechoso. Ningún nombre dio lugar a que
alguien enarcara una ceja.
El asesinato había sido limpio. La autopsia estaba enterrada gracias
en parte a la señora Critz y gracias en parte a unos hilos de los que se
había tirado a un nivel mucho más alto en la policía de Londres.
El cuerpo se había convertido en ceniza y el mundo no tardaría en olvidarse
de Robert Critz. Su estúpida incursión en la desaparición de
Backman había terminado sin causar el menor daño al plan.
El FBI había tratado infructuosamente de instalar una cámara oculta
en el interior de la capilla. El propietario se había opuesto y después se
había negado a doblegarse a pesar de la enorme presión ejercida sobre
él. Permitió la instalación de cámaras ocultas en el exterior, que ofrecieron
primeros planos de todos los asistentes entrando y saliendo. Las
imágenes en directo se montaron y, una hora después de la ceremonia,
el director ya disponía de información.
La víspera de la muerte de Robert Critz, el FBI recibió una noticia sorprendente.
Era completamente inesperada, libremente facilitada por un
desesperado empresario que se enfrentaba a treinta años de condena
por estafa en una prisión federal. Era el gerente de una importante sociedad
de inversión inmobiliaria que había sido sorprendido apropiándose
de las cuotas de los clientes; uno de los muchos escándalos de Wall
Street de unos cuantos miles de millones de dólares. Pero al parecer la
sociedad pertenecía a una camarilla bancaria internacional y, a lo largo
de los años, el estafador se había ido abriendo paso hasta el núcleo de
la organización. Gracias en buena parte a su talento para birlar, la in116
versión era tan rentable que los beneficios no podían pasar inadvertidos.
Fue nombrado por votación miembro de la junta directiva y le regalaron
una vivienda de lujo en Bermuda, el cuartel general de su discretísima
empresa.
En su desesperación por evitar pasarse el resto de la vida en la cárcel,
se mostró dispuesto a revelar ciertos secretos. Secretos bancarios.
Basura de paraísos fiscales. Aseguró poder demostrar que el ex presidente
Morgan, durante el último día de su mandato, había vendido por
lo menos un indulto por tres millones de dólares. El dinero había sido
telegrafiado desde un banco de Gran Caimán a un banco de Singapur,
ambos controlados en secreto por la camarilla que él acababa de abandonar.
El dinero aún permanecía escondido en Singapur, en una cuenta
abierta por una empresa que, en realidad, era propiedad de un viejo
compinche de Morgan. El dinero, según el confidente, estaba destinado
a Morgan.
Una vez confirmadas por el FBI las transferencias y las cuentas, se
puso inmediatamente un acuerdo sobre la mesa. El estafador se enfrentaba
ahora a sólo dos años de cómodo arresto domiciliario. El hecho de
que se hubiera pagado dinero en efectivo a cambio de un indulto presidencial
era un delito tan escandaloso que en el edificio Hoover se convirtió
en una prioridad.
El confidente no pudo decir a quién pertenecía el dinero que había
abandonado Gran Caimán, pero al FBI le resultaba de todo punto evidente
que sólo dos de los indultados por Morgan tenían capacidad para
pagar semejante soborno. El primero y más probable era el duque de
Mongo, el anciano multimillonario con el récord de dólares defraudados
al fisco, por lo menos por una persona física. El récord de una empresa
era todavía objeto de discusión. Pero el confidente tenía casi la certeza
de que Mongo no estaba implicado, pues ya tenía una larga y desagradable
historia con los bancos en cuestión. Prefería los suizos, cosa que
fue comprobada por el FBI.
El segundo sospechoso era, naturalmente, Joel Backman. Podía esperarse
semejante soborno de alguien como Backman. A pesar de que el
FBI había creído durante muchos años que no tenía una fortuna oculta,
siempre había habido alguna duda. En su época de intermediario había
mantenido relaciones con bancos, tanto de Suiza como del Caribe.
Había tejido una red oculta de amigos y contactos en lugares clave. Sobornos,
recompensas, aportaciones a campañas, honorarios de sus actividades
en representación de lobbys... Todo era territorio conocido para
el intermediario.
117
El director del FBI era un alma atormentada llamada Anthony Price.
Hacía tres años que había sido nombrado para el cargo por el presidente
Morgan, que seis meses después había tratado de despedirlo. Price
pidió más tiempo y lo consiguió, pero ambos discutían constantemente.
Por alguna razón que nunca lograba recordar exactamente, Price también
había decidido demostrar su hombría midiéndose con Teddy Maynard.
Teddy no había perdido muchas batallas en la guerra secreta de
la CIA contra el FBI y no le tenía ningún miedo a Anthony Price, el último
de una larga lista de inútiles.
Pero Teddy no sabía nada acerca de la conspiración del dinero–a–
cambio–de–un–indulto que ahora consumía al director del FBI. El nuevo
presidente había jurado librarse de Anthony Price y dar un nuevo impulso
a la agencia. También había prometido echar finalmente a Maynard,
pero semejantes amenazas ya se habían oído muchas veces en
Washington.
De repente, a Price se le ofrecía la espléndida oportunidad de asegurarse
el cargo y eliminar a ser posible al mismo tiempo a Maynard.
Acudió a la Casa Blanca e informó al asesor de segundad nacional, confirmado
en su puesto la víspera, acerca de la cuenta sospechosa de
Singapur. En su informe implicaba al ex presidente Morgan. Señalaba la
necesidad de localizar a Joel Backman y remolcarlo de nuevo a Estados
Unidos para ser interrogado y posiblemente acusado. En caso de que se
demostrara la veracidad de los hechos, estallaría un escándalo descomunal
de magnitud histórica.
El asesor de seguridad nacional escuchó con atención. Una vez recibido
el informe, acudió directamente al despacho del vicepresidente,
mandó retirarse a los funcionarios, cerró la puerta y reveló todo lo que
acababa de oír. Ambos se lo comunicaron al presidente.
Como de costumbre, las relaciones entre el nuevo inquilino del Despacho
Oval y su predecesor no eran muy cordiales. Las campañas de
ambos se habían caracterizado por las mismas mezquindades y jugarretas
que ya se habían convertido en un comportamiento habitual de la
política estadounidense. Incluso después de una aplastante victoria de
proporciones históricas y de la emoción de llegar a la Casa Blanca, el
nuevo presidente no estaba muy dispuesto a elevarse por encima del
fango. Adoraba la idea de humillar una vez más a Arthur Morgan. Ya se
imaginaba a sí mismo, después de un sensacional juicio y un veredicto
de culpabilidad, entrando en escena en el último minuto con un indulto
de su propia cosecha para salvar la imagen de la presidencia.
118
¡Menudo momento!
A las seis de la mañana siguiente, el vicepresidente fue conducido en
su habitual caravana armada al cuartel general de la CIA en Langley. El
director Maynard había sido llamado a la Casa Blanca, pero, temiendo
alguna estratagema, se había excusado alegando que sufría de vértigo
y los médicos le habían ordenado permanecer en su despacho. A menudo
dormía y comía allí, sobre todo cuando su vértigo se intensificaba
y lo dejaba aturdido. El vértigo era uno de los achaques que solía utilizar
con más frecuencia.
La reunión fue muy breve. Teddy estaba sentado tras su larga mesa
de reuniones, en la silla de ruedas, envuelto en mantas y con Hoby a su
lado. El vicepresidente entró con un ayudante y, tras una breve y embarazosa
charla intrascendente acerca de la nueva Administración y
demás, dijo:
–Señor Maynard, estoy aquí en nombre del presidente.
–Por supuesto que sí –dijo Teddy con una sonrisa forzada.
Estaba esperando que lo despidieran; finalmente, después de dieciocho
años y de numerosas amenazas, había llegado el momento. Finalmente,
un presidente con agallas para sustituir a Teddy Maynard. Éste
ya había preparado a Hoby para el momento. Mientras esperaban al vicepresidente,
Teddy había expresado sus temores.
Hoby garabateaba notas en su habitual cuaderno de apuntes tamaño
folio, a la espera de escribir las palabras que llevaba muchos años temiendo:
«Señor Maynard, el presidente exige su dimisión.»
En lugar de eso, el vicepresidente dijo algo completamente inesperado:
–Señor Maynard, el presidente quiere noticias acerca de Joel Backman.
Teddy Maynard jamás se acobardaba.
–¿A propósito de qué? –replicó sin vacilar.
–Quiere saber dónde está y cuánto tiempo se tardará en devolverlo a
casa.
–¿Porqué?
–No puedo decirlo.
–Pues entonces, yo tampoco.
–Es muy importante para el presidente.
–Lo comprendo. Pero es que ahora mismo el señor Backman es muy
importante para nuestras operaciones.
El vicepresidente fue quien primero parpadeó. Miró a su ayudante,
119
ocupado en la tarea de tomar notas y, por tanto, completamente inservible.
Bajo ninguna circunstancia le revelarían a la CIA los datos acerca
de las transferencias telegráficas y los sobornos a cambio de indultos.
Teddy encontraría la manera de utilizar la información en su propio beneficio.
Les robaría el valioso dato y sobreviviría un día más. Pues no,
señor, o Teddy jugaba con ellos a la pelota o finalmente lo despedían.
El vicepresidente se inclinó un poco más hacia delante, apoyándose
en los codos, y dijo:
–El presidente no piensa llegar a ninguna solución de compromiso
acerca de este asunto, señor Maynard. Quiere esta información y muy
pronto la tendrá. De lo contrario, pedirá su dimisión.
–No se la presentaré.
–¿Hace falta que le recuerde que usted ocupa el cargo porque él así
lo quiere?
–No hace falta.
–Muy bien. Las líneas de actuación están claras. O usted se presenta
en la Casa Blanca con el expediente de Backman y lo discute largo y
tendido con nosotros, o la CIA no tardará en tener un nuevo director.
–Semejante contundencia es insólita en los de su calaña, señor, con
el debido respeto.
–Me lo tomo como un cumplido.
La reunión había terminado.
Con tantas filtraciones como una vieja presa, el edificio Hoover prácticamente
rezumaba chismorreos que invadían las calles de Washington.
Y allí estaba para recogerlos, entre otros muchos, Dan Sandberg,
del Washington Post. Sin embargo, sus fuentes eran mucho mejores
que las del habitual periodista de investigación, por lo que no tardó en
oler el rastro del escándalo del indulto. Introdujo a un viejo topo en la
nueva Casa Blanca y obtuvo una confirmación parcial. El perfil de la historia
empezaba a adquirir forma, pero Sandberg sabía que resultaría
prácticamente imposible confirmar los detalles más escabrosos. No tendría
ninguna posibilidad de ver las pruebas de la transferencia telegráfica.
Pero, si la historia era cierta –un presidente en funciones vendiendo
indultos a cambio de elevadas cantidades en efectivo para su jubilación–,
Sandberg no imaginaba una noticia más sensacional. Un ex presidente
acusado, sometido a juicio y tal vez condenado y enviado a la
cárcel. Era algo impensable.
Se encontraba sentado a su desordenado escritorio cuando recibió la
120
llamada de Londres. Era de un viejo amigo, otro reportero de mucho
calado que escribía para The Guardian. Ambos hablaron unos cuantos
minutos acerca de la nueva Administración, el tema oficial en Washington.
A fin de cuentas, se encontraban a principios de febrero, las calles
estaban cubiertas de nieve y el Congreso estaba hundido hasta el cuello
en el cenagal de las tareas anuales de sus comités. La vida era relativamente
lenta y no había mucho más de qué hablar.
–¿Hay algo acerca de la muerte de Bob Critz? –preguntó su amigo.
–No, sólo un funeral ayer –contestó Sandberg–. ¿Por qué?
–Sólo unas preguntas sobre cómo murió el pobre hombre, ¿sabes?
Eso y el hecho de no tener acceso a la autopsia.
–¿Qué clase de preguntas? Yo pensaba que el caso se había cerrado.
–Tal vez, pero se cerró demasiado rápido. Nada concreto, que conste,
pero quería saber si había ocurrido algo por ahí.
–Haré unas cuantas llamadas –dijo Sandberg, empezando a sospechar
en serio.
–Hazlo. Hablemos dentro de uno o dos días.
Sandberg colgó y contempló la pantalla en blanco de su monitor. Critz
tenía que estar cuando Morgan había concedido sus indultos de último
momento. Dada "la paranoia de ambos, lo más probable era que sólo
Critz hubiera estado en el Despacho Oval con Morgan cuando se tomaron
las decisiones y se firmaron los documentos.
Tal vez Critz sabía demasiado.
Tres horas más tarde, Sandberg despegó de Dulles rumbo a Londres.
15
Mucho antes del amanecer, Marco se despertó una vez más en una
cama desconocida de un lugar desconocido y tardó un buen rato en ordenar
sus ideas... recordando sus movimientos, analizando su grotesca
situación, planificando la jornada que tenía por delante, tratando de olvidar
su pasado mientras intentaba vaticinar lo que podría ocurrir en las
doce horas siguientes. Tuvo un sueño muy agitado por no decir algo
peor. Se había quedado medio adormilado unas cuantas horas; le parecía
que cuatro o cinco, pero no estaba seguro porque su caldeada y pequeña
habitación estaba completamente a oscuras. Se quitó los auriculares;
como de costumbre, se había quedado dormido pasada la medianoche
mientras un alegre diálogo italiano resonaba en sus oídos.
Agradecía la calefacción. Le mataban de frío en Rudley y su última es121
tancia en un hotel había sido tan fría como en la cárcel. El nuevo apartamento
tenía paredes gruesas y ventanas dobles y la calefacción constantemente
encendida. Cuando creyó que ya tenía el día debidamente
organizado apoyó con cuidado los pies en el cálido suelo de mosaico y
le dio una vez más las gracias a Luigi por el cambio de residencia.
Como buena parte del futuro que le habían planificado, ignoraba
cuánto tiempo podría permanecer allí. Encendió la luz y consultó el reloj
de pulsera... casi las cinco. En el cuarto de baño encendió otra luz y se
miró al espejo. La barba que le crecía debajo de la nariz y a los lados de
la boca y le cubría la barbilla era mucho más gris de lo que esperaba.
De hecho, después de una semana de crecimiento estaba claro que por
lo menos un noventa por ciento le saldría gris. Qué demonios. Tenía
cincuenta y dos años. Formaba parte del disfraz y le confería un aspecto
muy distinguido. Con su delgado rostro, las enjutas mejillas, el corto
cabello y las discretas gafitas rectangulares de diseño podía hacerse
pasar fácilmente por Marco Lazzeri en cualquier calle de Bolonia. O de
Milán o de Florencia o de todos los demás lugares que deseaba visitar.
Una hora más tarde salió a la calle bajo los fríos y silenciosos pórticos
construidos por unos obreros que llevaban trescientos años muertos. El
viento era áspero y cortante y una vez más recordó quejarse a su
adiestrador por la falta de ropa de invierno apropiada. Marco no leía la
prensa ni veía la televisión y, por consiguiente, ignoraba las previsiones
meteorológicas. Pero no cabía duda de que el tiempo era más frío.
Echó a andar bajo los pórticos de Via Fondazza camino de la universidad.
Era la única persona que había en la calle. Se negó a utilizar el
plano que guardaba en el bolsillo. Si se perdía, tal vez lo sacara y reconociera
su momentánea derrota, pero estaba decidido a aprenderse la
ciudad caminando y observando. Treinta minutos después, cuando el
sol ya empezaba a cobrar finalmente vida, salió a Via Irnerio, en el extremo
norte de la zona universitaria. Recorrió dos manzanas hacia el
este y vio el rótulo verde pálido del bar Fontana. A través de la ventana
de la calle vislumbró una mata de pelo gris. Rudolph ya estaba allí. Siguiendo
la costumbre, Marco esperó un momento. Miró hacia el extremo
de Via Irnerio, echando un vistazo al tramo de calle que acababa de
recorrer, esperando ver salir a alguien de entre las sombras como un
silencioso sabueso. Al no ver a nadie, entró.
–Mi amigo Marco –dijo Rudolph sonriendo mientras ambos se saludaban–.
Siéntese, por favor.
El café estaba medio lleno, con los mismos personajes del mundo
122
académico ocultos por sus periódicos matinales y enfrascados en sus
propios mundos. Marco pidió un cappuccino mientras Rudolph volvía a
llenar su pipa de espuma de mar. Un agradable aroma se esparció por
su rinconcito del bar.
–El otro día encontré su nota –estaba diciendo Rudolph mientras
arrojaba una nube de humo a través de la mesa–. Lamento no haberle
visto. Bueno pues, ¿dónde ha estado?
Marco no había estado en ningún sitio, pero, en su papel de tranquilo
turista canadiense con raíces italianas, se había inventado un itinerario
falso.
–He pasado unos cuantos días en Florencia –dijo.
–Ah, qué bonita ciudad.
Hablaron un rato de Florencia mientras Marco comentaba los monumentos,
el arte y la historia de un lugar que sólo conocía por una guía
barata que Ermanno le había prestado. Estaba en italiano, naturalmente,
por lo cual se había tenido que pasar varias horas con un diccionario
para traducirla a algo que pudiera utilizar en su conversación con Rudolph
como si hubiera permanecido varias semanas allí.
Las mesas empezaron a llenarse y los rezagados se agruparon junto a
la barra. Luigi le había explicado al principio que en Europa, cuando
ocupas una mesa, ésta es tuya para todo el día. A nadie se le acompaña
a la puerta para que otra persona pueda sentarse. Una taza de café,
un periódico, algo para fumar y no importa el tiempo que ocupes una
mesa mientras otros van y vienen.
Pidieron otra ronda y Rudolph volvió a llenar su pipa. Por primera vez
Marco observó unas manchas de tabaco en los alborotados pelos más
cercanos a su boca. Sobre la mesa había tres periódicos matinales, todos
en italiano.
–¿Hay algún buen periódico inglés aquí en Bolonia? –preguntó Marco.
–¿Por qué lo pregunta?
–Pues no sé. A veces me gustaría saber lo que ocurre al otro lado del
océano.
–Yo compro alguna vez el Herald Tribune. Me alegro tanto de vivir
aquí, lejos de todo el crimen y el tráfico y la contaminación y los políticos
y los escándalos. La sociedad estadounidense está podrida. Y el Gobierno
es la mayor de las hipocresías... la mejor democracia del mundo.
¡Ja! El Congreso lo compran y lo pagan los ricos.
Cuando pareció que estaba a punto de escupir, Rudolph dio una repentina
calada a la pipa y empezó a morder la boquilla. Marco contuvo
la respiración, esperando otro ponzoñoso ataque contra Estados Unidos.
123
Transcurrió un momento mientras ambos se bebían su café.
–Odio al Gobierno de Estados Unidos –masculló amargamente Rudolph.
«Así me gusta mi chico», pensó Marco. –¿Y qué me dice del canadiense?
–preguntó.
–Le doy mejor nota. Ligeramente más alta. Marco lanzó un fingido
suspiro de alivio y decidió cambiar de tema. Dijo que pensaba ir a Venecia.
Como es natural, Rudolph había estado allí muchas veces y le dio
muchos consejos. Marco llegó al extremo de tomar notas como si estuviera
deseando subir a un tren. Y después estaba también Milán, aunque
a Rudolph no le caía demasiado bien a causa de todos los «fascistas
derechistas» que se ocultaban allí.
–Era el centro de poder de Mussolini, ¿sabe? –dijo en voz baja, como
si los demás comunistas dei bar Fontana pudieran provocar un estallido
de violencia ante la mención del nombre del pequeño dictador.
Cuando comprendió que Rudolph estaba dispuesto a permanecer sentado
y pasarse buena parte de la mañana conversando, Marco decidió
marcharse. Acordaron reunirse en el mismo lugar y a la misma hora el
lunes siguiente.
Había empezado a caer una ligera nevada, suficiente para que las
camionetas de reparto dejaran huellas en Via Irnerio. Mientras Marco
dejaba a su espalda el caldeado café, volvió a sorprenderse de la previsión
de los antiguos planificadores de Bolonia, que habían diseñado
unos treinta kilómetros de aceras cubiertas en el casco antiguo. Recorrió
unas cuantas manzanas más en dirección este y giró al sur por Via
della Indipendenza, una ancha y elegante calle construida alrededor de
1870 para que las clases acomodadas que vivían en el centro pudieran
ir cómodamente a pie a la estación de ferrocarril situada al norte de la
ciudad. Al cruzar Via Marsala tropezó con la nieve amontonada por unas
palas e hizo una mueca cuando la blanda masa le empapó el pie derecho.
Maldijo a Luigi por el inapropiado vestuario que le había facilitado: si
tenía que nevar, el sentido común dictaba que una persona necesitaba
botas. Ello lo condujo a una larga reflexión interior acerca de los escasos
fondos que a su juicio estaba recibiendo de quienquiera que demonios
se encargara de proporcionarle su actual tapadera. Lo habían dejado
tirado en Bolonia, Italia, y estaba claro que se estaban gastando una
considerable cantidad de dinero en clases de idioma y casas francas y
personal y, por supuesto, comida para vivir. En su opinión, estaban
124
desperdiciando un tiempo y un dinero muy valiosos. El mejor plan
hubiese sido llevarlo a escondidas a Londres o a Sydney, donde había
muchos estadounidenses y todo el mundo hablaba inglés. Se habría podido
mezclar mucho mejor.
El mismo Luigi en persona le dio alcance y se situó a su lado.
–Buon giorno –le dijo.
Marco se detuvo, sonrió, le estrechó la mano y le dijo:
–Vaya, buon giorno, Luigi. ¿Vuelves a seguirme?
–No. He salido a dar un paseo y te he visto en la otra acera. Me encanta
la nieve, Marco. ¿Y a ti?
Habían echado nuevamente a andar sin prisas. Marco quería creer en
su amigo, pero dudaba que el encuentro hubiera sido casual.
–No está mal. Mucho más bonita aquí, en Bolonia, que en Washington
durante las horas punta. ¿Qué haces exactamente todo el día, Luigi?
¿Te importa que te lo pregunte?
–En absoluto. Puedes preguntar todo lo que quieras.
–Me lo suponía. Mira, tengo dos quejas. En realidad, son tres.
–No me extraña. ¿Te has tomado un café?
–Sí, pero me tomaré otro.
Luigi señaló con la cabeza un pequeño café de una esquina, situado
un poco más adelante. Entraron y vieron que todas las mesas estaban
ocupadas, por lo que se acercaron a la barra también llena de gente y
pidieron unos espressos.
–¿Cuál es la primera queja? –preguntó Luigi en voz baja.
Marco se acercó un poco más hasta rozar prácticamente la nariz de
Luigi con la suya.
–Las dos primeras quejas están estrechamente relacionadas. Primero,
la cuestión del dinero. No quiero mucho, pero me gustaría tener una
especie de asignación. A nadie le gusta estar sin un céntimo, Luigi. Me
sentiría un poco mejor si tuviera un poco de dinero en efectivo en el
bolsillo y supiera que no tengo que guardarlo.
–¿Cuánto?
–Pues no sé. Llevo mucho tiempo sin negociar una asignación. ¿Qué
te parece unos cien euros a la semana para empezar? De esta manera,
me podría comprar periódicos, libros, revistas, comida... ya sabes, cosas
esenciales. El Tío Sam me paga el alquiler y yo le estoy muy agradecido.
Pensándolo bien, hace seis años que me paga el alquiler.
–Podrías estar todavía en la cárcel, ¿sabes?
–Ah, gracias, Luigi. No se me había ocurrido pensarlo.
–Perdona, ha sido una grosería por mi parte...
–Mira, Luigi, tengo mucha suerte de estar aquí, es cierto. Pero, al
125
mismo tiempo, ahora soy un ciudadano plenamente indultado de un país,
no sé muy bien cuál, y tengo derecho a ser tratado con un poco de
dignidad. No me gusta estar sin un céntimo y no me gusta mendigar
dinero. Quiero la promesa de cien euros a la semana.
–Veré qué puedo hacer.
–Gracias.
–¿La segunda queja?
–Me gustaría tener algo de dinero para comprarme un poco de ropa.
Ahora mismo tengo los pies congelados porque me ha entrado nieve en
los zapatos y no tengo calzado adecuado. También me gustaría un
abrigo más grueso y quizás un par de jerséis.
–Te los facilitaré.
–No, me los quiero comprar yo, Luigi. Facilítame el dinero y yo mismo
haré las compras. No es pedir demasiado.
–Lo intentaré.
Se apartaron unos centímetros el uno del otro y ambos tomaron un
sorbo de su taza.
–¿La tercera queja? –preguntó Luigi.
–Es Ermanno. Está perdiendo rápidamente el interés. Nos pasamos
seis horas diarias juntos y se muere de aburrimiento con todo lo que
hacemos.
Luigi puso los ojos en blanco, en un gesto de frustración.
–No puedo chasquear los dedos y encontrar a otro profesor de idiomas,
Marco.
–Dame clase tú. Tú me gustas, Luigi, pasamos buenos ratos juntos.
Sabes que Ermanno es aburrido. Es joven y quiere estudiar. En cambio,
tú serías un profesor estupendo.
–Yo no soy profesor.
–Pues búscame a otro, por favor. Ermanno no quiere hacerlo. Y me
temo que no estoy haciendo muchos progresos.
Luigi apartó la mirada y vio entrar y pasar por su lado a dos ancianos
caballeros.
–Creo que se irá de todos modos –dijo–. Tal como tú has dicho, la
verdad es que quiere estudiar.
–¿Cuánto tiempo durarán mis lecciones?
Luigi meneó la cabeza, como si no tuviera ni idea.
–La decisión no me corresponde a mí.
–Tengo una cuarta queja.
–Cinco, seis, siete. Oigámoslas todas y, a lo mejor, después podremos
pasarnos una semana sin quejas.
–Ya la has oído antes, Luigi. Es una especie de constante protesta.
126
–¿Es algo de tipo jurídico?
–Has visto demasiada televisión americana. Quiero que me trasladen
a Londres. Allí hay diez millones de personas y todo el mundo habla inglés.
No perderé diez horas diarias tratando de aprender el idioma. No
me interpretes mal, Luigi, me encanta el italiano. Cuanto más lo estudio,
más bonito me parece. Pero, bueno, si me vais a esconder, mejor
en algún sitio donde pueda sobrevivir.
–Eso ya lo he comunicado, Marco. Yo no tomo estas decisiones.
–Lo sé, lo sé. Pero sigue insistiendo, por favor.
–Vamos.
La nevada se había intensificado cuando abandonaron el café y reanudaron
su camino por la acera porticada. Unos hombres de negocios
elegantemente vestidos pasaban rápidamente por su lado de camino al
trabajo. Los compradores más madrugadores ya habían salido... sobre
todo amas de casa que iban al mercado. La calle estaba llena de pequeños
automóviles y motocicletas que sorteaban los autobuses urbanos
y trataban de esquivar los montículos de nieve blanda.
–¿Con cuánta frecuencia suele nevar aquí? –preguntó Marco.
–Unas cuantas veces cada invierno. No demasiado y, además, tenemos
estos encantadores pórticos que evitan que nos mojemos.
–Un buen motivo.
–Algunos tienen mil años de antigüedad. Tenemos más que ninguna
otra ciudad del mundo, ¿lo sabías?
–No, casi no tengo nada que leer, Luigi. Si tuviera un poco de dinero,
me podría comprar libros, leer y aprender cosas.
–Tendré el dinero a la hora del almuerzo.
–¿Y dónde almorzaremos?
–Ristorante Cesarina, Via Santo Stefano, ¿a la una te parece bien?
–¿Cómo puedo negarme?
Luigi estaba sentado a una mesa con una mujer, en la parte anterior
del restaurante, cuando Marco entró con cinco minutos de adelanto.
Acababa de interrumpir una conversación muy seria. La mujer se levantó
a regañadientes y ofreció una lánguida mano y un rostro sombrío
mientras Luigi la presentaba como la signora Francesca Ferro. Era
atractiva y de unos cuarenta y tantos años, tal vez un poco mayor para
Luigi, el cual tendía a quedarse embobado contemplando a las universitarias.
La mujer irradiaba un aire de sofisticada irritación. Marco
hubiese querido decir: «Disculpe, pero a mí me han invitado a almorzar
aquí.»
127
Mientras se acomodaban en sus asientos, Marco observó lo que quedaba
de dos cigarrillos fumados hasta el filtro en el cenicero. Ambos llevaban
sentados allí por lo menos veinte minutos. En italiano muy pausado
Luigi le dijo a Marco:
–La signora Ferro es profesora de idiomas y guía turística local.
–Si –dijo Marco tras una breve pausa.
Miró a la signora sonriendo y ésta le correspondió con una sonrisa
forzada.
Luigi añadió en italiano:
–Es tu nueva profesora de italiano. Ermanno te dará clase por la mañana
y la signora Ferro por la tarde.
Marco lo comprendió todo, consiguió mirarla con una falsa sonrisa y
dijo:
–Va bene. –Muy bien.
–Ermanno quiere reanudar sus estudios en la universidad la semana
que viene –dijo Luigi.
–Ya me lo imaginaba –dijo Marco, en inglés.
Francesca encendió otro cigarrillo y comprimió a su alrededor sus rojos
labios carnosos. Después exhaló una enorme nube de humo y dijo:
–Bueno, ¿qué tal va su italiano?
Era una voz recia y casi ronca, enriquecida sin duda por sus años de
fumadora. Su inglés era lento, refinado y sin el menor acento.
–Terrible –contestó Marco.
–Lo está haciendo muy bien –dijo Luigi.
El camarero sirvió una botella de agua mineral y repartió tres menús.
La signora desapareció detrás del suyo. Marco siguió su ejemplo. Los
tres estudiaron los platos en silencio sin prestarse la menor atención.
Cuando posaron finalmente los menús, la mujer le dijo a Marco:
–Me gustaría oírle pedir los platos en italiano.
–No hay inconveniente –dijo Marco. Buscó algunas cosas que pudiera
pronunciar sin provocar la risa de los demás. Se acercó el camarero con
un lápiz y Marco le dijo–: Si, allora, vorrei un 'insalata di pomodori e
una mezzaporzione di lasagna. –Sí, mire, quisiera una ensalada de tomate
y media ración de lasaña.
Se alegró una vez más de la existencia de delicias transatlánticas como
los espaguetis, la lasaña, los raviolis y las pizzas.
–Non c'é male –dijo ella. No está mal.
Ella y Luigi dejaron de fumar cuando llegaron las ensaladas. El hecho
de comer les permitió hacer una pausa en su embarazosa conversación.
No pidieron vino, pese a ser muy necesario.
El pasado de Marco, el presente de la mujer y la confusa ocupación
128
de Luigi eran temas prohibidos, por lo que los tres fluctuaron y serpearon
por la comida en una conversación intrascendente acerca del tiempo,
por suerte casi toda en inglés.
Cuando se terminaron de beber los espressos, Luigi tomó la cuenta y
abandonaron a toda prisa el restaurante. Aprovechando un momento en
que Francesca no miraba, Luigi le deslizó un sobre a Marco diciendo:
–Aquí tienes unos cuantos euros.
–Grazie.
La nevada había cesado y brillaba un radiante sol. Luigi los dejó en la
Piazza Maggiore y desapareció como sólo él era capaz. Caminaron un
rato en silencio hasta que ella dijo:
–Che cosa vorrebbe vedere? –¿Qué le gustaría ver?
Marco aún no había entrado en la catedral, la basílica de San Petronio.
Subieron las amplias gradas de la entrada y se detuvieron.
–Es un edificio hermoso y triste a la vez –dijo ella en inglés, por primera
vez con un ligero acento británico–. Lo concibió el municipio como
templo cívico, no como catedral, en oposición directa al Papa de Roma.
Según el proyecto original tenía que ser todavía más grande que la basílica
de San Pedro, pero los planes se fueron reduciendo por el camino.
Roma se opuso, desvió el dinero hacia otros usos y parte del mismo se
utilizó en la fundación de la universidad.
–¿Cuándo se construyó? –preguntó Marco.
–Dígalo en italiano –lo instruyó ella.
–No puedo.
–Pues escuche: Quando é stata costruita? Repítamelo.
Marco lo repitió cuatro veces antes de que ella se diera por satisfecha.
–No creo ni en los libros ni en las cintas ni en nada de todo eso –dijo
ella mientras ambos seguían contemplando la parte superior del inmenso
templo–. Creo en conversación y más conversación. Para aprender a
hablar un idioma, hay que hablarlo y hablarlo, exactamente igual que
cuando se es pequeño.
–¿Dónde aprendió usted inglés? –preguntó Marco.
–No le puedo contestar. Me han ordenado no decir nada acerca de mi
pasado. Ni del suyo tampoco.
Por una décima de segundo, Marco estuvo a punto de dar media vuelta
y alejarse. Estaba harto de las personas que no podían hablar con él,
que esquivaban sus preguntas, que se comportaban como si todo el
mundo estuviera lleno de espías. Estaba harto de los juegos.
Era un hombre libre, se repetía una y otra vez, completamente libre
129
de ir y venir a su antojo y de tomar las decisiones que considerara convenientes.
Si se hartaba de Luigi, Ermanno y ahora de la signara Ferro,
les podía decir a todos, en italiano, que se atragantaran con un panino.
–La empezaron en 1390 y todo fue muy bien durante los primeros
cien años aproximadamente –dijo ella. El tercio inferior de la fachada
era de un precioso mármol rosa; los dos tercios superiores de feo ladrillo
marrón sin recubrimiento de mármol–. Después vinieron las dificultades.
Es evidente que la fachada jamás se terminó.
–No es especialmente bonita.
–No, pero resulta intrigante. ¿Le apetece verla por dentro?
¿Qué otra cosa podía hacer en las tres horas siguientes?
–Certamente –contestó.
Subieron las gradas y se detuvieron delante de la puerta principal.
Francesca miró un letrero y dijo:
–Mi dica. –Dígame–. ¿A qué hora cierra la iglesia?
Marco frunció el entrecejo, ensayó unas palabras y contestó:
–La chiesa chinde alie sei. –La iglesia cierra a las seis. –Ripeta.
Lo repitió tres veces antes de que ella diera la frase por buena y luego
entraron.
–Está dedicada a Petronio, el santo patrón de Bolonia –dijo Francesca
en voz baja.
La nave central del templo era lo bastante grande como para disputar
en ella un partido de hockey con una multitud a ambos lados.
–Es enorme –dijo Marco, impresionado.
–Sí, y eso que es sólo una cuarta parte del proyecto inicial. Una vez
más, el Papa tuvo miedo y ejerció una cierta presión. Costó mucho dinero
público y, al final, la gente se hartó del edificio.
–Pero no deja de ser impresionante.
Marco reparó en que estaban conversando en inglés, cosa que a él le
iba de perlas.
–¿Quiere hacer el recorrido largo o el corto? –preguntó Francesca.
Aunque dentro hacía casi tanto frío como fuera, la signora Ferro parecía
haberse ablandado ligeramente.
–La profesora es usted –contestó él.
Fueron hacia la izquierda y esperaron a que un grupito de turistas japoneses
terminara de contemplar una espaciosa cripta de mármol. Exceptuando
a los japoneses, la basílica estaba desierta. Era un viernes
de febrero, fuera de temporada turística. Entrada la tarde, Marco averiguaría
que la actividad de la temporada turística de Francesca era más
bien escasa durante los meses invernales. Semejante confesión fue el
130
único dato personal que ella le facilitó.
Puesto que el trabajo escaseaba, Francesca no tenía demasiado interés
en visitar a toda prisa la basílica de San Petronio. Vieron cada una
de las veintidós capillas laterales y admiraron casi todas las pinturas,
imágenes, vidrieras y frescos. Las capillas habían sido construidas a lo
largo de los siglos por acaudaladas familias boloñesas que habían pagado
elevadas sumas a cambio de la creación de obras de arte en su memoria.
Su construcción era una historia de la ciudad y Francesca se la
conocía al dedillo. Le mostró la calavera perfectamente conservada de
san Petronio, orgullosamente colocada en un altar, y un reloj astrológico
creado en 1655 por dos científicos que se habían basado directamente
en los estudios de Galileo en la universidad.
Aunque a ratos se aburriera con la complejidad de los cuadros y las
esculturas y se viera desbordado por nombres y fechas, Marco siguió
valerosamente el lento recorrido por la colosal estructura. Su voz lo
cautivaba tanto como su lenta y suave dicción y su refinado inglés.
Mucho después de que los japoneses hubieran abandonado el templo,
ambos regresaron a la puerta principal y ella preguntó:
–¿Le parece suficiente?
–Sí.
Salieron al exterior y Francesca encendió inmediatamente un cigarrillo.
–¿Qué tal un cafetito? –dijo él.
–Conozco un lugar ideal.
Marco cruzó con ella la calle en dirección a Via Clavature. Caminaron
unos pasos y entraron en el Rosa Rose.
–Es el mejor cappuccino de la plaza –le aseguró Francesca mientras
pedía dos en la barra.
Marco iba a preguntarle acerca de la prohibición italiana de beber
cappuccinos pasadas las diez y media de la mañana, pero lo pasó por
alto. Mientras esperaban, ella se quitó cuidadosamente los guantes de
cuero, la bufanda y el abrigo. Puede que aquel café durara un buen rato.
Se sentaron a una mesa cerca de la ventana de la fachada. Ella se
echó dos terrones y removió hasta la perfección. Llevaba tres horas sin
sonreír y Marco no esperaba ya una sonrisa.
–Tengo una copia del material que está utilizando con el otro profesor
–dijo, alargando la mano hacia los cigarrillos.
–Ermanno.
–Quienquiera que sea, no lo conozco. Le sugiero que cada tarde con131
versemos basándonos en lo que usted haya estudiado por la mañana.
Marco no estaba en condiciones de discutir nada de lo que ella le
aconsejara.
–Me parece muy bien –dijo, encogiéndose de hombros.
Ella encendió un cigarrillo y tomó un sorbo de café.
–¿Qué le ha dicho Luigi de mí? –le preguntó Marco.
–No demasiado. Que es canadiense. Que se está tomando unas largas
vacaciones en Italia y que quiere estudiar el idioma. ¿Es cierto?
–¿Me está haciendo preguntas personales?
–No, simplemente le he preguntado si es cierto.
–Es cierto.
–No es asunto mío preocuparme por estas cuestiones.
–No le he pedido que se preocupe.
La vio como una estoica testigo en el estrado, sentada con arrogancia
delante del jurado, convencida hasta la médula de que no se doblegaría
ni se vendría abajo a pesar del fuego cruzado de la repregunta. Dominaba
ese aire displicente tan propio de las mujeres europeas. Mantenía
el cigarrillo muy cerca de su rostro y estudiaba todo lo que ocurría en la
acera sin ver nada.
La charla intrascendente no era su especialidad.
–¿Está usted casada? –preguntó Marco en su primer intento de repregunta.
Un gruñido y una sonrisa forzada.
–He recibido órdenes, señor Lazzeri.
–Por favor, llámeme Marco. Y yo a usted, ¿cómo tengo que llamarla?
–Signora Ferro bastará por ahora.
–Pero tiene usted diez años menos que yo.
–Aquí las cosas son más convencionales, señor Lazzeri.
–Ya veo.
Francesca apagó el cigarrillo, tomó otro sorbo y fue al grano.
–Hoy es su día libre, señor Lazzeri. Acabamos de hablar inglés por última
vez. La siguiente lección será exclusivamente en italiano.
–Muy bien, pero me gustaría que tuviera usted en cuenta una cosa.
No me está haciendo ningún favor, ¿de acuerdo? Le pagan por ello. Ésta
es su profesión. Yo soy un turista canadiense con mucho tiempo libre
y, si no nos llevamos bien, me buscaré a otra persona para estudiar.
–¿Lo he ofendido?
–Podría sonreír un poco más.
Ella asintió levemente con la cabeza y se le humedecieron inmediatamente
los ojos. Apartó la mirada hacia la ventana y dijo:
–Tengo tan pocas cosas por las que sonreír...
132
16
Tres tiendas de Via Rizzoli abrían a las diez de la mañana del sábado
y Marco esperó, estudiando la mercancía de los escaparates. Con quinientos
euros en el bolsillo, tragó saliva y se dijo que no tendría más
remedio que entrar y sobrevivir a su primera experiencia de compra en
italiano. Se había aprendido de memoria unas cuantas palabras y frases
hasta la saciedad, pero cuando se cerró la puerta a su espalda rezó para
que lo atendiera un joven y simpático dependiente que hablara perfectamente
en inglés.
No fue así. Fue un caballero mayor con una cordial sonrisa en los labios.
En menos de quince minutos, Marco señaló con el dedo, tartamudeó
y, a veces, hasta lo hizo muy bien preguntando números y precios.
Salió con un par de juveniles botas de excursión no muy caras, del
mismo estilo que había visto por los alrededores de la universidad
cuando hacía mal tiempo, y una parka impermeable negra con capucha
que se podía guardar en el cuello. Salió con casi trescientos euros en el
bolsillo. Ahorrar dinero en efectivo era su máxima prioridad.
Regresó corriendo al apartamento, se puso las botas y la parka y volvió
a salir.
El paseo de treinta minutos hasta la estación Céntrale de Bolonia le
llevó casi una hora debido al tortuoso rodeo que dio. Jamás volvía la
cabeza, pero entraba en un café y estudiaba a los peatones que caminaban
por la acera o bien se detenía de repente delante de una pastelería
y admiraba las exquisiteces mientras observaba los reflejos en el
cristal del escaparate. En caso de que lo siguieran, no quería que supieran
que sospechaba. Y la práctica era importante. Luigi le había dicho
en más de una ocasión que pronto tendría que irse y Marco Lazzeri se
quedaría solo en el mundo. Pero la cuestión era, ¿hasta qué extremo se
podía fiar de Luigi? Ni Marco Lazzeri ni Joel Backman se fiaban de nadie.
Experimentó un momento de ansiedad cuando entró en la estación,
vio a la gente, estudió los horarios de las salidas y llegadas y miró desesperadamente
a su alrededor en busca de la taquilla. Por simple costumbre,
también buscó algo en inglés. Pero estaba aprendiendo a hacer
caso omiso de la ansiedad y seguir adelante. Esperó en la cola y, cuando
se abrió una ventanilla, se acercó rápidamente, miró sonriendo a la
menuda dama del otro lado del cristal, la saludó con un amable buon
133
giorno y le dijo:
–Vado a Milano. –Voy a Milán. La mujer ya estaba asintiendo con la
cabeza.
–Alie tredici e venti –dijo él. A la 1:20.
–Si, cinquanta euro –dijo la taquillera. Cincuenta euros. Le entregó
un billete de cien euros porque quería cambio y después se alejó rápidamente
con el billete en la mano, dándose imaginariamente unas palmadas
en la espalda.
Puesto que le quedaba una hora, abandonó la estación y bajó dos
manzanas por Via Boldrini hasta que encontró un café. Se tomó un panino
y una cerveza y disfrutó de ambas cosas mientras contemplaba la
acera, esperando no ver a nadie que despertara su interés.
El Eurostar llegó con absoluta puntualidad y Marco siguió a la gente y
subió al vagón. Era su primer viaje en tren por Europa y no sabía muy
bien cuál era el protocolo. Había estudiado el billete durante el almuerzo
y no había visto nada que indicara una asignación de asiento. Por lo
visto, todo se elegía al azar, por lo que se sentó en el primer asiento de
ventanilla que vio libre. Su vagón estaba a menos de la mitad de su capacidad
cuando el tren se puso en marcha a la 1.20 en punto.
No tardaron en dejar atrás Bolonia. La campiña pasaba volando ante
sus ojos. Las vías seguían la M4, la principal autopista de Milán a Parma,
Bolonia, Ancona y toda la costa oriental de Italia. Al cabo de media
hora, Marco sufrió una decepción por el hecho de no poder contemplar
el paisaje. Cuesta valorar lo que se ve cuando se circula a ciento setenta
kilómetros por hora; todo estaba borroso y un bello paisaje desapareció
en un santiamén. Y, además, había demasiadas fábricas a lo largo
de la vía, cerca de las rutas de transporte.
Muy pronto se percató de que era la única persona de su vagón mínimamente
interesada en las cosas del exterior. Los pasajeros de más
de treinta años estaban enfrascados en periódicos y revistas y parecían
encontrarse perfectamente a sus anchas y hasta incluso un poco aburridos.
Los más jóvenes estaban profundamente dormidos. Al cabo de
un rato, Marco también se adormiló.
El revisor lo despertó, diciéndole algo completamente incomprensible
en italiano. Captó la palabra biglietto a la segunda o a la tercera y le
entregó enseguida el billete. El revisor estudió el billete con expresión
ceñuda, como si estuviera a punto de arrojar al pobre Marco al llegar al
siguiente puente y después lo taladró y se lo devolvió con una sonrisa
de oreja a oreja que dejó al descubierto todos sus dientes.
134
Una hora más tarde, una incomprensible jerigonza por megafonía
anunció algo relacionado con Milán y el paisaje cambió bruscamente. La
inmensa ciudad no tardó en engullirlos mientras el tren aminoraba la
marcha, se detenía y volvía a ponerse en marcha. Pasaron por delante
de numerosos bloques de apartamentos de después de la guerra, apretujados
entre sí y separados por anchas avenidas. Según la guía de Ermanno
la población de Milán era de cuatro millones de habitantes; una
ciudad grande, la capital oficiosa del norte de Italia, el centro de las finanzas,
la moda, el sector editorial y la industria del país. Una ciudad
trabajadora e industrial con un centro precioso y una catedral digna de
una visita.
Las vías se multiplicaron y se distribuyeron en abanico mientras entraban
en las inmensas cocheras de la Céntrale de Milán. Se detuvieron
bajo la alta cúpula de la estación y, cuando bajó al andén, Marco se
sorprendió del impresionante tamaño del lugar.
Mientras avanzaba por el andén, contó por lo menos media docena de
vías alineadas en hileras perfectas, casi todas ellas con trenes esperando
pacientemente a sus pasajeros. Se detuvo al llegar al final, en medio
de la locura de millares de personas que iban y venían y estudiaban las
salidas: Stuttgart, Roma, Florencia, Madrid, París, Berlín, Ginebra.
Toda Europa estaba a su alcance, a pocas horas de distancia.
Siguió las indicaciones hasta llegar al vestíbulo y vio la parada de
taxis, donde hizo brevemente cola antes de saltar al asiento de atrás de
un pequeño Renault blanco.
–Aeroporto Malpensa –le dijo al taxista.
Circularon muy despacio en medio del intenso tráfico de Milán hasta
las afueras. Veinte minutos después abandonaron la autostrada camino
del aeropuerto.
–Quale compagnia aerea? –preguntó el taxista, volviendo la cabeza.
¿Qué compañía?
–Lufthansa –contestó Marco.
En la Terminal 2, el taxi encontró un hueco junto al bordillo y Marco
soltó otros cuarenta euros. Las puertas automáticas se abrieron para
una masa de personas y él se alegró de no tener que tomar ningún
avión. Estudió las salidas y encontró lo que quería: un vuelo directo al
Aeropuerto Internacional Dulles. Recorrió la terminal hasta encontrar el
mostrador de embarque de Lufthansa. Había una cola considerable, pero,
con la típica eficiencia alemana, avanzaba deprisa.
La primera opción fue una atractiva pelirroja de unos veinticinco años
135
que, al parecer, viajaba sola, algo que él prefería. Cualquier persona
con un acompañante podía experimentar la tentación de hablar de
aquel hombre del aeropuerto que le había formulado una petición tan
rara. Era la segunda de la cola del mostrador de la business–class.
Mientras la observaba, descubrió la opción número dos: un estudiante
vestido con ropa vaquera, largo y desgreñado cabello, rostro sin afeitar,
mochila gastada y camiseta de la universidad estadounidense de Toledo:
el candidato ideal. Muy al final de la cola, escuchaba música por
unos auriculares de color amarillo chillón.
Marco siguió a la pelirroja mientras se retiraba del mostrador con su
tarjeta de embarque y su equipaje de mano. Faltaban dos horas para el
vuelo, por lo que se abrió paso entre la gente hasta la tienda duty–free
donde se detuvo para echar un vistazo a los últimos modelos de relojes
suizos. Al no ver nada que comprar, dobló la esquina para dirigirse al
quiosco de periódicos y compró dos revistas de moda. Mientras la chica
se dirigía a la puerta y al primer punto de control de seguridad, Marco
se armó de valor e hizo su primer movimiento.
–Disculpe, señorita, disculpe.
La joven no pudo evitar volverse a mirarle, pero el recelo le impidió
contestar.
–¿Va por casualidad al Dulles? –le preguntó él con una amplia sonrisa,
fingiendo estar sin resuello como si le hubiera dado alcance a la carrerilla.
–Sí –repuso ella. Sin sonreír. Estadounidense.
–Yo también, pero me acaban de robar el pasaporte. No sé cuándo
llegaré a casa. –Se estaba sacando un sobre del bolsillo–. Es una postal
de cumpleaños para mi padre. ¿Sería tan amable de echarla al buzón
cuando llegue al Dulles? Su cumpleaños es el martes que viene y me
temo que no me va a dar tiempo. Por favor.
Ella miró con suspicacia tanto el sobre como a él. Era sólo una postal
de cumpleaños, no una bomba o un arma.
Él ya se estaba sacando otra cosa del bolsillo.
–Perdone, no lleva sello. Aquí tiene un euro. Por favor, si no le importa.
Al final, el rostro se ablandó y la chica estuvo casi a punto de sonreír.
–De acuerdo –dijo, tomando el sobre y el euro y guardándose ambas
cosas en el bolso.
–Muchísimas gracias –dijo Marco, casi al borde de las lágrimas–.
Cumple noventa años. Gracias.
–Tranquilo, no se preocupe –dijo ella.
136
El chico de los auriculares amarillos fue más complicado. También era
norteamericano y también se tragó el cuento del pasaporte perdido. Pero,
cuando Marco intentó entregarle el sobre, miró cautelosamente a su
alrededor como si ambos estuvieran quebrantando la ley.
–No sé, tío –dijo, echándose hacia atrás–. No creo.
Marco se guardó mucho de insistir. Se marchó y dijo con mucho sarcasmo:
–Que tengas un buen vuelo.
La señora Ruby Ausberry, de York, Pennsylvania, era uno de los últimos
pasajeros del mostrador de embarque. Había sido profesora de
instituto de historia universal durante cuarenta años y ahora se lo pasaba
divinamente gastando el dinero de su jubilación en viajes a lugares
que sólo había visto en los libros de texto. Estaba en la última etapa
de una aventura de tres semanas por buena parte de Turquía. Se encontraba
en Milán sólo para tomar un vuelo de enlace a Washington
desde Estambul. El amable caballero se acercó a ella con una desesperada
sonrisa y le explicó que le acababan de robar el pasaporte. No llegaría
a tiempo para el noventa cumpleaños de su padre. Ella aceptó
gustosamente la postal y se la guardó en el bolso. Cruzó el control de
segundad y recorrió unos cuatrocientos metros hasta la puerta de salida,
donde encontró un asiento y se acomodó en él como en un nido.
A su espalda, a menos de cinco metros de distancia, la pelirroja llegó
a una conclusión: podía ser una carta bomba. Desde luego, no parecía
lo bastante gruesa para contener explosivos, pero ¿qué sabía ella de
semejantes cosas? Había una papelera cerca de la ventana –un reluciente
cubo de metal cromado con tapa (a fin de cuentas, estaban en
Milán)– y la chica se acercó a él como quien no quiere la cosa y echó la
carta a la basura.
¿Y si estallaba allí dentro?, se preguntó mientras volvía a sentarse. Ya
era demasiado tarde. No estaba dispuesta a volver y pescar otra vez el
sobre. Y, en caso de que decidiera hacerlo, ¿después qué? ¿Buscar a
alguien de uniforme y tratar de explicarle en inglés que cabía la posibilidad
de que tuviera en la mano una carta bomba? Vamos, pensó. Tomó
su equipaje de mano y se trasladó al otro lado de la puerta de salida, lo
más lejos posible de la papelera. Pero no podía quitarle los ojos de encima.
La conspiración se estaba ampliando. Fue la primera en entrar en el
747 cuando empezaron a subir a bordo. Sólo con una copa de champán
consiguió finalmente relajarse. Miraría la CNN en cuanto regresara a su
casa de Baltimore. Estaba convencida de que habría una carnicería en
137
el aeropuerto de Milán.
El regreso en taxi a la Céntrale de Milán le costó a Marco cuarenta y
cinco euros, pero no discutió con el taxista. ¿Para qué molestarse? El
billete de regreso a Bolonia le costó lo mismo: cincuenta euros. Tras un
día de compras y de viajes le quedaban unos cien euros. Sus ahorrillos
en efectivo estaban menguando rápidamente.
Ya había oscurecido casi por completo cuando el tren entró en la estación
de Bolonia. Marco era sólo uno de los muchos cansados viajeros
que bajaron al andén, pero en su fuero interno estallaba de orgullo por
sus hazañas de aquel día. Se había comprado ropa, había adquirido
unos billetes de tren, había sobrevivido a la locura, tanto de la estación
de ferrocarril como del aeropuerto de Milán, había utilizado dos taxis y
entregado su correspondencia, un día más bien movidito sin que nadie
hubiera sospechado quién era o dónde estaba.
Y nadie le había pedido que enseñara el pasaporte ni ningún otro documento
de identidad.
Luigi había tomado otro tren, el expreso de Milán de las 11.45. Pero
bajó en Parma y se perdió entre la muchedumbre. Paró un taxi y realizó
el breve trayecto hasta el lugar de la cita, uno de sus cafés preferidos.
Allí se pasó casi una hora esperando a Whitaker, que había perdido un
tren en Milán y tuvo que tomar el siguiente. Como de costumbre, Whitaker
estaba de mal humor, circunstancia agravada por el hecho de tener
que acudir a una cita en sábado. Pidieron rápidamente las consumiciones
y, en cuanto el camarero se marchó, Whitaker dijo:
–No me gusta esta mujer.
–¿Francesca?
–Sí, la guía turística. Jamás la habíamos utilizado, ¿verdad?
–En efecto. Tranquilízate, todo va bien. No sabe nada.
–¿Qué aspecto tiene?
–Razonablemente atractiva.
–Razonablemente atractiva puede significar cualquier cosa, Luigi.
¿Cuántos años tiene?
–Yo jamás hago esta pregunta. Unos cuarenta y cinco, creo.
–¿Está casada?
–Sí, y sin hijos. Está casada con un hombre de más edad que tiene
muy mala salud. Se está muriendo.
Como siempre, Whitaker garabateaba notas mientras pensaba en la
siguiente pregunta.
–¿Muriendo? ¿Y de qué se está muriendo?
138
–Creo que de cáncer. No le hice muchas preguntas.
–Pues quizá tendrías que hacerle más preguntas.
–A lo mejor no quiere hablar de ciertas cosas... de su edad y de su
marido moribundo.
–¿Dónde la encontraste?
–No fue nada fácil. Los profesores de idiomas no hacen precisamente
cola en las paradas, como los taxistas. Me la recomendó un amigo. Pregunté
un poco por ahí. Goza de buena fama en la ciudad. Y está disponible.
Resulta casi imposible encontrar un profesor dispuesto a pasarse
tres horas al día con un alumno.
–¿Todos los días?
–Casi todos los días laborables. Ha accedido a trabajar todas las tardes
durante aproximadamente un mes. Es la temporada baja de los
guías. Puede que le salga algún trabajo una o dos veces a la semana,
pero intentará estar a nuestro servicio. Tranquilízate, es muy buena.
–¿Cuánto cobra?
–Doscientos euros a la semana hasta la primavera, cuando el turismo
se anime.
Whitaker puso los ojos en blanco como si el dinero procediera directamente
de su sueldo.
–Marco nos está costando demasiado –dijo casi para sus adentros.
–A Marco se le ha ocurrido una gran idea. Quiere irse a Australia o a
Nueva Zelanda o a algún otro sitio donde el idioma no sea un problema.
–¿Quiere un traslado?
–Sí, y yo creo que es una gran idea. Soltémoselo a otro.
–Esta decisión no nos corresponde a nosotros, Luigi.
–Supongo que no.
Llegaron las ensaladas y ambos guardaron silencio un momento. Después
Whitaker dijo:
–Sigue sin gustarme esa mujer. Busca a alguien más.
–No hay nadie más. ¿De qué tienes miedo?
–Marco tiene antecedentes de mujeriego, ¿recuerdas? Siempre cabe
la posibilidad de que surja un idilio. Ella podría complicar las cosas.
–La he advertido. Y necesita el dinero.
–¿Está sin un céntimo?
–Tengo la impresión de que su situación es muy difícil. La temporada
es muy floja y el marido no trabaja.
Whitaker estuvo casi a punto de sonreír, como si el dato fuera una
buena noticia. Se metió un buen trozo de tomate en la boca y masticó
mientras miraba a su alrededor en la trattoria para ver si alguien estaba
139
escuchando con disimulo su conversación en inglés. Cuando al final pudo
tragar, dijo:
–Vamos a hablar del correo electrónico. Marco nunca ha sido un experto
en informática. En sus días de gloria vivía colgado del teléfono –
tenía cuatro o cinco en el despacho, dos en el automóvil, uno en el bolsillo–
y siempre mantenía tres conversaciones a la vez. Presumía de cobrar
cinco mil dólares por el simple hecho de atender una llamada telefónica
de un nuevo cliente, bobadas por el estilo. Jamás utilizaba el ordenador.
Los que trabajaban con él han dicho que algunas veces leía
los mensajes electrónicos. Raras veces enviaba y, las pocas veces que
lo hacía, era siempre por intermedio de una secretaria. Su despacho estaba
equipado con la más alta tecnología, pero él contrataba a gente
para que se encargara del trabajo más duro. El era demasiado importante
para esas cosas.
–¿Y en la cárcel?
–No hay prueba de que mandara correo electrónico. Tenía un portátil
que utilizaba sólo para redactar cartas, jamás para mandar mensajes.
Parece ser que todo el mundo lo abandonó cuando se produjo su caída.
Escribía algunas veces a su madre y a su hijo, pero siempre por correo
convencional.
–Parece un auténtico analfabeto.
–Lo parece, pero Langley teme que intente ponerse en contacto con
alguien de fuera. No puede hacerlo por teléfono, por lo menos no por
ahora. No tiene ningún domicilio que pueda utilizar, por consiguiente, el
correo está probablemente descartado.
–Sería un tonto si enviara una carta –dijo Luigi–. Eso podría dar a conocer
su paradero.
–Exactamente. Lo mismo cabe decir del teléfono, el fax o cualquier
otro medio, salvo el correo electrónico.
–Podemos localizar los mensajes electrónicos.
–Buena parte de ellos, pero siempre hay medios de evitarlo.
–No tiene ordenador ni dinero para comprarlo.
–Lo sé, pero podría entrar en un cibercafé, utilizar una cuenta codificada,
enviar el mensaje, borrar su rastro, pagar una pequeña cantidad
en concepto de alquiler y largarse.
–Muy cierto, pero ¿quién iba a enseñarle a hacer todo eso?
–Puede aprender. Puede encontrar un libro. No es probable, pero
siempre cabe la posibilidad.
–Registro su apartamento a diario –dijo Luigi–. Centímetro a centímetro.
Si compra un libro o entrega un recibo, me enteraré.
–Echa un vistazo a los cibercafés del barrio. Ahora en Bolonia hay va140
rios.
–Los conozco.
–¿Dónde está Marco en este momento?
–No lo sé. Es sábado, su día libre. Probablemente paseando por las
calles de Bolonia y disfrutando de su libertad.
–¿Y sigue teniendo miedo?
–Está aterrorizado.
La señora Ruby Ausberry se tomó un sedante ligero y se pasó durmiendo
seis de las ocho horas que le llevó volar de Milán al Aeropuerto
Internacional Dulles. El café tibio que les sirvieron poco antes de tomar
tierra no le sirvió demasiado para despejarse y, mientras el 747 rodaba
hacia la puerta, volvió a quedarse medio dormida. Se olvidó de la postal
de cumpleaños mientras los acompañaban a los vehículos de transporte
de ganado que aguardaban junto a la pista y los conducían a la terminal
principal. Y también se olvidó de ella cuando vio a su querida nieta esperándola
en la puerta de llegadas.
Se olvidó de ella hasta que estuvo sana y salva en su casa de York,
Pennsylvania, y empezó a buscar un recuerdo en su bolso de bandolera.
–Oh, Dios mío –exclamó al ver caer la postal al suelo de la cocina–.
Tenía que haberlo echado al correo en el aeropuerto.
Después le contó a su nieta la historia del pobre hombre de Milán que
había perdido el pasaporte y no podría estar presente en el noventa
cumpleaños de su padre.
Su nieta examinó el sobre.
–No parece una postal de cumpleaños. –Estudió la dirección: «R. N.
Backman, Abogado, 412 Main Street, Culpeper, Virginia, 22701»–. No
hay remite –añadió.
–La echaré al correo mañana mismo a primera hora –dijo la señora
Ausberry–. Espero que llegue antes del cumpleaños.
17
El lunes a las diez de la mañana en Singapur, los misteriosos tres millones
de dólares que permanecían en la cuenta de Old Stone Group,
Ltd., efectuaron una salida electrónica e iniciaron un silencioso viaje a
la otra punta del mundo. Nueve horas más tarde, cuando se abrieron
las puertas del Galleon Bank and Trust en la isla caribeña de Saint
Christopher, el dinero llegó de inmediato y fue depositado en una cuenta
numerada sin nombre. Por regla general, hubiese sido una tran141
sacción completamente anónima, una de los varios miles de aquel lunes
por la mañana, pero Old Stone era ahora objeto de la más estrecha vigilancia
del FBI. El banco de Singapur estaba colaborando plenamente.
El de Saint Christopher no, pero pronto tendría ocasión de participar.
Cuando el director Anthony Price llegó a su despacho del edificio Hoover
antes del amanecer del lunes, el impresionante memorándum lo estaba
esperando. Canceló todas las actividades que tenía previstas para
aquella mañana. Se reunió con su equipo y esperó a que el dinero aterrizara
en Saint Christopher.
Después llamó al vicepresidente.
Fueron necesarias cuatro horas de fuertes presiones muy poco diplomáticas
para que Saint Christopher soltara información. Al principio, los
banqueros se mostraban inamovibles, pero ¿qué pequeña seminación
puede resistir todo el poder y la furia de la única superpotencia mundial?
Cuando el vicepresidente amenazó al primer ministro con unas
sanciones económicas y bancarias que destruirían la escasa economía
de la que dependía la isla, el hombre se vino finalmente abajo y entregó
a sus banqueros.
La cuenta numerada se podía atribuir directamente a Artie Morgan, el
hijo de treinta y un años del ex presidente. Éste había estado entrando
y saliendo del Despacho Oval durante las últimas horas de la presidencia
de su padre, bebiendo Heinekens y ofreciendo ocasionalmente consejos
tanto a Critz como al presidente.
El escándalo crecía a cada hora que pasaba. Desde Gran Caimán a
Singapur y ahora a Saint Christopher, la transferencia permitía descubrir
las delatoras señales de un intento muy poco profesional de cubrir
huellas. Un profesional hubiese repartido el dinero de ocho maneras y
en distintos bancos de diferentes países, y las transferencias se hubiesen
efectuado a intervalos de varios meses. Pero hasta un novato como
Artie hubiese tenido que ser capaz de esconder el dinero. Los bancos de
los paraísos fiscales elegidos eran lo bastante discretos como para protegerle.
El chivatazo a los federales había sido un desesperado intento
del estafador de la sociedad de inversión inmobiliaria en su afán de evitar
la cárcel.
Sin embargo, aún no se disponía de pruebas acerca del origen del dinero.
En sus últimos tres días en el cargo, el presidente Morgan había
concedido veintidós indultos. Todos ellos habían pasado inadvertidos
menos dos: el de Joel Backman y el del duque de Mongo. El FBI estaba
trabajando duro en la búsqueda de la basura financiera de los otros
142
veinte. ¿Quién tenía tres millones de dólares? ¿Quién disponía de recursos
para conseguirlos? Todos los amigos, familiares y socios de negocios
estaban siendo investigados por los federales.
Un análisis preliminar reveló lo que ya se sabía. Mongo tenía miles de
millones y era lo bastante corrupto para sobornar a cualquiera. Backman
también lo podía hacer. Una tercera posibilidad era un antiguo legislador
por el estado de Nueva Jersey cuya familia se había enriquecido
enormemente con contratos de construcción de carreteras por cuenta
del Gobierno. Doce años antes se había pasado unos cuantos meses
en una cárcel, o en un «campamento federal», un eufemismo, y ahora
quería ver restablecidos sus derechos.
El presidente se encontraba de gira por Europa para darse a conocer:
su primera vuelta alrededor del mundo tras su victoria. Tardaría tres
días en regresar y el vicepresidente decidió esperar. Vigilarían el dinero,
efectuarían dobles –y triples– comprobaciones de los datos y los detalles
y, cuando él regresara, le informarían, facilitándole un caso a toda
prueba. El escándalo del dinero-a-cambio–de–indulto electrizaría el país.
Humillaría al partido de la oposición y debilitaría su firmeza en el
Congreso. Y le aseguraría a Anthony Price la dirección del FBI durante
unos cuantos años más: finalmente enviaría al viejo Teddy Maynard a
la residencia de ancianos. El lanzamiento de una guerra relámpago federal
en toda regla contra un confiado ex presidente no podía tropezar
con ningún obstáculo.
Su profesora esperaba en el último banco de la basílica de San Francesco.
Iba todavía muy abrigada, con las manos enguantadas parcialmente
metidas en los bolsillos de su grueso abrigo. Fuera volvía a nevar,
y en el enorme, frío y desierto templo la temperatura no era mucho
más alta. Él se sentó a su lado con un «buon giorno» en voz baja.
Ella correspondió con una sonrisa justo lo suficiente para ser considerada
educada y contestó:
–Buon giorno.
Marco también mantenía las manos en los bolsillos y, durante un
buen lato, ambos se quedaron allí sentados como dos congelados excursionistas
que se estuvieran resguardando del mal tiempo. Como de
costumbre, el rostro de la mujer estaba muy triste y sus pensamientos
parecían centrados en algo que no era aquel inepto hombre de negocios
canadiense que quería aprender su idioma. Se mostraba distante y
aturdida y Marco ya estaba harto de su actitud. Por su parte, Ermanno
perdía más interés a cada día que pasaba. Francesca resultaba apenas
143
tolerable. Luigi siempre estaba en su sitio, vigilando y acechando, pero
también él parecía estar perdiendo el interés por el juego.
Marco empezaba a pensar en la inminencia de la ruptura. Le cortarían
el salvavidas y lo dejarían a la deriva para que se hundiera o nadara
por su cuenta. Pues que así fuera. Llevaba libre casi un mes. Había
aprendido suficiente italiano para sobrevivir. Y seguro que aprendería
más por su cuenta.
–Bueno pues, ¿y esta iglesia cuántos años tiene? –preguntó tras
haber comprendido que le correspondía hablar primero a él.
Ella se movió ligeramente, carraspeó y se sacó las manos de los bolsillos
como si la hubiera despertado de un profundo sueño.
–La empezaron en 1236 unos frailes franciscanos. Treinta años después
el santuario principal ya estaba terminado.
–Una obra muy rápida.
–Pues sí, bastante. A lo largo de los siglos se erigieron capillas a ambos
lados. Se construyó la sacristía y después el campanario. Los franceses
bajo Napoleón la desacralizaron en 1798 y la convirtieron en una
aduana. En 1886 volvió a consagrarse como iglesia y se restauró en
1928. Cuando Bolonia fue bombardeada por los Aliados, su fachada sufrió
graves daños. Ha tenido una historia muy agitada.
–No es muy bonita por fuera.
–Eso es cosa de los bombardeos.
–Creo que se equivocaron ustedes de bando.
–Bolonia no.
No tenía ningún sentido volver a combatir la guerra. Hicieron una
pausa mientras sus voces flotaban hacia arriba y resonaban suavemente
por la cúpula. Cada año, en su infancia, la madre de Backman lo llevaba
algunas veces a la iglesia, pero aquel desganado intento de conservar
la fe había sido rápidamente abandonado en su época de estudiante
de secundaria y totalmente olvidado en el transcurso de los últimos
cuarenta años. Ni siquiera la cárcel logró convertirlo, a diferencia
de a algunos de los demás reclusos. Pero, aun así, a un hombre sin
convicciones le resultaba difícil comprender que se pudiera celebrar
cualquier clase de culto significativo en un museo tan frío y desolado
como aquél.
–Parece todo tan desierto. ¿Viene alguien alguna vez a rezar a este
lugar?
–Hay una misa diaria y otras ceremonias el domingo. Yo me casé
aquí.
144
–No tendría que hablar de sí misma. Luigi se enfadará.
–En italiano, Marco, ya basta de inglés. –Y en italiano le preguntó–:
¿Qué ha estudiado esta mañana con Ermanno?
–La famiglia.
–La sua famiglia. Mi dica. –Hábleme de su familia.
–Es un auténtico desastre –dijo él en inglés.
–Sua moglie? –¿Su mujer?
–¿Cuál de ellas? Tengo tres.
–Italiano.
–Qualef Ne Io tre.
–L'ultima.
Entonces él se contuvo. No era Joel Backman, con tres ex mujeres y
una familia que se había ido al carajo. Era Marco Lazzeri de Toronto,
con una mujer, cuatro hijos y cinco nietos.
–Era una broma –dijo en inglés–. Tengo una esposa.
–Mi dica, in italiano, di sua moglie. –Hábleme, en italiano, de su mujer.
En un italiano muy lento Marco describió a su imaginaria mujer. Se
llama Laura. Tiene cincuenta y dos años. Vive en Toronto. Trabaja en
una pequeña empresa. No le gusta viajar. Y así sucesivamente.
Cada frase se repetía por lo menos tres veces. Cada pronunciación
equivocada era acogida con una mueca y un rápido «ripeta». Una y otra
vez Marco habló de una Laura inexistente. Y, al terminar con ella, tuvo
que hablar de su hijo mayor, otro invento, éste llamado Alex. Treinta
años, abogado en Vancouver, divorciado y con dos hijos, etc.
Por suerte, Luigi le había facilitado una breve biografía de Marco Lazzeri
con todos los datos que ahora él estaba tratando de recordar en
aquella gélida iglesia. Ella lo siguió alentando y animando a perfeccionar
su estilo, aconsejándole no hablar demasiado rápido, en contra de su
tendencia natural.
–Debe parlare lentamente –le decía una y otra vez. Tiene que hablar
despacio.
Era muy estricta y no estaba para bromas, pero también sabía despertar
su entusiasmo. Si conseguía aprender a hablar el italiano la mitad
de bien de lo que ella hablaba el inglés, saldría adelante. Si ella creía
en la utilidad de la repetición constante, él también.
Mientras hablaban de su madre, un anciano caballero entró en la iglesia
y se sentó en el banco situado directamente delante del suyo y no
tardó en enfrascarse en la meditación y la plegaria. Ambos decidieron
marcharse en silencio. Seguía cayendo una ligera nevada, por lo que se
145
detuvieron en el primer café que encontraron para beberse un espresso
y fumar un cigarrillo.
–Adesso possiamo parlare della sua famiglia?–preguntó Marco. ¿Ahora
podemos hablar de su familia?
Francesca sonrió dejando los dientes al descubierto, cosa insólita en
ella, y contestó:
–Benissimo, Marco –Muy bien–. Ma non possiamo, mi dispiace. –Pero
no podemos, lo siento.
–Perché no?
–Abbiamo delle rególe. –Tenemos unas normas.
–Dov'é suo marito? –¿Dónde está su marido?
–Qui, a Bologna. –Aquí, en Bolonia.
–Dove lavora? –¿Dónde trabaja?
–Non lavora.
Tras fumarse un segundo cigarrillo, se arriesgaron a regresar a las
aceras cubiertas de nieve e iniciaron una exhaustiva lección centrada en
la nieve. Ella pronunciaba una breve frase en inglés y él la tenía que
traducir. Está nevando. En Florida nunca nieva. Puede que llueva mañana.
La semana pasada nevó dos veces. Me encanta la nieve. No me
gusta la nieve.
Rodearon el borde de la plaza principal y se situaron bajo los pórticos.
En Via Rizzoli pasaron por delante de la tienda donde Marco se había
comprado las botas y la parka y éste pensó que, a lo mejor, a Francesca
le gustaría oír su versión de aquel acontecimiento. Ya dominaba bastante
el italiano. Pero lo dejó correr porque ella estaba muy ocupada
con el tiempo. Al llegar a un cruce, se detuvieron a contemplar Le Due
Torri, las dos torres supervivientes de las que tanto se enorgullecían los
boloñeses. En otros tiempos había más de doscientas torres, dijo ella.
Después le pidió que repitiera la frase. Él lo intentó, falló el tiempo pasado
del verbo y el número y ella le dijo que repitiera la maldita frase
hasta que le saliera bien.
En la época medieval, por motivos que los actuales italianos no logran
explicar, sus antepasados adquirieron la insólita costumbre arquitectónica
de construir altas y esbeltas torres como viviendas. Puesto que las
guerras tribales y las hostilidades locales eran endémicas, el propósito
de las torres era ante todo defensivo. Eran unas eficaces atalayas y resultaban
muy útiles durante los ataques, aunque muy poco prácticas
para vivir. Para proteger la comida, las cocinas solían estar en el último
piso, a unos noventa o ciento veinte metros de la calle, lo cual dificultaba
la tarea de encontrar sirvientes dignos de fiar. Cuando estallaban los
146
combates, las familias se solían arrojar las unas a las otras flechas y
lanzas de una torre a otra. No tenía sentido luchar en la calle como el
simple vulgo.
Las torres también se acabaron convirtiendo en un símbolo de posición
social. Ningún noble que se respetara podía permitir que su vecino
y/o rival tuviera una torre más alta que la suya, por lo cual en los siglos
XII y XIII se desató en el perfil de Bolonia una curiosa contienda en el
arte de superar a los demás, pues ningún noble quería ser menos que
el otro. La ciudad recibió el apodo de la turrita, la torreada. Un viajero
inglés la describió como un «lecho de espárragos».
Hacia el siglo XIV el Gobierno organizado empezó a adquirir fuerza en
Bolonia y los sagaces gobernantes comprendieron la necesidad de pararles
los pies a los belicosos nobles. Siempre que tuvo la capacidad suficiente
para hacerlo, la ciudad derribó tantas torres como pudo. El
tiempo y la fuerza de gravedad hicieron el resto; las de cimientos más
débiles se derrumbaron al cabo de pocos siglos.
A finales del siglo XIX, tras una ruidosa campaña, se tomó por los pelos
la decisión de derribarlas todas. Sólo dos sobrevivieron: la de los
Asinelli y la Garisenda. Ambas se levantan la una muy cerca de la otra
en la Piazza di Porta Ravegnana. Ninguna de las dos es perfectamente
vertical, pues la Garisenda se inclina hacia el norte en un ángulo que rivaliza
con el de la más famosa y mucho más bonita de Pisa.
Ambas supervivientes han suscitado muchas pintorescas descripciones
a lo largo de las décadas. Un poeta francés las comparó con dos
marineros borrachos que regresaban haciendo eses a casa, apoyándose
el uno en el otro para no caer. La guía de Ermanno las calificaba de los
«Laurel y Hardy» de la arquitectura medieval.
La de los Asinelli se construyó a principios del siglo XII y, con sus
97,2 metros de altura, es dos veces más alta que su compañera. La Garisenda
empezó a inclinarse cuando ya estaba casi terminada, en el siglo
XIII, y la cortaron por la mitad en un intento de detener la inclinación.
El clan de los Garisenda perdió el interés por ella y abandonó la
ciudad en medio del oprobio.
Marco había leído la historia en el libro de Ermanno. Francesca no lo
sabía y, como todas las buenas guías turísticas, dedicó quince fríos minutos
a hablar de las famosas torres. Formulaba una frase sencilla, la
pronunciaba a la perfección, ayudaba a Marco a pronunciarla lo mejor
que podía y pasaba a regañadientes a la siguiente.
–La de los Asinelli tiene cuatrocientos noventa y ocho escalones hasta
la cima –dijo.
147
–Andiamo –dijo rápidamente Marco. Vamos.
Entraron por la base a través de una estrecha puerta y subieron una
angosta escalera de caracol hasta quince metros de altura donde, en un
rincón, se encontraba la garita de las entradas. Marco compró dos de
tres euros y ambos iniciaron el ascenso. La torre era hueca y los peldaños
estaban fijados a los muros exteriores.
Francesca dijo que llevaba por lo menos diez años sin subir y parecía
emocionada con la pequeña aventura. Empezó a subir por los estrechos
y recios escalones de madera de roble. Marco la seguía a cierta distancia.
Una ocasional y pequeña aspillera abierta permitía el paso de la luz
y el frío aire del exterior.
–Tómeselo con calma –dijo ella en inglés, volviendo la cabeza mientras
se alejaba lentamente de Marco.
En aquella nevada tarde de febrero no había nadie más subiendo a lo
alto de la ciudad.
Marco se lo tomó con calma y la perdió rápidamente de vista. A medio
camino, se detuvo junto a una ancha ventana para que el viento le
refrescara el rostro. Recuperó el resuello y reanudó el ascenso, todavía
más despacio que antes. A los pocos minutos, volvió a detenerse. El corazón
le galopaba en el pecho, sus pulmones trabajaban a destajo y su
mente se preguntaba si lograría llegar hasta arriba. Tras subir 498 escalones,
llegó por fin a una buhardilla tan pequeña como una caja y salió
a lo alto de la torre. Francesca se estaba fumando un cigarrillo mientras
contemplaba su hermosa ciudad sin la menor señal de sudor en el
rostro.
La vista desde arriba era impresionante. Los tejados de tejas rojas de
la ciudad estaban cubiertos por cinco centímetros de nieve. Directamente
por debajo de ellos se levantaba la cúpula de pálido color verde
de San Bartolomeo, negándose a lucir el más mínimo adorno.
–Cuando el día es claro, se ven el mar Adriático al este y los Alpes al
norte –dijo ella, todavía en inglés–. Es una auténtica belleza, incluso
bajo la nieve.
–Es una auténtica belleza –repitió Marco casi jadeando.
El viento silbaba a través de los barrotes metálicos entre los pilares
de ladrillo y hacía mucho más frío por encima de Bolonia que en la calle.
–La torre es la quinta estructura más alta de la vieja Italia –explicó
Francesca con orgullo.
Marco estuvo seguro de que sabía cuáles eran las otras cuatro.
148
–¿Por qué se salvó esta torre? –preguntó.
–Por dos motivos, creo. Estaba bien diseñada y bien construida. La
familia Asinelli era fuerte y poderosa. Y se utilizó brevemente como prisión
en el siglo XIV, cuando muchas de las torres ya habían sido derribadas.
La verdad es que nadie sabe por qué a ésta le perdonaron la vida.
A cien metros de altura, Francesca era una persona distinta. Le brillaban
los ojos y su voz era radiante.
–Eso siempre me recuerda por qué le tengo cariño a mi ciudad –dijo
esbozando una insólita sonrisa. No dirigida a él ni a nada que él hubiera
dicho, sino a los tejados y el perfil de Bolonia.
Salieron al otro lado y miraron en la distancia hacia el suroeste. En lo
alto de una colina situada por encima de la ciudad vieron la silueta del
santuario de San Luca, el ángel guardián de la ciudad.
–¿Ha estado usted allí? –preguntó ella.
–No.
–Iremos un día cuando haga mejor tiempo, ¿de acuerdo?
–Pues claro.
–Tenemos muchas cosas que ver.
Puede que, a lo mejor, no la despidiera. Estaba tan hambriento de
compañía, sobre todo del otro sexo, que podía tolerar su indiferencia,
su tristeza y sus arrebatos de mal humor.
Si el ascenso a lo alto de la torre de los Asinelli le había levantado el
ánimo, la bajada le devolvió su habitual actitud malhumorada. Se tomaron
un rápido espresso cerca de las torres y se despidieron. Mientras
ella se alejaba sin haberle dado ni un abrazo superficial, ni un apresurado
beso en la mejilla y ni siquiera un precipitado apretón de manos,
Marco decidió darle una semana más.
La pondría en secreto a prueba. Disponía de siete días para ser amable,
de lo contrario, él daría por terminadas las lecciones. La vida era
demasiado corta.
Aunque ella era muy guapa.
El sobre lo abrió su secretaria, exactamente igual que toda la correspondencia
de la víspera y de la antevíspera. Pero, en el interior del primer
sobre, había otro, éste dirigido simplemente a Neal Backman. En
letras de imprenta en el anverso y en el reverso figuraba la siniestra
advertencia:
PERSONAL, CONFIDENCIAL,
149
SÓLO DEBERÁ SER ABIERTO POR NEAL BACKMAN.
–Puede que le interese echar un vistazo a la de encima –dijo la secretaria,
entrando con su cotidiano montón de correspondencia a las nueve
de la mañana–. El sobre fue echado al correo hace dos días, en York,
Pennsylvania.
Cuando ella cerró la puerta a su espalda, Neal examinó el sobre. Era
de color marrón claro sin más indicación que lo que había escrito a mano
el remitente. La letra le resultaba vagamente familiar.
Con un abrecartas, abrió despacio el sobre por la parte superior y sacó
una sola hoja de papel blanco. Era de su padre. Experimentó un sobresalto,
pero no demasiado.
21 de febrero Querido Neal:
Ahora estoy a salvo, pero dudo que esto dure. Necesito tu ayuda. No
tengo dirección, ni teléfono, ni fax y no estoy muy seguro de que los
utilizara si pudiera. Necesito acceso al correo electrónico, a algo que no
se pueda localizar. No tengo ni idea de cómo hacerlo, pero sé que a ti
se te ocurrirá algo. No tengo ordenador ni dinero. Hay muchas probabilidades
de que me estén vigilando, por lo que cualquier cosa que hagas
no tiene que dejar rastro. Borra tus huellas. Borra las mías. No te fíes
de nadie. Vigílalo todo. Esconde esta carta y después destrúyela.
Envíame todo el dinero que puedas. Ya sabes que te lo devolveré.
No utilices tu verdadero nombre para nada. Utiliza la siguiente dirección:
Sig. Rudolph Viscovitch, Universitá degli Studi, Universidad de Bolonia,
Via Zamboni 22, 44041, Bolonia, Italia.
Utiliza dos sobres... el primero para Viscovitch, el segundo para mí.
En tu nota para él, pídele que guarde el paquete para Marco Lazzeri.
¡Date prisa!
Con afecto,
MARCO
Neal dejó la carta sobre el escritorio y se acercó a la puerta para cerrarla.
Se sentó en el pequeño sofá de cuero y trató de ordenar las
ideas. Ya había llegado a la conclusión de que su padre se encontraba
en el extranjero, de otro modo, se hubiese puesto en contacto con él
hacía varias semanas. ¿Por qué estaba en Italia? ¿Por qué la carta se
había enviado desde York, Pennsylvania?
La mujer de Neal jamás había conocido a su suegro. Llevaba dos años
en la cárcel cuando se conocieron y se casaron. Le habían enviado foto150
grafías de la boda y, más tarde, una fotografía de su hija, la segunda
nieta de Joel.
Joel no era un tema del que a Neal le gustara hablar. O en el que quisiera
pensar. Había sido un mal padre, ausente durante buena parte de
su infancia, y su sorprendente caída del poder había avergonzado a todos
sus allegados. Neal le había enviado a regañadientes algunas cartas
y postales a la cárcel, pero podía decir con toda sinceridad, por lo menos
a sí mismo y a su mujer, que no echaba de menos a su padre. Raras
veces había estado a su lado.
Ahora volvía pidiendo un dinero que Neal no tenía, suponiendo sin el
menor asomo de duda que Neal haría exactamente lo que él le dijera,
perfectamente dispuesto a poner en peligro a otra persona.
Neal regresó a su escritorio, releyó la carta y volvió a leerla. Los mismos
garabatos casi ilegibles que había visto durante toda su vida y el
mismo modo de actuar, tanto en casa como en el despacho. Haz esto,
haz lo otro y todo saldrá bien. ¡Hazlo tal como yo digo y hazlo ahora
mismo! ¡Date prisa! Ponlo todo en peligro porque yo te necesito.
¿Y si todo salía de maravilla y el intermediario regresaba? Seguro que
entonces no tendría tiempo para Neal ni para la nieta. En caso de que
se le ofreciera la oportunidad, Joel Backman, de cincuenta y dos años,
ascendería una vez más a los círculos de la gloria y el poder de Washington.
Haría las amistades adecuadas, estafaría a los clientes adecuados,
se casaría con la mujer adecuada, encontraría a los socios adecuados
y, en cuestión de un año, volvería a trabajar desde un inmenso
despacho donde cobraría unos honorarios escandalosos e intimidaría a
los congresistas.
La vida había sido mucho más sencilla estando su padre en la cárcel.
¿Qué le diría a Lisa, su mujer? Cariño, aquellos 2.000 dólares que tenemos
guardados en nuestra cuenta de ahorros ya tienen destino. Y
unos cuantos centenares de dólares para un sistema de correo electrónico
codificado. Y tú y la niña tendréis que mantener las puertas cerradas
constantemente porque la vida se ha vuelto mucho más peligrosa.
Con el día ya a la mierda, Neal llamó a su secretaria y le dijo que no
le pasara llamadas. Se tumbó en el sofá, se quitó los mocasines, cerró
los ojos y empezó a aplicarse masaje a las sienes.
18
En la pequeña y desagradable guerra que libraban la CIA y el FBI,
ambas partes solían utilizar a ciertos periodistas por motivos tácticos.
151
Manipulando la prensa, podían asestar golpes preventivos, debilitar los
contraataques, disimular las precipitadas retiradas e incluso controlar
los daños. Dan Sandberg llevaba casi veinte años cultivando fuentes de
ambos bandos y estaba perfectamente dispuesto a que lo utilizaran
cuando la información era cierta, y en exclusiva. También estaba dispuesto
a asumir el papel de correo, moviéndose cautelosamente entre
los ejércitos con sus chismorreos altamente secretos para averiguar
cuánto sabía la otra parte. En su intento de confirmar la historia según
la cual el FBI estaba investigando un escándalo de dinero–por–indulto,
se había puesto en contacto con la fuente más fidedigna de la CIA. Fue
recibido con la habitual muralla de piedra, pero duró menos de cuarenta
y ocho horas.
Su contacto en Langley era Rusty Lowell, un veterano profesional de
conducta un tanto irregular. Siempre que le pagaran a cambio, su verdadero
trabajo consistía en vigilar a la prensa y aconsejar a Teddy
Maynard acerca de la mejor manera de utilizarla y maltratarla. No era
un chivato, jamás hubiera sido capaz de revelar algo que no fuera cierto.
Tras haberse pasado muchos años trabajando esta relación, Sandberg
estaba razonablemente seguro de que buena parte de lo que le
contaba Lowell procedía directamente del propio Teddy Maynard.
Se reunieron en el Tyson's Corner Malí, en Virginia, justo al otro lado
del Cinturón, en el comedor superior de la parte de atrás de una pizzería.
Ambos pidieron una ración de pizza de salchicha picante con queso
y una bebida sin alcohol y buscaron un reservado resguardado de miradas
indiscretas. Aplicaron las normas habituales: todo era off the record
y absolutamente cierto; Lowell daría luz verde antes de que Sandberg
publicara un reportaje y, si otra fuente contradecía algo de lo que dijera
Lowell, él, Lowell, tendría la oportunidad de revisarlo y decir la última
palabra.
Como periodista de investigación que era, Sandberg aborrecía las
normas. Sin embargo, Lowell jamás se había equivocado y no hablaba
con nadie más. Si Sandberg quería sacar provecho de aquella fuente
tan fructífera, tenía que atenerse a las normas.
–Han encontrado cierta cantidad de dinero –empezó diciendo Sandberg–.
Y creen que está relacionada con un indulto.
Los ojos de Lowell lo traicionaron porque jamás engañaba. Inmediatamente
se entornaron, señal evidente de que se trataba de una novedad
para él.
–¿Lo sabe la CIA? –preguntó Sandberg.
–No –contestó rotundamente Lowell. Jamás se había asustado de la
verdad–. Hemos estado vigilando algunas cuentas de paraísos fiscales,
152
pero no ha ocurrido nada. ¿Cuánto dinero?
–Mucho. No sé cuánto. Y no sé cómo lo han encontrado.
–¿De dónde procedía?
–No lo saben con certeza, pero están tratando desesperadamente de
relacionarlo con Joel Backman. Están hablando con la Casa Blanca.
–Y no con nosotros.
–Está claro que no. Eso huele a política. Les encantaría endilgarle un
escándalo al ex presidente Morgan, y Backman sería el conspirador
ideal.
–El duque de Mongo también sería un buen objetivo.
–Sí, pero está prácticamente muerto. Ha tenido una larga y pintoresca
carrera de defraudador fiscal, pero ya está retirado. Backman conoce
secretos. Quieren traerlo de nuevo aquí y hacerlo picadillo en el Departamento
de Justicia, provocar la irritación de Washington durante unos
cuantos meses. Será una humillación para Morgan.
–La economía está por los suelos. Será una estupenda distracción.
–Tal como ya he dicho, es un asunto político.
Lowell tomó finalmente un bocado de pizza y lo masticó rápidamente
mientras pensaba.
–No puede ser Backman. Están muy lejos de la pista.
–Te veo muy seguro.
–Estoy absolutamente convencido. Backman no tenía ni idea de que
se estaba tramitando su indulto. Prácticamente lo sacamos a rastras de
su celda en plena noche, le hicimos firmar unos papeles y lo sacamos
del país antes del amanecer.
–¿Y adonde fue?
–Qué demonios, eso yo no lo sé. Y, si lo supiera, tampoco te lo diría.
El caso es que Backman no tuvo tiempo de organizar un soborno. Estaba
tan profundamente encerrado en la cárcel que no podía ni siquiera
soñar con la posibilidad de un indulto. Fue idea de Teddy, no suya.
Backman no es su hombre.
–Pues pretenden localizarlo.
–¿Por qué? Es un hombre libre, plenamente indultado, no un reo que
se ha fugado. No lo pueden extraditar a no ser, naturalmente, que se
saquen de la manga una acusación.
–Cosa que pueden hacer.
Lowell frunció el entrecejo mientras contemplaba la mesa un par de
segundos.
–No veo la acusación por ninguna parte. Carecen de pruebas. Han
descubierto una cantidad de dinero sospechosa en un banco, tal como
tú dices, pero no saben de dónde procede. Te aseguro que no es dinero
153
de Backman.
–¿Lo pueden localizar?
–Van a ejercer presión sobre Teddy y por eso quería yo hablar. –
Apartó a un lado la pizza a medio terminar y se inclinó un poco más
hacia delante–. Muy pronto se celebrará una reunión en el Despacho
Oval. Teddy estará allí y el presidente le pedirá ver la información secreta
sobre Backman. Él se negará a facilitársela. Y entonces se producirá
una confrontación. ¿Tendrá el presidente el valor de despedir al
viejo?
–¿Lo hará?
–Probablemente. Por lo menos, Teddy lo está esperando. Éste es el
cuarto presidente, lo cual, como bien sabes, es todo un récord, y los
tres anteriores ya quisieron despedirlo. Pero albora es un viejo y está
dispuesto a marcharse.
–Siempre ha sido un viejo y ha estado dispuesto a marcharse.
–Cierto, pero lo dirigía todo con mano de hierro. Esta vez es distinto.
–¿Por qué no se limita a dimitir?
–Porque es un viejo hijo de puta chiflado, rebelde y obstinado, tú lo
sabes muy bien.
–De eso no cabe duda.
–Y, si lo despiden, no se irá tranquilamente como si nada. Exigirá una
cobertura equilibrada.
«Cobertura equilibrada» era la expresión que ambos solían utilizar
habitualmente para «decantar las cosas a favor nuestro».
Sandberg también apartó su pizza y se apretó los nudillos hasta
hacerlos crujir.
–Ésta es la historia tal como yo la veo –dijo, dando comienzo al ritual–.
Después de dieciocho años de sólido liderazgo al frente de la CIA,
Teddy Maynard es despedido por un presidente recién estrenado en el
cargo. La razón es que Maynard se ha negado a facilitar los detalles de
las operaciones secretas en curso. Se mantuvo firme para proteger la
seguridad nacional y miró por encima del hombro al presidente, el cual,
junto con el FBI, quiere información secreta para que el FBI pueda llevar
a cabo una investigación acerca de los indultos concedidos por el
presidente saliente Morgan.
–No puedes mencionar a Backman.
–No estoy preparado para utilizar nombres. Carezco de información.
–Te aseguro que el dinero no procede de Backman. Y, si utilizas su
nombre en esta fase, cabe la posibilidad de que él lo vea y cometa una
estupidez.
–¿Como qué?
154
–Como huir para salvar el pellejo.
–¿Y eso por qué es una estupidez?
–Porque no queremos que huya para salvar el pellejo.
–¿Lo queréis muerto?
–Naturalmente. Ése es el plan. Queremos ver quién lo mata.
Sandberg se reclinó contra el duro banco de plástico y apartó la mirada.
Lowell tomó unos trochos de salchicha picante de su fría y correosa
pizza y, durante un buen rato, ambos reflexionaron en silencio. Sandberg
apuró su Coca–Cola light y dijo al final:
–Teddy consiguió convencer en cierto modo a Morgan de que indultara
a Backman, el cual permanece oculto en algún lugar a modo de cebo
para el asesinato.
Lowell apartó la mirada, asintiendo con la cabeza..
–¿Y el asesinato servirá para responder algunas preguntas allá en
Langley?
–Tal vez. Ése es el plan.
–¿Sabe Backman por qué lo han indultado?
–Nosotros, desde luego, no se lo hemos dicho, pero es muy listo.
–¿Quién lo persigue?
–Unas personas muy peligrosas que le guardan rencor.
–¿Las conoces?
Una inclinación de la cabeza, un encogimiento de hombros y una respuesta
que no era tal.
–Hay varias con posibilidades. Vigilaremos muy de cerca y puede que
averigüemos algo. Pero puede que no.
–¿Y por qué le guardan rencor?
Lowell se burló de la ridícula pregunta.
–Ya vuelves con lo mismo, Dan. Ya llevas seis años preguntándolo.
Mira, me tengo que ir. Trabaja en lo de la cobertura equilibrada y déjame
ver el resultado.
–¿Cuándo es la reunión con el presidente?
–No estoy seguro. En cuanto regrese.
–¿Y si despiden a Teddy?
–Tú serás la primera persona a quien yo llame.
Como abogado de una pequeña localidad en Culpeper, Virginia, Neal
Backman ganaba mucho menos de aquello con lo que soñaba cuando
estudiaba en la facultad. Por aquel entonces el bufete de su padre era
una fuerza tan grande en el distrito de Columbia que no le costaba imaginarse
a sí mismo ganando dinero a espuertas al cabo de unos pocos
155
años de ejercicio de la profesión.
Los asociados más noveles de Backman, Pratt & Bolling empezaban
ganando 100.000 dólares anuales y un socio de menos de treinta años
ganaba el triple. Durante su segundo año en la Facultad de Derecho,
una revista local sacó al intermediario en portada y habló de sus caros
juguetes. Se le calculaban unos ingresos de diez millones de dólares
anuales. Todo ello había causado un gran revuelo en la facultad, cosa
que a Neal le resultó extremadamente incómoda. Recordaba haber pensado
en lo maravilloso que sería su futuro con semejante potencial económico.
Sin embargo, menos de un año después de haber sido contratado
como asociado, el bufete lo despidió tras la declaración de culpabilidad
de su padre, y prácticamente lo habían echado a patadas del edificio.
Pero Neal no había tardado en dejar de soñar con el dinero y el lujoso
estilo de vida. Se conformaba con ejercer su profesión en un pequeño y
bonito bufete de Main Street y llevarse a casa 50.000 dólares anuales.
Lisa había dejado de trabajar al nacer su hija. Ella manejaba la economía
familiar y procuraba no salirse del presupuesto.
Tras pasarse la noche en vela, Neal despertó con una idea aproximada
acerca de lo que debía hacer. La cuestión más dolorosa había sido la
de si decírselo o no a su mujer. Tras haber decidido que no, el plan empezó
a adquirir forma. Se fue a su despacho a las ocho, como de costumbre,
y se pasó una hora y media perdiendo el tiempo on line hasta
asegurarse de que el banco ya había abierto. Mientras bajaba por Main
Street le pareció imposible creer que pudiera haber gente allí cerca vigilando
sus movimientos. Aun así, procuraría no correr riesgos.
Richard Koley era el director de la sucursal más próxima del Piedmont
National Bank. Iban a la iglesia juntos, cazaban urogallos juntos y jugaban
juntos en el equipo de softball, la variedad de béisbol de pelota
más blanda, del Club Rotario. El bufete de Neal siempre había utilizado
los servicios de aquel banco. El vestíbulo estaba desierto a aquella hora
tan temprana y Richard ya estaba sentado detrás de su escritorio con
una gran taza de café, el Wall Street Journal y, evidentemente, muy
poco que hacer. Se llevó, una agradable sorpresa al ver a Neal y ambos
se pasaron veinte minutos hablando del baloncesto universitario. Cuando
se les agotó el tema, Richard preguntó:
–Bueno, ¿qué te trae por aquí?
–Una simple curiosidad –dijo Neal sin darle importancia, pronunciando
unas frases que se había pasado toda la mañana ensayando–. ¿Qué
156
cantidad podría pedir prestada con sólo mi firma?
–Te has metido en un pequeño apuro, ¿verdad? Richard ya había
alargado la mano hacia el ratón y estaba examinando el monitor donde
se almacenaban todas las respuestas.
–No, nada de eso. Los tipos son muy bajos y tengo los ojos puestos
en unos valores que me interesan.
–No es una mala estrategia, en realidad, aunque yo, desde luego, no
la puedo proclamar. Estando el Dow otra vez a diez mil, te sorprendes
de que no haya más gente pidiendo préstamos para comprar valores.
Eso sería muy bueno para el viejo banco, claro. –Consiguió soltar una
torpe risita de banquero a su rápida y humorística respuesta–. ¿Nivel de
ingresos? –preguntó, pulsando unas teclas, ahora ya con el rostro más
serio.
–Varía –contestó Neal–. Entre sesenta y ochenta.
Richard frunció todavía más el entrecejo y Neal no supo si se debía a
que lamentaba que su amigo ganara tan poco o a que su amigo ganaba
mucho más que él. Jamás lo sabría. Los banqueros de las pequeñas localidades
no eran famosos por retribuir generosamente a sus empleados.
–¿Deudas totales, aparte de la hipoteca? –preguntó, volviendo a teclear.
–Bueno, vamos a ver. –Neal cerró los ojos y volvió a efectuar los cálculos.
Su hipoteca ascendía a casi 200.000 dólares y la tenía en el Piedmont.
Lisa era tan contraria a las deudas que su pequeño balance estaba
extremadamente limpio–. Un préstamo para el automóvil de aproximadamente
veinte mil –dijo–. Y puede que unos mil en tarjetas de crédito.
No mucho, en realidad.
Richard asintió con la cabeza en señal de aprobación, sin apartar los
ojos de la pantalla. Cuando sus dedos se separaron del teclado, se encogió
de hombros y se convirtió en un generoso banquero.
–Podríamos conceder un préstamo de tres mil con la firma. Seis por
ciento de interés a doce meses.
Puesto que jamás había pedido un préstamo sin garantía, Neal no sabía
muy bien qué esperar. No tenía ni idea de lo que podía conseguir
con su firma, pero unos tres mil dólares le parecía bien.
–¿Podrías llegar a cuatro mil?
Otro fruncimiento de entrecejo, otro detenido examen del monitor y
después la respuesta.
–Claro, ¿por qué no? Ya sé dónde encontrarte, ¿verdad?
–Muy bien. Te mantendré informado sobre los valores.
157
–¿Acaso es una información privilegiada, algo que has averiguado
desde el interior?
–Dame un mes. Si sube el precio, volveré y presumiré un poco.
–Me parece estupendo.
Mientras Richard abría un cajón para buscar unos impresos, Neal le
dijo:
–Oye, Richard, eso tiene que quedar entre nosotros, ¿de acuerdo?
¿Comprendes lo que quiero decir? Lisa no firmará los papeles.
–No te preocupes –dijo el banquero, ejemplo de discreción–. Mi mujer
no sabe ni la mitad de lo que hago en cuestiones financieras. Las mujeres
es que no lo entienden.
–Tú lo has dicho. Y, siguiendo esta misma tónica, ¿sería posible conseguir
la suma en efectivo?
Una pausa y una mirada de perplejidad, aunque cualquier cosa era
posible en el Piedmont National.
–Pues claro, concédeme aproximadamente una hora, más o menos.
–Tengo que irme corriendo al despacho para demandar a un tío, ¿sabes?
Volveré hacia el mediodía para firmarlo todo y retirar el dinero.
Neal regresó a toda prisa a su despacho, situado a dos manzanas de
distancia, con un dolor nervioso en el estómago. Lisa lo mataría como
se enterara y en una pequeña localidad costaba guardar secretos. En
los cuatro años de su feliz matrimonio habían tomado todas las decisiones
juntos. Explicar el préstamo hubiese resultado muy doloroso, aunque
probablemente ella lo habría superado si él le hubiera dicho la verdad.
La devolución del dinero le supondría un reto. Su padre siempre había
sido aficionado a hacer promesas fáciles. A veces las cumplía y otras
no, pero jamás se preocupaba demasiado ni en un sentido ni en otro.
Pero aquél era el Joel Backman de antes. El de ahora era un hombre
desesperado sin amigos ni nadie en quien confiar.
Qué demonios. Eran sólo cuatro mil dólares. Richard sería discreto.
Neal ya se preocuparía más tarde del préstamo. A fin de cuentas, era
un abogado. Podría sacar algunos honorarios extra aquí y allá, dedicar
unas cuantas horas más al trabajo.
Su principal preocupación en aquel momento era el paquete que tenía
que enviarle a Rudolph Viscovitch.
Con el dinero en efectivo en el bolsillo, Neal abandonó a toda prisa
Culpeper a la hora del almuerzo camino de Alexandria, a unos noventa
minutos de camino. Encontró la tienda, llamada Chatter, en una peque158
ña galería comercial de Russell Road, a cosa de un kilómetro y medio
de distancia del río Potomac. Se anunciaba on line como el lugar más
indicado para la adquisición de artilugios de telecomunicación y uno de
los pocos lugares de Estados Unidos donde se podían comprar móviles
que funcionaban en Europa. Mientras echaba un breve vistazo, se sorprendió
de la cantidad de teléfonos, buscas, ordenadores, teléfonos vía
satélite... cualquier cosa que uno pudiera necesitar para comunicarse.
No pudo fisgar demasiado: tenía una testificación a las cuatro de la tarde
en su despacho. Lisa haría una de sus muchas inspecciones diarias
para ver qué ocurría, si es que ocurría algo, en el centro de la ciudad.
Le pidió a un dependiente que le mostrara el PC Pocket Smartphone
Ankyo 850, la mayor maravilla tecnológica aparecida en el mercado en
los últimos noventa días. El dependiente lo sacó del estuche de un expositor
y, con entusiasmo cambió de idioma y lo describió como «Teclado
QWERTY expandido, funcionamiento a tres bandas en los cinco continentes,
ochenta megabytes de memoria incorporada, conectividad de
datos de alta velocidad con EGPRS, acceso inalámbrico LAN, tecnología
inalámbrica Bluetooth, soporte dual IPv6, infrarrojos, interface Pop–
Port, sistema operativo Symbian versión 7.OS, plataforma Serie 80.»
–¿Cambio automático de bandas?
–Sí.
–¿Cubierto por todas las redes europeas?
–Naturalmente.
El Smartphone era ligeramente más grande que el típico teléfono de
negocios, pero resultaba muy manejable. Tenía una suave carcasa metálica
con una cubierta posterior de áspero plástico antideslizante para
facilitar su uso.
–Es más grande –estaba diciendo el dependiente–. Pero tiene un
montón de ventajas –correo electrónico, mensajes multimedia, cámara,
vídeo, procesador de textos completo, conexión a Internet... y acceso
inalámbrico completo casi a cualquier lugar del mundo. ¿Adonde va usted
con él?
–Italia.
–Está listo para funcionar. Sólo tendrá que abrir una cuenta con un
servidor.
Abrir una cuenta significaba papeleo. Y papeleo significaba dejar un
rastro, cosa que Neal no estaba dispuesto a hacer.
–¿Y qué tal con una tarjeta SIM prepago? –preguntó.
–Las tenemos. Para Italia se llama TIM, Telecom Italia Mobile. Es el
servidor más importante de Italia, cubre casi el noventa por ciento del
159
país.
–Me lo llevo.
Neal retiró la parte inferior de la cubierta y apareció un teclado completo.
El dependiente le explicó:
–Es mejor que lo sujete con ambas manos y teclee con los pulgares.
No entran los diez dedos en el teclado.
Lo tomó de manos de Neal y le demostró el método preferido de tecleo
con los pulgares.
–Entendido –dijo Neal–. Me lo llevo.
Costaba 925 dólares más impuestos, más otros 89 dólares de la tarjeta
TIM. Neal pagó en efectivo y rechazó la garantía adicional, el registro
del descuento, el programa del usuario, cualquier cosa que pudiera
implicar papeleo y dejar rastro. El dependiente le preguntó el nombre y
la dirección y Neal se negó a facilitárselos. En determinado momento
dijo con irritación:
–Pero ¿es que no es posible simplemente pagar y marcharse?
–Supongo que sí, claro –contestó el dependiente.
–Pues hagámoslo. Tengo mucha prisa.
Salió y se marchó en su automóvil a un gran establecimiento de suministros
para oficina situado a unos ochocientos metros. Encontró rápidamente
un PC Hewlett–Packard Tablet con tecnología inalámbrica incorporada.
Invirtió otros 440 dólares en la seguridad de su padre, aunque
pensaba quedarse con el ordenador portátil y esconderlo en su
despacho. Utilizando un plano que había descargado, encontró el PackagePost
en otra galería comercial cercana. Una vez dentro, en un mostrador
de envíos, escribió a toda prisa dos páginas de instrucciones para
su padre y las dobló e introdujo en un sobre que contenía una carta
y otras instrucciones que había preparado a primera hora de aquella
mañana. Cuando estuvo seguro de que nadie miraba, introdujo veinte
billetes de cien dólares en el pequeño estuche negro que acompañaba
la maravilla Ankyo. Después metió la carta y las instrucciones, el
Smartphone y el estuche en una caja de cartón de envío por correo del
propio establecimiento. La cerró cuidadosamente y fuera escribió en rotulador
negro: POR FAVOR, GUÁRDELO PARA MARCO LAZZERI. A continuación,
guardó la caja de cartón en otra de tamaño ligeramente más
grande dirigida a Rudolph Viscovitch de Via Zamboni 22, Bolonia. La dirección
del remitente era PackagePost, 8851 Braddock Road, Alexandria,
Virginia, 22302. Como no se le ofrecía otra alternativa, dejó su
nombre, dirección y número de teléfono en el registro, por si devolvían
160
el paquete. El dependiente pesó el bulto y preguntó si deseaba asegurarlo.
Neal contestó que no para evitar más papeleo. El dependiente
añadió los sellos internacionales y finalmente dijo:
–El total son dieciocho dólares con veinte céntimos.
Neal pagó y el dependiente le aseguró una vez más que el paquete
sería enviado aquella misma tarde.
19
En la semipenumbra de su pequeño apartamento, Marco siguió la rutina
de primera hora de la mañana con su habitual eficiencia. Exceptuando
en la cárcel, donde no tenía otro remedio y ningún aliciente para
levantarse corriendo, jamás había sido una de esas personas que se
quedan un rato tumbadas en la cama al despertar. Tenía demasiadas
cosas que hacer, demasiadas cosas que ver. Solía llegar a su despacho
antes de las seis de la mañana, respirando fuego y buscando la primera
bronca de la mañana, y a menudo después de sólo tres o cuatro horas
de sueño.
Estaba recuperando aquellas costumbres. No atacaba cada día, no
buscaba camorra, pero había otros retos.
Se duchó en menos de tres minutos, otra antigua costumbre enérgicamente
practicada en Via Fondazza a causa de una grave escasez de
agua caliente. Sobre el lavabo se afeitó cuidadosamente la zona que
rodeaba la preciosa barba que se estaba dejando crecer. El bigote ya
estaba casi completo; la barbilla era de un uniforme color gris. No parecía
en absoluto Joel Backman y tampoco hablaba como él. Estaba
aprendiendo a hablar mucho más despacio y con una voz más suave. Y,
como es natural, lo estaba haciendo en otro idioma.
Su rápida rutina matinal incluía un poco de espionaje. Al lado de su
cama había una cómoda donde guardaba sus cosas.
Cuatro cajones, todos del mismo tamaño, el último de ellos a quince
centímetros del suelo. Utilizó un hilo blanco de una sábana, el mismo
que utilizaba cada día. Mojó con la lengua ambos extremos, tanto como
le fue posible, y después fijó un extremo bajo el fondo del último cajón.
Pegó el otro extremo al lateral de la cómoda: cuando se abría el cajón,
el hilo invisible se caía.
Alguien, suponía que Luigi, entraba a diario en su habitación mientras
él estudiaba con Ermanno o Francesca y le registraba los cajones.
Su escritorio estaba en la pequeña sala de estar, bajo la única venta161
na. Encima tenía papeles, cuadernos de apuntes, libros; la guía de Bolonia
de Ermanno, unos cuantos ejemplares del Herald Tribune, una
triste colección de guías de compra gratuitas que repartían unos gitanos
por la calle, su muy usado diccionario italiano–inglés y el creciente
montón de ayudas para el estudio que le facilitaba Ermanno. El escritorio
estaba sólo medianamente organizado, algo que le atacaba los
nervios. Su antiguo escritorio de abogado, que no hubiera cabido en
aquella sala de estar, era famoso por su meticuloso orden. Una secretaria
lo arreglaba a última hora de cada tarde.
Pero entre todo aquel desorden se ocultaba un plan invisible. La superficie
del escritorio era de madera dura con marcas y señales de varias
décadas de antigüedad. Uno de sus defectos era una especie de
manchita... Marco llegó a la conclusión de que debía de ser de tinta. Del
tamaño de un botón pequeño, estaba situada casi en el mismo centro
del escritorio. Cada mañana, antes de salir, colocaba la esquina de una
hoja de papel de apuntes en el centro de la mancha de tinta. Ni siquiera
el más diligente de los espías hubiese reparado en ello.
Y nadie reparó. Quienquiera que entrara a escondidas para efectuar
su cotidiano registro no había tenido ni una sola vez el cuidado necesario
para colocar los papeles y los libros en su lugar exacto.
Todos los días, los siete días de la semana, incluso los fines de semana
en que él no estudiaba, Luigi y su equipo entraban y hacían su trabajo
sucio. Marco estaba pensando llevar a la práctica un plan. Un domingo
por la mañana se despertaría con un impresionante dolor de cabeza,
llamaría a Luigi, la única persona con quien hablaba por el móvil,
y le pediría que le fuera a comprar unas aspirinas o cualquier otra cosa
que se utilizara en Italia. Haría la comedia de cuidarse, se quedaría en
cama y mantendría el apartamento a oscuras hasta que, a última hora
de la tarde, volvería a llamar a Luigi y le anunciaría que ya se encontraba
mucho mejor y necesitaba comer algo. Caminarían hasta la vuelta
de la esquina, tomarían un bocado y, después, a Marco le apetecería
regresar a su apartamento. Habrían estado fuera menos de una hora.
¿Se encargaría otra persona de llevar a cabo el registro? El plan estaba
adquiriendo forma. Marco quería saber quién más lo estaba vigilando.
¿Qué tamaño tenía la red? Si su preocupación era simplemente proteger
su vida, ¿por qué registraban todos los días su apartamento?
¿Qué temían?
Temían que desapareciera. ¿Y por qué les daba eso tanto miedo? Era
un hombre libre, con todo el derecho a ir donde quisiera. Su disfraz era
bueno; sus habilidades idiomáticas rudimentarias pero aceptables, y
162
cada día mejores. ¿Qué más les daba que se largara? Que subiera a un
tren y recorriera el país. Que jamás regresara. ¿Acaso eso no les facilitaría
la vida?
¿Y por qué mantenerlo atado con una correa tan corta, sin pasaporte
y sin apenas dinero en efectivo en el bolsillo? Temían que desapareciera.
Apagó las luces y abrió la puerta. Fuera todavía estaba oscuro en las
aceras porticadas de Via Fondazza. Cerró la puerta a su espalda y se
alejó a toda prisa en busca de otro café que abriera a primera hora de
la mañana.
A través de la gruesa pared, Luigi fue despertado por un timbre distante;
el mismo timbre que lo despertaba casi todas las mañanas a
aquella hora tan espantosa.
–¿Qué es eso? –dijo ella.
–Nada –contestó él, arrojando las mantas hacia su parte de la cama y
abandonando desnudo y a trompicones la habitación. Cruzó a toda prisa
el estudio camino de la cocina, abrió la puerta, entró, cerró la puerta
con llave y estudió los monitores de una mesa plegable. Marco salía por
la puerta principal de su apartamento, como de costumbre. Y una vez
más a las seis y diez, nada insólito. Era un hábito muy molesto. Malditos
americanos.
Pulsó un botón y el monitor calló. Las normas le exigían vestirse de
inmediato, salir a la calle, buscar a Marco y vigilarlo hasta que Ermanno
estableciera contacto con él. Pero Luigi ya se estaba cansando de las
normas. Y Simone lo esperaba.
Tenía sólo veinte años, era una estudiante de Nápoles, una muñeca
preciosa que había conocido hacía una semana en un club recién descubierto.
Aquella noche había sido la primera que pasaban juntos y no
sería la última. Ella había vuelto a dormirse cuando regresó y se deslizó
de nuevo bajo las sábanas.
Hacía frío fuera. Y él tenía a Simone. Whitaker estaba en Milán, seguro
que todavía dormido y probablemente en la cama con una italiana.
No había absolutamente nadie que controlara lo que él, Luigi, hacía durante
todo el día. Marco se limitaba a tomar café.
Atrajo a Simone hacia sí y se quedó dormido.
Era un claro y soleado día de principios de marzo. Marco terminó una
sesión de dos horas con Ermanno. Como de costumbre, siempre que el
tiempo lo permitía, ambos paseaban por las calles del centro de Bolonia,
hablando exclusivamente en italiano. El verbo del día había sido fa163
re, hacer, y, por lo que Marco entendía, era uno de los verbos más versátiles
y más utilizados del idioma. Hacer la compra era fare la spesa,
traducido literalmente como «hacer gastos». Formular una pregunta era
fare una domanda. Desayunar era fare colazione.
Ermanno se fue un poco antes de lo habitual, alegando que tenía que
estudiar. Casi siempre, cuando terminaban un paseo de estudio, aparecía
Luigi y tomaba el relevo de Ermanno, que se esfumaba con asombrosa
rapidez. Marco sospechaba que el propósito de semejante coordinación
era el de hacerle comprender que estaba permanentemente vigilado.
Se estrecharon la mano y se despidieron delante de Feltrinelli, una de
las muchas librerías de la zona universitaria. Luigi apareció doblando
una esquina y lo saludó con un cordial:
–Buon giorno. ¿Pranziamo? –¿Vamos a almorzar?
–Certamente.
Los almuerzos eran cada vez menos frecuentes ahora que Marco tenía
más oportunidades de comer por su cuenta y arreglarse con el menú y
el servicio.
–Io trovato un nuovo ristorante. –He encontrado un nuevo restaurante.
–Andiamo. –Vamos.
No estaba muy claro qué hacía Luigi todo el día, pero no cabía duda
de que debía de pasarse horas pateándose la ciudad en busca de cafés,
trattorias y restaurantes. Jamás habían comido dos veces en el mismo
lugar.
Recorrieron unas cuantas calles estrechas y salieron a la Vía dell'Indipendenza.
Luigi era el encargado de llevar la conversación, siempre en
un lento, pausado y preciso italiano. Se había olvidado del inglés por lo
que a Marco respectaba.
–Francesca no te podrá dar clase esta tarde –dijo.
–¿Por qué no?
–Tiene una visita turística. Un grupo de australianos la llamó ayer. Su
trabajo escasea en esta época del año. ¿Te gusta?
–¿Acaso me tiene que gustar?
–Bueno, sería bonito.
–No es lo que se dice muy amable y cariñosa.
–¿Es buena profesora?
–Excelente. Su impecable inglés me estimula a estudiar más.
–Dice que estudias mucho y que eres simpático.
–¿Le gusto?
164
–Sí, como alumno. ¿Te parece guapa?
–Casi todas las italianas son guapas, incluida Francesca.
Giraron a una pequeña calle, Via Goito, y Luigi señaló un poco más
adelante.
–Aquí –dijo mientras ambos se detenían frente a la entrada de Franco
Rossi–. Jamás he estado, pero me han dicho que es muy bueno.
El propio Franco los recibió con una sonrisa y los brazos abiertos. Iba
vestido con un elegante traje oscuro que formaba un bonito contraste
con su espesa mata de cabello gris. Les tomó los abrigos y se puso a
hablar con Luigi como si fueran viejos amigos. Luigi mencionaba unos
nombres y Franco los aprobaba con la cabeza. Eligieron una mesa delante
de la ventana.
–La mejor que tenemos –dijo Franco con expresión satisfecha.
Marco miró a su alrededor y no vio ninguna mesa mala.
–Los antipasti de aquí son sensacionales –dijo modestamente Franco
como si no le gustara presumir de sus platos–. Pero mi preferido del día
sería la ensalada de setas fileteadas. Lino le añade un poco de trufa,
queso parmesano, unos trocitos de manzana... –Al llegar a este punto,
las palabras de Franco se perdieron mientras éste se besaba las yemas
de los dedos–. Sinceramente exquisita –consiguió decir, soñando con
los ojos cerrados.
Decidieron pedir la ensalada y Franco se marchó para saludar a los
siguientes clientes.
–¿Quién es Lino? –preguntó Marco.
–Su hermano, el chef.
Luigi mojó un poco de pan toscano en un cuenco de aceite de oliva.
Se acercó un camarero y les preguntó si tomarían vino.
–Por supuesto –contestó Luigi–. Yo diría un tinto de la región.
Eso estaba clarísimo. El camarero recorrió con el lápiz la lista de vinos
diciendo:
–Este de aquí, un Liano de Imola. Es fantástico. –Aspiró una bocanada
de aire para subrayar sus palabras.
Luigi no tuvo más remedio que aceptar.
–Lo probaremos.
–Estábamos hablando de Francesca –dijo Marco–. La veo muy distraída.
¿Le ocurre algo?
Luigi mojó un poco de pan en el aceite de oliva y mascó un buen bocado
mientras reflexionaba acerca de lo que podía decirle a Marco.
–Su marido no está bien –dijo.
–¿Tiene hijos?
165
–No creo.
–¿Y qué le pasa a su marido?
–Está muy enfermo. Creo que es mayor que ella. No lo conozco.
El signor Rossi ya estaba de nuevo con ellos para guiarlos por el menú,
cosa innecesaria en realidad. Les explicó que los tortellini eran casualmente
los mejores de Bolonia y los de aquel día les habían salido
excepcionalmente buenos. Lino estaría encantado de salir de la cocina
para corroborarlo. Después de los tortellini, una excelente elección sería
el filete de ternera con trufas.
Se pasaron más de dos horas siguiendo los consejos de Franco y, al
salir, regresaron arrastrando la tripa a Via dell'Indipendenza comentando
la necesidad de echar una siesta.
La encontró por casualidad en la Piazza Maggiore. Se estaba tomando
un espresso en una terraza al aire libre, desafiando el frío bajo un sol
radiante tras una enérgica caminata de treinta minutos, cuando vio un
pequeño grupo de rubios y maduros turistas que salía del Palazzo Comunale,
el Ayuntamiento de la ciudad. Lo encabezaba una figura conocida,
una esbelta y delgada mujer que mantenía la espalda muy erguida
mientras el cabello castaño se le escapaba de debajo de una boina de
color rojo oscuro. Dejó un euro encima de la mesa y se acercó a ellos.
En la fuente de Neptuno se situó detrás del grupo –diez personas en
total– y escuchó a Francesca en plena tarea. Estaba explicando que la
gigantesca escultura de bronce del dios romano del mar había sido esculpida
por un francés durante un período de tres años, entre 1563 y
1566. La había encargado un obispo como parte de un proyecto de embellecimiento
urbano destinado a complacer al Papa. Cuenta la leyenda
que, antes del comienzo de la obra, el francés estaba un poco preocupado
a causa de la generosa desnudez de Neptuno –iba completamente
en cueros–, por lo que envió el diseño al Papa en Roma para su aprobación.
El Papa le contestó por escrito: «Para Bolonia, está bien.»
Francesca se mostraba un poco más animada con los turistas de verdad
que con Marco. Su voz era más enérgica y su sonrisa más rápida.
Lucía unas gafas muy sofisticadas que le hacían aparentar diez años
menos. Escondido detrás de los australianos, la observó y escuchó un
buen rato sin que ella lo viera.
Francesca explicó que la Fontana del Nettuno era ahora uno de los
símbolos más famosos de la ciudad y puede que el fondo más popular
para tomar fotografías. Las cámaras salieron de los bolsillos y los turistas
se pasaron un buen rato posando delante de Neptuno. En determinado
momento, Marco se acercó lo suficiente como para que sus ojos
166
pudieran cruzarse con los de Francesca. Al verle, ésta sonrió instintivamente
y le dedicó un suave buon giorno.
–Buon giorno. ¿Le importaría que la acompañara? –preguntó Marco
en inglés.
–No. Lamento haber tenido que anular la clase.
–No se preocupe. ¿Qué tal si vamos a cenar?
Ella miró a su alrededor como si hubiera hecho algo malo.
–Para estudiar, naturalmente. Nada más –dijo Marco.
–No, lo siento –contestó ella, mirando más allá del lugar donde él se
encontraba, al otro lado de la plaza de la basílica de San Petronio–.
Aquel pequeño café de allí –dijo–, en la esquina, al lado de la iglesia.
Reúnase allí conmigo a las cinco y daremos una hora de clase.
–Va bene.
La visita turística se desplazó unos pasos hacia el muro oeste del Palazzo
Comunale, donde ella se detuvo delante de tres grandes colecciones
de fotografías enmarcadas en blanco y negro. Según la lección de
historia, durante la Segunda Guerra Mundial el núcleo de la Resistencia
italiana se encontraba en Bolonia y sus alrededores. Los boloñeses
odiaban a Mussolini, a los fascistas y a los invasores alemanes y trabajaban
activamente en la clandestinidad. Los nazis tomaban represalias
con creces... su norma proclamada a los cuatro vientos era la de matar
a diez italianos por cada soldado alemán asesinado por la Resistencia.
En una serie de cincuenta y cinco matanzas en Bolonia y sus alrededores
mataron a miles de jóvenes combatientes italianos. Sus nombres y
sus rostros figuraban en el muro, recordados para siempre.
Fue un momento muy triste en cuyo transcurso los maduros australianos
se acercaron un poco más para contemplar a los héroes. Marco
también se acercó. Le impactó su juventud, su promesa perdida para
siempre... sacrificados por su valentía.
Mientras Francesca seguía adelante con su grupo, él se quedó donde
estaba, contemplando los rostros que cubrían buena parte del muro.
Había centenares, puede que miles. Junto con alguna que otra bonita
mujer aquí y allá. Hermanos, padres e hijos. Una familia entera.
Campesinos dispuestos a morir por su país y sus creencias. Leales
patriotas sin nada que perder como no fuera su vida. Pero Marco no. De
eso ni hablar. En caso de tener que elegir entre la lealtad y el dinero,
Marco hubiese hecho lo de siempre. Hubiese elegido el dinero. Hubiese
vuelto la espalda a su país.
Todo por la gloria del dinero.
167
Estaba en la parte interior de la entrada del café, esperando sin tomar
nada, pero fumando un cigarrillo, naturalmente. Marco había llegado
a la conclusión de que su disposición a reunirse tan tarde con él para
darle clase era una ulterior prueba de su necesidad de trabajar.
–¿Le apetece dar un paseo? –le preguntó antes de saludarlo.
–Pues claro. –Había caminado varios kilómetros con Ermanno antes
del almuerzo y durante cuatro horas después del almuerzo mientras esperaba
a que ella terminara. Ya había caminado bastante por un día,
pero ¿qué otra cosa podía hacer? Tras pasarse un mes caminando varios
kilómetros diarios, estaba en plena forma–. ¿Adonde?
–Este es largo –dijo ella.
Recorrieron unas angostas calles en dirección suroeste, conversando
despacio en italiano y comentando la lección de la mañana con Ermanno.
Ella le habló de los australianos, que siempre eran agradables. Cerca
de los confines de la ciudad vieja se acercaron a la Porta Saragozza
y entonces Marco comprendió dónde estaba y adonde iba.
–Arriba, a San Luca –dijo.
–Sí. El cielo está despejado y la noche será preciosa. ¿Se encuentra
bien?
Los pies lo estaban matando, pero jamás se le hubiese pasado por la
cabeza decir que no.
–Andiamo –dijo.
Situado a casi mil metros de altura por encima de la ciudad, en el Colle
della Guardia, una de las primeras estribaciones de los Apeninos, el
santuario de San Luca lleva ocho siglos contemplando Bolonia como su
guardián y protector. Para subir hasta allí sin mojarse o sin abrasarse
bajo el sol, los boloñeses decidieron hacer lo que mejor se les daba:
construir un camino cubierto.
A principios de 1674 y a lo largo de sesenta y cinco años ininterrumpidos
construyeron arcadas; 666 arcadas a lo largo de tres kilómetros y
medio, el camino porticado más largo del mundo.
Aunque Marco ya había estudiado su historia, los detalles resultaban
mucho más interesantes cuando procedían de Francesca. La subida era
muy empinada y ambos avanzaban a ritmo pausado. Después de cien
arcadas, las pantorrillas de Marco estaban pidiendo a gritos un descanso.
En cambio, ella seguía adelante sin esfuerzo, como si pudiera escalar
montañas. Marco confiaba en que, al final, todos aquellos cigarrillos
la obligaran a aminorar la marcha.
Para financiar aquel proyecto tan grandioso y extravagante, Bolonia
168
echó mano de su considerable riqueza. En una insólita muestra de unidad
entre los bandos enfrentados, cada arco de los pórticos fue costeado
por un gremio distinto de mercaderes, artesanos, estudiantes, iglesias
y familias nobles. Para que quedara constancia de su hazaña y
asegurarles la inmortalidad, les permitieron colocar unas placas delante
de sus arcos. Casi todas ellas habían desaparecido con el tiempo.
Francesca se detuvo para un breve descanso en el arco 170, bajo una
de las pocas placas que todavía quedaban. Se la conocía como «la Madonna
grassa», la Virgen gorda. Había quince capillas por el camino.
Volvieron a detenerse entre la octava y la novena capilla, donde se
había construido un puente para cruzar el camino. Unas alargadas
sombras caían entre los pórticos mientras ellos subían con paso cansino
la parte más empinada de la cuesta.
–De noche está todo muy bien iluminado –le aseguró ella–. Para la
bajada.
Marco no estaba pensando en la bajada. Seguía mirando hacia la iglesia
de arriba que a veces le parecía más cerca y otras parecía que se
alejara de ellos. Ahora le dolían los muslos y sus pasos eran cada vez
más lentos.
Cuando llegaron a la cima y salieron de debajo del pórtico 666, la soberbia
basílica se extendía ante sus ojos. Las luces empezaron a encenderse
mientras la oscuridad envolvía las colinas que se elevaban por
encima de Bolonia y su cúpula resplandecía con reflejos de oro.
–Ahora está cerrada –dijo Francesca–. La tendremos que ver otro día.
Durante la subida, Marco había visto un autobús que bajaba por la
colina. Si alguna vez volvía a visitar San Luca con el simple propósito
de visitar otro templo, tomaría el autobús.
–Por aquí –le dijo ella en voz baja–. Conozco un camino secreto.
Él la siguió por un sendero de grava que había detrás de la iglesia y
llegaba hasta el saliente de la roca donde se detuvieron para contemplar
la ciudad que se extendía a sus pies.
–Es mi lugar preferido –dijo ella, respirando hondo como si tratara de
aspirar la belleza de Bolonia.
–¿Cuántas veces viene aquí?
–Varias veces al año, generalmente con grupos, que siempre toman
el autobús. A veces, algún domingo por la tarde, me encanta subir a
pie.
–¿Sola?
–Sí, sola.
–¿Podríamos sentarnos en algún sitio?
169
–Sí, hay un banco escondido por aquí. Nadie lo sabe.
Él la siguió unos pasos y después bajaron por un rocoso camino hasta
otro saliente con una vista tan espectacular como la anterior.
–¿Se nota las piernas cansadas? –preguntó Francesca.
–Qué va –mintió Marco.
Ella encendió un cigarrillo y disfrutó de él como muy pocas personas
lo hubieran podido hacer.
Permanecieron sentados un buen rato en silencio, ambos descansando,
ambos pensando y contemplando el débil resplandor de las luces de
Bolonia. Al final, Marco decidió hablar.
–Luigi me dice que su marido está muy enfermo. Lo siento.
Ella le dirigió una mirada de asombro y después apartó los ojos.
–Luigi me dijo que los temas personales estaban prohibidos.
–Luigi cambia las normas. ¿Qué le ha dicho de mí?
–No se lo he preguntado. Usted es de Canadá, viaja por ahí y quiere
aprender italiano.
–¿Y usted lo cree?
–Más bien no.
–¿Por qué no?
–Porque dice usted que tiene una esposa y una familia y, sin embargo,
los deja para efectuar un largo viaje por Italia. Y, si es usted simplemente
un hombre de negocios que está haciendo un viaje de placer,
¿qué pinta Luigi aquí? ¿Y Ermanno? ¿Por qué necesita a toda esta gente?
–Buenas preguntas. No tengo mujer.
–O sea que todo es mentira.
–Sí.
–¿Cuál es la verdad?
–No se la puedo decir.
–Muy bien. No la quiero saber.
–Ya tiene usted bastantes problemas, ¿verdad, Francesca?
–Mis problemas son asunto mío.
Encendió otro cigarrillo.
–¿Me puede dar uno? –le preguntó Marco.
–¿Usted fuma?
–Hace muchos años, sí.
Sacó un cigarrillo de la cajetilla y lo encendió. Las luces de la ciudad
adquirieron un brillo más intenso mientras la noche los envolvía.
–¿Le cuenta usted a Luigi todo lo que hacemos? –preguntó él.
–Le cuento muy poco.
170
–Muy bien.
20
La última visita de Teddy a la Casa Blanca estaba programada para
las diez de la mañana. Éste había planeado hacerla bien entrada la mañana.
A las siete se reunió con su equipo oficioso de transición: los cuatro
directores adjuntos y sus colaboradores de más antigüedad. En el
transcurso de unas breves y discretas reuniones comunicó a aquellos en
quienes había confiado durante muchos años que estaba a punto de
marcharse, que era algo inevitable desde hacía mucho tiempo, que la
agencia estaba en buena forma y que la vida seguiría adelante.
Los que lo conocían bien percibieron una sensación de alivio. A fin de
cuentas, estaba a punto de cumplir los ochenta y su legendaria mala
salud empeoraba a marchas forzadas.
A las 8.45 en punto, mientras permanecía reunido con William Lucat,
su director adjunto de operaciones, llamó a Julia Javier para tratar de
Backman. El caso Backman era importante, pero en el esquema del espionaje
mundial, ocupaba un lugar intermedio en la lista.
Qué curioso que una operación relacionada con un antiguo representante
de lobbys caído en desgracia fuera la causa de la caída de Teddy.
Julia Javier se sentó al lado del siempre vigilante Hoby, el cual seguía
tomando unas notas que nadie vería, y empezó en tono prosaico.
–Está en su sitio, todavía en Bolonia, por consiguiente, si tuviéramos
que activarlo ahora, podríamos hacerlo.
–Yo pensaba que el plan era trasladarlo a una aldea del campo, a un
lugar donde lo pudiéramos vigilar más de cerca –dijo Teddy.
–Para eso faltan varios meses.
–No disponemos de varios meses. –Teddy se volvió hacia Lucat y le
preguntó–: ¿Qué ocurre si apretamos el botón ahora?
–Dará resultado. Lo pillarán en algún lugar de Bolonia. Es una bonita
ciudad sin apenas índice delictivo. Los asesinatos son poco frecuentes,
por lo que su muerte llamará un poco la atención si encuentran su cadáver
allí. Los italianos averiguarán enseguida que no es... ¿cuál es el
nombre, Julia?
–Marco –dijo Teddy sin consultar las notas–. Marco Lazzeri.
–Exacto, se rascarán la cabeza y se preguntarán quién demonios es.
–No hay ninguna clave que permita descubrir su verdadera identidad
–dijo Julia–. Tendrán en sus manos un cuerpo, una identidad falsa, pero
ninguna familia, ni amigos, ni dirección, ni ocupación, nada. Lo enterra171
rán como a un indigente y mantendrán el caso abierto un año. Después
lo archivarán.
–Eso no es problema nuestro –dijo Teddy–. El asesinato no lo cometeremos
nosotros.
–Exacto –dijo Lucat–. Será un poco más complicado en la ciudad, pero
al chico le gusta pasear. Acabarán con él. Puede que un automóvil lo
atropelle. Los italianos conducen como unas bestias, ¿sabe?
–No será tan difícil, ¿verdad?
–No creo.
–¿Y qué posibilidades tenemos de enterarnos cuando ocurra? –
preguntó Teddy.
Lucat se rascó la cabeza y miró hacia el otro lado de la mesa donde
se sentaba Julia, que se mordía una uña mirando a Hoby mientras éste
removía una taza de té verde con una varilla de plástico.
–Yo diría que un cincuenta por ciento, por lo menos en el lugar del
delito –contestó finalmente Lucat–. Lo estaremos vigilando las veinticuatro
horas del día siete días a la semana, pero la gente que acabará
con él será lo mejor de lo mejor. Puede que no haya testigos.
–Nuestras mejores posibilidades vendrán más tarde –añadió Julia–,
unas semanas después de su entierro como un indigente. Tenemos a
gente muy buena en el lugar. Prestaremos atención. Creo que nos enteraremos
más adelante.
–Como siempre –dijo Lucat–, nosotros no apretaremos el gatillo, cabe
la posibilidad de que no lo sepamos con certeza.
–No podemos fallar, ¿comprende? Será bonito saber que Backman ha
muerto –bien sabe Dios que se lo merece–, pero el objetivo de la operación
es ver quién lo mata –dijo Teddy mientras sus blancas y arrugadas
manos se acercaban la taza de papel de té verde a la boca y tomaba
un vulgar y ruidoso sorbo.
Puede que ya hubiera llegado la hora de que el viejo desapareciera en
una residencia de ancianos.
–Estoy razonablemente seguro –dijo Lucat.
Hoby lo anotó.
–Si lo filtramos ahora, ¿cuánto tardará en morir? –preguntó Teddy.
Lucat se encogió de hombros y apartó la mirada mientras ponderaba
la pregunta. Julia se estaba mordiendo otra uña.
–Depende –dijo con cautela–. Si se mueven los israelíes, podría ocurrir
en cuestión de una semana. Los chinos suelen ser más lentos. Los
saudíes contratarán probablemente a un agente independiente; se podría
tardar un mes en colocar a uno en el terreno.
–Los rusos lo podrían hacer en una semana –añadió Lucat.
172
–Yo ya no estaré aquí cuando ocurra –dijo tristemente Teddy–. Y nadie
a este lado del Atlántico lo sabrá jamás. Prométanme que me llamarán
para informarme.
–¿Esto significa que tenemos luz verde? –preguntó Lucat.
–Sí. Pero tengan cuidado con la manera de filtrarlo. A todos los cazadores
se les tiene que ofrecer la misma posibilidad de cobrar la pieza.
Todos se despidieron por última vez de Teddy y abandonaron el despacho.
A las 9.30, Hoby lo empujó hacia el pasillo y el ascensor. Bajaron
ocho pisos hasta el sótano, donde las camionetas blancas a prueba
de balas lo esperaban para su último viaje a la Casa Blanca.
La reunión fue muy breve. Dan Sandberg estaba sentado a su escritorio
del Post cuando ésta se inició en el Despacho Oval minutos después
de las diez. Aún no se había movido veinte minutos más tarde, cuando
recibió la llamada de Rusty Lowell.
–Todo ha terminado –dijo éste.
–¿Qué ha ocurrido? –preguntó Sandberg, empezando a darle al teclado.
–Lo que estaba previsto en el guión. El presidente ha querido averiguar
detalles sobre Backman. Teddy no ha dado su brazo a torcer. El
presidente ha dicho que tenía derecho a saberlo todo. Teddy se ha
mostrado de acuerdo, pero ha dicho que la información se utilizaría con
fines políticos y pondría en peligro una operación secreta. Ambos han
discutido brevemente. Han despedido a Teddy. Tal como yo te dije.
–Uf.
–La Casa Blanca lo anunciará dentro de cinco minutos. Puede que te
interese verlo.
Como siempre, la rueda se puso inmediatamente en movimiento. El
secretario de prensa anunció con rostro sombrío que el presidente había
decidido «seguir un nuevo camino con nuestras operaciones de espionaje
». Alabó al director Maynard por su legendario liderazgo y pareció
sinceramente apenado ante la perspectiva de buscarle un sucesor. La
primera pregunta, lanzada desde la primera fila, fue la de si Maynard
había dimitido o lo habían cesado.
–El presidente y el director Maynard han llegado a un mutuo acuerdo.
–¿Y eso qué significa?
–Justo lo que he dicho.
Y la cosa se prolongó unos treinta minutos.
El reportaje de primera plana de Sandberg a la mañana siguiente sol173
taba dos bombas. Empezaba con la clara confirmación de que Maynard
había sido cesado por negarse a facilitar información reservada por algo
que él consideraba puros fines políticos. No había habido dimisión ni se
había llegado a ningún «mutuo acuerdo». Se había producido un simple
y vulgar cese.
La segunda bomba anunciaba al mundo que la insistencia del presidente
en obtener datos de espionaje guardaba una relación directa con
una nueva investigación del FBI acerca de la venta de indultos. El escándalo
del dinero–por–indulto había sido sólo un rumor hasta que
Sandberg abrió la puerta. Su primicia dio lugar a un auténtico embotellamiento
de tráfico en el puente Arlington Memorial.
Mientras Sandberg permanecía de pie en la sala de prensa disfrutando
de los efectos de su jugada, sonó su móvil. Era Rusty Lowell, que le
dijo sin preámbulos:
–Llámame a través de una línea de tierra, enseguida.
Sandberg se metió en un despachito para mayor discreción y marcó
el número de Lowell en Langley.
–Acaban de despedir a Lucat –dijo Lowell–. A las ocho de esta mañana
se ha reunido con el presidente en el Despacho Oval. Le han pedido
que ocupara provisionalmente el puesto de director. Ha dicho que sí.
Han permanecido reunidos una hora. El presidente lo ha presionado sobre
Backman. Lucat se ha negado a facilitar información. Lo han despedido,
exactamente igual que a Teddy.
–Maldita sea, llevaba cien años allí.
–Treinta y ocho exactamente. Uno de los mejores. Un gran administrador.
i
–¿Quién es el siguiente?
–Esa sí que es una pregunta buenísima. Todos tememos la llamada a
la puerta.
–Alguien tiene que dirigir la agencia.
–¿Conoces a Susan Penn?
–No. Sé quién es, pero jamás me la han presentado.
–Directora adjunta para ciencia y tecnología. Muy fiel a Teddy, qué
demonios, aquí todos lo somos, pero también es una superviviente.
Ahora mismo está en el Despacho Oval. Si le ofrecen la dirección provisional,
la aceptará. Y soltará lo de Backman para conseguirlo.
–Él es el presidente, Rusty. Tiene derecho a saberlo todo.
–Por supuesto que sí. Y es una cuestión de principios. La verdad es
que no se le puede reprochar nada. Es nuevo en el cargo y quiere ejercer
su fuerza. Parece que nos va a despedir a todos hasta conseguir lo
que quiere. Le he dicho a Susan Penn que acepte el cargo para detener
174
la hemorragia.
–¿O sea que el FBI no tardará mucho en conocer los datos sobre
Backman?
–Yo diría que hoy mismo. No estoy seguro de lo que van a hacer
cuando averigüen dónde está. Se encuentran a muchas semanas de
distancia de una acusación. Lo más probable es que nos jodan la operación.
–¿Dónde está?
–No lo sé.
–Vamos, Rusty, ahora la situación es distinta.
–La respuesta es no. Fin de la historia. Te mantendré informado acerca
de la sangría.
Una hora más tarde, el secretario de prensa de la Casa Blanca se reunió
con los medios y anunció el nombramiento de Susan Penn como
directora en funciones de la CIA. Hizo especial hincapié en el hecho de
que era la primera mujer en ocupar el cargo, lo que demostraba el interés
del presidente en trabajar en favor de la causa de la igualdad de derechos.
Luigi estaba sentado en el borde de su cama, totalmente vestido y
solo, esperando la señal de la puerta de al lado. Ésta se produjo catorce
minutos después de las seis de la mañana. Marco se estaba convirtiendo
en una criatura de costumbres fijas. Luigi entró en su sala de control
y pulsó un botón para apagar el timbre que indicaba la salida de su
amigo por la puerta principal. Un ordenador registraba la hora exacta y,
en cuestión de segundos, alguien en Langley sabría que Marco Lazzeri
acababa de salir de su piso franco de Via Fondazza, a las 6.14 en punto.
Llevaba unos cuantos días sin vigilarlo. Simona se había quedado a
dormir con él. Esperó unos segundos, salió sigilosamente por la puerta
de atrás, recorrió una estrecha callejuela y después asomó entre las
sombras de las arcadas de Via Fondazza. Marco, a su izquierda, iba
hacia el sur a paso rápido, como solía, a paso cada vez más rápido
cuanto más tiempo pasaba en Bolonia. Le llevaba por lo menos veinte
años a Luigi, pero, con su afición a recorrer kilómetros diarios, estaba
en mucho mejor forma que él. Además, no fumaba, no bebía demasiado,
no parecía interesado en las mujeres ni en la vida nocturna y se
había pasado los últimos seis años en chirona. No era de extrañar que
se pudiera pasar horas y horas vagando por las calles sin hacer nada.
Calzaba sus botas nuevas todos los días. Luigi no había podido meterles
mano. Seguían estando a salvo de dispositivos de escucha y no de175
jaban ningún rastro. En Milán, Whitaker estaba muy preocupado por
eso, pero él siempre se preocupaba por todo. Luigi estaba convencido
de que quizá Marco recorría unos mil quinientos metros dentro de la
ciudad, pero sin jamás abandonarla. Había desaparecido durante un
breve período de tiempo, habría ido a explorar algo o a visitar algún lugar
de interés, pero siempre lo habían localizado.
Tomó por Via Santo Stefano, una ancha calle que discurría desde el
sureste de la vieja Bolonia hasta el ajetreo de la Piazza Maggiore. Luigi
la cruzó y siguió por el otro lado. Prácticamente corriendo, se puso inmediatamente
en contacto radiofónico con Zellman, un nuevo agente
enviado por Whitaker para estrechar el cerco. Zellman esperaba en la
Strada Maggiore, otra bulliciosa avenida entre el piso franco y la universidad.
La llegada de Zellman significaba que el plan seguía adelante. Ahora
Luigi ya conocía casi todos los detalles y le entristecía en cierto modo el
hecho de que los días de Marco estuvieran contados. No sabía muy bien
quién lo liquidaría y tenía la impresión de que Whitaker tampoco.
Luigi rezaba para que no le encomendaran la misión a él. Ya había
matado a otros dos hombres y prefería evitar aquellos jaleos. Además,
Marco le gustaba.
Antes de que Zellman pudiera seguir el rastro, Marco desapareció.
Luigi se detuvo y prestó atención. Se ocultó en la oscuridad de un portal,
por si acaso Marco también se detenía.
Lo oyó allí atrás, caminando con andares un tanto pesados y una respiración
excesivamente afanosa. Un rápido giro a la izquierda por una
estrecha calle, Via Castellata, una carrerilla de unos cincuenta metros,
otro giro a la izquierda a Via de Chiari, y un cambio completo de dirección,
de rumbo norte a rumbo oeste, paso rápido durante un buen rato
hasta llegar a un espacio abierto, una placita llamada Piazza Cavour.
Ahora ya se conocía muy bien el casco antiguo, las calles, las callejuelas,
los callejones sin salida, los cruces, el interminable laberinto de tortuosas
callecitas, los nombres de todas las plazas y de muchas de las
tiendas y los establecimientos. Sabía qué estancos abrían a las seis de
la mañana y cuáles de ellos no lo hacían hasta las siete. Podía encontrar
cinco cafeterías llenas de gente ya al amanecer, aunque casi todas
esperaban a que se hiciera de día para abrir. Sabía dónde sentarse delante
de la ventana, detrás de un periódico y con vista a la acera, esperando
a que apareciera Luigi como dando un paseo.
Hubiese podido quitarse de encima a Luigi en cualquier momento,
aunque casi todos los días participaba en el juego y dejaba unas huellas
176
muy visibles y fáciles de seguir. Sin embargo, el hecho de que lo estuvieran
vigilando tan de cerca era muy significativo.
No quieren que desaparezca, se decía una y otra vez. ¿Y por qué?
Porque estoy aquí por un motivo.
Dio un amplio rodeo para desplazarse al oeste de la ciudad, muy lejos
del lugar donde cabía esperar que estuviera. Tras pasarse casi una hora
zigzagueando y dando vueltas por docenas de callecitas y callejones,
salió a Via Irnerio y contempló el tráfico de peatones. El bar Fontana se
encontraba directamente al otro lado de la calle. Nadie lo vigilaba.
Rudolph, escondido al fondo, ocultaba la cabeza con el periódico matinal
mientras el humo de su pipa encendida se elevaba en una perezosa
espiral azul. Llevaban diez días sin verse, por lo que, tras los habituales
y afectuosos saludos, su primera pregunta fue:
–¿Consiguió ir a Venecia?
Sí, una visita deliciosa. Marco soltó los nombres de todos los lugares
de la guía que se había aprendido de memoria. Comentó extasiado la
belleza de los canales, la asombrosa variedad de puentes, las agobiantes
hordas de turistas. Un lugar fabuloso. Estaba deseando regresar.
Rudolph añadió algunos de sus propios recuerdos. Marco describió la
basílica de San Marcos como si se hubiera pasado una semana allí.
–Y ahora, ¿adonde?, –preguntó Rudolph.
–Probablemente al sur, hacia un clima más cálido. Puede que Sicilia o
la costa de Amalfi.
Como era de esperar, Rudolph adoraba Sicilia y describió sus visitas
allí. Después de media hora de charla de viajes, Marco decidió finalmente
ir al grano. v
–Viajo tanto que la verdad es que no tengo domicilio. Un amigo de
Estados Unidos me va a enviar un paquete. Le he dado su dirección en
la Facultad de Derecho. Espero que no le moleste.
Rudolph estaba volviendo a encender su pipa.
–Ya está aquí. Llegó ayer –dijo mientras una nube de humo le brotaba
de la boca junto con las palabras.
A Marco le dio un vuelco el corazón.
–¿Llevaba remite?
–No sé qué sitio de Virginia.
–Muy bien. –Marco se notó inmediatamente la boca seca. Tomó un
sorbo de agua y trató de disimular su emoción–. Confío en que no fuera
ningún problema.
–Ninguno en absoluto.
–Pasaré más tarde por allí y lo recogeré.
177
–Estoy en el despacho de once a doce y media.
–Muy bien, gracias. –Otro sorbo–. Por simple curiosidad, ¿qué tamaño
tiene el paquete?
Rudolph mascó el cañón de la pipa diciendo:
–Aproximadamente el de una caja de cigarros.
Una fría lluvia empezó a caer a media mañana. Marco y Ermanno paseaban
por la zona universitaria y buscaron cobijo en un pequeño y
tranquilo bar. Terminaron temprano la lección, más que nada por insistencia
del estudiante. Ermanno siempre estaba dispuesto a irse antes
de lo previsto.
Puesto que Luigi no lo había citado para el almuerzo, Marco era libre
de pasear por donde quisiera, probablemente sin que nadie lo siguiera.
Aun así, tuvo cuidado. Efectuó sus habituales maniobras de rodeos y
retrocesos y se sintió tan tonto como siempre. Pero, por muy tonto que
fuera, todo aquello ya se había convertido en su comportamiento habitual.
De vuelta en Via Zamboni se situó detrás de un grupo de estudiantes
que paseaban sin rumbo fijo.
Al llegar a la puerta de la Facultad de Derecho, entró, subió brincando
los peldaños de la escalera y, en cuestión de segundos, llamó con los
nudillos a la puerta entornada de Rudolph.
Rudolph, sentado delante de su vieja máquina de escribir, tecleaba lo
que, al parecer, era una carta personal.
–Aquí –dijo, señalando el montón de papeles que cubría una mesa
que llevaba décadas sin que nadie la ordenara–. Esta cosa marrón de
encima.
Marco tomó el paquete con la máxima indiferencia.
–Gracias otra vez, Rudolph –dijo, pero Rudolph ya se había puesto a
teclear una vez más y no estaba de humor para visitas. Era evidente
que Marco lo había interrumpido.
–Faltaría más –contestó Rudolph, volviendo la cabeza y soltando otra
nube de humo de pipa.
–¿Hay algún lavabo aquí cerca? –preguntó Marco.
–Al final del pasillo, a la izquierda.
–Gracias. Nos vemos.
Había un urinario prehistórico y tres retretes de madera. Marco entró
en el del fondo, cerró la puerta, bajó la tapa y se sentó. Abrió cuidadosamente
el paquete y desdobló las hojas de papel. La primera era blanca
y carecía de membrete. Cuando leyó las palabras «Querido Marco»,
experimentó el impulso de romper a llorar.
178
5 de marzo
Querido Marco:
Huelga decir que me emocionó recibir noticias tuyas. Le di gracias a
Dios cuando te liberaron y ahora rezo por tu seguridad. Tal como tú sabes,
haré cualquier cosa por ayudarte. Aquí tienes un Smartphone, que
es el último grito.
Los europeos están por delante de nosotros en móviles y tecnología
inalámbrica de Internet, por lo que supongo que eso funcionará de maravilla.
Te he escrito unas instrucciones en otra hoja de papel. Sé que
te sonará a chino, pero la verdad es que no es muy complicado.
No intentes llamar... es demasiado fácil de localizar. Además, tendrías
que utilizar un nombre y abrir una cuenta. El e–mail es el camino. Utilizando
KwyteMail con codificación, es imposible seguir la pista de nuestros
mensajes. Sugiero que me envíes tu correo sólo a mí. Yo me encargaré
de los reenvíos.
Dispongo de un nuevo portátil que no se aparta de mí en ningún
momento.
Dará resultado, Marco. Confía en mí. En cuanto estés on line, envíame
un e–mail y podremos chatear.
Buena suerte,
GRINCH
¿Grinch? Un código o algo por el estilo. No había utilizado el verdadero
nombre de ninguno de los dos. Marco estudió el pulido artilugio, absolutamente
perplejo pero también decidido a poner en marcha el maldito
cacharro de la manera que fuera. Buscó en su pequeño estuche,
encontró el dinero en efectivo y empezó a contarlo muy despacio como
si fuera oro. La puerta se abrió y cerró; alguien estaba utilizando el urinario.
Marco apenas podía respirar. «Tranquilízate», se decía una y otra
vez.
Se abrió la puerta del servicio y se volvió a cerrar. La página de instrucciones
había sido escrita a mano, evidentemente en un momento en
que Neal no disponía de mucho tiempo. Decía:
PC Pocket Smartphone Ankyo 850 –batería totalmente cargada– seis
horas de conversación antes de recarga, cargador incluido.
Paso 1) Buscar cibercafé con acceso inalámbrico – lista incluida.
Paso 2) Entrar en el café o situarse a sesenta metros de distancia del
mismo.
Paso 3) Encender, botón en ángulo superior derecho.
179
Paso 4) Busca en la pantalla «Acceso a área» y después la pregunta
«¿Acceso ahora?» Pulsa «Sí» en parte inferior de pantalla; espera.
Paso 5) Después pulsa botón de teclado, al fondo a la derecha, y expande
el teclado.
Paso 6) Pulsa acceso a Wi–Fi en pantalla.
Paso 7) Pulsa «Start» para navegación Internet.
Paso 8) En el cursor, teclea «www.kwytemail.com».
Paso 9) Teclea nombre usuario «Grinch456».
Paso 10) Teclea contraseña «post hoc ergo propter hoc».
Paso 11) Pulsa «Compose» para sacar New Message Form.
Paso 12) Selecciona mi dirección e–mail: 123Grinch@kwytemail.com.
Paso 13) Tecléame tu mensaje.
Paso 14) Haz clic en «Encrypted Message».
Paso 15) Clic en «Send».
Paso 16) ¡Premio!... recibiré el mensaje.
Seguían más notas en el reverso, pero Marco necesitaba hacer una
pausa. El Smartphone le pesaba cada vez más en la mano a medida
que le iba inspirando más preguntas que respuestas. Jamás había estado
en un cibercafé y no entendía cómo se podía utilizar un local semejante
desde el otro lado de la calle. O desde sesenta metros de distancia.
Las secretarias siempre se habían encargado de manejar el diluvio de
mensajes electrónicos. Él estaba demasiado ocupado para sentarse delante
de un monitor.
Había un manual de instrucciones que abrió al azar. Leyó unas cuantas
líneas y no entendió ni una sola frase. «Confía en Neal», se dijo.
«No tienes más remedio, Marco. Tienes que dominar este maldito cacharro.
»
Desde un sitio de la red llamado www.AxEss.com, Neal había imprimido
una lista de lugares gratuitos de acceso inalámbrico a Internet de
Bolonia: tres cafés, dos hoteles, una biblioteca y una librería.
Marco dobló los billetes, se los guardó en el bolsillo y rehízo muy despacio
el paquete. Se levantó, echó un chorro de agua sin saber por qué
y abandonó el lavabo. Se guardó sin ninguna dificultad el teléfono, los
papeles, el estuche y el pequeño cargador en los profundos bolsillos de
su parka.
La lluvia se había transformado en nieve cuando salió de la Facultad
de Derecho, pero las aceras cubiertas los protegían tanto a él como a la
muchedumbre de estudiantes que apuraban el paso para ir a almorzar.
180
Mientras se alejaba de la zona universitaria, reflexionó acerca de las
distintas maneras de ocultar todos aquellos maravillosos bienes que
Neal le había enviado. El teléfono jamás se apartaría de su persona. Y
el dinero tampoco. Pero los papeles –la carta, las instrucciones, el manual–,
¿dónde los podría esconder? Nada estaba protegido en su apartamento.
Vio en un escaparate una especie de bonita bolsa de bandolera.
Entró y preguntó. Era una funda de ordenador portátil marca Silvio
de color azul marino, impermeable, fabricada con un tejido sintético
que la dependienta no supo traducir. Costaba sesenta euros y Marco los
depositó a regañadientes sobre el mostrador. Mientras ella ultimaba la
venta, Marco guardó cuidadosamente el Smart–phone y sus accesorios
en la bolsa. Ya en la calle, se la echó al hombro y se la colocó cómodamente
bajo el brazo derecho.
La bolsa equivalía a libertad para Marco Lazzeri. La defendería con su
propia vida.
Encontró la librería en Via Ugo Bassi. Las revistas estaban en el segundo
piso. Permaneció unos cinco minutos junto al expositor, sosteniendo
en la mano un semanario de fútbol mientras vigilaba la puerta
por si aparecía alguien sospechoso. Una tontería. Pero ya se había convertido
en una costumbre. Las conexiones a Internet estaban en el segundo
piso, en una pequeña cafetería. Se compró una pasta y una Coca–
Cola y encontró una estrecha cabina donde podría sentarse y observar
a cualquiera que entrara o saliera.
Nadie lo encontraría allí.
Sacó el Ankyo 850 con tanta naturalidad como pudo y echó un vistazo
al manual. Volvió a leer las instrucciones de Neal. Las siguió nerviosamente,
utilizando el pequeño teclado con ambos pulgares, tal como
se ilustraba en el manual del usuario. Después de cada paso, levantaba
la vista para estudiar los movimientos que se estaban produciendo en el
café.
Los pasos funcionaron a la perfección. Para su asombro, enseguida
estuvo on line y, cuando los códigos dieron resultado, contempló una
pantalla que le estaba dando el visto bueno para escribir un mensaje.
Desplazó lentamente los pulgares y tecleó su primer mensaje inalámbrico
por Internet:
Grinch:
He recibido el paquete. Nunca sabrás lo mucho que esto significa para
mí. Gracias por tu ayuda. ¿Estás seguro de que nuestros mensajes están
completamente a salvo? En caso afirmativo, te hablaré más de mi
181
situación. Temo no estar a salvo. Son las 8.30 de la mañana según tu
horario. Enviaré este mensaje ahora y efectuaré una comprobación
dentro de unas horas. Con afecto,
MARCO
Envió el mensaje, apagó el aparato y se quedó un rato estudiando el
manual. Antes de salir para reunirse con Francesca, lo volvió a encender
y siguió los pasos para conectarse. En la pantalla tecleó «Google
search» y después «Washington Post». El reportaje de Sandberg le llamó
la atención y lo leyó.
Jamás había conocido a Teddy Maynard, pero ambos habían hablado
varias veces por teléfono. Conversaciones muy tensas. El hombre llevaba
diez años prácticamente muerto. En su otra vida, Joel Backman se
había enfrentado varias veces con la CIA, por regla general acerca de
las artimañas de sus clientes contratistas del Departamento de Defensa.
Al salir del establecimiento, Marco miró calle arriba, no vio nada de
interés e inició otro largo paseo.
¿Dinero por indultos? Un reportaje sensacional, pero costaba creer
que un presidente saliente pudiera aceptar semejantes sobornos. Durante
su espectacular caída del poder, Joel había leído muchas cosas
acerca de su propia persona, aproximadamente sólo la mitad de las
cuales eran ciertas. Había aprendido por las malas a creer muy poco de
lo que se publicaba.
21
En un anodino y anónimo edificio sin número de la calle Pinsker del
centro de Tel Aviv, un agente llamado Efraim entró y pasó por delante
del ascensor para dirigirse a un pasillo sin salida con una puerta cerrada.
No había tirador ni pomo. Se sacó del bolsillo un artilugio que parecía
un pequeño control remoto de televisor y lo apuntó hacia la puerta.
Unos resistentes pestillos se deslizaron por la parte interior, se oyó un
sonoro clic y la puerta se abrió, dejando al descubierto uno de los muchos
pisos francos del Mossad, la policía secreta israelí. Disponía de
cuatro habitaciones –dos con literas donde dormían Efraim y sus tres
compañeros–, una pequeña cocina donde se preparaban sus sencillas
comidas y un espacioso y desordenado cuarto de trabajo donde se pasaban
varias horas cada día planificando una operación que había per182
manecido prácticamente en suspenso durante seis años, pero que de
repente se había convertido en una de las máximas prioridades del
Mossad.
Los cuatro formaban parte de kidon, una pequeña y compacta unidad
de agentes altamente especializados cuya principal función era el asesinato.
Muertes rápidas, eficientes, silenciosas. Sus objetivos eran enemigos
de Israel que no se podían llevar a juicio porque sus tribunales
carecían de jurisdicción sobre ellos. Casi todos los objetivos se encontraban
en países árabes e islámicos, pero los kidon se utilizaban a menudo
en el antiguo bloque soviético, Europa, Asia e incluso Corea del
Norte y Estados Unidos. No tenían fronteras ni limitaciones, nada que
les impidiera eliminar a los que querían destruir Israel. Los hombres y
las mujeres de kidon tenían licencia para matar por su país. En cuanto
el primer ministro de turno aprobaba un objetivo por escrito, se ponía
en marcha un plan de operaciones, se organizaba una unidad y el enemigo
de Israel ya se podía dar por muerto. La obtención de semejante
visto bueno desde arriba raras veces planteaba dificultades.
Efraim arrojó una bolsa de galletitas sobre una de las mesas donde
Rafi y Shaul estaban llevando a cabo sus investigaciones. Ambos se encontraban
en un rincón, delante de un ordenador, estudiando unos planos
de Bolonia, Italia. Casi todo su material de investigación era antiguo;
incluía páginas de antecedentes en buena parte inservibles acerca
de Joel Backman, una información obtenida hacía años. Lo sabían todo
acerca de su caótica vida personal: las tres ex mujeres, los hijos, los
antiguos socios, las amantes, los clientes, sus viejos amigos perdidos
de las esferas del poder del distrito de Columbia. Cuando se había aprobado
su asesinato, hacía seis años, otro kidon se había encargado de
reunir urgentemente los antecedentes sobre Backman. Habían tenido
que abandonar un plan preliminar para liquidarlo en un accidente de
tráfico en el distrito de Columbia cuando él se había declarado culpable
y entrado en una cárcel federal. Ni siquiera un kidon podía vencer la
custodia protegida de Rudley.
Ahora los antecedentes sólo eran importantes por su hijo. Desde su
indulto por sorpresa y su desaparición siete semanas antes, el Mossad
había mantenido a dos agentes muy cerca de Neal Backman. Cambiaban
cada tres o cuatro días para que nadie en Culpeper, Virginia, sospechara;
las pequeñas localidades con sus ruidosos vecinos y sus aburridos
agentes de policía representaban un desafío enorme. Una agente,
una hermosa dama con acento alemán, había llegado incluso a conversar
con Neal en Main Street. Alegó ser una turista que necesitaba que
183
alguien le indicara el camino de Montpelier, el cercano hogar del presidente
James Madison. Coqueteó, o por lo menos lo intentó, y estaba
enteramente dispuesta a ir más allá. Pero él no picó el anzuelo.
Instalaron dispositivos de grabación y escucha en su casa y en su
despacho y escucharon sus conversaciones por el móvil. Desde un laboratorio
de Tel Aviv leían todos los e–mails de su despacho y también los
que enviaba desde casa. Controlaban su cuenta bancaria y los gastos
de su tarjeta de crédito. Sabían que había efectuado un rápido desplazamiento
a Alexandria seis días antes, pero ignoraban por qué.
También vigilaban a la madre de Backman en Oakland, pero la pobre
señora se estaba marchitando rápidamente. Durante años habían discutido
la idea de administrarle una de las pildoras venenosas de su sorprendente
arsenal para tenderle una emboscada a su hijo durante el
funeral. Sin embargo, el manual de asesinatos de kidon prohibía la eliminación
de los miembros de la familia a no ser que dichos miembros
plantearan también una amenaza para la seguridad israelí.
Sin embargo, la idea se seguía discutiendo y Amos era su más ardiente
defensor.
Querían matar a Backman, pero también querían que viviera unas
cuantas horas antes de morir. Necesitaban charlar con él, hacerle unas
cuantas preguntas y, en caso de que no quisiera responder, ya sabrían
ellos cómo hacerlo hablar. Todo el mundo hablaba cuando el Mossad
quería respuestas.
–Hemos encontrado seis agentes que hablan italiano –dijo Efraim–.
Dos estarán aquí a las tres de esta tarde para una reunión.
Ninguno de los cuatro hablaba italiano, pero hablaban inglés a la perfección
y también árabe. Entre todos, dominaban otros ocho idiomas.
Cada uno de los cuatro tenía experiencia de combate y amplios conocimientos
de informática y eran muy expertos en pasar fronteras (con o
sin papeles), interrogatorios, disfraces y falsificaciones. También eran
capaces de matar a sangre fría sin el menor remordimiento. El promedio
de edad era de treinta y cuatro años y cada uno de ellos había participado
por lo menos en cinco satisfactorios asesinatos de kidon.
Cuando estuvieran en plena operación, su kidon constaría de doce
miembros. Cuatro se encargarían de llevar a cabo el asesinato propiamente
dicho y los otros ocho facilitarían cobertura, vigilancia y apoyo
táctico y se encargarían de la limpieza después del golpe.
–¿Tenemos una dirección? –preguntó Amos desde el ordenador.
–No, todavía no –contestó Efraim–. Y no sé muy bien si la conseguiremos.
De esto se encarga el contraespionaje.
184
–Hay medio millón de personas en Bolonia –dijo Amos, casi hablando
para sus adentros.
–Cuatrocientas mil –dijo Shaul–. Y unas cien mil son estudiantes.
–Tendríamos que conseguir una fotografía –dijo Efraim mientras los
otros tres interrumpían lo que estaban haciendo para mirarle–. Hay una
fotografía de Backman en algún sitio, una fotografía reciente tomada
después de su salida de la cárcel. Obtener una copia es una posibilidad.
–Nos sería muy útil, desde luego –dijo Rafi.
Tenían unas cien fotografías antiguas de Joel Backman. Habían estudiado
cada centímetro de su rostro, todas las arrugas, todas las venas
de sus ojos, todos los cabellos de su cabeza. Habían contado sus dientes
y tenían copias de su historial odontológico. Sus especialistas del
otro lado de la ciudad, en el cuartel general del Instituto Central de Inteligencia
y Servicios Especiales de Israel, mejor conocido como Mossad,
habían preparado unas excelentes imágenes por ordenador de cómo
sería Backman seis años después de que el mundo lo viera por última
vez. Disponían de toda una serie de proyecciones digitales del rostro
de Backman con 110 kilos, su peso en el momento de declararse
culpable. Y otra serie de Backman con 80 kilos, su presunto peso actual.
Habían trabajado con su cabello, dejándolo al natural y prediciendo
el color para un hombre de cincuenta y dos años. Se lo tiñeron de
negro, pelirrojo y castaño. Se lo cortaron y se lo dejaron más largo. Le
colocaron doce pares distintos de gafas en el rostro y le añadieron una
barba, primero oscura y después gris.
Todo se reducía a los ojos. A estudiar los ojos.
Aunque Efraim era el jefe de la unidad, Amos tenía más antigüedad.
Había sido asignado a Backman en 1998, cuando el Mossad había oído
por primera vez los rumores acerca de JAM, el programa que un poderoso
representante de lobbys de Washington estaba ofreciendo a posibles
compradores de todo el mundo. A través de su embajador en Washington,
los israelíes trataron de adquirir JAM, creyeron haber cerrado
un trato, pero se quedaron fuera cuando Backman y Jacy Hubbard se
llevaron la mercancía a otra parte.
El precio de venta jamás se supo. El trato jamás se llevó a cabo.
Hubo cierta entrega de dinero, pero Backman, por alguna razón, no entregó
el producto.
¿Dónde estaba ahora? ¿Habría existido realmente?
Sólo Backman lo sabía.
La suspensión de seis años de la caza de Joel Backman había permiti185
do a Amos disponer de mucho tiempo para llenar lagunas. Este creía, al
igual que sus superiores, que el llamado sistema de satélites Neptuno
era una creación de la China comunista; que los chinos se habían gastado
una considerable porción de su tesoro nacional en construirlo; que,
para hacerlo, les habían robado a los estadounidenses una valiosa tecnología;
que habían disfrazado hábilmente el lanzamiento del sistema y
engañado a los satélites estadounidenses, rusos e israelíes, y que no
habían podido reprogramar el sistema para anular el software que JAM
había transferido. Neptuno no servía de nada sin JAM y los chinos
habrían entregado su Gran Muralla a cambio de recuperarlo junto con
Backman.
Amos y el Mossad también creían que Farooq Khan, el último miembro
superviviente del trío y principal autor del software, había sido localizado
por los chinos y asesinado ocho meses antes. El Mossad le estaba
siguiendo la pista cuando desapareció.
También creían que los estadounidenses aún no estaban seguros de
quién había construido Neptuno y que semejante fracaso de su espionaje
era una constante y casi permanente vergüenza para ellos. Los satélites
estadounidenses llevaban cuarenta años dominando los cielos y
eran tan eficaces que podían ver a través de las nubes, distinguir una
ametralladora debajo de una tienda de campaña, interceptar una transferencia
bancaria de un narcotraficante, escuchar una conversación en
un edificio y encontrar petróleo bajo el desierto mediante imágenes infrarrojas.
Eran muy superiores a cualquier cosa que jamás hubieran
creado los rusos. El hecho de que se hubiera diseñado, construido, lanzado
y convertido en operativo otro sistema de igual o superior tecnología
sin el conocimiento de la CIA y el Pentágono era algo absolutamente
inconcebible.
Los satélites israelíes eran muy buenos, pero no tanto como los de
Estados Unidos. Ahora, en el mundo del espionaje, se creía que Neptuno
era más avanzado que cualquier cosa lanzada hasta el momento por
los estadounidenses.
Pero eran sólo suposiciones; poco se había confirmado. La única copia
de JAM se había ocultado. Sus creadores habían muerto.
Amos llevaba casi siete años con el caso y le entusiasmaba la idea de
montar un nuevo kidon, por cuyo motivo estaba urdiendo planes frenéticamente.
El tiempo apremiaba. Los chinos serían capaces de volar
media Italia en caso de creer que Backman acabaría entre las ruinas.
Posiblemente los estadounidenses también intentaran cargárselo. En su
186
territorio, Backman estaba protegido por su Constitución, con todas las
garantías. Las leyes exigían que fuera tratado con justicia y después
encerrado en la cárcel y protegido durante las veinticuatro horas del
día. Pero en la otra punta del mundo era una pieza de caza legítima.
Kidon se había utilizado para neutralizar a algunos israelíes descarriados,
pero nunca en su patria. Los estadounidenses harían lo mismo.
Neal Backman guardaba su nuevo y delgadísimo ordenador portátil en
la misma vieja y estropeada cartera de documentos que se llevaba a
casa todas las noches. Lisa no lo había visto porque él no lo sacaba en
ningún momento. Lo tenía siempre cerca, siempre a mano.
Cambió ligeramente sus costumbres matinales. Había comprado una
tarjeta en Jerry's Java, una próspera cadena de cafés y pastas que trataba
de atraer a los clientes con su exquisito café, sus periódicos y revistas
gratuitas y el acceso inalámbrico a Internet. La franquicia había
reformado un abandonado chiringuito de venta de tacos a los automovilistas,
situado en las afueras de la ciudad, decorándolo con unos colores
horrendos y, en sus dos primeros meses de existencia, el negocio iba
viento en popa.
Había tres automóviles delante de él en la ventanilla. El portátil descansaba
sobre sus rodillas, justo bajo el volante. Al acercarse al bordillo
pidió un moka doble sin crema batida y esperó a que los vehículos que
lo precedían avanzaran lentamente. Mientras esperaba, se puso a teclear
con ambas manos. Una vez on line, entró rápidamente en Kwyte-
Mail. Tecleó su nombre de usuario –Grinchl23– y después su contraseña:
post hoc ergo propter hoc. Segundos más tarde... allí estaba el
primer mensaje de su padre.
Neal contuvo la respiración mientras leía, después suspiró profundamente
y siguió avanzando en la cola. ¡Había dado resultado! ¡El viejo lo
había sabido hacer!
Rápidamente escribió:
Marco:
Nuestros mensajes no se pueden localizar. Puedes decir lo que quieras,
pero siempre es mejor decirlo menos posible. Encantado de que
estés ahí y fuera de Rudley. Estoy on line cada día a esta hora... exactamente
a las 7.50 de la mañana, hora oficial del Este. Tengo que dejarte.
GRINCH
Colocó el portátil en el asiento del acompañante, bajó el cristal y pagó
187
casi cuatro dólares por una taza de café. Mientras se marchaba, seguía
mirando el ordenador para ver cuánto duraba la señal de acceso. Salió
a la calle, recorrió no más de sesenta metros y la señal desapareció.
El noviembre pasado, después de la sorprendente derrota de Arthur
Morgan, Teddy Maynard había empezado a trazar su estrategia para el
indulto de Backman. Con su habitual meticulosidad, se preparó para el
día en que los topos filtraran los datos acerca del paradero de Backman.
Para informar confidencialmente a los chinos y hacerlo de manera
que no despertara sospechas, Teddy empezó a buscar al chivato perfecto.
Se llamaba Helen Wang, una chinoamericana de quinta generación
que llevaba ocho años trabajando en Langley como analista sobre asuntos
chinos. Era muy inteligente y atractiva y hablaba un mandarín aceptable.
Teddy le había conseguido un trabajo provisional en el Departamento
de Estado, donde ella empezó a cultivar contactos con diplomáticos
de la China comunista, algunos de los cuales eran también espías y
andaban casi constantemente en busca de nuevos agentes.
Los chinos eran famosos por las agresivas tácticas que utilizaban para
reclutar espías. Cada año, 25.000 estudiantes chinos se matriculaban
en universidades estadounidenses y la policía secreta los tenía a todos
localizados. De los hombres de negocios chinos también se esperaba
que colaboraran con el espionaje central a su regreso a casa. Los miles
de empresas estadounidenses que hacían negocio en el continente estaban
perennemente controladas. Sus ejecutivos eran registrados y vigilados.
A veces se entraba en contacto con los que ofrecían buenas
perspectivas.
Cuando a Helen Wang se le escapó «accidentalmente» que sus antecedentes
incluían unos cuantos años en la CIA y que esperaba regresar
cuanto antes allí, llamó rápidamente la atención de los jefes de Pekín.
Aceptaba la invitación de sus nuevos amigos para ir a almorzar a un lujoso
restaurante de Washington y después a cenar. Interpretó estupendamente
bien su papel, siempre reticente ante sus insinuaciones, pero
siempre acabando por decir a regañadientes que sí. Sus detallados informes
se entregaban directamente en mano a Teddy después de cada
encuentro.
Cuando Backman salió repentinamente de la cárcel y quedó claro que
lo habían escondido en algún sitio y no aparecería, los chinos empezaron
a presionar muchísimo a Helen Wang. Le ofrecieron 100.000 dólares
a cambio de información acerca de su paradero. Ella pareció asus188
tada del ofrecimiento y, durante unos cuantos días, interrumpió los contactos.
Con un perfecto sentido de la oportunidad, Teddy anuló su destino
en el Departamento de Estado y la volvió a llamar a Langley, y
Helen se pasó dos semanas sin tener nada que hacer con sus antiguos
amigos clandestinos de la embajada china.
Después los llamó y la recompensa subió a 500.000 dólares. Entonces
Helen se volvió exigente y pidió un millón, alegando que estaba poniendo
en peligro su trabajo y su libertad y que su colaboración valía mucho
más que eso. Los chinos aceptaron.
Al día siguiente del despido de Teddy, Helen llamó a su contacto y le
pidió una cita clandestina. Le entregó una hoja de papel con las instrucciones
de transferencia a una cuenta bancaria de Panamá que pertenecía
en secreto a la CIA. Cuando se recibiera el dinero, dijo ella, volverían
a reunirse y les facilitaría el paradero de Joel Backman. También les
facilitaría una fotografía reciente de Joel Backman.
La entrega de la información fue un «roce de pasada», una reunión
en persona entre el topo y su contacto llevada a cabo de tal manera
que nadie notara nada insólito. Después del trabajo, Helen Wang se detuvo
en un establecimiento Kroger de Bethesda. Se dirigió al fondo del
pasillo donde estaban las revistas y las ediciones de libros de bolsillo.
Su contacto la esperaba junto al expositor con un ejemplar de Lacrosse
Magazine. Helen tomó otro ejemplar de la misma revista e introdujo rápidamente
un sobre entre sus páginas. Pasó las páginas con un aceptable
gesto de aburrimiento y volvió a dejar la revista en el expositor. Su
contacto estaba hojeando los semanarios deportivos. Helen se alejó
despacio, pero sólo tras haberle visto tomar el ejemplar de Lacrosse
Magazine que ella había dejado.
Por una vez, la farsa era innecesaria. Los amigos de la CIA de Helen
no estaban vigilando porque ellos mismos habían organizado la entrega
de información. Conocían desde hacía muchos años a su contacto.
El sobre contenía una hoja de papel, una fotocopia de una fotografía
en color de quince por veinte centímetros de Joel Backman, caminando
aparentemente por la calle. Estaba mucho más delgado, tenía una barba
ligeramente entrecana, llevaba unas gafas de estilo europeo e iba
vestido como un ciudadano del lugar. Escrito a mano en la parte inferior
de la fotografía, se podía leer: Joel Backman, Via Fondazza, Bolonia,
Italia. El contacto lo contempló boquiabierto de asombro mientras permanecía
sentado en el interior de su automóvil, y después se dirigió a
toda velocidad a la embajada de la República Popular China en la avenida
Wisconsin NW de Washington.
189
Al principio, no pareció que a los rusos les interesara el paradero de
Joel Backman. En Langley sus señales se interpretaron de muy distintas
maneras. No se llegó inicialmente a ninguna conclusión, pues ninguna
era posible. Durante años, los rusos habían asegurado en secreto que el
llamado sistema Neptuno era suyo, lo cual había contribuido bastante al
desconcierto de la CIA.
Para sorpresa del mundo de los servicios secretos, Rusia estaba consiguiendo
mantener en el aire unos 160 satélites de reconocimiento al
año, aproximadamente el mismo número que la antigua Unión Soviética.
Su sólida presencia en el espacio no había disminuido, contrariamente
a lo predicho por la CIA y el Pentágono.
En 1999, un desertor del GRU, el brazo armado de los servicios de
espionaje militar rusos sustitutivo del KGB, informó a la CIA de que
Neptuno no era propiedad de los rusos. Éstos habían sido pillados tan
desprevenidos como los estadounidenses. Las sospechas se centraron
en los comunistas chinos, muy por detrás en el juego de los satélites.
¿O no?
Los rusos querían noticias sobre Neptuno, pero no estaban dispuestos
a pagar a cambio de información acerca de Backman. Al ver que las insinuaciones
de Langley eran en buena parte ignoradas, la misma fotografía
en color vendida a los chinos fue enviada con carácter anónimo
por correo electrónico a cuatro jefes de espionaje rusos que actuaban
bajo cobertura diplomática en Europa.
La filtración a los saudíes se llevó a cabo a través de un ejecutivo de
una petrolera estadounidense destacado en Riad. Se llamaba Taggett y
llevaba allí más de veinte años. Hablaba con fluidez el árabe y se movía
en los círculos sociales con tanta facilidad como cualquier extranjero.
Mantenía una estrecha relación de amistad con un burócrata de nivel
medio del Ministerio de Asuntos Exteriores saudí y, mientras se tomaba
un té con su amigo a última hora de la tarde, le dijo que su empresa
había sido representada en otros tiempos por Joel Backman. Además, y
eso era mucho más importante, Taggett afirmaba conocer el escondrijo
de Backman.
Cinco horas más tarde, el timbre de la puerta despertó a Taggett.
Tres jóvenes caballeros en traje de calle se abrieron paso hasta el interior
de su apartamento y le exigieron unos minutos de su tiempo. Se
disculparon y explicaron que pertenecían a una cierta rama de la policía
saudí y necesitaban hablar. Sometido a presión, Taggett les facilitó la
información que había sido adiestrado para revelar.
190
Joel Backman se escondía en Bolonia, Italia, bajo otro nombre. Eso
era todo lo que sabía.
¿No podía averiguar algo más?
Tal vez.
Le preguntaron si podía emprender viaje a la mañana siguiente, regresar
al cuartel general de su empresa en Nueva York y obtener más
información acerca de Backman. Era muy importante para el Gobierno
saudí y para la familia real.
Taggett accedió a hacerlo. Todo por el rey.
22
Todos los años, en mayo, la víspera del día de la Ascensión, los habitantes
de Bolonia suben al Colle della Guardia desde la Porta Saragozza
por el camino de arcadas más largo del mundo, pasando por delante de
las quince capillas y los 666 pórticos hasta la cumbre donde se levanta
el santuario de San Luca. En el santuario sacan a su Virgen y la bajan
en procesión a la ciudad, donde recorre las calles abarrotadas de gente
y es finalmente colocada en la catedral de San Pedro y allí permanece
ocho días hasta que otra procesión la devuelve a casa. Es un festejo
anual de Bolonia celebrado ininterrumpidamente desde el año 1476.
Mientras permanecía sentada con Joel en el santuario de San Luca,
Francesca describió el ritual y explicó lo mucho que éste significaba para
los habitantes de Bolonia. Bonita, pero una simple y desierta iglesia
más de las muchas que había visto, pensó Marco.
Esta vez habían tomado el autobús para evitar los 666 pórticos y la
subida de 3,6 kilómetros por la cuesta de la colina. Aún le dolían las
pantorrillas de la última visita a San Luca, tres días antes.
Francesca estaba tan preocupada por cuestiones más serías que
hablaba en inglés sin darse cuenta. Él no se quejó. Cuando terminó de
explicarle los festejos, empezó a mostrarle los elementos más destacados
del templo: la arquitectura y la construcción de la cúpula, la pintura
de los frescos. Marco se esforzaba desesperadamente por prestar atención.
Ahora las cúpulas y los desteñidos frescos y las criptas de mármol
y los santos muertos ya se estaban confundiendo en una sola cosa en
Bolonia y él se sorprendió pensando en el buen tiempo. Entonces podrían
permanecer al aire libre y conversar tranquilamente. Podrían visitar
los preciosos parques de la ciudad y, como ella se atreviera a mencionarle
una iglesia, se rebelaría.
Francesca no pensaba en el buen tiempo. Sus pensamientos estaban
191
en otra parte.
–Ésta ya la hemos visto –la interrumpió cuando ella le mostró una
pintura de la parte superior del baptisterio.
–Perdón. ¿Lo estoy aburriendo?
Marco estuvo casi a punto de soltarle la verdad, pero, en lugar de
hacerlo, le dijo:
–No, pero ya he visto suficiente.
Salieron del santuario y rodearon el templo por la parte de atrás para
dirigirse al camino secreto que bajaba hasta la mejor vista de la ciudad.
Las últimas nieves se estaban fundiendo rápidamente sobre los rojos
tejados. Estaban a dieciocho de marzo.
Francesca encendió un cigarrillo y pareció conformarse con admirar
Bolonia en silencio.
–¿Le gusta mi ciudad? –preguntó finalmente.
–Sí, mucho.
–¿Qué es lo que le gusta de ella?
Después de seis años de cárcel, cualquier ciudad le hubiese gustado.
Lo pensó un instante y contestó:
–Es una auténtica ciudad, con gente que vive donde trabaja. Es segura,
limpia y atemporal. Las cosas no han cambiado mucho a lo largo de
los siglos. La gente disfruta de su historia y está orgullosa de sus logros.
Ella asintió levemente con la cabeza, aprobando su análisis.
–Me desconciertan los estadounidenses –dijo–. Cuando los guío por
Bolonia, siempre tienen prisa, siempre están deseando ver algún monumento
para poder tacharlo de la lista y pasar al siguiente. Siempre
preguntan qué haremos mañana y al día siguiente. ¿Por qué?
–No soy la persona más indicada para responder a esta pregunta.
–¿Por qué?
–Porque soy canadiense, ¿no lo recuerda?
–Usted no es canadiense.
–No, es cierto. Soy de Washington.
–He estado allí. Jamás he visto tanta gente corriendo sin ir a ninguna
parte. No entiendo el deseo de una vida tan agitada. Todo tiene que ser
rápido: el trabajo, la comida, el sexo.
–Yo me he pasado seis años sin sexo.
Ella le dirigió una mirada que planteaba muchas preguntas.
–La verdad es que no me interesa hablar de eso.
–Usted lo ha mencionado.
192
Francesca dio una calada al cigarrillo mientras la atmósfera se despejaba.
–¿Por qué se ha pasado seis años sin sexo?
–Porque estaba en la cárcel, en una celda de aislamiento.
Ella dio un leve respingo y envaró la espalda.
–¿Mató a alguien?
–No, nada de eso. Soy bastante inofensivo.
Otra pausa, otra calada.
–¿Por qué está aquí?
–La verdad es que no lo sé.
–¿Cuánto tiempo se quedará?
–Quizá Luigi pueda contestarle a eso.
–Luigi –dijo ella como con ganas de escupir. Se volvió y echó a andar.
Él la siguió porque lo tenía que hacer–. ¿De qué se esconde? –preguntó
Francesca.
–Es una historia muy pero que muy larga y mejor que usted no la sepa.
–¿Corre peligro?
–Creo que sí. No sé hasta qué extremo, pero digamos que temo utilizar
mi verdadero nombre y temo regresar a casa.
–Eso me suena a peligro. ¿Y qué pinta Luigi en todo eso?
–Me está protegiendo, creo.
–¿Durante cuánto tiempo?
–Sinceramente, no lo sé.
–¿Por qué no se limita a desaparecer?
–Es lo que estoy haciendo ahora. Estoy en plena desaparición. Y,
desde aquí, ¿adonde iría? No tengo dinero, ni pasaporte, ni identidad.
Oficialmente, no existo.
–Es desconcertante.
–Sí, ¿por qué no lo dejamos?
Marco apartó la mirada un segundo y no la vio caer. Francesca calzaba
unas botas negras de cuero sin tacón y la izquierda se le torció violentamente
contra una piedra del estrecho camino. Emitió un jadeo y
cayó contra el duro suelo, protegiéndose en el último segundo con ambas
manos. Su bolso salió disparado hacia delante mientras ella gritaba
algo en italiano. Marco se arrodilló rápidamente para sostenerla.
–Es el tobillo –dijo ella, haciendo una mueca. Ya se le estaban saltando
las lágrimas mientras su bello rostro se contraía de dolor.
Él la levantó del mojado camino, la llevó a un banco cercano y recogió
su bolso.
193
–Debo de haber tropezado –repetía Francesca–. Lo siento.
Trató de reprimir las lágrimas, pero muy pronto desistió de su intento.
–Tranquila, tranquila –dijo Marco, arrodillándose delante de ella–. ¿Lo
puedo tocar?
Ella levantó muy despacio la pierna izquierda, pero el dolor era demasiado
fuerte.
–Mejor que no se saque la bota –dijo Marco, tocando con gran cuidado.
–Creo que me lo he roto –dijo Francesca. Sacó un pañuelo de papel
del bolso y se secó los ojos. Respiraba afanosamente y le rechinaban
los dientes–. Lo siento.
–No se preocupe. –Marco miró a su alrededor; estaban más bien solos.
El autobús en el que habían subido a San Luca iba prácticamente
vacío y no habían visto a nadie desde hacía diez minutos–. Voy a entrar
a ver si nos echan una mano.
–Sí, por favor.
–No se mueva. Vuelvo enseguida.
Le dio una palmada en la rodilla y ella consiguió sonreír. Después se
fue corriendo y a punto estuvo de caer. Se dirigió a toda prisa a la parte
posterior de la iglesia y no vio a nadie. ¿Dónde encuentra uno exactamente
un despacho en una iglesia? ¿Dónde están el ecónomo, el administrador,
el jefe de los curas? Rodeó dos veces San Luca antes de ver
a un vigilante saliendo por una puerta parcialmente oculta junto a los
jardines.
–Mi pub aiutare? –le preguntó, levantando la voz. ¿Me puede ayudar?
El vigilante lo miró sin decir nada. Marco estaba seguro de haber
hablado con claridad. Se le acercó un poco más y le dijo:
–La mia árnica si é fatta mate. –Mi amiga se ha hecho daño.
–Dov'éf –masculló el hombre. ¿Dónde está?
Marco se lo señaló.
–Li, dietro la chiesa. –Allí, detrás de la iglesia.
–Aspetti. –Espere.
El hombre se volvió, regresó a la puerta y la abrió.
–Si sbrighi, per favore. –Dése prisa, por favor.
Transcurrieron lentamente uno o dos minutos mientras Marco esperaba
muy nervioso, ansiando regresar a toda prisa para ver cómo estaba
Francesca. En caso de que se hubiera roto un hueso, podía quedar
rápidamente conmocionada. Se abrió otra puerta más grande por debajo
del baptisterio y salió corriendo un hombre vestido con traje de calle,
194
seguido del vigilante.
–La mia árnica é caduta –dijo Marco. Mi amiga se ha caído.
–¿Dónde está? –preguntó el caballero en excelente inglés.
Estaban cruzando un pequeño patio de ladrillo, esquivando la nieve
que todavía quedaba.
–Aquí detrás, junto al saliente más bajo. Es el tobillo; cree que se lo
ha roto. A lo mejor necesitaremos una ambulancia.
Volviendo la cabeza, el caballero le ordenó algo al vigilante y éste
desapareció.
Francesca estaba sentada en el borde del banco con la mayor dignidad
posible. Se cubría la boca con el pañuelo y había dejado de llorar.
El caballero no la conocía de nombre, pero estaba claro que la había
visto antes en San Luca. Ambos hablaron en italiano y Marco se perdió
buena parte de la conversación.
Llevaba todavía la bota izquierda puesta y los tres acordaron dejársela
puesta para impedir la hinchazón. El caballero, el signor Coletta, parecía
experto en primeros auxilios. Le examinó las rodillas y las manos.
Las tenía llenas de arañazos y magulladuras, pero no sangraban.
–Es sólo un mal esguince –dijo ella–. La verdad es que no creo que
me lo haya roto.
–Una ambulancia tardará una eternidad –dijo el caballero–. La llevaré
al hospital.
–Creo que puedo caminar –dijo animosamente Francesca, tratando de
levantarse.
–No, nosotros la ayudaremos –dijo Marco.
Cada uno de ellos la agarró por un codo y ambos la levantaron muy
despacio. Ella hizo una mueca al apoyar el pie en el suelo, pero dijo:
–No está roto. Es sólo un esguince.
Insistió en caminar, pero ellos la llevaron medio en volandas hacia el
automóvil.
El signor Coletta asumió el mando de la situación y los acomodó en el
asiento de atrás, de tal manera que los pies de Francesca descansaran
sobre las rodillas de Marco y su espalda pudiera apoyarse contra la portezuela
izquierda del vehículo. Tras colocar debidamente a los pasajeros,
se situó detrás del volante y metió una marcha. Recorrieron marcha
atrás un sendero flanqueado de arbustos y salieron a un estrecho
camino asfaltado. No tardaron en bajar por la pendiente en dirección a
Bolonia.
Francesca se puso las gafas de sol para cubrirse los ojos. Marco observó
un hilillo de sangre en su rodilla izquierda. Tomó el pañuelo que
ella sostenía en la mano y empezó a limpiárselo.
195
–Gracias –dijo Francesca en voz baja–. Siento haberle estropeado el
día.
–Por favor, no lo vuelva a decir –le dijo Marco sonriendo.
De hecho, aquél había sido el mejor día con Francesca. La caída la
había humillado y la había hecho parecer más humana, lo cual dejaba
entrever, de manera involuntaria, unas emociones auténticas y permitía
un sincero contacto físico de una persona que trataba auténticamente
de ayudar a otra. Y estaba empujando a Marco hacia su vida. Cualquier
cosa que ocurriera a continuación, tanto en el hospital como en su casa,
él por lo menos estaría allí un momento. En aquella emergencia, ella lo
necesitaba, por más que no lo quisiera.
Mientras le sujetaba los pies y miraba inexpresivamente por la ventanilla,
Marco se dio cuenta de su desesperada necesidad de mantener
una relación de la clase que fuera con cualquier persona.
Cualquier amigo le serviría.
Al llegar al pie de la colina, Francesca le dijo al signor Coletta:
–Me gustaría irme a mi apartamento.
El miró por el espejo retrovisor diciendo:
–Creo que debería ver a un médico.
–Quizá más tarde. Descansaré un poco y veré cómo me encuentro.
La decisión ya estaba tomada; discutir hubiese sido inútil.
Marco también hubiese querido darle un consejo, pero se abstuvo de
hacerlo. Quería ver dónde vivía.
–En Via Minzoni, cerca de la estación.
Marco sonrió para sus adentros, orgulloso de conocer la calle. Se la
imaginó en el plano, en el extremo norte del casco antiguo, una zona
bonita aunque no perteneciera a un barrio rico. Había pasado por allí
por lo menos una vez. De hecho, había encontrado un bar que abría a
primera hora de la mañana en el lugar donde la calle desembocaba en
la Piazza dei Martiri. Mientras zigzagueaban a lo largo del perímetro entre
el tráfico de la media tarde, Marco leyó los nombres de todas las calles,
estudió todos los cruces y supo exactamente dónde estaba en todo
momento.
No dijeron ni una sola palabra más. El le sostuvo los pies mientras
sus elegantes pero usadas botas le manchaban ligeramente los pantalones
de lana. Pero, en aquel momento, eso era lo que menos le importaba.
Cuando giraron por Via Minzoni, Francesca dijo:
–Dos manzanas más abajo, a la izquierda. –Después añadió–: Un poco
más adelante. Allí hay un espacio, justo detrás de aquel BMW verde.
196
La sacaron cuidadosamente del asiento de atrás y la dejaron en la
acera donde ella se soltó un momento y trató de caminar. El tobillo cedió
y tuvieron que sostenerla.
–Vivo en el segundo piso –dijo Francesca mientras le rechinaban los
dientes.
Había ocho apartamentos. Marco observó atentamente mientras ella
pulsaba el timbre que había al lado del nombre de Giovanni Ferro. Contestó
una voz femenina.
–Francesca –dijo la voz y la puerta se abrió con un clic.
Entraron en un oscuro y descuidado vestíbulo. A la derecha había un
ascensor, esperando con la puerta abierta. Los tres apenas cabían en su
interior.
–Ahora ya estoy bien –dijo ella, tratando visiblemente de librarse de
Marco y del signor Coletta.
–Hay que ponerle un poco de hielo –dijo Marco mientras el ascensor
iniciaba una lenta subida.
El ascensor se detuvo ruidosamente, finalmente se abrió la puerta y
los tres salieron, ambos hombres sosteniendo todavía a Francesca por
los codos. Su apartamento estaba a pocos pasos de distancia y, al llegar
a la puerta, el signor Coletta pensó que ya era suficiente.
–Siento mucho lo ocurrido –dijo–. Si hubiera algún gasto médico,
¿tendrá la bondad de llamarme?
–No, es usted muy amable. Muchísimas gracias.
–Gracias –dijo Marco, sin soltarla.
Pulsó el timbre y esperó mientras el signor Coletta entraba de nuevo
en el ascensor y los dejaba. Francesca se apartó diciendo:
–Muchas gracias, Marco, ahora ya me las puedo arreglar. Hoy mi madre
se queda en casa.
Marco esperaba que lo invitaran a entrar, pero no estaba en condiciones
de insistir. El episodio ya había llegado a su conclusión por lo que a
él respectaba y le había permitido averiguar muchas más cosas de las
que esperaba. Sonrió, le soltó el brazo y estaba a punto de despedirse
cuando se oyó el chirrido de una cerradura desde dentro. Ella se volvió
hacia la puerta y, al hacerlo, ejerció presión sobre el tobillo lastimado.
Éste se volvió a doblar, induciéndola a emitir un jadeo y alargar las manos
hacia él.
Se abrió la puerta justo en el momento en que Francesca se desmayaba.
Su madre era la signora Altonelli, una dama de setenta y tantos años
197
que no hablaba inglés y durante unos angustiosos minutos pensó que
Marco le había hecho daño a su hija. El torpe italiano de Marco resultó
inadecuado, sobre todo dada la tensión del momento. Éste acompañó a
Francesca al sofá y pidió ghiaccio. Hielo, traiga un poco de hielo. La
mujer se marchó a regañadientes y desapareció en la cocina.
Francesca ya se estaba moviendo cuando su madre regresó con un
paño mojado y una pequeña bolsa de plástico de hielo.
–Se ha desmayado –le dijo Marco, inclinándose hacia ella.
Ella le comprimió la mano y miró angustiada a su alrededor.
–Chi é? –preguntó con recelo su madre. ¿Quién es?
–Un amico.
Marco le humedeció el rostro con el paño y ella se recuperó enseguida.
En un rápido italiano que él todavía no dominaba, ella le explicó a
su madre lo ocurrido. El intercambio de ametralladora lo aturdió mientras
intentaba captar alguna que otra palabra. Al final, se dio por vencido.
De repente, la signora Altonelli sonrió y le dio una palmada en el
hombro en gesto de aprobación. Buen chico.
Cuando la mujer se retiró, Francesca dijo:
–Se ha ido a preparar café.
–Estupendo. –Marco había acercado un taburete al sofá y allí se sentó,
esperando–. Tenemos que aplicarle un poco de hielo –dijo.
–Sí, tendríamos que hacerlo.
Ambos contemplaron las botas.
–¿Me las quiere quitar? –le preguntó ella.
–Pues claro. –Marco bajó la cremallera de la bota derecha y se la quitó
como si aquel pie también hubiera resultado lastimado. Lo hizo todavía
más despacio con el pie izquierdo. Hasta el más ligero movimiento
provocaba dolor, por lo que él preguntó en determinado momento–:
¿Prefiere hacerlo usted?
–No, por favor, adelante.
La cremallera se detuvo casi exactamente a la altura del tobillo. La
hinchazón dificultaba la retirada de la bota. Después de unos largos minutos
de cuidadosos y delicados movimientos, mientras la paciente sufría
apretando los dientes, la bota salió.
Francesca llevaba calcetines negros. Marco los estudió y anunció:
–También tendrá que quitárselos.
–Sí, claro.
La madre regresó de la cocina y soltó rápidamente algo en italiano.
–¿Por qué no espera en la cocina? –le dijo Francesca a Marco.
La cocina era pequeña pero estaba muy bien puesta, muy moderna y
198
con metales cromados y cristal, y ni un solo centímetro cuadrado de
espacio desperdiciado. Una cafetera de alta tecnología gorgoteaba sobre
una encimera. Las paredes por encima de un pequeño rincón de
desayuno estaban cubiertas de arte abstracto. Marco esperó y prestó
atención mientras ambas mujeres hablaban simultáneamente.
Consiguieron sacar los calcetines sin causar ulteriores daños. Cuando
Marco regresó al salón, la signora Altonelli aplicaba hielo al tobillo izquierdo.
–Dice que no está roto –le explicó Francesca–. Trabajó durante muchos
años en un hospital.
–¿Vive en Bolonia?
–En Imola, a unos cuantos kilómetros de aquí.
Marco sabía exactamente dónde estaba, por lo menos en el mapa.
–Creo que ya tengo que irme –dijo sin que, en realidad, experimentara
el menor deseo de hacerlo, pero, de repente, se sentía un intruso.
–Creo que necesita un poco de café –dijo Francesca.
Su madre regresó corriendo a la cocina.
–Me parece que estoy molestando –dijo Marco.
–No, por favor, después de todo lo que hoy ha hecho por mí, es lo
menos que puedo hacer.
La madre regresó con un vaso de agua y dos pastillas. Francesca se
lo tomó todo y apoyó la cabeza en unas almohadas. Intercambió unas
breves frases con su madre y después miró a Marco diciendo:
–Tiene una tarta de chocolate en el frigorífico. ¿Le apetece probarla?
–Sí, gracias.
Y su madre volvió a marcharse, canturreando muy contenta por el
hecho de tener a alguien a quien cuidar y alguien a quien alimentar.
Marco volvió a sentarse en el taburete.
–¿Le duele?
–Sí –contestó ella, sonriendo–. No voy a mentir. Me duele.
A Marco no se le ocurrió una respuesta apropiada y decidió regresar
al territorio común.
–Ha sido todo muy rápido –dijo.
Se pasaron unos cuantos minutos repasando la caída y después permanecieron
en silencio. Ella cerró los ojos como si se hubiera adormilado.
Marco cruzó los brazos sobre el pecho y contempló un extraño cuadro
de gran tamaño que cubría buena parte de una pared.
El edificio era antiguo, pero por dentro Francesca y su marido se
habían esforzado en mostrarse decididamente modernos. Los muebles
eran bajos, todo en suave cuero negro y relucientes marcos de acero,
199
todo muy minimalista. Las paredes estaban cubiertas de desconcertante
arte contemporáneo.
–Eso no se lo podemos decir a Luigi –dijo Francesca en un susurro.
–¿Por que no?
Francesca titubeó y después lo soltó.
–Me paga doscientos euros a la semana por darle clase a usted, Marco,
y se queja del precio. Hemos discutido. Me ha amenazado con buscar
a otra persona. Y la verdad es que necesito el dinero. Ahora sólo me
dan uno o dos trabajos a la semana; estamos todavía en temporada
baja. La situación se empezará a animar dentro de un mes, cuando los
turistas bajen al sur, pero, de momento, no gano demasiado.
La fachada de estoicismo había desaparecido hacía ya un buen rato.
Marco no podía creer que ella se permitiera ser tan vulnerable. La dama
tenía miedo y él haría cualquier cosa por ayudarla.
Francesca añadió:
–Estoy segura de que me despedirá si me tomo unos días de descanso.
–Pues no tendrá más remedio que tomárselos.
Marco contempló el hielo que le rodeaba el tobillo.
–¿Podríamos mantenerlo en secreto? No tardaré mucho en poder moverme,
¿no cree?
–Podemos intentar mantenerlo en secreto, pero Luigi tiene medios
para mantenerse al corriente de las cosas que ocurren. Me sigue de
cerca. Mañana lo llamaré para decirle que estoy indispuesto y al día siguiente
ya nos inventaremos algo. A lo mejor podríamos estudiar aquí.
–No. Mi marido está en casa.
Marco no pudo evitar volver la cabeza.
–¿Aquí?
–Está en el dormitorio, muy enfermo.
¿Qué...?
–Cáncer. Fase terminal. Mi madre se queda aquí con él mientras estoy
trabajando. Cada tarde viene una enfermera para administrarle la
medicación.
–Lo siento.
–Yo también.
–No se preocupe por Luigi. Le diré que me encanta su estilo de enseñanza
y que me negaré a trabajar con otra persona.
–Eso sería una mentira, ¿no cree?
–Más bien sí.
La signora Altonelli había regresado con una bandeja de tarta y unos
200
espressos. Lo colocó todo sobre una mesita auxiliar de color rojo en el
centro de la habitación y empezó a cortar el pastel. Francesca tomó café,
pero no le apetecía comer. Marco comió tan despacio como humanamente
le fue posible y se bebió el contenido de la tacita como si fuera
la última de su vida. Cuando la signora Altonelli insistió en que tomara
otro trozo y volviera a llenarse la tacita, aceptó a regañadientes.
Marco se quedó allí aproximadamente una hora. Mientras bajaba en
el ascensor, se dio cuenta de que Giovanni Ferro no había hecho el menor
ruido.
23
La principal agencia de espionaje de la China comunista, el Ministerio
de Seguridad del Estado, o MSE, utilizaba pequeñas unidades altamente
especializadas para perpetrar asesinatos en todo el mundo, más o menos
igual que los rusos, los israelíes, los británicos y los estadounidenses.
Una notable diferencia, sin embargo, consistía en el hecho de que los
chinos hubieran decidido depositar su confianza en una unidad en particular.
En lugar de repartir el trabajo sucio por todas partes, como los
otros países, el MSE recurrió primero a un joven que la CIA y el Mossad
llevaban varios años vigilando con gran admiración. Se llamaba Sammy
Tin, producto de dos diplomáticos chinocomunistas que, según los rumores,
habían sido seleccionados por el MSE para que se casaran y reprodujeran.
Si hubo alguna vez un agente perfectamente clonado, éste
era Sammy Tin. Nacido en Nueva York y criado en los barrios residenciales
del distrito de Columbia, había sido educado por profesores particulares
que lo habían bombardeado con idiomas extranjeros desde que
dejó los pañales. A la edad de dieciséis años se matriculó en la Universidad
de Maryland, la dejó con dos carreras a los veintiuno y después
se fue a estudiar ingeniería a Hamburgo, Alemania. Entretanto,
aprendió a fabricar bombas como entretenimiento.
Los explosivos se convirtieron en su máxima afición, con especial
acento en una variada serie de paquetes: sobres, vasos de papel, bolígrafos,
cajetillas de cigarrillos. Era un experto tirador, pero las armas,
sencillamente, lo aburrían. A Tin Man, tal como se le conocía en el sector,
le encantaban sus bombas.
Más tarde estudió química bajo un nombre falso en Tokio, donde
aprendió a dominar el arte y la ciencia de matar con venenos.
201
A los veinticuatro años ya había utilizado una docena de nombres distintos,
dominaba aproximadamente otros tantos idiomas y había cruzado
fronteras con una amplia variedad de pasaportes y disfraces. Podía
convencer a cualquier agente de aduanas de cualquier lugar del mundo
de que era japonés, coreano o taiwanés.
Para completar su educación, se pasó un duro año de entrenamiento
con una unidad élite del Ejército chino. Aprendió a acampar, a cocinar
en una fogata, a cruzar ríos de aguas bravas, a sobrevivir en el mar y a
vivir durante varios días en la selva. A los veintiséis años, el MSE llegó
a la conclusión de que el chico ya había estudiado suficiente. Ya era
hora de que empezara a matar.
Que Langley supiera, su sorprendente lista de cadáveres empezó con
los asesinatos de tres científicos chinocomunistas que habían hecho
demasiada amistad con los rusos. Se los cargó en el transcurso de una
cena en un restaurante de Moscú. Mientras los guardaespaldas esperaban
fuera, uno acabó con la garganta cortada en el servicio de caballeros
mientras utilizaba el urinario. Tardaron una hora en encontrar su
cadáver, apretujado en el interior de un contenedor de basura más bien
pequeño. El segundo cometió el error de preocuparse por el primero. Se
dirigió al servicio de caballeros, donde Tin Man lo esperaba vestido de
portero. Lo encontraron con la cabeza metida en el escusado que se
había atascado por esta causa y rebosaba. El tercero murió segundos
después en la mesa, donde permanecía sentado solo, muy preocupado
por sus compañeros desaparecidos. Un hombre con chaqueta de camarero
pasó precipitadamente por su lado y, sin aminorar la marcha, le
disparó un dardo envenenado en la nuca.
Por lo que a asesinatos respecta, fue todo bastante chapucero. Demasiada
sangre, demasiados testigos. La fuga fue arriesgada, pero Tin
Man encontró un hueco y consiguió cruzar corriendo una bulliciosa cocina
sin que nadie se diera cuenta. Estaba libre y corría a toda prisa por
un callejón trasero de la manzana cuando llamaron a los guardaespaldas.
Se ocultó en la oscuridad, tomó un taxi y, veinte minutos después,
entró en la embajada china. Al día siguiente ya estaba en Pekín, celebrando
discretamente su primer éxito.
La audacia del ataque causó conmoción en el mundo del espionaje.
Las agencias rivales se apresuraron a buscar al autor. Era un modo de
obrar completamente distinto al de los chinos para eliminar a sus enemigos,
famosos por su paciencia, por su disciplina en la espera del
momento más oportuno. Perseguían sin descanso a su presa hasta que
se daba por vencida o abandonaban un plan y pasaban al siguiente, es202
perando cuidadosamente la ocasión.
Cuando la hazaña se volvió a repetir unos meses después en Berlín,
nació la leyenda de Tin Man. Un ejecutivo francés había entregado falsos
secretos de alta tecnología relacionados con el radar móvil. Fue
arrojado por el balcón de una habitación del cuarto piso de su hotel y,
cuando aterrizó junto a la piscina, quienes tomaban el sol se llevaron
un susto tremendo. Una vez más, el asesinato fue demasiado descarado.
En Londres, Tin Man le voló la cabeza a un hombre con un teléfono
móvil. Un desertor del Chinatown de Nueva York perdió buena parte del
rostro al estallarle un cigarrillo. Sammy Tin no tardó en ser considerado
autor de casi todos los más dramáticos asesinatos del espionaje registrados
en aquel sector. Su fama creció rápidamente.
Aunque en su unidad contaba con cuatro o cinco miembros de confianza,
solía trabajar solo. Perdió a uno de sus hombres en Singapur
cuando su objetivo apareció de repente con unos amigos, todos ellos
armados. Fue un fracaso insólito y aprendió la lección: mantenerse en
forma, golpear rápido y no incluir a demasiadas personas en nómina.
A medida que iba madurando, sus golpes perdieron dramatismo, violencia
y fueron más fáciles de ocultar. Tenía treinta y tres años y era sin
duda el agente más temido del mundo. La CIA se gastaba una fortuna
tratando de seguir sus movimientos. Sabían que estaba en Pekín, holgazaneando
en su lujoso apartamento. Cuando se fue de allí, lo localizaron
en Hong Kong. La Interpol fue alertada cuando subió a bordo de
un vuelo directo a Londres, donde cambió de pasaporte y, en el último
momento, tomó un vuelo de Alitalia a Milán.
La Interpol fue testigo del hecho impotente. Sammy Tin viajaba a
menudo bajo cobertura diplomática. No era un criminal; era un agente,
un diplomático, un hombre de negocios, un profesor, cualquier cosa que
necesitara ser.
Un automóvil lo esperaba en el aeropuerto Malpensa de Milán y se
perdió en la ciudad. Que la CIA supiera, Tin Man llevaba cuatro años y
medio sin poner los pies en Italia.
No cabía duda de que el señor Elya representaba muy bien su papel
de acaudalado hombre de negocios saudí, aunque su pesado traje de
lana fuera casi de color negro, demasiado oscuro para Bolonia, y la raya
diplomática demasiado gruesa para haber sido diseñada en Italia. Y su
camisa era rosa con un reluciente cuello blanco, lo cual no era una mala
combinación, pero, bueno, seguía siendo de color rosa. Una aguja de
oro, también demasiado gruesa, atravesaba el cuello de su camisa y
203
empujaba demasiado hacia arriba el nudo de la corbata, que parecía
estrangularlo; en cada extremo de la aguja brillaba un diamante. Al señor
Elya le gustaban los diamantes: uno muy grande en cada mano,
docenas de piedras más pequeñas engarzadas en su Rolex, dos más en
los gemelos de la camisa. A Stefano los zapatos le parecieron italianos;
recién estrenados, marrones, eran sin embargo demasiado claros para
el traje.
En conjunto, no daba el pego. Aunque el hombre lo intentaba con todas
sus fuerzas. Stefano tuvo tiempo de analizar a su cliente mientras
se alejaban casi en completo silencio del aeropuerto, donde el señor Elya
y su ayudante habían llegado en un jet privado, camino del centro
de Bolonia. Ambos permanecían sentados en la parte posterior de un
Mercedes negro, una de las condiciones impuestas por el señor Elya,
con un silencioso conductor al volante y, a su lado, el ayudante, que
evidentemente sólo hablaba árabe. El inglés del señor Elya era aceptable,
unos rápidos estallidos seguidos de acotaciones en árabe a su ayudante,
el cual se veía obligado a anotar todo lo que decía su amo.
Tras pasarse diez minutos con ellos en el automóvil, Stefano ya estaba
deseando que terminaran mucho antes del almuerzo.
El primer apartamento estaba cerca de la universidad, adonde el hijo
del señor Elya no tardaría en llegar para estudiar medicina. Cuatro
habitaciones en el primer piso, sin ascensor, de un sólido edificio muy
bien amueblado e indudablemente lujoso para un estudiante: 1.800 euros
al mes, contrato de alquiler anual, servicios aparte.
El señor Elya se limitó a fruncir el entrecejo como si su malcriado hijo
se mereciera algo mucho más bonito. El ayudante también frunció el
entrecejo. Lo mantuvieron fruncido mientras bajaban la escalera y subían
al vehículo y no dijeron nada mientras el conductor se apresuraba
a llevarlos a la segunda parada.
Estaba en Via Remorsella, a una manzana al oeste de Via Fondazza.
El apartamento era ligeramente más grande que el primero, tenía una
cocina del tamaño de un armario para escobas, estaba mal amueblado,
no tenía vista alguna, se encontraba a veinte minutos de la universidad,
costaba 2.600 euros al mes e incluso olía un poco raro. Dejaron de
fruncir el entrecejo, el sitio les gustaba.
–Éste me parece bien –dijo el señor Elya, y Stefano suspiró de alivio.
Con un poco de suerte, no tendría que apechugar con ellos durante el
almuerzo. Y acababa de ganarse una buena comisión.
Se dirigieron a toda prisa a las oficinas de la empresa de Stefano,
donde se preparó el papeleo a una velocidad récord. El señor Elya era
204
un hombre muy ocupado, tenía una reunión urgente en Roma y, como
no se resolvieran los detalles del alquiler en aquel mismo momento y en
el acto, ¡tendrían que olvidarse de todo!
El Mercedes negro los condujo de nuevo a toda prisa al aeropuerto,
donde un nervioso y agotado Stefano les dio las gracias, se despidió de
ellos y se fue tan rápido como pudo. El señor Elya y su ayudante cruzaron
la pista hacia el jet y desaparecieron en su interior. La portezuela
se cerró.
El jet no se movió. Dentro, el señor Elya y su ayudante se habían quitado
el atuendo de trabajo y se habían puesto ropa cómoda. Estaban
reunidos con otros tres miembros de su equipo. Al cabo de aproximadamente
una hora, abandonaron el jet y trasladaron su pesado equipaje
a la terminal privada y, después, a las camionetas que esperaban.
Luigi recelaba de la bolsa azul marino. Marco jamás la dejaba en su
apartamento. Jamás la perdía de vista. La llevaba a todas partes colgada
del hombro y bien sujeta bajo el brazo derecho, como si contuviera
oro.
¿Qué podía contener que requiriera tanto cuidado? Raras veces llevaba
el material de estudio a ningún sitio. Si él y Ermanno estudiaban dentro,
lo hacían en el apartamento de Marco. Y, si estudiaban fuera, se
limitaban a conversar sin libros.
Whitaker, en Milán, también sospechaba, sobre todo desde que Marco
había descubierto un cibercafé cerca de la universidad. Envió a un
agente llamado Krater a Bolonia para ayudar a Zellman y a Luigi a vigilar
más de cerca a Marco y su molesta bolsa. Ahora que ya estaban
apretando la soga y se esperaban los fuegos artificiales, Whitaker pedía
a Langley más fuerza en la calle.
Pero Langley estaba sumido en el caos. La partida de Teddy, aunque
esperada, lo había revuelto todo. Aún se notaban las sacudidas del terremoto
del despido de Lucat. El presidente amenazaba con llevar a cabo
una reorganización general, y tanto los directores adjuntos como los
administradores de alto rango dedicaban más tiempo a protegerse las
espaldas que a vigilar sus operaciones.
Fue Krater quien recibió el radiomensaje de Luigi de que Marco se iba
camino de la Piazza Maggiore, probablemente para tomar su café de última
hora de la tarde. Krater lo vio cruzar la plaza con la bolsa azul oscuro
bajo el brazo y toda la pinta de un habitante de la ciudad. Tras
haber estudiado una gruesa carpeta acerca de Joel Backman, era agradable
verle finalmente en persona. Si el pobre lo hubiera sabido...
205
Pero Marco no tenía sed, por lo menos de momento. Pasó por delante
de varios cafés y establecimientos y, de pronto, tras echar una furtiva
mirada a su alrededor, entró en el albergo Nettuno, un pequeño hotel
de cincuenta habitaciones a un tiro de piedra de la plaza. Krater habló
por radioteléfono con Zellman y Luigi, que quedó especialmente desconcertado,
puesto que Marco no tenía ningún motivo para entrar en un
hotel. Krater esperó cinco minutos y después accedió al pequeño vestíbulo,
asimilando todo lo que veía. A la derecha había una zona de descanso
con sillones y unas cuantas revistas de viajes diseminadas sobre
una ancha mesa auxiliar. A su derecha vio una cabina telefónica desocupada,
con la puerta abierta, y otra cabina ocupada. Marco permanecía
sentado allí, solo, inclinado sobre la mesita situada bajo el teléfono
mural, con la bolsa azul abierta. Estaba demasiado atareado para ver
pasar a Krater.
–¿Puedo atenderle, señor? –preguntó el recepcionista desde el mostrador
de la entrada.
–Sí, gracias, quería saber si tenían habitación –contestó Krater en italiano.
–¿Para cuándo?
–Para esta noche.
–Lo siento, pero no tenemos ninguna. /
Krater tomó un folleto del mostrador.
–Siempre lo tienen todo ocupado –dijo sonriendo–. Es un lugar muy
popular.
–Pues sí. Puede que en otra ocasión.
–¿Tienen, por casualidad, acceso a Internet?
–Claro.
–¿Inalámbrico?
–Sí, el primer hotel de la ciudad.
Krater se marchó diciendo:
–Gracias. Lo intentaré otro día.
–Sí, por favor.
Cuando salía pasó por delante de la cabina telefónica. Marco no había
levantado la vista. Utilizando los dos pulgares, escribía el texto con la
esperanza de que el recepcionista de la entrada no lo invitara a marcharse.
El Nettuno anunciaba el acceso inalámbrico, pero sólo para sus
clientes. Las cafeterías, las bibliotecas y algunas librerías lo ofrecían
gratis a quienquiera que entrara, pero no así los hoteles.
Su mensaje decía lo siguiente:
206
Grinch:
Una vez mantuve tratos con un banquero de Zúrich llamado Van
Thiessen, del Rhineland Bank, en la Bahnhof–strasse, en el centro de
Zúrich. Intenta averiguar si sigue todavía allí. En caso contrario, ¿quién
ocupó su lugar? ¡No dejes ningún rastro!
MARCO
Pulsó la tecla de envío y rogó una vez más por no haberlo hecho mal.
Apagó rápidamente el Ankyo 850 y lo volvió a guardar en la bolsa. Al
salir, saludó con la cabeza al recepcionista, que estaba hablando por teléfono.
Marco salió dos minutos después que Krater. Lo observaron desde
tres puntos distintos y después lo siguieron mientras se mezclaba sin la
menor dificultad con la oleada de gente que salía del trabajo a última
hora de la tarde. Zellman volvió sobre sus pasos, entró en el Nettuno,
se metió en la segunda cabina telefónica de la izquierda y se sentó en
el lugar donde Marco había permanecido sentado hacía menos de veinte
minutos. El recepcionista, ahora un poco intrigado, fingió estar ocupado
detrás del mostrador.
Una hora más tarde se reunieron en un bar y repasaron los movimientos
de Marco. La conclusión era obvia, pero, aun así, difícil de
creer: puesto que Marco no había utilizado el teléfono, era evidente que
había estado usando el servicio gratuito de acceso inalámbrico a Internet
del hotel. No había ningún otro motivo para entrar al azar en el
vestíbulo, permanecer sentado menos de diez minutos en una cabina
telefónica y después marcharse sin más. Pero ¿cómo podía haberlo
hecho? No tenía ordenador portátil y ningún otro teléfono móvil más
que el que Luigi le había prestado, un anticuado cacharro que sólo servía
para la ciudad y que no podía adaptarse para su conexión on line.
¿Habría adquirido algún artilugio de alta tecnología? No tenía dinero.
El robo era una posibilidad.
Estudiaron varias líneas de acción. Zellman se fue a mandar por correo
electrónico la inquietante noticia a Whitaker. Krater fue enviado a
mirar escaparates en busca de una bolsa azul Silvio idéntica a la de
Marco.
Luigi se quedó allí para pensar en la cena. Interrumpió sus pensamientos
una llamada del propio Marco. Estaba en su apartamento, no
se encontraba muy bien, se había pasado toda la tarde con el estómago
revuelto. Había cancelado su lección con Francesca y no quería cenar.
207
24
Si el teléfono de Dan Sandberg sonaba antes de las seis de la mañana,
la noticia nunca era buena. Era una lechuza, una criatura que muchas
veces dormía hasta la hora de desayunar y almorzar a la vez.
Quienes lo conocían sabían que era inútil llamarle temprano.
Era un compañero del Post.
–Te han birlado la primicia, tío –le anunció muy serio.
–¿Qué? –replicó bruscamente Sandberg.
–El Times te la acaba de restregar por las narices.
–¿Quién?
–Backman.
–¿Qué?
–Compruébalo tú mismo.
Sandberg corrió al estudio de su desordenado apartamento y encendió
el ordenador. Encontró el reportaje, firmado por Heath Frick, un
odiado rival del New York Times. El titular de portada rezaba:
INVESTIGACIONES DEL FBI SOBRE EL INDULTO A JOEL BACKMAN.
Citando varias fuentes anónimas, Frick informaba de que la investigación
del FBI sobre la cuestión del dinero–por–indultos se había intensificado
y ampliado para incluir a personas concretas a quienes el ex presidente
Morgan había concedido indultos. Se mencionaba al duque de
Mongo como una «persona de interés», un eufemismo frecuentemente
utilizado cuando las autoridades querían manchar la reputación de una
persona a la que no podían acusar formalmente. Pero Mongo permanecía
ingresado en un hospital y corrían rumores de que estaba a punto
de irse al otro barrio.
Las investigaciones se centraban en Joel Backman, cuyo indulto de
última hora había escandalizado e indignado a muchos, según el gratuito
análisis de Frick. La misteriosa desaparición de Backman sólo había
servido para alimentar las conjeturas según las cuales éste se había
comprado el indulto y había huido para evitar las lógicas preguntas. Los
antiguos rumores seguían ahí, le recordaba Frick a todo el mundo, y varias
fuentes anónimas y presuntamente fidedignas señalaban que la
teoría acerca de la fortuna escondida de Backman aún no había sido
oficialmente abandonada.
–¡Menuda basura! –gritó Sandberg mientras iba bajando por la pantalla.
208
Conocía los hechos mejor que nadie. Toda aquella mierda era indemostrable.
Backman no había pagado a cambio del indulto.
Nadie ni remotamente relacionado con el ex presidente diría una palabra.
De momento, las pesquisas no eran más que pesquisas, no se
había abierto ninguna investigación oficial, pero la artillería pesada federal
estaba preparada. Un fogoso fiscal pedía a gritos empezar. Aún no
contaba con un gran jurado, pero su despacho estaba listo, a la espera
de una palabra del Departamento de Justicia.
Frick lo resumía todo con dos párrafos acerca de Backman, un refrito
histórico que el periódico ya había publicado anteriormente.
–¡Simple relleno! –exclamó Sandberg, enfurecido.
El presidente también lo leyó, pero su reacción fue distinta. Tomó notas
y las guardó hasta las 7.30, hora en que llegó Susan Penn, su directora
provisional de la CIA, para su informe matinal.
La IDP –información diaria al presidente– siempre había estado a cargo
personalmente del director, tenía lugar en el Despacho Oval y normalmente
constituía el primer punto de la agenda diaria. Pero la mala
salud de Teddy Maynard había cambiado aquella costumbre y, a lo largo
de los últimos diez años, otra persona había facilitado los informes.
Volvían a las antiguas tradiciones.
A las siete en punto de la mañana, un resumen acerca de asuntos de
espionaje de entre ocho y diez páginas de extensión fue depositado sobre
el escritorio del presidente. Después de casi dos meses en el cargo,
éste había adquirido la costumbre de leerlo por entero. Le parecía fascinante.
Su predecesor se había jactado en cierta ocasión de no leer
prácticamente nada... ni libros, ni periódicos, ni revistas. Y, por supuesto,
nada sobre legislación, políticas, tratados o informes diarios. A menudo
tenía dificultades incluso para leer sus propios discursos. Pero las
cosas eran ahora muy distintas.
Susan Penn iba en un vehículo blindado desde su casa de Georgetown
hasta la Casa Blanca, donde llegaba cada mañana a las 7.15. Durante
el trayecto leía el resumen diario preparado por la CIA. Aquella mañana,
en la página cuatro, había información sobre Joel Backman: estaba
llamando la atención de ciertas personas muy peligrosas, puede que incluso
de Sammy Tin.
El presidente la saludó cordialmente y ya tenía el café esperando junto
al sofá. Estaban solos, como siempre, y pusieron directamente manos
a la obra.
–¿Ha visto el New York Times de esta mañana? –preguntó el presi209
dente.
–Sí.
–¿Qué posibilidades hay de que Backman pagara a cambio de su indulto?
–Muy escasas. Tal como ya he explicado antes, él no tenía ni idea de
que fueran a concedérselo. No tuvo tiempo de arreglar las cosas. Además,
estamos bastante seguros de que no tiene dinero.
–Pues entonces, ¿por qué le concedieron el indulto a Backman?
La lealtad de Susan Penn a Teddy Maynard estaba pasando rápidamente
a la historia. Teddy se había ido y no tardaría en morirse, pero
ella, a la edad de cuarenta y cuatro años, tenía toda una carrera por delante.
Puede que muy larga. Ella y el presidente trabajaban muy bien
juntos. Y éste no parecía tener demasiada prisa en nombrar a su nuevo
director.
–La verdad es que Teddy lo quería muerto.
–¿Por qué? ¿Recuerda usted por qué el señor Maynard lo quería
muerto?
–Es una larga historia...
–No, no lo es.
–No lo sabemos todo.
Susan arrojó su copia del resumen sobre el sofá y respiró hondo.
–Backman y Jacy Hubbard perdieron de mala manera la cabeza. Tenían
ese JAM que sus clientes habían traído estúpidamente a Estados
Unidos en busca de fortuna.
–Estos clientes eran los jóvenes paquistaníes, ¿verdad?
–Sí, y ahora están todos muertos.
–¿Sabe usted quién los mató?
–No.
–¿Sabe quién mató a Jacy Hubbard?
–No.
El presidente se levantó con su taza de café y se acercó a su escritorio.
Se sentó en el borde y la miró enfurecido desde el otro extremo de
la habitación.
–Me cuesta creer que no sepamos estas cosas.
–Pues la verdad es que a mí también. Y no es que no lo hayamos intentado.
Es una de las razones por las cuales Teddy se esforzaba tanto
en conseguir el indulto para Backman. Por supuesto que lo quería
muerto, simplemente por principios... ambos tienen una historia y Teddy
siempre ha considerado a Backman un traidor. Pero también pensaba
que el asesinato de Backman tal vez nos revelara algo.
210
–¿Qué?
–Depende de quién lo mate. Si lo hacen los rusos, podemos pensar
que el sistema de satélites pertenecía a los rusos. Lo mismo cabe decir
de los chinos. Si lo matan los israelíes, es bastante posible que Backman
y Hubbard trataran de venderle el producto a los saudíes. Si lo pillan
los saudíes, podemos suponer que Backman los traicionó. Estamos
casi seguros de que los saudíes creían haber llegado a un acuerdo.
–¿Backman los engañó?
–Puede que no. Creemos que la muerte de Hubbard lo cambió todo.
Backman hizo las maletas y huyó a la cárcel. Todos los acuerdos se fueron
al garete.
El presidente regresó a la mesita auxiliar y volvió a llenarse la taza.
Se sentó delante de ella y meneó la cabeza.
–¿Espera usted que me crea que estos tres jóvenes hackers paquistaníes
se colaron en un sistema de satélites tan sofisticado y de cuya
existencia ni siquiera nosotros teníamos conocimiento?
–Sí. Eran brillantes, pero también tuvieron mucha suerte. Después,
no sólo consiguieron entrar en el sistema sino que, además, crearon un
sorprendente programa para manipularlo.
–¿Y eso es JAM?
–Así lo llamaron ellos.
–¿Alguien ha visto alguna vez el programa?
–Los saudíes. Por eso sabemos no sólo que existe sino también que
probablemente es tan eficaz como se anunciaba.
–¿Dónde está ahora?
–Nadie lo sabe, como no sea tal vez el propio Backman.
Una larga pausa mientras el presidente tomaba un sorbo de café templado.
Después apoyó los codos en las rodillas y preguntó:
–¿Qué es mejor para nosotros, Susan? ¿Qué sirve mejor a nuestros
intereses?
Susan no lo dudó ni un instante.
–Seguir el plan de Teddy. Backman será eliminado. El programa no
ha sido visto desde hace seis años, por lo que lo más probable es que
también haya desaparecido. El sistema de satélites está allí arriba, pero
quienquiera que lo tenga no puede jugar con él.
Otro sorbo, otra pausa. El presidente meneó la cabeza y dijo:
–Que así sea.
Neal Backman no leía el New York Times, pero cada mañana efectuaba
una rápida búsqueda del nombre de su padre. Cuando se tropezó
211
con el reportaje de Frick, lo incluyó en un mensaje y lo envió con el correo
matinal desde Jerry's Java.
En su escritorio volvió a leer el reportaje y recordó los viejos rumores
acerca del dinero que el intermediario había almacenado mientras su
bufete se derrumbaba. Jamás le había hecho la pregunta a bocajarro a
su padre porque sabía que no hubiese obtenido una respuesta directa.
Sin embargo, con el paso de los años había llegado a aceptar como todo
el mundo que Joel Backman estaba tan arruinado como casi todos
los delincuentes convictos.
Pues entonces, ¿por qué tenía la desagradable sensación de que el
plan del dinero–por–indulto podía ser cierto? Porque, si alguien tan profundamente
enterrado en una prisión federal podía obrar semejante milagro,
éste era su padre. Pero, ¿cómo había llegado a Bolonia, Italia? ¿Y
por qué? ¿Quién lo perseguía?
Las preguntas se estaban acumulando y las respuestas eran más escurridizas
que nunca.
Mientras se bebía su café doble con la mirada fija en la puerta cerrada
de su despacho, se formuló una vez más la pregunta fundamental:
¿Cómo hace uno para localizar a cierto banquero suizo sin utilizar teléfonos,
faxes, correo convencional ni electrónico?
Ya se le ocurriría algo. Simplemente, necesitaba tiempo.
Efraim leyó el reportaje del Times mientras viajaba en tren desde Florencia
a Bolonia. Una llamada de Tel Aviv lo había alertado y él lo había
encontrado todo on line. Amos, cuatro asientos más atrás, lo leía también
en su portátil.
Rafi y Shaul llegarían a primera hora de la mañana siguiente, Rafi en
un vuelo de Milán, Shaul en un tren de Roma. Los cuatro miembros del
kidon que hablaban italiano ya estaban en Bolonia, preparando a toda
prisa los dos pisos francos que necesitarían para el proyecto.
El plan preliminar consistía en atrapar a Backman bajo los oscuros
pórticos de Via Fondazza o de otra calle apropiada, preferiblemente a
primera hora de la mañana o ya anochecido. Le administrarían un sedante,
lo empujarían al interior de una camioneta, lo llevarían a un piso
franco y esperarían a que desapareciera el efecto de la sustancia. Lo interrogarían,
después lo matarían con veneno y trasladarían su cadáver
por carretera hasta el lago de Garda, a dos horas de distancia al norte
para que se lo comieran los peces.
El plan era muy burdo y estaba lleno de inconvenientes y peligros,
pero les habían dado el visto bueno. Ya no había vuelta atrás. Ahora
que Backman era objeto de tanta atención, tenían que asestar rápida212
mente el golpe.
La carrera también se había acelerado debido al hecho de que el Mossad
tenía buenas razones para creer que Sammy Tin estaba en Bolonia
o muy cerca de allí.
El restaurante más próximo a su apartamento era una encantadora
trattoria llamada Nino. Ella conocía muy bien el lugar y, desde hacía
muchos años, a los dos hijos del viejo Nino. Les había explicado su apurada
situación y, cuando llegó, ambos la estaban esperando y prácticamente
la llevaron en volandas al interior. Tomaron su bastón, su bolso
y su abrigo y la acompañaron muy despacio hasta su mesa preferida,
que acercaron un poco más a la chimenea. Le sirvieron café y agua y le
ofrecieron cualquier otra cosa que pudiera desear. Era media tarde y los
clientes de la hora del almuerzo ya se habían ido. Francesca y su alumno
tendrían el Nino para ellos solos.
Cuando Marco llegó a los pocos minutos, ambos hermanos lo saludaron
como si fuera de la familia.
–La professoressa la sta aspettando –le dijo uno de ellos. La profesora
lo está esperando.
La caída sobre la grava en San Luca y el esguince del tobillo la habían
transformado. La gélida indiferencia había desaparecido. Y también la
tristeza, por lo menos de momento. Sonrió al verle e incluso tendió la
mano para tomar la suya y lo atrajo hacia sí para que ambos se pudieran
besar en ambas mejillas, una costumbre que Marco llevaba dos meses
observando, pero que todavía no practicaba. A fin de cuentas, era
su primera amistad femenina en Italia. Francesca le indicó la silla directamente
situada delante de ella. Los hermanos se acercaron presurosos
para tomar su abrigo y preguntarle si le apetecía un café, pues estaban
deseando ver cómo era y cómo sonaba una clase de italiano.
–¿Qué tal su pie? –preguntó Marco, cometiendo el error de hablar en
inglés.
Ella se acercó un dedo a los labios y meneó la cabeza diciendo:
–Non inglese, Marco. Solamente italiano.
–Me lo temía –dijo él, frunciendo el entrecejo.
Le dolía mucho el pie. Se había aplicado hielo mientras leía o miraba
la televisión, y la hinchazón se había reducido considerablemente.
El camino hasta el restaurante había sido lento, pero era importante
moverse. A instancias de su madre, utilizaba un bastón. Le parecía útil
y embarazoso al mismo tiempo.
Les sirvieron más café y agua y, cuando los hermanos se convencie213
ron de que todo iba de maravilla entre su querida amiga Francesca y su
alumno canadiense, ambos se marcharon a regañadientes a la parte
anterior del restaurante.
–¿Cómo está su madre? –preguntó él en italiano.
–Muy bien, muy cansada. Ya lleva un mes cuidando de Giovanni y eso
se paga.
«O sea –pensó Marco–, que ahora se puede hablar de Giovanni.»
–¿Cómo está?
–Cáncer cerebral inoperable –dijo ella, y fueron necesarios varios intentos
para conseguir una buena traducción–. Lleva casi un año sufriendo
y el final está muy cerca. Está inconsciente. Es una lástima.
¿Cuál era su profesión, a qué se dedicaba?
Había enseñado historia medieval en la universidad durante muchos
años. Allí se habían conocido... Ella era una alumna y él su profesor.
Por aquel entonces, él estaba casado con una mujer a la que aborrecía
con toda su alma. Tenían dos hijos. Ella y su profesor se enamoraron e
iniciaron una relación que duró casi diez años hasta que él se divorció y
se casó con Francesca.
¿Hijos? No, contestó ella sin alegría. Giovanni tenía dos y no quería
más. Ella se arrepentía de muchas cosas.
Estaba claro que el matrimonio no había sido feliz. «Espera a que yo
te hable de los míos», pensó Marco.
No tardó mucho en hacerlo.
–Hábleme de usted –dijo ella–. Hable despacio. Quiero que el acento
suene lo mejor posible.
–Soy un simple hombre de negocios canadiense –empezó diciendo
Marco en italiano.
–Más bien no. ¿Cuál es su verdadero nombre?
–No.
–¿Cuál es?
–De momento, Marco. Tengo una larga historia, Francesca, y no puedo
hablar de ella.
–Muy bien, ¿tiene hijos?
«Ah, sí.» Se pasó un buen rato hablando de sus tres hijos ... nombres,
edades, ocupaciones, lugares de residencia, mujeres, hijos. Añadió
algunos detalles imaginarios para amenizar el relato y obró un pequeño
milagro, consiguiendo que su familia pareciera mínimamente
normal. Francesca lo escuchó con atención, preparada para abalanzarse
sobre cualquier pronunciación incorrecta o algún verbo indebidamente
conjugado. Uno de los hijos de Nino les sirvió unos bombones y se que214
dó el tiempo suficiente para decir:
–Parla molto bene, signore. –Habla usted muy bien, señor.
Al cabo de una hora, ella empezó a ponerse nerviosa y Marco comprendió
que se sentía incómoda. Al final, la convenció de que se fuera y
gustosamente la acompañó bajando por Via Minzoni mientras ella se
agarraba con la mano derecha a su codo izquierdo, sujetando el bastón
con la derecha.
Caminaron con toda lentitud. Francesca temía regresar a su apartamento,
al lecho de muerte, a la vigilia. Él hubiera deseado recorrer kilómetros,
aferrarse a su contacto, sentir la mano de alguien que lo necesitaba.
Al llegar al apartamento intercambiaron unos besos de despedida y
acordaron reunirse en Nino al día siguiente, a la misma hora y a la
misma mesa.
Jacy Hubbard se había pasado casi veinticinco años en Washington;
un cuarto de siglo de sonados escándalos aderezados con una sorprendente
colección de mujeres de paso. La última había sido Mae Szun,
una belleza de casi metro ochenta de estatura, rasgos perfectos, ojos
letalmente negros y voz ronca, que no tuvo la menor dificultad en sacar
a Jacy del bar y meterlo en un automóvil. Después de una hora de turbulento
sexo, lo entregó a Sammy Tin, que acabó con él y lo dejó en la
tumba de su hermano.
Cuando hacía falta sexo para cometer un asesinato, Sammy prefería
a Mae Szun. Era una estupenda agente del MSE, pero el rostro y las
piernas le añadían una dimensión que había resultado mortífera por lo
menos en tres ocasiones. La mandó llamar a Bolonia, no para seducir
sino para tomar de la mano a otro agente y fingir formar con éste un
feliz matrimonio de turistas. Aunque la seducción siempre era una posibilidad.
Sobre todo en el caso de Backman. El pobre hombre acababa
de pasarse seis años encerrado, lejos de las mujeres.
Mae vio a Marco bajando entre la gente por la Strada Maggiore camino
de Via Fondazza. Con sorprendente agilidad, apuró el paso, sacó un
móvil y consiguió ganar terreno sin perder su aire de aburrida contempladora
de escaparates.
De pronto, él desapareció. Giró súbitamente a la izquierda por una
estrecha callejuela, Via Begatto, y hacia el norte, lejos de Via Fondazza.
Cuando Mae dobló la esquina, ya lo había perdido de vista.
25
215
La primavera estaba llegando finalmente a Bolonia. Habían caído las
últimas neviscas. La víspera la temperatura se había acercado a los diez
grados y, cuando Marco salió antes de amanecer tuvo la idea de cambiarse
la parka por una de sus chaquetas. Avanzó unos pasos bajo el
oscuro pórtico, dejó que el frío le calara hasta los huesos y llegó a la
conclusión de que aún hacía suficiente para llevar la parka. Cuando volviera
dos horas más tarde podría cambiarse, si quería. Hundió las manos
en los bolsillos e inició su paseo matinal.
No podía pensar en otra cosa que no fuera el reportaje del Times. Ver
su nombre publicado en portada le había traído dolorosos recuerdos ya
suficientemente inquietantes de por sí. Pero que lo acusaran de haber
sobornado al presidente era un hecho legalmente punible y en su otra
vida hubiera comenzado la jornada demandando a todos los implicados.
Se hubiese hecho con el control del New York Times.
Sin embargo, lo mantenían despierto las preguntas. ¿Qué implicaba
para él la atención que estaba despertando? ¿Volvería Luigi a atraparlo
y se alejaría corriendo?
Y lo más importante: ¿Corría más peligro que el día anterior?
Sobrevivía bastante bien, escondido en una encantadora ciudad donde
nadie sabía su verdadero nombre. Nadie reconocía su rostro. A nadie
le importaba. Los boloñeses iban a lo suyo sin molestar a los demás.
Ni siquiera él se reconocía. Cada mañana cuando se terminaba de
afeitar y se ponía las gafas y su gorra de pana marrón, se miraba al espejo
y saludaba a Marco. Los mofletudos carrillos, los hinchados ojos
oscuros y el cabello largo y espeso habían desaparecido hacía tiempo.
También habían desaparecido la sonrisa presuntuosa y la arrogancia.
Era uno más de los hombres que caminaban tranquilamente por la calle.
Marco vivía día a día, y los días se estaban amontonando. Nadie que
hubiera leído el reportaje del Times sabía dónde estaba o qué hacía
Marco.
Se cruzó con un hombre vestido con un traje oscuro y comprendió
enseguida que estaba en un aprieto. El traje no encajaba. No parecía
italiano sino comprado a toda prisa en una tienda barata, como tantos
que había visto a diario en su otra vida. La camisa blanca era del mismo
modelo que había visto durante treinta años en el distrito de Columbia,
con las puntas del cuello sujetas con botones. Una vez había
considerado la idea de repartir una circular en el bufete prohibiendo las
camisas azules y blancas de algodón con botones en el cuello, pero Cari
216
Pratt se lo había quitado de la cabeza..
No se fijó en el color de la corbata.
No era la clase de traje que solía verse bajo los pórticos de Via Fondazza
antes de amanecer ni a ninguna otra hora del día, en realidad.
Avanzó unos pasos, volvió la cabeza y vio que el traje lo estaba siguiendo.
Hombre blanco, treinta años, corpulento, atlético, el indiscutible
ganador de una carrera o una pelea a puñetazos. Así pues, Marco
decidió utilizar otra estrategia. Se detuvo bruscamente, se volvió y preguntó:
–¿Desea algo de mí?
A lo cual otro contestó:
–Por aquí, Backman.
El hecho de oír su nombre lo dejó helado. Por un segundo notó las
rodillas como de goma, encorvó los hombros y se dijo que no, que no
estaba soñando. En un abrir y cerrar ojos pensó en todos los horrores
que la palabra «Backmai implicaba. Qué triste asustarse tanto del propio
apellido.
Eran dos. El de la voz apareció en escena desde la otra acera de Via
Fondazza. Vestía prácticamente el mismo traje, pero con una atrevida
camisa blanca sin botones en el cuello. Era mayor que su compañero,
más bajo y más delgado. Benitín y Eneas. El Gordo y el Flaco.
–¿Qué quieren? –dijo Marco.
Se estaban introduciendo lentamente la mano en el bolsillo.
–Estamos con el FBI –dijo el gordo.
Inglés estadounidense, probablemente del Medio Oeste.
–No me cabe duda –dijo Marco.
Cumplieron la necesaria formalidad de mostrar sus placas, pero en la
oscuridad del pórtico Marco no pudo ver nada. La pequeña bombilla que
colgaba sobre la puerta de un apartamento no servía de mucho.
–No lo leo –dijo.
–Vamos a dar un paseo –dijo el flaco.
Boston, irlandés. Se comía las letras.
–¿Acaso se han perdido? –preguntó Marco sin moverse. No quería
moverse y, en cualquier caso, le pesaban mucho los pies.
–Sabemos exactamente dónde estamos.
–Lo dudo. ¿Tienen una orden?
–No la necesitamos.
El gordo cometió el error de tocar el codo izquierdo de Marco, como si
quisiera ayudarlo a moverse hacia donde ellos querían llevarlo.
Marco se apartó bruscamente.
217
–¡No me toque! Ya se pueden largar. Aquí no puedo practicar una detención.
Lo único que pueden hacer es hablar.
–Muy bien, vamos a charlar –dijo el flaco.
–No tengo por qué hablar.
–Hay una cafetería a un par de manzanas –dijo el gordo.
–Estupendo, tómense un café. Y una pasta. Pero a mí déjenme en
paz.
Los dos hombres se miraron el uno al otro y después a su alrededor
sin saber muy bien qué hacer, sin saber muy bien en qué consistía el
plan B.
Marco no quería moverse, no porque se sintiera más seguro donde
estaba sino porque ya se imaginaba el automóvil oscuro que aguardaba
a la vuelta de la esquina.
«¿Dónde demonios está ahora Luigi? –se preguntó»–. ¿Acaso esto
forma parte de su conspiración?»
Lo habían descubierto, encontrado, desenmascarado y llamado por su
verdadero nombre en Via Fondazza. Eso significaría sin duda otro traslado,
otro piso franco.
El flaco decidió asumir el control de la situación.
–Por supuesto que podemos reunirnos aquí mismo. Hay montones de
personas en casa que desearían hablar con usted.
–A lo mejor por eso precisamente estoy aquí.
–Estamos investigando el indulto que usted compró.
–Pues, en tal caso, están perdiendo mucho tiempo y dinero, lo cual
no sorprendería a nadie.
–Tenemos algunas preguntas acerca de la transacción.
–Qué investigación tan estúpida –dijo Marco, escupiéndole las palabras
al flaco. Por primera vez en muchos años volvía a sentirse de nuevo
el intermediario, pegándole una bronca a algún arrogante burócrata
o congresista medio lelo–. El FBI se gasta un montón de dinero enviando
a un par de payasos como ustedes nada menos que a Bolonia, Italia,
para abordarme en una acera y hacerme preguntas a las que nadie en
su sano juicio contestaría. Son ustedes un par de estúpidos, ¿saben?
Vuelvan a casa y díganle a su jefe que él también es un estúpido. Y,
cuando hablen con él, díganle que está perdiendo mucho tiempo y dinero
si cree que yo pagué por el indulto.
–¿O sea que usted niega...?
–Yo no niego nada. No admito nada. No digo nada, excepto que esto
es el FBI en su peor expresión. Ustedes están con el agua al cuello y no
saben nadar.
218
En casa le habrían soltado unos cuantos tortazos, lo habrían zarandeado,
lo habrían maldecido y hubieran intercambiado insultos con él.
Pero en suelo extranjero no sabían muy bien cómo actuar. Les habían
ordenado localizarlo, averiguar si vivía efectivamente donde la CIA decía
que vivía. Y, en caso de localizarlo, tenían que pegarle un susto,
meterle el miedo en el cuerpo, soltarle algunas preguntas acerca de las
transferencias bancarias y las cuentas de los paraísos fiscales.
Lo tenían todo previsto y lo habían ensayado muchas veces. Pero bajo
un pórtico de Via Fondazza el señor Lazzeri estaba desbaratando los
planes.
–No nos marcharemos de Bolonia hasta que haya hablado –dijo el
gordo.
–Felicidades, van a disfrutar de unas largas vacaciones.
–Tenemos nuestras órdenes, señor Backman.
–Y yo tengo las mías.
–Sólo unas cuantas preguntas, por favor –dijo el flaco.
–Hablen con mi abogado –dijo Marco, echando a andar en dirección a
su apartamento.
–¿Quién es su abogado?
–Carl Pratt.
Ellos no se movieron ni lo siguieron y Marco reanudó marcha. Cruzó
la calle, echó un rápido vistazo a su piso franco pero no aminoró el paso.
Si querían seguirlo, esperaron demasiado.
Cuando se adentró a toda prisa en Via del Piombo, comprendió que
jamás lo encontrarían. Ahora aquéllas eran sus calles, sus callejones,
las puertas oscuras de las tiendas que aún tardarían tres horas en abrir.
Lo habían localizado en Via Fondazza sólo porque conocían su dirección.
En el suroeste de la vieja Bolonia, cerca de la Porta Santo Stefano,
tomó un autobús urbano y viajó media hora hasta bajarse cerca de la
estación ferroviaria del norte. Allí tomó otro autobús al centro de la ciudad.
Los autobuses se estaban llenando; los madrugadores iban al trabajo.
Un tercer autobús lo llevó de nuevo a la otra punta de la ciudad, a
la Porta Saragozza, donde inició la subida a pie de 3,6 kilómetros a San
Luca.
Al llegar al arco cuatrocientos se detuvo para recuperar el aliento y,
entre las columnas, miró hacia abajo a la espera de que alguien apareciera
de repente a su espalda. No había nadie, tal como esperaba.
Aminoró la marcha y completó la subida en cincuenta y cinco minu219
tos. Detrás del santuario de San Luca siguió por el estrecho camino
donde Francesca se había caído y, al final, se sentó en el banco donde
ella había esperado. Desde allí, la vista de primera hora de la mañana
de Bolonia era preciosa. Se quitó la parka para refrescarse un poco. El
sol había salido, el aire era el más claro y ligero que jamás hubiera respirado
y permaneció un buen rato sentado, muy solo, contemplando el
despertar de la ciudad.
Valoró la soledad y la seguridad del momento. ¿Por qué no podía
hacer la subida todas las mañanas y sentarse por encima de Bolonia sin
nada que hacer como no fuera pensar y tal vez leer los periódicos? ¿Tal
vez llamar por teléfono a un amigo y ponerse al día en cuestión de chismes?
Primero tendría que encontrar al amigo.
Era un sueño que no se haría realidad.
Con el muy limitado teléfono móvil de Luigi llamó a Ermanno y anuló
su sesión matinal. Después llamó a Luigi y le explicó que no le apetecía
estudiar.
–¿Ocurre algo?
–No. Simplemente necesito un descanso.
Me parece muy bien, Marco, pero estamos pagando a Ermanno para
que te enseñe. Tienes que estudiar cada día.
–No insistas, Luigi. Hoy no voy a estudiar.
–Eso no me gusta.
–Me importa un bledo. Suspéndeme. Échame de la escuela.
–¿Te encuentras mal?
–No, Luigi, estoy bien. Es un precioso día de primavera en Bolonia y
voy a dar un largo paseo.
–¿Adonde?
–No, gracias, Luigi, no quiero compañía.
–¿Qué tal a la hora del almuerzo?
Unas punzadas de hambre recorrieron el estómago de Marco. El almuerzo
con Luigi era siempre delicioso y además pagaba la cuenta.
–Me parece muy bien.
–Deja que lo piense. Te volveré a llamar.
–De acuerdo, Luigi. Ciao.
Se reunieron a las 12.30 en el Atene, una vieja tabernucha de un callejón
al que se accedía bajando unos escalones desde la calle. Era un
local muy pequeño cuyas mesitas cuadradas se tocaban prácticamente
entre sí. Los camareros se abrían paso sosteniendo las bandejas de la
220
comida en alto por encima de la cabeza. Los cocineros hablaban a gritos
desde la cocina. El ruidoso comedor estaba lleno de humo y de gente
hambrienta que disfrutaba conversando a voz en grito mientras comía;
Luigi explicó que el restaurante era centenario, que era imposible
conseguir mesa y que la comida era, naturalmente, exquisita. Sugirió
que ambos compartieran una bandeja de calamai para empezar.
Tras pasarse una mañana discutiendo consigo mismo en San Luca,
Marco había decidido no revelarle a Luigi su encuentro con el FBI. Por lo
menos, no en aquel momento, no aquella mañana. Puede que lo hiciera
al día siguiente o al otro pero, de momento, aún estaba ordenando las
ideas. El principal motivo para no decir nada era su negativa a hacer la
maleta y salir otra vez corriendo según las condiciones impuestas por
Luigi.
Si huía, lo haría solo.
No podía ni siquiera imaginar por qué estaba el FBI en Bolonia, evidentemente
sin el conocimiento de Luigi y de quienquiera para quien
éste trabajara. Suponía que Luigi no sabía nada de su presencia. Desde
luego, parecía mucho más preocupado por el menú y por la lista de vinos.
La vida era agradable. Todo era normal.
Se apagó la luz. De repente, el Atene se quedó completamente a oscuras
y, acto seguido, un camarero con la bandeja de la comida de otra
mesa tropezó con su mesita y cayó sobre Luigi y Marco entre gritos y
maldiciones. Las patas de la vieja mesa se doblaron y su borde golpeó
las rodillas de Marco. Aproximadamente al mismo tiempo, un pie u otra
cosa le golpeó con violencia el hombro izquierdo. Todo el mundo gritaba.
Se rompían cristales. Los cuerpos eran empujados y alguien gritó
desde la cocina:
–¡Fuego!
La precipitada salida a la calle se llevó a cabo sin que nadie sufriera
lesiones graves. La última persona en salir fue Marco, que se agachó
para esquivar la estampida mientras buscaba su bolsa Silvio azul marino.
Como siempre, había colgado la correa del respaldo de la silla y la
bolsa descansaba tan cerca de su cuerpo que casi permanentemente
notaba su peso. La bolsa había desaparecido en medio de la confusión.
Los italianos se quedaron en la calle, contemplando el café, incrédulos.
Su almuerzo estaba allí dentro, a medio comer y ahora ya imposible
de aprovechar. Al final, una nube de humo salió por la puerta al exterior.
Vieron a un camarero corriendo cerca de las mesas de la entrada
con un extintor de incendios. Y después un poco más de humo, pero no
221
mucho.
–He perdido la bolsa –le dijo Marco a Luigi mientras miraban y esperaban.
–¿La azul?
«¿Cuántas bolsas llevo yo, Luigi?»
–Sí, la azul.
Empezaba a sospechar que le habían arrebatado la bolsa.
Llegó un pequeño vehículo de bomberos con una sirena enorme, se
detuvo y los bomberos entraron corriendo en el local mientras la sirena
seguía silbando. Transcurridos unos minutos los italianos se fueron
marchando, los más decididos a comer a otra parte, aprovechando que
aún les quedaba tiempo. Los demás se quedaron allí contemplando
aquella tremenda injusticia.
Al final, apagaron la sirena y también el incendio sin necesidad de
echar agua e inundar todo el restaurante. Al cabo de una hora de discusiones
y disputas sin que apenas se tuviera que luchar contra el fuego
la situación quedó controlada.
–Algo en el lavabo –le gritó un camarero a uno de sus amigos, uno de
los pocos y debilitados clientes que se habían quedado sin comer. Se
volvió a encender la luz.
Les permitieron entrar para recoger sus abrigos. Algunos de los que
se habían ido a comer a otro sitio regresaban para recoger sus pertenencias.
Luigi se mostró muy servicial en la búsqueda de la bolsa de
Marco. Discutieron la cuestión con el encargado del comedor e inmediatamente
la mitad del personal empezó a buscar por todo el restaurante.
Marco oyó a un camarero comentar algo acerca de una «bomba de
humo».
La bolsa había desaparecido y Marco lo sabía.
Se tomaron un panino y una cerveza en la terraza de un café, contemplando
a las chicas bonitas que paseaban bajo el sol. Marco estaba
preocupado por el robo, pero se esforzó en disimularlo.
–Siento lo de la bolsa –dijo Luigi en determinado momento.
–No tiene importancia.
–Te facilitaré otro móvil.
–Gracias.
–¿Qué más has perdido?
–Nada. Sólo unos cuantos planos de la ciudad, unas aspirinas y unos
cuantos euros.
En una habitación de un hotel situado a pocas manzanas de distancia,
222
Zellman y Krater tenían la bolsa encima de la cama con su contenido
cuidadosamente colocado. Aparte del Ankyo, dos planos de Bolonia,
muy señalados y marcados pero que apenas revelaban nada, cuatro billetes
de cien dólares, el móvil que Luigi le había prestado, un frasco de
aspirinas y el manual de instrucciones del Ankyo.
Zellman, el más ágil mago informático de los dos, enchufó el Smartphone
a una toma de acceso a Internet y se puso enseguida a jugar con
el menú.
–Este trasto es buenísimo –dijo, impresionado por el artilugio de Marco–.
El juguete más nuevo del mercado.
Como cabía esperar, la clave de acceso le impidió seguir adelante.
Tendrían que desmontarlo en Langley. Utilizando su ordenador portátil
envió un correo electrónico a Julia Javier comunicándole el número de
serie y otros datos.
A las dos horas del robo, un agente de la CIA permanecía sentado en
el estacionamiento de Chatter, en las afueras de Alexandria, a la espera
de que abriera la tienda.
26
Desde lejos la vio bajar resuelta y animosamente con su bastón pegado
a la acera de Via Minzoni. La siguió y no tardó en situarse a unos
quince metros de distancia. Aquel día llevaba unas botas de ante marrón,
sin duda para sujetar mejor el pie. Unos zapatos planos hubiesen
sido más cómodos pero era italiana y la moda constituía siempre una
prioridad. La falda marrón claro le llegaba hasta la rodilla. Llevaba un
jersey ajustado de lana rojo y era la primera vez que la veía sin abrigo
para protegerse del frío. Nada ocultaba su bonita figura.
Caminaba con cuidado y cojeaba ligeramente, pero con una determinación
que reconfortó a Marco. En Nino sólo tomaron café durante la
una o dos horas de clase de italiano. ¡Y todo por él!
Y por el dinero.
Por un instante, pensó en su dinero. A pesar de su apurada situación
con su pobre marido y del poco trabajo que tenía en aquellos momentos
como guía turística, Francesca conseguía vestir con estilo y vivir en
un apartamento muy bien decorado. Giovanni era profesor. Puede que
hubiera ahorrado cuidadosamente a lo largo de los años, pero su enfermedad
obligaba a estirar el presupuesto.
En fin. Marco ya tenía sus propios problemas. Acababa de perder cua223
trocientos dólares en efectivo y el único salvavidas que lo mantenía
unido al mundo exterior. La gente que no debía conocer su paradero ya
sabía su dirección exacta. Nueve horas antes había oído pronunciar su
verdadero nombre en Via Fondazza.
Aminoró la marcha para que ella entrara en Nino, donde los hijos del
dueño la saludaron como si fuera un apreciado miembro de la familia.
Después rodeó la manzana para darles tiempo a colocarla, hacerle fiestas,
servirle el café, charlar un rato y ponerse al día acerca de los chismes
del barrio. Diez minutos después Marco cruzó la puerta y fue efusivamente
abrazado por el hijo menor de Nino. Un amigo de Francesca
era un amigo para toda la vida.
Su estado de ánimo cambiaba tanto que Marco ya no sabía qué pensar.
Aún estaba conmovido por su cordialidad de la víspera, pero sabía
que su indiferencia podía regresar aquel mismo día. Cuando sonrió y le
tomó la mano e inició toda la ceremonia de los besos en ambas mejillas,
él comprendió de inmediato que la clase de italiano sería el acontecimiento
más importante de un día desgraciado.
Cuando los dejaron finalmente solos, Marco le preguntó por su marido.
La situación no había cambiado.
–Es sólo cuestión de días –dijo valerosamente, como si ya hubiera
aceptado la muerte y estuviera preparada para el dolor.
Le preguntó por su madre, la signora Altonelli, y ella le facilitó un detallado
informe. Estaba preparando una tarta de peras, una de las preferidas
de Giovanni, por si él aspirara los efluvios procedentes de la cocina.
–¿Y qué tal ha sido su jornada? –le preguntó ella.
Habría sido imposible inventarse una serie de acontecimientos más
desgraciados. Desde el sobresalto de oír su verdadero nombre ladrado
en medio de la oscuridad a ser la víctima de un robo cuidadosamente
organizado, no podía imaginar un día peor.
–Ha habido un poco de jaleo a la hora del almuerzo –contestó.
–Cuéntemelo.
Le describió su subida a San Luca hasta el lugar donde ella había caído,
el banco, las vistas, la anulación de la clase con Ermanno, el almuerzo
con Luigi y el incendio, pero no la pérdida de la bolsa. Ella no
había reparado en su falta hasta el momento en que le contó el suceso.
–Hay muy poca criminalidad en Bolonia –dijo, casi en tono de disculpa–.
Conozco el Atene. No es un sitio de ladrones.
«Estos probablemente no eran italianos», hubiese querido decirle, pero
consiguió asentir con la cabeza con semblante muy serio, como di224
ciendo: «Sí, sí, hay que ver cómo está el mundo.»
Cuando terminó la charla intrascendente, ella cambió de marcha como
una severa profesora y dijo que le apetecía estudiar algunos verbos.
Marco dijo que a él no, pero lo que a él le apeteciera carecía de importancia.
Francesca le enseñó el tiempo futuro de abitare (vivir) y vedere
(ver). Después le hizo conjugar ambos verbos en todos los tiempos y
en toda una serie de frases al azar. No estaba distraída en absoluto y se
le echaba encima cada vez que pronunciaba mal. Un error gramatical
dio lugar a una rápida reprimenda, como si Marco hubiera insultado a
todo el país.
Se había pasado el día encerrada en su apartamento con un marido
moribundo y una madre atareada. La clase era su única oportunidad de
descargarse un poco. En cambio, Marco estaba agotado. La tensión del
día se estaba cobrando su tributo, pero la extrema exigencia de Francesca
lo obligaba a olvidarse del cansancio y el desconcierto. Pasó rápidamente
una hora. Se recargaron con más café y ella se lanzó al cenagoso
y difícil mundo del subjuntivo: presente, imperfecto y pretérito
pluscuamperfecto. Al final, él empezó a derrumbarse. Ella trató de animarlo,
asegurándole que el subjuntivo hunde a muchos alumnos. Pero
Marco estaba cansado y dispuesto a hundirse.
Se rindió al cabo de dos horas, totalmente exhausto y deseoso de dar
otro largo paseo. Tardaron quince minutos en despedirse de los hijos de
Nino. Marco la acompañó gustosamente a su apartamento. Se abrazaron
y besaron en las mejillas y prometieron estudiar al día siguiente.
Caminando directamente, su apartamento se encontraba a veinticinco
minutos. Pero llevaba más de un mes sin ir directamente a ningún sitio.
Empezó a pasear sin rumbo.
A las cuatro de la tarde, algunos de los miembros del kidon ya se encontraban
en distintos puntos de Via Fondazza: uno tomaba café en
una terraza, otro paseaba sin rumbo a una manzana de distancia, uno
iba arriba y abajo en ciclomotor y un cuarto vigilaba desde una ventana
del segundo piso.
A menos de un kilómetro de distancia, fuera del centro de la ciudad,
en el primer piso situado encima de una floristería propiedad de un anciano
judío, los restantes cuatro miembros del kidon jugaban a las cartas
mientras esperaban nerviosos, entre ellos Ari, uno de los mejores
interrogadores en inglés del Mossad.
Jugaban sin apenas hablar. La noche que tenían por delante iba a ser
larga y desagradable.
225
A lo largo de todo el día Marco se había debatido en la duda acerca de
la conveniencia de regresar o no a Via Fondazza. Los chicos del FBI
puede que todavía estuvieran allí, dispuestos a protagonizar otro peligroso
enfrentamiento. Marco estaba seguro de que no se los podría quitar
de encima fácilmente. No se limitarían a dejarlo correr y tomar un
avión. Allá en casa tenían unos jefes que exigían resultados.
No estaba seguro en absoluto, pero tenía la fuerte impresión de que
Luigi estaba detrás del robo de su bolsa Silvio. El incendio no había sido
un auténtico incendio; había sido más bien una distracción, un pretexto
para apagar la luz y que alguien pudiera arrebatarle la bolsa.
No se fiaba de Luigi porque no se fiaba de nadie.
Le habían quitado su precioso tesoro. Los códigos de Neal estaban
escondidos en algún lugar de su interior. ¿Podrían descubrirlos? ¿Podría
el rastro conducir hasta su hijo? Marco no tenía la menor idea de cómo
funcionaban aquellas cosas, de qué era posible y qué imposible.
El ansia de abandonar Bolonia era abrumadora. Adonde ir y cómo llegar
hasta allí eran preguntas que no había resuelto. Ahora divagaba, se
sentía vulnerable y casi desamparado. Todos los rostros que lo miraban
pertenecían a personas que conocían su verdadero nombre. En una parada
de autobús abarrotada de gente, cortó las amarras y subió sin saber
muy bien adonde ir. El autobús estaba lleno de cansados viajeros
que iban y venían diariamente del trabajo y chocaban hombro con
hombro a medida que el vehículo avanzaba entre sacudidas. Vio por las
ventanas el tráfico peatonal bajo los maravillosos y transitados pórticos
del centro de la ciudad.
En el último momento bajó y recorrió tres manzanas de Via San Vítale
hasta que vio otro autobús. Se pasó casi una hora dando vueltas hasta
que finalmente se bajó cerca de la estación. Se mezcló con la gente y
después cruzó rápidamente Via dell'Indipendenza hacia la terminal de
autobuses. Estudió el horario de salidas. Vio que uno saldría en cuestión
de diez minutos con destino a Piacenza, a una hora y media de camino,
con cinco paradas intermedias. Compró un billete de treinta euros y se
escondió en los lavabos hasta el último minuto. El autobús iba casi lleno.
Los asientos eran amplios y tenían reposacabezas, por lo que,
mientras el vehículo circulaba muy despacio entre el denso tráfico, Marco
a punto estuvo de quedarse dormido, pero controló el sueño. No podía
permitirse dormir.
Ya lo había hecho... la huida en la que había pensado desde su primer
día en Bolonia. Estaba convencido de que, para sobrevivir, se vería
226
obligado a desaparecer, a dejar atrás a Luigi y arreglárselas por su
cuenta. A menudo se había preguntado cómo y cuándo exactamente
iniciaría la fuga. ¿Qué la desencadenaría? ¿Un rostro? ¿Una amenaza?
¿Tomaría un autobús o un tren, un taxi o un avión? ¿Adonde iría?
¿Dónde se escondería? ¿Se las podría arreglar con su rudimentario italiano?
¿Cuánto dinero tendría en aquel momento?
Ya estaba. Estaba ocurriendo. Ya no había vuelta atrás.
La primera parada fue el pueblecito de Bazzano, a quince kilómetros
al oeste de Bolonia. Marco bajó del autobús y no volvió a subir. Se escondió
de nuevo en los lavabos de la parada hasta que el vehículo se
fue y entonces cruzó la calle hasta un bar donde pidió una cerveza y
preguntó al hombre de la barra por el hotel más cercano.
Mientras se tomaba una segunda cerveza, preguntó por la estación de
trenes y le dijeron que Bazzano no tenía. Sólo autobuses, dijo el hombre
de la barra.
El albergo Cantino se encontraba cerca del centro del pueblo, a unas
cinco o seis manzanas de distancia. Ya estaba oscuro cuando llegó al
mostrador de recepción sin maletas, algo que no pasó inadvertido a la
signora del mostrador.
–Quisiera una habitación –dijo en italiano.
–¿Para cuántas noches?
–Sólo una.
–El precio son cincuenta y cinco euros.
–Muy bien.
–Su pasaporte, por favor.
–Lo siento, lo he perdido.
Las pintadas y depiladas cejas se arquearon con expresión de recelo y
después la mujer meneó la cabeza.
–Lo siento.
Marco depositó dos billetes de cien euros delante de ella en el mostrador.
El soborno era evidente... toma el dinero, déjate de papeleo y
dame la llave.
Más meneos de cabeza y más fruncimientos de entrecejo.
–Tiene que presentar un pasaporte –dijo la mujer.
Después cruzó los brazos sobre el pecho, levantó la barbilla y se preparó
para el nuevo intercambio de palabras. No habría manera de que
cediera.
Fuera, Marco empezó a pasear por las calles de la desconocida locali227
dad. Encontró un bar y pidió un café; ya bastaba de alcohol, tenía que
mantenerse despierto.
–¿Dónde puedo encontrar un taxi? –le preguntó al hombre de la barra.
–En la parada del autobús.
A las nueve de la noche Luigi paseaba por su apartamento a la espera
de que Marco regresara al de al lado. Llamó a Francesca, que le dijo
que aquella tarde habían estudiado; de hecho, la clase había sido estupenda.
«Muy bien», pensó él.
Sus desapariciones estaban previstas en el plan, pero Whitaker y Langley
pensaban que aún faltaban días para eso. ¿Ya lo habían perdido?
¿Tan pronto? Ahora había cinco agentes muy cerca... Luigi, Zellman,
Krater y otros dos enviados desde Milán.
Luigi siempre había puesto en tela de juicio el plan. En una ciudad del
tamaño de Bolonia era imposible vigilar físicamente a una persona las
veinticuatro horas del día. Luigi había señalado casi violentamente que
la única manera de que el plan diera resultado era esconder a Backman
en una pequeña aldea, donde sus movimientos fueran limitados, sus
opciones muy escasas y sus visitantes mucho más visibles. Éste había
sido el plan inicial, pero Washington había cambiado bruscamente de
idea.
A las 9.12 se disparó suavemente un timbre en la cocina. Luigi corrió
a los monitores. Marco estaba en casa. La puerta principal se abría.
Luigi contempló la imagen digital de la cámara oculta en el techo de la
sala de estar del apartamento contiguo.
Dos desconocidos... no Marco. Dos hombres de treinta y tantos años,
con vestimenta normal, de calle. Cerraron rápidamente la puerta, en silencio
y con mucha profesionalidad, y miraron a su alrededor. Uno llevaba
una especie de bolsita negra.
Eran buenos, muy buenos. Para haber hecho saltar la cerradura del
piso franco tenían que ser muy buenos.
Luigi sonrió emocionado. Con un poco de suerte, sus cámaras estaban
a punto de grabar el momento en que atraparían a Marco. Puede
que lo mataran allí mismo, en el salón, y que todo quedara grabado en
la cinta. Puede que, al final, el plan diera resultado.
Encendió el audio y subió el volumen. El idioma era esencial. ¿De
dónde eran? ¿En qué idioma hablaban? Pero no hubo el menor sonido
mientras los hombres se movían en silencio. Dijeron algo en voz baja
una o dos veces, pero apenas pudo oírlo.
228
27
El taxi se detuvo bruscamente en Via Gramsci cerca de la terminal de
autobuses y la estación ferroviaria. Desde el asiento de atrás Marco entregó
el dinero suficiente y después se agachó entre dos automóviles
aparcados y se perdió en la oscuridad. Su fuga de Bolonia había sido
muy breve, pero en realidad aún no había terminado. Zigzagueó por
costumbre y dio una vuelta para regresar, vigilando su propio rastro.
Al llegar a Via Minzoni se movió rápidamente bajo el pórtico y se detuvo
delante del edificio de Francesca. No pudo permitirse el lujo de
pensarlo dos veces, de vacilar o hacer conjeturas. Llamó al timbre un
par de veces, confiando desesperadamente en que contestara Francesca
y no la signora Altonelli.
–¿Diga? –preguntó la encantadora voz.
–Francesca, soy yo, Marco. Necesito ayuda.
Una leve pausa y después:
–Sí, claro.
Lo recibió en su puerta del segundo piso y lo invitó a entrar. Para su
gran consternación, la signora Altonelli seguía allí, de pie, en la puerta
de la cocina, con un trapo en la mano, contemplando detenidamente su
entrada.
–¿Le ocurre algo? –le preguntó Francesca en italiano.
–En inglés, por favor –dijo Marco, mirando con una sonrisa a su madre.
–Sí, claro.
–Necesito un sitio donde pasar la noche. No puedo conseguir habitación
en un hotel porque no tengo pasaporte. Ni siquiera en un hostal
me han aceptado un soborno.
–Así es la ley en Europa, ¿sabe?
–Sí, lo estoy aprendiendo.
Francesca le indicó el sofá y después se volvió hacia su madre y le pidió
que preparara un poco de café. Ambos se sentaron. Marco observó
que Francesca iba descalza y caminaba sin bastón a pesar de que todavía
lo necesitaba. Llevaba unos vaqueros ajustados y un jersey holgado
y estaba tan graciosa como una colegiala.
–¿Por qué no me dice lo que ocurre? –le preguntó Francesca.
–Es una historia muy complicada y buena parte de ella no se la puedo
229
contar. Digamos que no me siento muy seguro en estos momentos y
que necesito irme de Bolonia cuanto antes.
–¿Adonde va?
–No lo sé muy bien. A algún lugar fuera de Italia, fuera de Europa, a
algún lugar donde pueda volver a esconderme.
–¿Cuánto tiempo permanecerá escondido?
–Mucho tiempo. No lo sé muy bien.
Francesca le miró fríamente, sin parpadear. Él le devolvió la mirada
porque, incluso cuando miraban fríamente, sus ojos eran muy bellos.
–¿Quién es usted? –le preguntó.
–Bueno, no soy Marco Lazzeri, eso seguro.
–¿De qué huye?
–De mi pasado, que me está dando alcance rápidamente. No soy un
criminal, Francesca. Antes era abogado. Me metí en problemas. Cumplí
condena en la cárcel. He sido indultado. No soy una mala persona.
–¿Por qué lo persiguen?
–Por un acuerdo de negocios de hace seis años. Unas personas muy
peligrosas no están satisfechas con la manera en que se cerró el acuerdo.
Me echan la culpa a mí. Quieren localizarme.
–¿Para matarlo?
–Sí. Eso es lo que quisieran hacer.
–Me parece todo muy confuso. ¿Por qué vino usted aquí? ¿Por qué lo
ayudó Luigi? ¿Por qué nos contrató a mí y a Ermanno? No lo entiendo.
–Y yo no puedo responder a estas preguntas. Hace dos meses estaba
en la cárcel y pensaba que allí me iba a quedar otros catorce años. De
repente, estoy libre. Me asignaron una nueva identidad, me trajeron
aquí, me ocultaron primero en Treviso y ahora en Bolonia. Creo que me
quieren matar aquí.
–¡Aquí! ¡En Bolonia!
Marco asintió con la cabeza, y miró hacia la cocina mientras la signora
Altonelli salía con una bandeja de café y también con una tarta de
pera todavía sin cortar. Mientras la colocaba delicadamente en un platito
para Marco, éste se dio cuenta de que no había comido nada desde
el almuerzo.
El almuerzo con Luigi. El almuerzo del falso incendio y del robo del
Smartphone. Volvió a pensar en Neal y se preocupó por su seguridad.
–Es deliciosa –le dijo a la madre de Francesca, en italiano.
Francesca no comió. Observaba todos sus movimientos, cada bocado,
cada sorbo de café. Cuando su madre regresó a la cocina, Francesca
preguntó:
230
–¿Para quién trabaja Luigi?
–No estoy seguro. Probablemente para la CIA. ¿Conoce la CIA?
–Sí. Leo novelas de espías. ¿La CIA lo colocó a usted aquí?
–Creo que la CIA me sacó de la cárcel y del país y que me trajo aquí,
a Bolonia, donde me han ocultado en un piso franco mientras deciden
qué hacer conmigo.
–¿Lo matarán?
–Tal vez.
–¿Luigi?
–Posiblemente.
Francesca posó su taza sobre la mesa y jugueteó un rato con su cabello.
–¿Quiere un poco de agua? –preguntó, levantándose.
–No, gracias.
–Necesito moverme un poco –dijo ella, apoyando cuidadosamente el
peso del cuerpo en el pie izquierdo.
Se dirigió despacio a la cocina, donde todo estaba muy tranquilo hasta
que estalló una acalorada discusión entre ella y su madre, obligadas
a hablar en tensos y violentos susurros.
La cosa se prolongó unos cuantos minutos, se calmó y se encendió
una vez más, pues ninguna de las dos parecía dispuesta a ceder. Al final,
Francesca regresó renqueando con una botellita de agua San Pellegrino
y volvió a ocupar su lugar en el sofá.
–¿Por qué ha sido eso? –preguntó Marco.
–Le he dicho que quería usted dormir aquí esta noche. No lo ha interpretado
bien.
–Vaya. Dormiré en el armario. No me importa.
–Es muy anticuada.
–¿Ella se queda aquí esta noche?
–Ahora sí.
–Déme simplemente una almohada. Dormiré sobre la mesa de la cocina.
La signora Altonelli era otra persona cuando regresó para retirar la
bandeja del café. Miró a Marco con semblante enfurecido, como si ya se
hubiera propasado con su hija. Miró a su hija como si quisiera propinarle
una bofetada. Se pasó unos minutos trajinando en la cocina y después
se marchó a la parte de atrás del apartamento.
–¿Tiene sueño? –preguntó Francesca.
–No. ¿Y usted?
231
–No. Hablemos.
–De acuerdo.
–Cuéntemelo todo.
Durmió unas cuantas horas en el sofá. Lo despertó Francesca con
unos golpecitos en el hombro.
–He tenido una idea –dijo ella–. Sígame.
La siguió a la cocina, donde un reloj marcaba las 4.15. En la encimera,
al lado del fregadero, había una maquinilla de afeitar desechable, un
tubo de espuma de afeitar, gasas y un frasco de cabello no sé qué...
Marco no supo traducirlo. Le entregó una funda de cuero color vino tinto
y le dijo:
–Esto es un pasaporte. De Giovanni.
Marco estuvo a punto de soltarlo.
–No, no puedo...
–Sí puede. Él no lo va a necesitar. Insisto.
Marco lo abrió y contempló el rostro distinguido de un hombre al que
jamás había conocido. Faltaban siete meses para que caducara, por lo
que la fotografía era de hacía casi cinco años. Vio su fecha de nacimiento...
Giovanni tenía sesenta y ocho años de edad, veintitantos más que
su mujer.
Durante su viaje de regreso en taxi desde Bazzano, no había pensado
más que en un pasaporte. Se le había ocurrido la idea de robarle uno a
algún ingenuo turista. Había pensado en la posibilidad de comprarlo en
el mercado negro, pero no tenía ni idea de adonde ir. Y había pensado
en el de Giovanni, que por desgracia estaba a punto de no servir para
nada. Nulo y sin efecto. Pero rechazó la idea por temor a poner en peligro
a Francesca. ¿Y si lo pillaban? ¿Y si un guardia de inmigración del
aeropuerto sospechaba algo y llamaba a su jefe? Sin embargo, su mayor
temor era que lo atraparan quienes lo estaban persiguiendo. El pasaporte
la podía comprometer a ella, y él jamás hubiera hecho tal cosa.
–Por favor, Marco, quiero ayudarle. Giovanni insistiría.
–No sé que decir.
–Tenemos trabajo que hacer. Sale un autobús con destino a Parma
dentro de dos horas. Sería una manera segura de abandonar la ciudad.
–Quiero ir a Milán –dijo él.
–Buena idea.
Francesca tomó el pasaporte y lo abrió. Ambos estudiaron la fotografía
de su marido.
–Vamos a empezar con esta cosa que le rodea la boca –dijo ella.
232
Diez minutos más tarde el bigote y la perilla habían desaparecido y su
rostro estaba completamente afeitado. Francesca le sostuvo un espejo
mientras él se inclinaba sobre el fregadero de la cocina. Giovanni a los
sesenta y tres años tenía menos canas que Marco a los cincuenta y dos,
pero es que no había pasado por la experiencia de una acusación federal
y seis años de prisión.
Pensó que ella utilizaba tinte para el cabello, pero no quiso preguntar.
La cosa prometía dar resultado en cuestión de una hora. Permaneció
sentado en una silla de cara a la mesa con una toalla sobre los hombros
mientras ella le aplicaba suavemente la loción en el cabello. Apenas
hablaron. Su madre dormía. Su marido descansaba bajo los efectos de
una fuerte medicación.
No hacía mucho, Giovanni el profesor llevaba gafas redondas de concha
marrón claro que le conferían un aire muy académico. Cuando Marco
se las puso y estudió su nuevo aspecto, se sorprendió del cambio. Su
cabello era mucho más oscuro y sus ojos muy distintos. A duras penas
se reconoció.
–No está mal –fue la valoración que hizo ella de su propio trabajo–.
Por ahora, será suficiente.
Sacó una chaqueta deportiva de pana azul marino con coderas muy
gastadas.
–Mide unos cinco centímetros menos que usted –dijo.
Las mangas le quedaban unos tres centímetros cortas y la chaqueta
un poco justa en el pecho, pero Marco estaba tan delgado últimamente
que hubiese cabido en cualquier prenda.
–¿Cuál es su verdadero nombre? –preguntó Francesca mientras tiraba
de las mangas y alisaba el cuello de la chaqueta.
–Joel.
–Creo que debería viajar con una cartera de documentos. Parecerá
más normal.
Marco no podía discutir. Su generosidad era abrumadora y él la necesitaba
desesperadamente. Francesca se marchó y regresó con una vieja
y bonita cartera de documentos de cuero color canela con cierre de plata.
–No sé qué decir –murmuró Marco.
–Es la preferida de Giovanni, un regalo que le hice yo hace veinte
años. Cuero italiano.
–Naturalmente.
233
–Si lo pillan con su pasaporte, ¿qué dirá? –preguntó Francesca.
–Que lo robé. Usted es mi profesora. Visité su casa como invitado.
Conseguí encontrar el cajón donde guarda usted sus documentos y robé
el pasaporte de su marido.
–Es un buen mentiroso.
–En mis tiempos, era uno de los mejores. Si me pillan, Francesca, la
protegeré. Se lo prometo. Contaré mentiras que desconcertarán a todo
el mundo.
–No lo pillarán. Pero utilice el pasaporte lo menos posible.
–No se preocupe. Lo destruiré en cuanto pueda.
–¿Necesita dinero?
–No.
–¿Está seguro? Tengo mil euros aquí.
–No, Francesca, pero gracias.
–Será mejor que se dé prisa.
La siguió hasta la puerta donde ambos se detuvieron y se miraron el
uno al otro.
–¿Pasa mucho tiempo on line? –le preguntó él.
–Un poco cada día.
–Busque Joel Backman y empiece por el Washington Post. Allí hay
mucha cosa, pero no se crea todo lo que lea. No soy el monstruo que
ellos han creado.
–Usted no es un monstruo en absoluto, Joel.
–No sé cómo darle las gracias.
Ella le tomó la mano derecha y la estrechó entre las suyas.
–¿Volverá alguna vez a Bolonia? –le preguntó.
Era más una invitación que una pregunta.
–No lo sé. La verdad es que no tengo ni idea de lo que va a ocurrir.
Pero tal vez. ¿Puedo llamar a su puerta si consigo regresar?
–Hágalo, por favor. Tenga cuidado ahí fuera.
Se quedó unos minutos entre las sombras de Via Minzoni sin querer
dejarla, todavía no preparado para iniciar el largo viaje.
Se oyó un carraspeo bajo los oscuros pórticos de la otra acera y Giovanni
Ferro inició su huida.
28
Mientras transcurrían las horas con angustiosa lentitud, Luigi fue pasando
gradualmente de la preocupación al terror. Una de dos, o bien el
golpe ya se había producido o Marco se había enterado de algo y estaba
234
a punto de huir. Luigi estaba preocupado por la bolsa robada. ¿Habría
sido una actuación demasiado exagerada? ¿Había asustado a Marco
hasta el extremo de inducirlo a desaparecer?
El caro Smartphone los había dejado a todos estupefactos. Su chico
había estado haciendo algo más que estudiar italiano, pasear por las
calles y probar todos los cafés y los bares de la ciudad. Había estado
forjando planes y comunicándose con alguien.
El artilugio se encontraba en un laboratorio del sótano del consulado
norteamericano en Milán, donde, según las últimas noticias de Whitaker,
y hablaban cada quince minutos, los técnicos no habían conseguido
descifrar sus claves.
Pocos minutos después de medianoche los dos intrusos de la puerta
de al lado debieron de cansarse de esperar. Mientras salían, pronunciaron
unas cuantas palabras lo suficiente alto como para que se pudieran
grabar. Era inglés con un cierto deje. Luigi había llamado inmediatamente
a Whitaker para comunicarle que probablemente eran israelíes.
Estaba en lo cierto. Ambos agentes habían recibido la orden de Efraim
de abandonar el apartamento y ocupar otras posiciones.
Cuando se fueron, Luigi decidió enviar a Krater a la terminal de autobuses
y a Zellman a la estación de ferrocarril. Sin pasaporte, Marco no
podría adquirir un pasaje de avión. Luigi decidió olvidar el aeropuerto.
Pero, tal como le dijo a Whitaker, si su chico se las había arreglado para
adquirir un PC móvil de vanguardia que costaba unos mil dólares, también
podría haber conseguido un pasaporte.
A las tres de la tarde Whitaker estaba gritando en Milán y Luigi, que
no podía gritar por motivos de seguridad, sólo podía soltar maldiciones,
cosa que estaba haciendo tanto en inglés como en italiano sin perder
terreno en ninguno de los dos idiomas.
–¡Se te ha escapado, maldita sea tu estampa!
–¡Todavía no!
–¡Ya está muerto!
Luigi colgó por tercera vez aquella mañana.
El kidon se marchó sobre las 3.30. Todos descansarían unas cuantas
horas y después planificarían el día que tenían por delante.
Se sentó con un borrachín en un banco de un parquecito que había
bajando por Via dell’Indipendenza, no muy lejos de la terminal de autobuses.
El borrachín llevaba buena parte de la noche con una jarra de un
líquido rosado y, cada cinco minutos más o menos, conseguía levantar
235
la cabeza, y decirle algo a Marco, situado a cosa de un metro y medio
de distancia. Marco le murmuraba algo a modo de respuesta y cualquier
cosa que dijera parecía agradar al borrachín. Dos de sus compañeros se
encontraban en estado totalmente comatoso y permanecían acurrucados
allí cerca como soldados muertos en una trinchera. Marco no se
sentía lo que se dice muy seguro, pero tenía otros problemas más serios
en que pensar.
Unas cuantas personas esperaban delante de la terminal de autobuses.
Hacia las cinco y media la actividad se animó cuando un numeroso
grupo aparentemente de gitanos bajó ruidosamente hablando todos a la
vez, visiblemente encantados de abandonar el autobús después de un
largo viaje desde algún lugar. Estaban llegando más pasajeros para
otros destinos y Marco llegó a la conclusión de que ya era hora de separarse
del borrachín. Entró en la terminal detrás de una joven pareja con
su hijo y los siguió hasta el mostrador de venta de billetes donde los
oyó hablar mientras adquirían unos pasajes para Parma. Imitó su
ejemplo y después corrió de nuevo al lavabo y volvió a esconderse en
un retrete.
Krater estaba sentado en el restaurante de la terminal, abierto toda la
noche, tomando un café muy malo oculto detrás de un periódico mientras
observaba el ir y venir de los pasajeros. Vio pasar a Marco. Tomó
nota de su estatura, complexión y edad. Su forma de caminar le resultaba
familiar, aunque le parecía más lenta. El Marco Lazzeri que llevaba
semanas siguiendo podía caminar casi con la misma rapidez con la cual
la mayoría de los hombres practicaba jogging. El paso de aquel individuo
era mucho más pausado, pero es que tampoco tenía adonde ir.
¿Por qué darse prisa? En las calles Lazzeri siempre trataba de despistarlos
y, a veces, lo lograba.
Sin embargo, el rostro era distinto. El cabello era mucho más oscuro.
La gorra de pana marrón había desaparecido, pero se trataba de un
simple accesorio fácil de perder. Las gafas de montura de concha llamaron
la atención de Krater. Las gafas eran un método de camuflaje estupendo,
pero a menudo se abusaba de ellas. Las elegantes monturas de
Armani de Marco le sentaban a la perfección, alterando ligeramente su
aspecto sin concentrar la atención en su rostro. En cambio, las gafas
redondas de aquel sujeto llamaban la atención.
La barba del rostro había desaparecido; un trabajo de cinco minutos,
algo que cualquiera podía hacer. La camisa no era ninguna de las que
Krater había visto hasta entonces y eso que había estado en el aparta236
mento de Marco con Luigi durante los registros, en cuyo transcurso
examinaban todas las prendas de vestir. Los desteñidos vaqueros eran
muy comunes y Marco se había comprado un par muy parecido. La
chaqueta deportiva azul con las gastadas coderas y la bonita cartera de
documentos dejaron a Krater clavado en su asiento. La chaqueta había
recorrido muchos kilómetros y no era posible que Marco la hubiera
comprado. Las mangas le estaban un poco cortas, pero eso no era nada
insólito. La cartera estaba fabricada con un cuero de excelente calidad.
Puede que Marco hubiera encontrado y se hubiera gastado un poco de
dinero en un Smartphone, pero ¿por que gastar tanto en una cara cartera
de documentos? Su última bolsa, la Silvio de color azul marino que
tenía hasta hacía unas dieciséis horas, cuando Krater se la había arrebatado
durante la confusión del Atene, le había costado sesenta euros.
Krater lo observó hasta que dobló una esquina y lo perdió de vista.
Una simple posibilidad, nada más. Siguió tomando café y se pasó unos
minutos pensando en el caballero que acababa de ver.
Marco permaneció de pie en el retrete con los pantalones enrollados
alrededor de los tobillos, sintiéndose un poco ridículo, pero en aquellos
momentos mucho más preocupado por su seguridad. Se abrió la puerta.
En la pared de la izquierda de la puerta había cuatro urinarios; en la
otra seis lavabos y, a su lado, los cuatro retretes. Los otros tres estaban
desocupados. Había muy poca gente en aquel momento. Marco
prestó atención cuidadosamente, esperando oír los habituales rumores
del alivio de las necesidades humanas... la cremallera, el sonido metálico
de la hebilla del cinturón, el profundo suspiro que los hombres suelen
lanzar, el chorro de orina.
Nada. No se oía el menor ruido desde los lavabos, nadie se estaba lavando
las manos. Las puertas de los otros tres retretes no se abrieron.
A lo mejor era el vigilante que estaba haciendo su recorrido con la mayor
discreción.
Delante de los lavabos, Krater se agachó y vio los vaqueros enrollados
alrededor de los tobillos en el último retrete. El caballero se lo estaba
tomando con calma y no tenía la menor prisa.
El siguiente autobús salía a las seis de la mañana con destino a Parma;
después había una salida a las 6.30 con destino a Florencia. Krater
corrió a la taquilla y compró billetes para ambos destinos. El empleado
lo miró con extrañeza, pero a Krater le importó un bledo. Regresó al
servicio. El caballero del último retrete seguía allí.
Krater salió y llamó a Luigi. Le facilitó una descripción del hombre y le
237
explicó que éste no parecía tener prisa en abandonar el servicio de caballeros.
–El mejor lugar para esconderse –dijo Luigi.
–Yo lo he hecho muchas veces.
–¿Crees que es Marco?
–No lo sé. Si lo es, el disfraz es muy bueno.
Alarmado por el Smartphone, los cuatrocientos dólares en efectivo y
la desaparición, Luigi no estaba dispuesto a correr ningún riesgo.
–Síguelo –dijo.
A las 5.55 Marco se subió los pantalones, tiró de la cadena, tomó la
cartera y salió para dirigirse al autobús. En el andén esperaba Krater
comiéndose tranquilamente una manzana que sostenía en una mano
mientras sujetaba un periódico en la otra. Cuando Marco se encaminó
hacia el autobús con destino a Parma, Krater imitó su ejemplo. Un tercio
de las plazas estaba desocupado. Marco eligió un asiento de ventanilla
de la izquierda, hacia el centro. Krater mantenía los ojos apartados
cuando pasó por su lado y eligió un asiento cuatro filas detrás del suyo.
La primera parada fue Módena cuando llevaban treinta minutos de
viaje.
Mientras entraban en la ciudad, Marco decidió echar un vistazo a los
rostros que tenía a su espalda. Se levantó para dirigirse al servicio de la
parte de atrás y, por el camino, miró con indiferencia a todos los varones.
Cuando se encerró en el servicio, cerró los ojos y se dijo:
–Sí, esta cara la he visto antes.
Hacía menos de veinticuatro horas, en el Atene, pocos minutos antes
de que se apagara la luz. El rostro se reflejaba en un espejo de gran
tamaño que cubría la pared por encima de las mesas, con un viejo perchero
para los abrigos. El rostro había permanecido sentado muy cerca
de él, a su espalda, en compañía de otro hombre.
Le era familiar. Puede que incluso lo hubiera visto en algún lugar de
Bolonia.
Marco regresó a su asiento mientras el autobús aminoraba la velocidad
y se acercaba a la terminal. «Piensa rápido, hombre –se repetía
una y otra vez–, pero no pierdas la calma. No te asustes. Te han visto
salir de Bolonia; no puedes permitir que te vean salir del país.»
Mientras el autobús se detenía, el conductor anunció su llegada a Módena.
Una breve parada; la salida quince minutos después. Cuatro pasajeros
avanzaron por el pasillo y bajaron. Los demás se quedaron en
238
sus asientos; de todos modos, la mayoría estaba durmiendo. Marco cerró
los ojos y dejó que su cabeza se inclinara hacia la izquierda contra
la ventanilla y se quedó rápidamente dormido.
Transcurrió un minuto y dos campesinos subieron ruidosamente con
pesadas maletas de ropa. Cuando regresó el conductor y se estaba
acomodando detrás del volante, Marco se levantó súbitamente de su
asiento, avanzó a toda prisa por el pasillo y saltó del autobús justo
cuando la puerta se cerraba. Se dirigió rápidamente a la terminal y se
volvió mientras el autobús hacía marcha atrás. Su perseguidor seguía a
bordo.
El primer impulso de Krater fue bajar corriendo del autobús, quizá
discutiendo incluso con el conductor, pero ningún conductor discute para
conseguir que alguien permanezca a bordo. Se contuvo porque estaba
claro que Marco sabía que lo estaban siguiendo. Su salida en el último
minuto confirmaba lo que Krater ya sospechaba. Era Marco, huyendo
como un animal herido.
Lo malo era que Marco estaba perdido en Módena mientras que Krater
no. El autobús giró a otra calle y se detuvo delante de un semáforo.
Krater se acercó a toda prisa al conductor, sujetándose el estómago con
las manos y suplicándole que lo dejara bajar si no quería que vomitara
por todo el interior del vehículo. Se abrió la portezuela y Krater bajó y
regresó corriendo a la terminal. Marco no había perdido el tiempo. En
cuanto perdió de vista el autobús, corrió a la parte de arriba de la terminal
donde esperaban tres taxis. Se acomodó en el asiento de atrás
del primero y dijo:
–¿Me puede llevar a Milán?
Su italiano era muy bueno.
–¿A Milán?
–Sí, a Milán.
–É molto caro! –Es muy caro.
–¿Quanto?
–Duecento euro. –Doscientos euros.
–Andiamo.
Tras pasarse una hora recorriendo la terminal de autobuses de Módena
y las dos calles adyacentes, Krater llamó a Luigi para comunicarle la
noticia de que no todo iba bien, pero tampoco mal. Había perdido al
hombre, pero su rápida huida hacia la libertad confirmaba que se trataba
efectivamente de Marco.
La reacción de Luigi fue un tanto confusa. Le irritaba que Krater
239
hubiera sido derrotado por la astucia de un aficionado. Le impresionaba
el hecho de que Marco fuera capaz de cambiar tan hábilmente de aspecto
y esquivar a un pequeño ejército de asesinos. Y estaba enojado
con Whitaker y los estúpidos de Washington que cambiaban constantemente
de planes y ahora habían provocado un desastre inminente cuya
culpa le echarían sin duda a él.
Llamó a Whitaker, soltó unos cuantos reniegos más y después se dirigió
a la estación ferroviaria con Zellman y los otros dos. Se reunirían
con Krater en Milán, donde Whitaker prometía someterlos a un vapuleo
con toda la fuerza que pudiera ejercer.
Mientras abandonaba Bolonia a bordo del directo Euro–star, a Luigi se
le ocurrió una idea sensacional que jamás podría comentar. ¿Por qué no
llamar simplemente a los israelíes y a los chinos y decirles que Backman
había sido visto por última vez en Módena, dirigiéndose al oeste
hacia Parma y probablemente Milán? Éstos lo querían atrapar mucho
más que Langley. Y cumplirían sin duda la tarea de encontrarlo mucho
mejor de lo que ellos habían hecho.
Pero las órdenes eran las órdenes, aunque cambiaran a cada momento.
Todos los caminos llevaban a Milán.
29
El taxi se detuvo a una manzana de la estación central de Milán. Marco
pagó al taxista, le dio repetidamente las gracias, le deseó un buen
viaje de vuelta a Módena y después pasó por delante de otra docena de
taxis que esperaban a los pasajeros que llegaban. Dentro de la gigantesca
estación se mezcló con la gente, utilizó las escaleras mecánicas y
se adentró en la controlada locura de la zona de los andenes adonde
llegaban los trenes a través de una docena de vías. Localizó el tablero
de salidas y estudió las alternativas que se le ofrecían. Había un tren
con destino a Stuttgart cuatro veces al día y su séptima parada era Zúrich.
Tomó un horario, compró una guía barata de la ciudad con un plano
de la misma y después encontró una mesa en un café situado en
una hilera de establecimientos. No tenía tiempo que perder, pero necesitaba
saber dónde estaba. Se tomó dos espressos y una pasta mientras
sus ojos contemplaban a la gente. Le encantaban las multitudes, el
inmenso gentío que iba y venía. El número le infundía seguridad.
240
Su primer plan fue dar un paseo de unos treinta minutos hasta el
centro de la ciudad. Por el camino encontraría alguna tienda de ropa
barata y se lo cambiaría todo: chaqueta, camisa, pantalones y zapatos.
Lo habían descubierto en Bolonia. No podía volver a correr ningún riesgo.
Seguro que en algún lugar del centro, cerca de la Piazza del Duomo,
habría un cibercafé donde alquilar un ordenador quince minutos. Confiaba
muy poco en su capacidad de sentarse delante de una máquina
desconocida, poner el maldito cacharro en marcha y no sólo sobrevivir
a la selva de Internet sino también conseguir enviar un mensaje a Neal.
Eran las 10.15 de la mañana en Milán y las 4.15 de la mañana en Culpeper,
Virginia. Neal efectuaría una comprobación directa a las 7.50.
Conseguiría de algún modo enviar el mensaje electrónico. No tenía
más remedio.
El segundo plan, el que cada vez le parecía mejor mientras contemplaba
a los miles de personas que subían con indiferencia a unos trenes
que los diseminarían por toda Europa en cuestión de horas, era escapar.
Comprar enseguida un billete y largarse de Milán y de Italia lo antes
posible. Su nuevo color de pelo, las gafas y la vieja chaqueta de
profesor de Giovanni no habían conseguido engañarlos en Bolonia. Si
eran tan buenos, seguro que lo encontrarían en cualquier sitio.
Llegó a una solución de compromiso y dio una vuelta a la manzana. El
aire fresco siempre lo relajaba y, tras recorrer cuatro manzanas, notó
que la sangre le volvía a circular mejor por las venas.
Al igual que en Bolonia, las calles de Milán se abrían en abanico en
todas direcciones como una telaraña. El tráfico era muy intenso y a veces
apenas se movía. Le encantaba el tráfico y, sobre todo, las aceras
abarrotadas de gente que le ofrecían protección.
La tienda se llamaba Roberto's, un pequeño establecimiento de artículos
para caballero encajado entre una joyería y una panadería. Los
dos escaparates estaban llenos de un tipo de ropa que duraría aproximadamente
una semana, lo cual coincidía a la perfección con el margen
de tiempo de que disponía Marco. El empleado de Oriente Medio hablaba
italiano peor que Marco, pero era muy hábil en señalar cosas y soltar
gruñidos y estaba empeñado en transformar el aspecto de su cliente. La
chaqueta azul fue sustituida por otra de color marrón oscuro. La nueva
camisa era un jersey blanco con unas mangas demasiado cortas. Los
pantalones eran de lana de baja calidad y de color azul marino muy oscuro.
Los retoques tardarían una semana, por lo que Marco le pidió al
241
dependiente unas tijeras. En el mohoso probador, tomó medidas lo mejor
que pudo y después se cortó él mismo los pantalones. Cuando salió
con su nuevo conjunto, el dependiente contempló los mellados bordes
que ocupaban el lugar de las vueltas y estuvo casi a punto de echarse a
llorar.
Los zapatos que Marco se probó lo habrían dejado lisiado antes de regresar
a la estación, por lo que éste se quedó de momento con las botas
de excursión. La mejor compra fue un sombrero de paja color canela
que Marco adquirió porque lo había visto justo antes de entrar en la
tienda. ¿Qué más le daba la moda a aquellas alturas? El nuevo atuendo
le costó casi cuatrocientos euros, un dinero del que no habría querido
desprenderse, pero no tenía más remedio. Trató de hacer un trueque
con la cartera de documentos de Giovanni, que, por supuesto, valía
mucho más que todo lo que llevaba encima, pero el dependiente estaba
demasiado deprimido a causa de los destrozados pantalones. Apenas
tuvo ánimos para darle las gracias y despedirse de él.
Marco se fue con la chaqueta azul, los desteñidos vaqueros y la vieja
camisa doblados en el interior de una bolsa de compra roja; ya tenía
otra cosa distinta que llevar en la mano.
Caminó unos minutos y vio una zapatería. Se compró un par que parecía
un modelo de jugar a los bolos ligeramente modificado, sin duda
el artículo más feo que había en aquella tienda, por lo demás muy bonita.
Eran unos zapatos negros con una especie de rayas de color vino
tinto, que Marco esperó que se hubieran fabricado por la comodidad y
no con criterios estéticos. Pagó 150 euros por ellos, sólo porque ya estaban
muy probados. Tardó dos manzanas en hacer acopio de valor para
mirarlos.
Al propio Luigi lo vieron salir también de Bolonia. El chico de la motocicleta
le vio salir del apartamento de la puerta de al lado de Backman y
fue precisamente su manera de salir lo que le llamó la atención. Corría
como si practicara el jogging y aceleraba la velocidad a cada paso que
daba. Nadie corre bajo los pórticos de Via Fondazza. La motocicleta lo
siguió rezagada hasta que Luigi se detuvo y subió a toda prisa a un Fiat
rojo. El vehículo recorrió unas cuantas manzanas y se detuvo justo el
tiempo suficiente para que otro hombre saltara a su interior. Salieron a
velocidad de vértigo, pero, en medio del tráfico de la ciudad, la motocicleta
no tuvo ninguna dificultad para seguirlos. Cuando llegaron a la estación
de trenes y aparcaron en zona prohibida, el chico de la motocicleta
lo vio todo y volvió a establecer contacto con Efraim a través del
242
radioteléfono.
En cuestión de cinco minutos, dos agentes del Mossad disfrazados de
guardias urbanos entraron en el apartamento de Luigi y desconectaron
las alarmas, algunas silenciosas y otras sonoras. Mientras tres agentes
esperaban en la calle facilitando protección, los tres de dentro abrieron
a patadas la puerta de la cocina y encontraron una asombrosa colección
de equipo de vigilancia electrónica.
Cuando Luigi, Zellman y un tercer agente subieron al Euro-star con
destino a Milán, el chico de la motocicleta también tenía un billete. Se
llamaba Paul y era el miembro más joven del kidon y el que mejor
hablaba italiano. Detrás del flequillo y de la cara de niño se ocultaba un
veterano de veintiséis años con media docena de asesinatos a su espalda.
Cuando comunicó que se encontraba en el tren y éste se movía,
otros dos agentes entraron en el apartamento de Luigi para participar
en la autopsia del equipo. Pero hubo una alarma que no pudieron apagar.
Su constante silbido atravesó las paredes lo suficiente para llamar
la atención de unos cuantos vecinos de la calle.
Diez minutos después, Efraim ordenó que se interrumpiera el allanamiento
de morada. Los agentes se dispersaron y después se reagruparon
en uno de sus pisos francos. No habían logrado establecer quién era
o para quién trabajaba Luigi, pero estaba claro que había estado espiando
a Backman las veinticuatro horas del día.
A medida que transcurrían las horas sin que hubiera ninguna señal de
Backman, empezaron a creer que éste había huido. ¿Podría Luigi conducirlos
hasta él?
En la Piazza del Duomo del centro de Milán, Marco contempló boquiabierto
de asombro la impresionante mole de la catedral gótica que sólo
había tardado trescientos años en construirse. Paseó por la Galleria Vittorio
Emanuele, la espléndida galería de cúpula de cristal por la que es
famosa Milán. Flanqueada por numerosos cafés y librerías, la galería es
el centro de la vida urbana, su más conocido punto de encuentro. La
temperatura rondaba los quince grados, Marco se tomó un bocadillo y
una Coca–Cola al aire libre donde las palomas se abalanzaban sobre
cualquier migaja. Vio a muchos ancianos milaneses paseando por la galería,
a mujeres tomadas del brazo, a hombres que se detenían a conversar
como si el tiempo no tuviera importancia. «Quién fuese tan afortunado
», pensó.
¿Convenía que se fuera inmediatamente o era mejor que se quedara
agazapado uno o dos días? Ésta era la nueva y apremiante pregunta.
243
En una abarrotada ciudad de cuatro millones de habitantes podía permanecer
oculto el tiempo que quisiera. Se compraría un plano, se
aprendería las calles y se pasaría horas escondido en su habitación y
horas paseando por las callejuelas.
Pero los sabuesos que lo perseguían tendrían tiempo de reagruparse.
¿No convenía que se fuera ahora que los había dejado atrás rascándose
desconcertados la cabeza?
Llegó a la conclusión de que debía hacerlo. Pagó al camarero y se miró
los zapatos de jugar a los bolos. Eran francamente cómodos, pero
estaba deseando quemarlos. En un autobús urbano vio el anuncio de un
cibercafé de Via Verri. Diez minutos más tarde entraba en el local. Un
cartel mural indicaba las tarifas: diez euros la hora, mínimo treinta minutos.
Pidió un zumo de naranja y pagó media hora. El empleado le señaló
una mesa donde había varios ordenadores disponibles. Tres de los
ocho estaban siendo utilizados por personas que sabían evidentemente
lo que hacían. Marco se sintió perdido, pero lo disimuló muy bien. Se
sentó, tomó un teclado, contempló el monitor y tuvo ganas de rezar,
pero siguió adelante como si llevara años manejando sistemas informáticos.
Fue asombrosamente fácil; entró en KwyteMail, escribió su nombre
de usuario, «Grinch456», y su contraseña, «post hoc ergo propter
hoc», esperó diez segundos y allí estaba el mensaje de Neal:
Marco:
Mikel van Thiessen sigue en el Rhineland Bank, ahora es vicepresidente
de servicios a los clientes. ¿Algo más?
GRINCH
A las 7.50 en punto, hora oficial del Este, Marco escribió su mensaje:
Grinch:
Aquí Marco... directamente y en persona. ¿Estás ahí?
Tomó un sorbo de zumo sin apartar los ojos de la pantalla. «Vamos,
nene, que esto funcione.» Otro sorbo. Una señora del otro lado de la
mesa conversaba con su monitor. Y después el mensaje:
Estoy aquí y te leo perfectamente. ¿Qué ocurre?
Marco escribió: «Me han robado el Ankyo 850. Hay bastantes probabilidades
de que lo tengan los chicos malos y de que lo estén destripando.
¿Hay alguna posibilidad de que te puedan descubrir?»
Neal: «Sólo si saben el nombre del usuario y la contraseña. ¿Los sa244
ben?»
Marco: «No, los destruí. ¿No hay manera de que puedan saltarse una
contraseña?»
Neal: «Con KwyteMail, no. Es completamente seguro y está codificado.
Si sólo tienen el PC, mala suerte para ellos.»
Marco: «¿Y ahora estamos completamente a salvo?»
Neal: «Rotundamente sí. Pero ¿qué estás utilizando?»
Marco: «Estoy en un cibercafé con un ordenador alquilado como un
auténtico mago de la informática.»
Neal: «¿Quieres otro Ankyo?»
Marco: «No, de momento no, puede que más adelante. Esto es lo que
tienes que hacer. Ve a ver a Cari Pratt. Sé que no te gusta pero, en este
momento, le necesito. Pratt siempre mantuvo un estrecho trato con
el ex senador Ira Clayburn de Carolina del Norte. Clayburn estuvo durante
muchos años al frente del Comité de Espionaje del Senado. Necesito
a Clayburn ahora mismo. Ponte en contacto a través de Pratt.»
Neal: «¿Dónde está Clayburn?»
Marco: «No lo sé... espero que siga vivo. Era de los Outer Banks de
Carolina del Norte, un lugar muy apartado. Se retiró al año siguiente de
que yo me fuera al campamento federal. Pratt lo puede localizar.»
Neal: «Lo haré en cuanto pueda escaparme.»
Marco: «Ten cuidado, por favor. Protégete las espaldas.»
Neal: «¿Te ocurre algo?»
Marco: «Me he fugado. He abandonado Bolonia esta mañana a primera
hora. Procuraré establecer contacto mañana a esta misma hora. ¿De
acuerdo?»
Neal: «No te delates. Aquí estaré mañana.»
Marco cortó la comunicación con semblante satisfecho. Misión cumplida.
No había sido ningún problema. Bienvenido a la era de la magia y
los artilugios de alta tecnología. Comprobó que había salido por completo
de KwyteMail, se terminó el zumo de naranja y abandonó el café.
Se encaminó hacia la estación, deteniéndose antes en una tienda de
artículos de cuero donde consiguió un trueque equitativo: cambió la bonita
cartera de documentos de Giovanni por otra negra y de mucho
peor calidad; después, en una joyería barata, pagó dieciocho euros por
un reloj de pulsera grandote de esfera redonda y correa de plástico de
color rojo chillón, otra cosa que pudiera desconcertar a alguien que anduviera
tras Marco Lazzeri, antiguo ciudadano de Bolonia. A continuación,
en una librería de viejo se gastó dos euros en un manoseado volumen
de tapa dura: poesía de Czeslaw Milosz, en polaco, natural245
mente, cualquier cosa para confundir a los sabuesos. Por último, en una
tienda de complementos de segunda mano se compró unas gafas de sol
y un bastón de madera que empezó a utilizar inmediatamente en la calle.
El bastón le recordó a Francesca y lo obligó a cambiar de manera de
andar y a hacerlo más despacio. Le sobraba tiempo, por lo que se dirigió
a ritmo pausado a la Céntrale de Milán, donde compró un billete para
Stuttgart.
Whitaker recibió el urgente mensaje de Langley: el piso franco de
Luigi había sido allanado, pero no podían hacer absolutamente nada al
respecto. Ahora todos los agentes de Bolonia se encontraban en Milán,
corriendo afanosamente de aquí para allá. Dos estaban en la estación
de ferrocarril, buscando una aguja en un pajar, dos en el aeropuerto
Malpensa, a unos cuarenta y dos kilómetros del centro de Milán, dos en
el de Linate, mucho más próximo y utilizado sobre todo para los vuelos
europeos. Luigi estaba en la estación central, todavía comentando por
el móvil la posibilidad de que Marco ni siquiera estuviera en Milán. El
simple hecho de que hubiera tomado el autobús de Bolonia a Módena
en dirección noroeste no significaba necesariamente que se dirigiera a
Milán. Pero en aquellos momentos la credibilidad de Luigi había disminuido
considerablemente, por lo menos en la autorizada opinión de
Whitaker, por cuyo motivo lo enviaron a la terminal de autobuses, donde
empezó a vigilar a las diez mil personas que iban y venían.
Krater fue el que más cerca estuvo del objetivo.
Por sesenta euros, Marco compró un billete de primera clase para no
llamar la atención viajando en coche–cama. Para el viaje al norte, el
vagón de primera clase era el último. Marco subió a bordo a las 5.30,
cuarenta y cinco minutos antes de la salida. Se acomodó en su asiento,
ocultó el rostro cuanto pudo detrás de las gafas de sol y el sombrero de
paja canela, abrió el libro de poesía polaca y miró hacia el andén donde
los pasajeros caminaban pegados a su tren. Algunos se encontraban a
sólo un metro y medio de distancia y todos tenían prisa.
Menos uno.
El tipo del autobús había vuelto; el rostro del Atene; probablemente
el ladrón que le había arrebatado la bolsa Silvio azul marino; el mismo
sabueso que había tardado demasiado en bajar del autobús en Módena
unas once horas antes. Ahora caminaba, pero no iba a ninguna parte.
Mantenía los ojos entornados y el entrecejo fruncido. Para ser un profesional,
se le veía demasiado el plumero, en opinión de Giovanni Ferro,
246
el cual, por desgracia, sabía ahora mucho más de lo que hubiese querido
acerca de fugas, escondrijos y borrado de huellas.
A Krater le habían dicho que probablemente Marco se iría bien al sur,
a Roma, donde se le ofrecían más alternativas, o bien al norte, a Suiza,
Alemania, Francia... tenía prácticamente todo el continente donde elegir.
Krater llevaba cinco horas paseando por los doce andenes, vigilando
los trenes que entraban y salían, mezclándose con la gente, sin preocuparse
en absoluto por los que bajaban, pero prestando toda su desesperada
atención a los que subían. Todas las chaquetas azules de
cualquier tono y estilo despertaban su interés, pero aún no había visto
ninguna con las coderas gastadas.
Estaba dentro de la barata cartera negra alojada entre los pies de
Marco, en el asiento número setenta del vagón de primera clase del
tren de Stuttgart.
Marco vio a Krater en el andén, prestando mucha atención al tren cuyo
destino final era Stuttgart. Sostenía en la mano algo que parecía un
billete y, cuando se alejó y lo perdió de vista, Marco hubiese jurado que
había subido al tren.
Reprimió el impulso de bajar. Se abrió la puerta de su compartimiento
y entró Madame.
30
En cuanto se estableció que Backman había desaparecido y que finalmente
no había muerto a manos de otros, transcurrieron cinco horas
de tensa espera antes de que Julia Javier localizara una información que
hubiese tenido que estar más a mano. La encontraron en una carpeta
guardada bajo llave en el despacho del director, antaño custodiada por
el propio Teddy Maynard. En caso de que Julia hubiera visto la información,
no lo recordaba. Y, en medio del caos reinante, estaba claro
que no iba a reconocerlo.
La información la había facilitado a regañadientes años atrás el FBI
cuando las transacciones financieras de Backman estaban siendo investigadas
detenidamente a causa de los insistentes rumores de que el intermediario
había estafado a un cliente y enterrado una fortuna. En caso
de que fuera cierto, ¿dónde estaba el dinero? En su afán por localizarlo,
el FBI seguía el historial de sus viajes cuando él se declaró repentinamente
culpable y lo metieron en la cárcel.
La declaración de culpabilidad no había hecho que se archivara el ca247
so Backman, pero no cabía duda de que había reducido la presión. Con
el tiempo, se completó la investigación sobre los viajes y, al final, los
datos se enviaron a Langley.
En el mes anterior a la acusación, la detención y la puesta en libertad
de Backman gracias a un acuerdo de fianza muy restringido, este había
efectuado dos rápidos viajes a Europa. En el primero de ellos, había volado
a París con la Air France en clase business en compañía de su secretaria
preferida y había pasado allí unos cuantos días divirtiéndose y
visitando monumentos. Más tarde la secretaria reveló a los investigadores
que Backman había dedicado una larga jornada a un rápido desplazamiento
a Berlín para resolver un asunto urgente, pero había regresado
a tiempo para cenar en Alain Ducasse. Ella no lo había, acompañado.
No había constancia de ningún viaje de Backman en vuelo comercial a
Berlín ni a cualquier otro lugar de Europa durante aquella semana.
Hubiera necesitado un pasaporte y el FBI estaba seguro de que no
había utilizado el suyo. Un viaje en tren no requería pasaporte. Ginebra,
Berna, Lausana y Zúrich están todas ellas a cuatro horas de París en
tren.
El segundo viaje había sido de setenta y dos horas con salida del aeropuerto
Dulles en un vuelo de primera clase de la Lufthansa a Frankfurt,
pese a que allí no se había detectado ningún contacto de negocios.
Backman había pagado dos noches en un hotel de lujo de Frankfurt y
tampoco había constancia de que hubiera dormido en otro lugar. Como
en el caso de París, los centros bancarios de Suiza se encuentran a pocas
horas de tren de Frankfurt.
Cuando Julia Javier encontró finalmente la carpeta y leyó el informe,
llamó inmediatamente a Whitaker y le dijo:
–Se dirige a Suiza.
Madame llevaba equipaje suficiente para una acaudalada familia de
cinco miembros. Un exhausto mozo la ayudó a subir las pesadas maletas
a bordo del vagón de primera que ella sola ocupó con su persona,
sus pertenencias y su perfume. El compartimiento disponía de seis
asientos, cuatro de los cuales había reservado ella. Se acomodó en uno
de los tres que había delante de Marco y meneó el voluminoso trasero
como si quisiera ensancharlo. Lo miró, acobardado contra la ventanilla,
y le dedicó un voluptuoso «Bonsoir». «Francesa», pensó él, y como no
le pareció correcto contestar en italiano, decidió atenerse a lo viejo co248
nocido.
–Hola –le dijo en inglés.
–Ah, estadounidense.
Con tantas lenguas, identidades, nombres, culturas, antecedentes,
mentiras y más mentiras arremolinándose a su alrededor, consiguió
contestar sin la menor convicción:
–No, canadiense.
–Ah –dijo ella mientras seguía arreglando las maletas y trataba de
instalarse. Estaba claro que hubiese preferido un estadounidense. Madame
era una corpulenta mujer de sesenta años con un ajustado vestido
rojo, gruesas pantorrillas y cómodos zapatos negros que habían viajado
un millón de kilómetros. Sus ojos muy maquillados estaban hinchados
y el motivo resultó inmediatamente evidente. Mucho antes de
que el tren se pusiera en marcha sacó un frasco de bolsillo de gran tamaño,
desenroscó el tapón que era al mismo tiempo un vasito, y echó
un buen trago de algo que parecía fuerte. Se lo bebió de golpe y después
miró a Marco sonriendo y le preguntó:
–¿Le apetece?
–No, gracias.
–Es un brandy muy bueno.
–No, gracias.
–Muy bien.
Echó otro trago y volvió a guardar el frasco.
El largo viaje en tren iba a resultar todavía más largo.
–¿Adonde va usted? –preguntó ella en un excelente inglés.
–A Stuttgart. ¿Y usted?
–A Stuttgart, y después seguiré a Estrasburgo. En Stuttgart no se
puede uno quedar mucho tiempo, ¿sabe?
Arrugó la nariz como si toda la ciudad fuera una repugnante cloaca.
–Me encanta Stuttgart –dijo Marco por el simple gusto de ver cómo la
desarrugaba.
–Pues muy bien.
Se miró los zapatos y se los quitó sacudiendo los pies sin preocuparse
por dónde iban a parar. Marco se preparó para aspirar una vaharada de
olor de pies, pero enseguida comprendió que no hubiese podido competir
con el perfume barato de la mujer.
En un gesto de autodefensa, fingió adormilarse. Ella lo dejó tranquilo
unos minutos y después preguntó, levantando la voz:
–¿Habla polaco?
El movió bruscamente la cabeza como si lo acabaran de despertar.
–No, no exactamente. Pero estoy intentando aprenderlo. Mi familia es
249
polaca.
Contuvo la respiración mientras terminaba, medio esperando que ella
le soltara un torrente de perfecto polaco y lo enterrara debajo.
–Ya entiendo –dijo la mujer sin demasiada convicción.
A las 6.15 en punto, un revisor invisible tocó un silbato y el tren se
puso en marcha. Por suerte no había otros pasajeros en el compartimiento
asignado a Madame. Varios bajaron por el pasillo, se detuvieron
a mirar y, al ver el cúmulo de maletas, siguieron adelante en busca de
otro compartimiento donde hubiera más espacio.
Marco estudió atentamente el andén mientras el tren empezaba a
moverse. El hombre del autobús no se veía por ninguna parte.
Madame le siguió dando al codo hasta quedarse dormida. La despertó
el revisor para picar los billetes. Apareció un mozo con un carrito de
bebidas. Marco se compró una cerveza y le ofreció una a su compañera
de compartimiento. Su ofrecimiento fue recibido con otro gigantesco
fruncimiento de nariz, como si prefiriera beber orina.
La primera parada fue Como/San Giovanni, una pausa de dos minutos
en la que nadie subió. Cinco minutos más tarde se detuvieron en
Chiasso. Casi había oscurecido por completo y Marco sopesaba la idea
de efectuar una rápida salida. Estudió el itinerario; había otras cuatro
paradas antes de llegar a Zúrich, una en Italia y tres en Suiza. ¿Qué
país le iría mejor?
Ya no podía correr el riesgo de que lo siguieran. Si estaban en el tren,
significaba que lo venían siguiendo desde Bolonia a través de Módena y
Milán a pesar de los cambios de disfraz. Eran profesionales y no podía
competir con ellos. Mientras se tomaba la cerveza, Marco se sintió un
miserable aficionado.
Madame estudiaba los maltrechos bajos de sus pantalones. Después
Marco la sorprendió mirando los zapatos de jugar a los bolos y no se lo
pudo reprochar en absoluto. A continuación, la mujer clavó los ojos en
la correa roja de su reloj. Su rostro expresó lo evidente: no aprobaba
su falta de sentido estético. Típico estadounidense o canadiense, o lo
que fuera.
Distinguió fugazmente el resplandor de las luces de la orilla del lago
de Lugano. Estaban cruzando la región de los lagos y ganando altura.
Suiza ya no quedaba lejos.
Algún que otro viajero bajaba de vez en cuando por el pasillo a media
luz, miraba hacia el interior del compartimiento por el cristal de la puer250
ta y seguía adelante hacia el fondo, donde estaba el servicio. Madame
había colocado sus grandes pies en el asiento que tenía delante, no
demasiado lejos de Marco. Cuando llevaban sólo una hora de viaje, ya
había conseguido repartir sus cajas, revistas y prendas de vestir por todo
el compartimiento. Marco temía abandonar su asiento.
Al final, se impuso el cansancio y Marco se quedó dormido. Lo despertó
el alboroto de la estación de Bellinzona, la primera parada en Suiza.
Un pasajero subió al vagón de primera y no consiguió encontrar el
asiento adecuado. Abrió la puerta del compartimiento de Madame, miró
a su alrededor, no le gustó lo que vio y se fue a pegarle un grito al revisor.
Le
encontraron un asiento en otro sitio. Madame ni siquiera levantó los
ojos de sus revistas de moda.
El siguiente trecho era de una hora y cuarenta minutos y, cuando vio
que Madame volvía a su frasco de bolsillo, Marco le dijo:
–Creo que lo voy a probar.
Ella sonrió por primera vez en varias horas. Aunque estaba claro que
no le importaba beber sola, siempre era más agradable hacerlo con un
amigo. Pero un par de tragos bastaron para que Marco volviera a quedarse
dormido.
El tren experimentó una sacudida mientras aminoraba la velocidad
para la parada de Arth–Goldau. La cabeza de Marco también se sacudió
y se le cayó el sombrero. Madame lo miraba detenidamente. Cuando él
abrió definitivamente los ojos, le dijo:
–Un hombre muy raro lo ha estado mirando.
–¿Dónde?
–¿Dónde? Pues aquí, naturalmente, en este tren. Se detiene en la
puerta, lo mira con mucho interés y se marcha sigiloso.
«A lo mejor son los zapatos –pensó Marco–. O los pantalones. ¿La correa
del reloj?» Se frotó los ojos y trató de comportarse como si tal cosa
ocurriera constantemente.
–¿Qué aspecto tiene?
–Cabello rubio, unos treinta años, guapito, chaqueta marrón. ¿Lo conoce?
–No, no tengo ni idea.
El hombre del autobús de Módena ni era rubio ni llevaba chaqueta
marrón, pero semejantes nimiedades no tenían ninguna importancia.
Marco estaba lo bastante asustado como para cambiar de plan.
Zug se encontraba a veinte minutos, la última parada antes de Zú251
rich. Cuando faltaban diez minutos, anunció su necesidad de ir al lavabo.
Pero, entre su asiento y la puerta, se interponía la carrera de obstáculos
de Madame. Mientras se abría paso, dejó la cartera y el bastón en
el asiento.
Pasó por delante de cuatro compartimientos, en cada uno de los cuales
había por lo menos tres pasajeros, pero ninguno parecía sospechoso.
Entró en el lavabo, cerró la puerta y esperó hasta que el tren empezó
a aminorar la velocidad y se detuvo. Zug era una parada de dos minutos
y, hasta aquel momento, el tren había sido ridículamente puntual.
Esperó un minuto, regresó a toda prisa a su compartimiento, abrió
la puerta y, sin decirle nada a Madame, tomó la cartera de documentos
y el bastón, que estaba más que dispuesto a utilizar como arma, y corrió
a la parte de atrás del vagón, desde donde saltó al andén.
Era una pequeña estación elevada con una calle que discurría por debajo
de la misma. Marco bajó los peldaños que conducían a la acera
donde vio un solitario taxi con un conductor dormido detrás del volante.
–Hotel, por favor –dijo, pegándole un susto al taxista, que instintivamente
acercó la mano a la llave de encendido. Éste preguntó algo en
alemán y Marco probó a utilizar el italiano–. Necesito un hotel pequeño.
No tengo reserva.
–Eso está hecho –dijo el taxista.
Mientras se alejaban, Marco levantó la vista y vio que el tren se ponía
en marcha. Volvió la cabeza y no vio a nadie que lo siguiera.
La carrera duró nada menos que cuatro manzanas y, cuando se detuvieron
delante de un edificio de tejado a dos aguas en una tranquila calle
secundaria, el taxista dijo en italiano:
–Este hotel es muy bueno.
–Tiene buena pinta. Gracias. ¿A qué distancia está Zúrich por carretera?
–Dos horas más o menos. Depende del tráfico.
–Mañana por la mañana tengo que estar en el centro de Zúrich a las
nueve en punto. ¿Podría usted llevarme allí?
El taxista titubeó un segundo, pensando en el dinero.
–Quizá –contestó.
–¿Cuánto me costará?
El taxista se rascó la barbilla y se encogió de hombros diciendo:
–Doscientos euros.
–Muy bien. Saldremos de aquí a las seis.
–A las seis, sí, aquí estaré.
Marco le volvió a dar las gracias y lo vio alejarse. Sonó un timbre
252
cuando cruzó la puerta de entrada del hotel. El pequeño mostrador estaba
desierto, pero un televisor parloteaba muy cerca de allí.
Al final apareció un soñoliento adolescente que lo miró sonriendo.
–Guten Abend –dijo.
–Parla inglese? –le preguntó Marco.
El chico meneó la cabeza.
–¿Italiano?
–Un poco.
–Yo también hablo un poco –dijo Marco en italiano–. Quiero una habitación
para una noche.
El recepcionista empujó hacia él un impreso de registro y Marco escribió
de memoria el nombre que figuraba en el pasaporte y el número.
Garabateó una dirección imaginaria de Bolonia y también un falso número
de teléfono. Llevaba el pasaporte en el bolsillo de la chaqueta cerca
de su corazón y estaba dispuesto a mostrarlo a regañadientes.
Pero ya era muy tarde y el recepcionista se estaba perdiendo el programa
de la televisión. Con una insólita ineficacia suiza, dijo, también
en italiano:
–Cuarenta y dos euros.
Ni mencionó el pasaporte.
Giovanni depositó el dinero sobre el mostrador y el recepcionista le
entregó la llave de la habitación número 26.
En un italiano sorprendentemente bueno, consiguió pedir que lo despertaran
a las cinco de la mañana. Después, casi como si le acabara de
ocurrir en aquel momento, dijo:
–He perdido el cepillo de dientes. ¿Me podría facilitar uno?
El recepcionista abrió un cajón y sacó una caja llena de toda clase de
artículos de primera necesidad: cepillos de dientes, tubos de dentífrico,
maquinillas de afeitar de un solo uso, crema de afeitar, aspirinas, tampones,
crema de manos, peines e incluso preservativos. Giovanni eligió
algunos artículos y entregó diez euros.
No hubiera apreciado más una suite de lujo del Ritz que la habitación
número 26. Pequeña, limpia, caldeada, con colchón firme y una puerta
que cerró con doble vuelta para mantener fuera los rostros que lo perseguían
desde primera hora de la mañana. Disfrutó de una larga ducha
caliente y después se afeitó y se cepilló los dientes una eternidad.
Para su alivio, encontró un minibar bajo el televisor. Se comió un paquete
de galletas, las regó con dos botellines de whisky y, cuando se
deslizó bajo las mantas, estaba mentalmente agotado y físicamente ex253
hausto. El bastón descansaba sobre la cama, muy cerca de él. Una tontería,
pero no podía evitarlo.
31
En las profundidades de la cárcel había soñado con Zúrich y sus ríos
azules y sus limpias y sombreadas calles y sus modernas tiendas y sus
bien parecidos habitantes, todos orgullosos de ser suizos, todos yendo
a lo suyo con su agradable seriedad. En otra vida, había compartido con
ellos los silenciosos tranvías eléctricos que conducían al barrio financiero.
Por aquel entonces estaba demasiado ocupado para viajar, era demasiado
importante para abandonar las delicadas actividades de Washington,
pero Zúrich era uno de los pocos lugares que había visitado.
Era la clase de ciudad que le gustaba: sin turistas ni tráfico, reacia a
perder el tiempo contemplando catedrales y museos y a adorar los últimos
dos mil años. Nada de eso. A Zúrich le iba el dinero, la refinada
gestión de los caudales en contraposición al burdo cobro en efectivo
que antaño practicara Backman.
Se encontraba una vez más a bordo de un tranvía que había tomado
cerca de la estación de tren circulando sin interrupción por la Bahnhofstrasse,
la arteria principal del centro de Zúrich, si es que efectivamente
había alguno. Eran casi las nueve de la mañana y estaba rodeado por la
última oleada de jóvenes banqueros severamente vestidos que se dirigían
al UBS y el Crédit Suisse y a miles de instituciones menos conocidas
pero igualmente prósperas. Trajes oscuros, camisas de distintos
colores pero muy pocas de ellas blancas, corbatas caras de nudo grande
y poco dibujo, zapatos marrón oscuro con cordones, jamás borlas.
Los estilos habían cambiado ligeramente en los últimos seis años.
Siempre conservadores, pero con cierto donaire. No tan elegantes como
los jóvenes profesionales de su Bolonia natal, pero muy atractivos.
Todo el mundo leía algo mientras viajaba. Pasaban tranvías circulando
en dirección contraria. Marco fingió estar enfrascado en la lectura de
un ejemplar del Newsweek, pero en realidad se dedicaba a observar a
los demás pasajeros.
Nadie le miraba. A nadie parecían molestarle sus zapatos de jugar a
los bolos. De hecho, había visto con otros iguales a un joven vestido
con prendas informales cerca de la estación. Su sombrero de paja no
llamaba la atención. Los bajos de los pantalones tenían un aspecto ligeramente
más aceptable tras haberse comprado en el mostrador de re254
cepción un estuche barato de costura y haberse pasado media hora tratando
de reparar el desaguisado sin hacerse sangre. Su atuendo costaba
una pequeña fracción de lo que costaban todos los trajes que lo rodeaban,
pero ¿qué más le daba? Había conseguido llegar a Zúrich sin
Luigi y todos los demás y, con un poco de suerte, conseguiría escapar.
En Paradeplatz los tranvías entraban por el este y por el oeste y se
detenían. Allí se vaciaban rápidamente mientras los jóvenes banqueros
se dispersaban en grupos para dirigirse a sus respectivos edificios. Marco
se mezcló con la gente tras dejar el sombrero en el asiento del tranvía.
Nada había cambiado en siete años. Paradeplatz seguía siendo la misma:
una plaza abierta flanqueada por tiendas y cafés. Los bancos que
la rodeaban llevaban allí cien años; algunos anunciaban sus nombres
con letreros de neón, otros estaban tan bien escondidos que eran ilocalizables.
Desde detrás de sus gafas de sol procuró absorber al máximo
el ambiente que lo rodeaba sin apartarse de tres jóvenes con bolsas de
gimnasia al hombro. Parecían dirigirse al Rhineland Bank, en el lado este.
Los siguió al vestíbulo interior, donde empezaba la diversión.
El mostrador de información no había cambiado en siete años; es
más, la dama impecablemente vestida sentada al otro lado le resultaba
vagamente familiar.
–Quisiera ver al señor Mikel van Thiessen –dijo, procurando bajar la
voz al máximo.
–¿Su nombre?
–Marco Lazzeri. –Utilizaría «Joel Backman» más tarde, una vez arriba,
allí no se atrevía. Confiaba en que los mensajes de Neal a Van
Thiessen lo hubieran informado acerca del apodo. Al banquero se le
había pedido que hiciera lo posible por permanecer en la ciudad durante
la siguiente semana.
La señora estaba al teléfono, dándole al mismo tiempo a un teclado
de ordenador.
–Será sólo un momento, señor Lazzeri –dijo–. ¿Le importa esperar?
–No –contestó.
¿Esperar? Llevaba años soñando con ello. Se sentó, cruzó las piernas,
se vio los zapatos y escondió los pies debajo del asiento. Tenía la certeza
de que estaba siendo observado desde una docena de ángulos de
cámara distintos, pero le parecía muy bien. Puede que reconocieran a
Backman sentado en el vestíbulo y puede que no. Ya casi se los imagi255
naba allí arriba, contemplando boquiabiertos los monitores, rascándose
la cabeza y diciendo: «No sé, está mucho más delgado, hasta incluso
demacrado.»
–Y el cabello. Está claro que lo lleva muy mal teñido.
Para echarles una mano, Joel se quitó las gafas de montura de concha
de Giovanni.
Cinco minutos más tarde, un guardia de seguridad de severo rostro y
atuendo mucho más discreto se acercó a él como llovido del cielo y le
dijo:
–Señor Lazzeri, ¿tiene usted la amabilidad de seguirme?
Subieron en un ascensor privado hasta el tercer piso, donde Marco
fue acompañado a una pequeña habitación de gruesas paredes. En el
Rhineland Bank todas las paredes parecían gruesas. Otros dos guardias
de seguridad estaban esperando. Uno de ellos incluso le sonrió, el otro
no. Le pidieron que apoyara ambas manos en un escáner biométrico de
huellas dactilares. Compararían las huellas con las que había dejado
siete años antes en aquel mismo lugar y, cuando hubieran comprobado
la coincidencia exacta, habría más sonrisas y después una habitación
más bonita, un vestíbulo más bonito y el ofrecimiento de zumo de fruta
o café. Todo lo que usted quiera, señor Backman.
Pidió zumo porque no había desayunado. Los guardias de seguridad
habían regresado a su guarida. Ahora el señor Backman era atendido
por Elke, una de las agraciadas colaboradoras del señor Van Thiessen.
–Saldrá en cuestión de un minuto –le explicó ésta–. No le esperaba
esta mañana. Resulta un poco difícil concertar citas cuando te escondes
en retretes de lavabos.
El viejo Marco ya era historia pasada. Finalmente se había librado de
él después de dos meses largos de uso. Marco le había sido muy útil, le
había mantenido con vida, le había enseñado los rudimentos del italiano,
lo había acompañado en Treviso y Bolonia y le había presentado a
Francesca, una mujer que tardaría mucho tiempo en olvidar.
Pero Marco también lo mataría, por eso lo dejó tirado allí, en el tercer
piso del Rhineland Bank, mientras contemplaba los zapatos negros de
tacones de aguja de Elke y esperaba a su jefe. Marco se había ido para
jamás regresar.
El despacho de Mikel van Thiessen estaba destinado a impresionar a
sus visitantes con su exhibición de poder. Poder en la mullida alfombra
persa. Poder en el sofá y los sillones de cuero. Poder en el escritorio an256
tiguo de caoba que no hubiera cabido en la celda de Rudley. Poder en
toda la variada serie de artilugios electrónicos que lo rodeaban. Saludó
a Joel en la poderosa puerta de roble y ambos se estrecharon debidamente
la mano, aunque no como viejos amigos. Sólo se habían visto
una vez.
Si Joel había perdido casi treinta kilos desde su última visita, Van
Thiessen había ganado casi otros tantos. También tenía el cabello mucho
más canoso y no tan fuerte y vigoroso como el de los banqueros
más jóvenes que Joel había visto en el tranvía. Van Thiessen acompañó
a su cliente a los sillones de cuero mientras Elke y otra empleada se
apresuraban a servir café y pastelillos.
Una vez solos y con la puerta cerrada, Van Thiessen dijo:
–He estado leyendo cosas acerca de usted.
–Ah, ¿sí? ¿Y qué ha leído?
–Sobornar a un presidente a cambio de un indulto, vamos, señor
Backman. ¿Tan fácil es eso allí?
Joel no supo si bromeaba o no. Estaba de buen humor, pero no le
apetecía exactamente intercambiar chistes.
–Yo no he sobornado a nadie, si es eso lo que usted quiere dar a entender.
–Sí, bueno, no cabe duda de que los periódicos están llenos de conjeturas.
Su tono de voz era más acusador que jovial, por cuyo motivo Joel decidió
no perder el tiempo.
–¿Usted se cree todo lo que lee en los periódicos?
–Por supuesto que no, señor Backman.
–Estoy aquí por tres motivos. Quiero acceso a mi caja de seguridad.
Quiero retirar diez mil dólares en efectivo. Después, es posible que tenga
que pedir uno o dos favores.
Van Thiessen se metió un pastelillo en la boca y lo masticó rápidamente.
–Sí, claro. No creo que nada de eso nos ocasione ningún problema.
–¿Y por qué iba a ocasionárselo?
–No hay ningún inconveniente, señor. Necesitaré sólo unos minutos.
–¿Para qué?
–Tendré que consultarlo con un colega.
–¿Puede hacerlo rápido?
Van Thiessen salió prácticamente disparado de la habitación y cerró
ruidosamente la puerta a su espalda. El dolor que notaba Joel en el estómago
no era de hambre. En caso de que ahora se detuvieran las rue257
das, no tenía ningún plan B. Saldría del banco con las manos vacías,
con un poco de suerte cruzaría Paradeplatz para subir a un tranvía y,
una vez a bordo, no tendría ningún lugar adonde ir. La fuga habría terminado.
Marco regresaría y, al final, Marco acabaría con él.
Mientras el tiempo se detenía bruscamente, su mente no cesaba de
pensar en el indulto. Con él, la pizarra quedaba limpia. El Gobierno de
Estados Unidos no podía ejercer presión sobre el suizo para que congelara
su cuenta. ¡Los suizos no congelaban las cuentas de nadie! ¡Los
suizos eran inmunes a las presiones! Por eso sus bancos estaban llenos
de botines de todo el mundo.
¡Para eso eran los suizos!
Elke lo rescató y le rogó que la acompañara abajo. En otros tiempos,
él habría acompañado a Elke a cualquier sitio, pero ahora sólo era abajo.
Había estado en la cámara acorazada durante su anterior visita. Estaba
en el sótano, a varios pisos bajo tierra, aunque los clientes jamás
sabían hasta qué profundidad de suelo suizo bajaban. Todas las puertas
tenían un grosor de treinta centímetros, todas las paredes parecían de
plomo, todos los techos disponían de cámaras de vigilancia. Elke lo volvió
a dejar en manos de Van Thiessen.
Ambos pulgares pasaron el escáner para comparar las huellas. Un escáner
óptico le tomó una fotografía.
–Número siete –dijo Van Thiessen, señalándolo–. Allí me reuniré con
usted –añadió, saliendo por una puerta.
Joel recorrió un corto pasillo y pasó por delante de seis puertas de
acero sin ventanilla hasta la séptima. Pulsó un botón y se oyeron toda
clase de chirridos y chasquidos hasta que finalmente se abrió. Dentro lo
esperaba Van Thiessen.
La habitación medía tres metros cuadrados y medio y tres de sus paredes
estaban ocupadas por cámaras individuales, casi todas ellas del
tamaño de una grande de zapatos.
–¿El número de su cámara? –preguntó.
–L2270.
–Exacto.
Van Thiessen se situó a su derecha y se inclinó levemente hacia la
L2270.
En el pequeño teclado de la caja marcó unos números y se volvió a
incorporar diciendo:
–Si hace el favor.
258
Bajo la atenta mirada de Van Thiessen, Joel se acercó a su cámara y
marcó el código. Mientras lo hacía, pronunció en voz baja los números,
grabados para siempre en su memoria:
–Ochenta y uno, cincuenta y cinco, noventa y cuatro, noventa y tres,
veintitrés.
Una lucecita verde parpadeó en el teclado. Van Thiessen sonrió diciendo:
–Le espero delante. Pulse el timbre cuando haya terminado.
Una vez solo, Joel sacó la caja de acero de su cámara y abrió la tapa.
Sacó el sobre acolchado y lo abrió. Allí estaban los cuatro discos Jaz de
dos gigabytes que en otros tiempos habían valido mil millones de dólares.
Esperó un instante, no más de sesenta segundos. A fin de cuentas, en
aquel momento estaba muy seguro y, si quería reflexionar con calma,
¿qué mal había en ello?
Pensó en Safi Mirza, Fazal Sharif y Farooq Khan, los brillantes muchachos
que habían descubierto Neptuno y habían creado un montón de
software para manipular el sistema. Todos habían muerto, asesinados
por su ingenua codicia y por su elección del abogado equivocado. Pensó
en Jacy Hubbard, el desvergonzado, sociable e infinitamente carismático
timador que había camelado a los votantes a lo largo de toda su carrera
y, al final, se había vuelto demasiado ambicioso. Pensó en Cari
Pratt y en Kim Bolling y en las varias docenas de socios que él había
atraído a su próspero bufete, y en las vidas destrozadas por aquello que
ahora sostenía en su mano. Pensó en Neal y en la humillación que
había sufrido cuando el escándalo estalló en Washington y la cárcel se
convirtió no sólo en una certeza sino también en un refugio.
Y pensó en sí mismo, no en términos egoístas, no con piedad, no
echándoles la culpa a otros. Qué desastre de vida había llevado, hasta
aquel momento por lo menos. Por mucho que deseara regresar y hacer
las cosas de otra manera, no tenía tiempo que perder con semejantes
pensamientos. Sólo te quedan unos años, Joel, o Marco, o Giovanni o
como cono te llames. Por primera vez en tu cochina vida, ¿por qué no
haces lo que debes en lugar de lo que es lucrativo?
Volvió a meter los discos en el sobre, guardó el sobre en su cartera
de documentos y devolvió la caja de acero al interior de la cámara. Pulsó
el timbre para llamar a Van Thiessen.
De nuevo en el despacho del poder, Van Thiessen le entregó una carpeta
que contenía una hoja de papel.
259
–Éste es el resumen de su cuenta –le estaba diciendo–. Es muy breve.
Tal como usted sabe, no ha habido ningún movimiento.
–Pagan ustedes un uno por ciento de interés –dijo Joel.
–Usted ya conocía nuestros tipos cuando abrió la cuenta, señor Backman.
–Sí, es cierto.
–Protegemos su dinero de otras maneras.
–Naturalmente. –Joel cerró la carpeta y la devolvió–. No quiero conservarlo.
¿Tiene el dinero?
–Sí, lo están subiendo.
–Muy bien. Necesito unas cuantas cosas.
Van Thiessen se acercó un cuaderno de notas y esperó con la estilográfica
en la mano.
–Sí –dijo.
–Quiero transferir cien mil dólares a un banco de Washington. ¿Me
puede recomendar alguno?
–Por supuesto que sí. Colaboramos estrechamente con el Maryland
Trust.
–Muy bien, transfiera el dinero allí y, junto con la transferencia, abra
una cuenta de ahorro. No voy a extender cheques, sólo haré reintegros.
–¿A qué nombre?
–Joel Backman y Neal Backman.
Se estaba volviendo a acostumbrar a su nombre y no se escondía al
pronunciarlo. El miedo no lo acobardaba y no temía que lo ametrallaran.
La situación le encantaba.
–Muy bien –dijo Van Thiessen.
Cualquier cosa era posible.
–Necesito un poco de ayuda para regresar a Estados Unidos. ¿Podría
su chica comprobar qué vuelos de la Lufthansa hay para Filadelfia y
Nueva York?
–Naturalmente. ¿Cuándo y desde dónde?
–Hoy, lo antes posible. Preferiría evitar el aeropuerto de aquí. ¿A qué
distancia se encuentra Munich por carretera desde aquí?
–Por carretera, a tres o cuatro horas.
–¿Me puede facilitar un vehículo?
–Estoy seguro de que lo podremos arreglar.
–Prefiero salir desde el sótano en un automóvil conducido por alguien
que no parezca un chofer. Tampoco quiero un automóvil negro, prefiero
que no llame la atención.
Van Thiessen dejó de escribir y lo miró desconcertado.
–¿Corre usted peligro, señor Backman?
260
–Tal vez. No estoy seguro, pero no quiero correr ningún riesgo.
Van Thiessen lo pensó unos segundos y después dijo:
–¿Quiere que le hagamos las reservas de avión?
–Sí.
–En tal caso, necesito su pasaporte.
Joel sacó el pasaporte prestado de Giovanni.
Van Thiessen lo estudió un buen rato sin que su estoico rostro de
banquero lo traicionara. Al final, consiguió decir:
–Señor Backman, usted viajará con el pasaporte de otra persona.
–Exacto.
–¿Y es válido este pasaporte?
–Lo es.
–Supongo que no tiene ninguno a su nombre.
–Me lo retiraron hace tiempo.
–Este banco no puede participar en la comisión de un delito. Si es un
documento robado, en tal caso...
–Le aseguro que no es robado.
–Pues entonces, ¿cómo...?
–Digamos simplemente que me lo han prestado, ¿de acuerdo?
–Pero la utilización del pasaporte de otra persona es una transgresión
de la ley.
–No perdamos el tiempo con la política de inmigración estadounidense,
señor Van Thiessen. Facilíteme los horarios. Yo elegiré los vuelos.
Que su secretaria haga las reservas utilizando la cuenta del banco. Dedúzcamelo
de mi cuenta. Facilíteme un automóvil y un chofer. Dedúzcalo
de mi cuenta si quiere. Es todo muy sencillo.
Era sólo un pasaporte. Qué demonios, otros clientes tenían tres o
cuatro. Van Thiessen se lo devolvió a Joel diciendo:
–Muy bien. ¿Alguna otra cosa?
–Sí, necesito conectarme a Internet. No me cabe duda de que sus ordenadores
son seguros.
–Totalmente.
Su mensaje a Neal decía:
Grinch:
Con un poco de suerte, llegaré a Estados Unidos esta noche. Consigúeme
hoy mismo otro móvil. No lo pierdas de vista. Mañana por la
mañana llama al Hilton, el Marriott y el Sheraton, en el centro de Washington.
Pregunta por Giovanni Ferro. Ése soy yo. Llama por la mañana
a primera hora a Cari Pratt con el nuevo teléfono. Trata de conseguir
que el senador Clayburn se traslade al distrito de Columbia. Correremos
261
con sus gastos. Dile que es urgente. Un favor a un viejo amigo. No
aceptes una negativa. Ya basta de mensajes hasta que vuelva a casa.
MARCO
Después de tomarse un rápido bocado y una Coca–Cola en el despacho
de Van Thiessen, Joel Backman abandonó el edificio del banco a
bordo de un reluciente BMW verde de cuatro puertas. Para más seguridad,
se cubrió el rostro con un periódico suizo hasta que estuvieron en
la Autobahn. El chofer se llamaba Franz. Franz se creía una promesa de
la Fórmula Uno y, cuando Joel le hizo saber que tenía cierta prisa, Franz
se situó en el carril de la izquierda y se lanzó a 150 kilómetros por
hora.
32
A la 1:11 de la tarde, Joel Backman ya estaba acomodado en un espacioso
asiento de primera clase de un 747 de la Lufthansa cuando éste
empezó a apartarse de la puerta del aeropuerto de Munich. Sólo cuando
percibió el movimiento se atrevió a tomar la copa de champán que llevaba
diez minutos contemplando. La copa ya estaba vacía cuando el
aparato se detuvo al final de la pista para el último control. Cuando las
ruedas se levantaron del suelo, Joel cerró los ojos y se permitió el lujo
de disfrutar de unas cuantas horas de alivio.
Su hijo, por su parte, exactamente a la misma hora, las 7.55 hora
oficial del Este, estaba nervioso hasta el extremo de arrojar objetos.
¿Cómo demonios podía él comprar inmediatamente un nuevo móvil,
volver a llamar a Cari Pratt y pedirle antiguos favores que no existían y
engatusar en cierto modo a un viejo y pendenciero senador retirado de
Ocracoke, Carolina del Norte, para que interrumpiera lo que estuviera
haciendo y regresara a toda prisa a una ciudad que evidentemente aborrecía
con toda su alma? Por no hablar de lo más obvio: él, Neal Backman,
tenía una jornada muy ocupada en el despacho. Pero nada era
más apremiante que rescatar a su descarriado progenitor aunque él tuviera
una agenda llena de clientes y otros asuntos importantes.
Abandonó Jerry's Java, pero, en lugar de dirigirse a su despacho, regresó
a casa. Lisa estaba bañando a la niña y se sorprendió al verle.
–¿Qué ocurre? –le preguntó.
–Tenemos que hablar. Ahora.
262
Empezó con la misteriosa carta franqueada desde York, Pennsylvania,
y, por muy doloroso que fuera, pasó por el préstamo de 4.000 dólares,
el Smartphone, los mensajes codificados y prácticamente toda la historia.
Para su gran alivio, ella se lo tomó todo con calma.
–Deberías habérmelo dicho –le repitió varias veces.
–Sí, y lo siento.
No hubo peleas ni discusiones. La lealtad era uno de los mejores rasgos
de Lisa. Le dijo: «Tenemos que ayudarlo.» Neal la abrazó.
–Nos devolverá el dinero –le aseguró él.
–Ya nos preocuparemos por el dinero más tarde. ¿Corre peligro?
–Creo que sí.
–Muy bien, ¿cuál es el primer paso?
–Llamar al despacho y decirles que estoy en cama con gripe.
La conversación fue captada en directo y con todo detalle por un minúsculo
micrófono instalado por el Mossad en un aplique de la habitación
donde ellos se encontraban. El micrófono estaba conectado a un
transmisor oculto en la buhardilla y, desde allí, todo se transmitía a un
receptor de alta frecuencia situado a unos quinientos metros, en un
despacho de un comercio de venta al por menor que raras veces se utilizaba
y que un caballero del Distrito Federal había alquilado por seis
meses. Allí un técnico lo escuchaba dos veces y después enviaba rápidamente
un correo electrónico a su contacto en la embajada israelí de
Washington.
Desde la desaparición de Backman de Bolonia, hacía más de veinticuatro
horas, los dispositivos de escucha instalados alrededor de su hijo
habían sido controlados todavía más de cerca.
El mensaje a Washington terminaba con un «J. B. regresa a casa».
Por suerte, Neal no mencionó el nombre de «Giovanni Ferro» durante
su conversación con Lisa. Pero, por desgracia, mencionó dos de los tres
hoteles: el Marriott y el Sheraton.
El regreso de Backman fue objeto de la máxima prioridad. Once
agentes del Mossad estaban situados en la Costa Este; a todos se les
ordenó trasladarse de inmediato a Washington.
Lisa dejó a la niña en casa de su madre y, después, ella y Neal se
trasladaron rápidamente a Charlottesville, a treinta minutos por carretera.
En un centro comercial al norte de la ciudad encontraron una sucursal
de U. S. Cellular, abrieron una cuenta, compraron un teléfono y,
en cuestión de treinta minutos ya estaban de nuevo en la carretera. Li263
sa conducía mientras Neal trataba de localizar a Cari Pratt.
Gracias a la generosa ayuda del vino y el champán, Joel consiguió
dormir varias horas sobre el Atlántico. Cuando el aparato tomó tierra en
el JFK, a las 4.30 de la tarde, la relajación había desaparecido sustituida
por la incertidumbre y el impulso de volver la cabeza para mirar a su
espalda.
En el control de inmigración se puso inicialmente en la cola mucho
más corta de los estadounidenses que regresaban. La cantidad de gente
que esperaba al otro lado, en la cola de ciudadanos no estadounidenses
era tremenda. De pronto, recapacitó, miró a su alrededor y empezó a
maldecir por lo bajo mientras corría hacia la cola de los extranjeros.
«Hay que ver lo tonto que eres.»
Un uniformado chico del Bronx de poderoso cuello le estaba diciendo
a gritos a la gente que siguiera esa cola, no la otra, y que de paso se
diera prisa. Bienvenidos a Estados Unidos. Había ciertas cosas que
Joel no había echado de menos.
El oficial del control de pasaportes frunció el entrecejo mientras examinaba
el de Giovanni, pero la verdad es que también lo había fruncido
al examinar los otros. Joel lo había estado observando desde detrás de
unas baratas gafas de sol.
–¿Se podría quitar las gafas, por favor? –dijo el oficial.
–Certamente –contestó Joel, levantando la voz para demostrar su italianidad.
Se quitó las gafas de sol, bizqueó como si la luz lo deslumbrara y se
frotó los ojos mientras el oficial intentaba estudiar su cara. El hombre
selló a regañadientes el pasaporte y se lo devolvió sin una sola palabra.
Como no tenía nada que declarar, los funcionarios de aduanas apenas
lo miraron. Joel se abrió paso entre la gente en la terminal y vio la hilera
de taxis en la parada.
–Estación Penn –dijo.
El taxista se parecía un poco a Farooq Khan, el más joven de los tres,
un simple muchacho; Joel lo estudió desde el asiento de atrás mientras
agarraba la cartera.
Circularon muy despacio en medio del tráfico de la hora punta y tardaron
cuarenta y cinco minutos en llegar a la estación Penn. Compró un
billete de la Amtrak para el distrito de Columbia y a las siete dejó Nueva
York con destino a Washington.
El taxi aparcó en la calle Brandywine, en el noroeste de Washington.
Ya eran prácticamente las once y casi todas las bonitas casas estaban a
264
oscuras. Backman habló con el taxista que ya se reclinaba contra el
respaldo del asiento, muerto de sueño.
La señora Pratt estaba en la cama intentando dormirse cuando oyó el
timbre de la puerta. Tomó la bata y bajó corriendo la escalera. Casi todas
las noches su marido dormía en el sótano, sobre todo porque roncaba,
pero también porque bebía demasiado y padecía de insomnio.
Suponía que allí debía de estar ahora.
–¿Quién es? –preguntó a través del telefonillo.
–Joel Backman –fue la respuesta y ella creyó que era una broma.
–¿Quién?
–Donna, soy yo, Joel. Te lo juro. Abre la puerta.
Miró por la mirilla de la puerta y no reconoció al desconocido.
–Un momento –dijo y bajó a toda prisa al sótano, donde Cari miraba
el telediario.
Un minuto después éste ya se encontraba en la puerta enfundado en
un chándal de la Duke pistola en mano.
–¿Quién es? –preguntó a través del telefonillo.
–Cari, soy yo, Joel. Deja el arma y abre la puerta.
La voz era inconfundible. Abrió la puerta y Joel Backman entró en su
vida, una antigua pesadilla rediviva. No hubo abrazos ni apretones de
manos, y apenas sonrisas. Los Pratt lo examinaron detenidamente porque
su aspecto era muy distinto... mucho más delgado, con el cabello
más oscuro y más corto y una ropa muy rara.
–¿Qué estás haciendo aquí? –le espetó Donna.
–Muy buena pregunta –contestó fríamente él. Tenía la ventaja de
haberlo planeado todo. A ellos, en cambio, los había pillado con la
guardia baja–. ¿Quieres hacer el favor de bajar el arma?
Pratt depositó el arma encima de una mesa auxiliar.
–¿Has hablado con Neal? –le preguntó Backman.
–Me he pasado todo el día hablando con él.
–¿Qué ocurre, Cari? –preguntó Donna.
–La verdad es que no lo sé.
–¿Podemos hablar? Para eso he venido. Ya no me fío de los teléfonos.
–¿Hablar de qué? –preguntó ella.
–¿Nos podrías preparar un poco de café, Donna? –preguntó jovialmente
Joel.
–Pues no, qué caray.
–Tachemos el café.
Cari se rascaba la barbilla mientras valoraba la situación.
–Donna, tenemos que hablar en privado. Cosas del viejo bufete. Ya te
265
facilitaré el resumen más tarde.
Ella les lanzó una mirada asesina que decía con toda claridad «os podéis
ir los dos a la mierda», y después volvió a subir pisando ruidosamente
los peldaños. Ellos entraron en el estudio.
–¿Te apetece beber algo? –preguntó Cari.
–Sí, algo fuerte.
Cari se acercó a un pequeño mueble bar de un rincón y preparó dos
whiskys de malta... dobles. Le entregó un vaso a Joel y, sin hacer el
menor esfuerzo por sonreír, le dijo:
–Salud.
–Salud. Me alegro de volver a verte, Cari.
–No me extraña. Te habrías tenido que pasar otros catorce años sin
ver a nadie.
–Contabas los días, ¿eh?
–Aún estamos limpiando la basura que dejaste a tu espalda, Joel. Muchas
buenas personas resultaron perjudicadas. Siento que Donna no
esté exactamente encantada de verte. No se me ocurren muchas personas
de esta ciudad que quisieran darte un abrazo.
–La mayoría quisiera pegarme un tiro.
Cari contempló cautelosamente la pistola.
–No me puedo preocupar por eso –añadió Backman–. Por supuesto
que me gustaría regresar y cambiar ciertas cosas, pero no me puedo
permitir el lujo. Estoy tratando de empezar una nueva vida, Cari, y necesito
ayuda.
–Puede que yo no quiera implicarme.
–No te lo reprocho. Pero necesito un favor, y muy grande. Ayúdame
ahora y te prometo que jamás me volverás a ver en tu puerta.
–La próxima vez te pegaré un tiro.
–¿Dónde está el senador Clayburn? Dime que está vivo.
–Vaya si lo está. Has tenido suerte.
–¿Cómo?
–Está aquí, en el distrito de Columbia.
–¿Por qué?
–Hollis Maples se retira después de cien años en el Senado. Celebran
una fiesta en su honor esta noche. Todos los viejos chicos están en la
ciudad.
–¿Maples? Pero si ya babeaba en la sopa hace diez años.
–Bueno, pues ahora ya ni siquiera ve la sopa. El y Clayburn eran uña
y carne.
–¿Has hablado con Clayburn?
–Sí.
266
–¿Y qué?
–Puede ser muy duro, Joel. No le gustó oír mencionar tu nombre. Dijo
algo sobre que te deberían fusilar por traición.
–No importa. Dile que puede mediar en un trato que lo hará sentir un
verdadero patriota.
–¿Cuál es el trato?
–Tengo el JAM, Cari. Todo entero. Lo he sacado esta mañana de una
cámara de un banco de Zúrich donde lleva encerrado más de seis años.
Tú y Clayburn tenéis que ir mañana por la mañana a mi habitación y os
lo mostraré.
–La verdad es que no quiero verlo.
–Sí que quieres.
Pratt se bebió un par de tragos de whisky. Regresó al minibar, volvió
a llenarse el vaso, se bebió otra dosis tóxica y preguntó:
–¿Cuándo y dónde?
–El Marriott de la calle Veintidós. Habitación cinco–veinte. A las nueve
de la mañana.
–¿Por qué, Joel? ¿Por qué me tengo yo que meter en esto?
–Un favor a un viejo amigo.
–No te debo ningún favor. Y el viejo amigo se fue hace tiempo.
–Por lo que más quieras, Cari. Tráeme a Clayburn y mañana al mediodía
ya no estarás en la foto. Te prometo que jamás volverás a verme.
–Eso es muy tentador.
Le pidió al taxista que se lo tomara con calma. Recorrieron Georgetown
bajando por la calle K, con sus restaurantes, bares y locales universitarios
abiertos hasta muy tarde, todos ellos llenos de personas que
disfrutaban de la buena vida. Era 22 de marzo y se anunciaba la primavera.
La temperatura era de unos quince grados y los estudiantes estaban
deseando salir a la calle, aunque fuera a medianoche.
El taxi aminoró la velocidad al llegar al cruce de la calle I con la Catorce
y Joel vio a lo lejos el viejo edificio de su despacho de la avenida
Nueva York. En algún lugar de allí, en el último piso, había gobernado
su pequeño reino y sus subordinados le corrían detrás, apresurándose a
cumplir todas sus órdenes. No fue un momento nostálgico. Muy al contrario,
se arrepentía de una vida indigna dedicada a la persecución del
dinero y la compra de amigos y mujeres y de todos los juguetes que un
pez gordo pudiera desear. En su recorrido, pasaron por delante de incontables
edificios de despachos, los del Gobierno a un lado y los de los
lobbys al otro.
267
Le pidió al taxista que cambiara de calles y se dirigiera a lugares más
agradables.
Giraron a Constitución y bajaron por el Malí, pasando por delante del
monumento a Washington. Su hija menor, Anna Lee, se había pasado
años suplicándole que la llevara en primavera a pasear por el Malí como
los otros niños de su clase. Quería ver al señor Lincoln y pasarse un día
en la Smithsonian. El prometió repetidamente hacerlo hasta que ella se
fue. Ahora creía que Anna Lee estaba en Denver, con un hijo al que él
jamás había visto.
Cuando se aproximaban a la cúpula del Capitolio, Joel se hartó de
golpe. Aquel pequeño viaje por el sendero de la memoria era deprimente.
Los recuerdos de su vida eran demasiado desagradables.
–Lléveme al hotel –dijo.
33
Neal preparó el primer café de la mañana y salió fuera, pisando los
fríos ladrillos del patio, para admirar la belleza de un amanecer de principios
de primavera.
Si su padre había llegado efectivamente al distrito de Columbia, no
estaría dormido a las 6.30 de la mañana. La víspera había guardado en
su nuevo teléfono los números de los hoteles de Washington y, en
cuanto salió el sol, empezó por el Sheraton. No había ningún Giovanni
Ferro. Después llamó al Marriott.
–Un momento, por favor –dijo la telefonista y enseguida empezó a
sonar el teléfono de la habitación.
–¿Sí? –dijo una conocida voz.
–Marco, por favor –contestó Neal.
–Aquí Marco. ¿Eres Grinch?
–Sí.
–¿Dónde estás, ahora mismo?
–En el patio de mi casa, esperando a que salga el sol.
–¿Y qué clase de teléfono utilizas?
–Es un Motorola recién estrenado que he guardado en el bolsillo desde
ayer que lo compré.
–No tienes ni la menor duda de que es seguro.
–Ni la más mínima.
Una pausa mientras Joel respiraba afanosamente.
–Me alegro de oír tu voz, hijo.
268
–Y yo la tuya. ¿Qué tal fue el viaje?
–Muy movido. ¿Puedes venir a Washington?
–¿Cuándo?
–Hoy, esta mañana.
–Pues claro, todo el mundo cree que tengo la gripe. Estoy a salvo en
el despacho. ¿Cuándo y dónde?
–Ven al Marriott de la Veintidós. Entra en el vestíbulo a las 8.45, sube
en el ascensor hasta el sexto piso y después baja por la escalera hasta
el quinto. Habitación cinco–veinte.
–¿Es necesario todo eso?
–Confía en mí. ¿Puedes utilizar otro automóvil?
–No sé. No estoy muy seguro de quién...
–La madre de Lisa. Pídele prestado el automóvil y asegúrate de que
nadie te sigue. Cuando llegues a la ciudad, aparca en el garaje de la
Dieciséis y después sigue a pie hasta el Marriott. Vigila constantemente
tu espalda. Si ves algo sospechoso, llámame y lo abortaremos.
Neal echó un vistazo a su patio trasero, medio esperando ver a unos
agentes vestidos de negro yendo por él. ¿De dónde habría sacado su
padre todas aquellas ideas de intriga y misterio? ¿Los seis años de confinamiento
solitario tal vez? ¿La lectura de miles de novelas de espías?
–¿Estás conmigo? –preguntó secamente Joel.
–Sí, claro. Voy para allá.
Ira Clayburn parecía un hombre que se hubiera pasado la vida en un
barco de pesca y no alguien que había servido treinta y cuatro años en
el Senado de Estados Unidos. Sus antepasados llevaban cien años pescando
en los Outer Banks de Carolina del Norte, cerca de su lugar de
residencia en Ocracoke. Ira se habría dedicado a lo mismo de no haber
sido por un profesor de matemáticas de sexto grado que descubrió su
excepcional coeficiente intelectual. Una beca para Chapel Hill lo alejó de
su casa. Otra para Yale le permitió obtener un master. Una tercera para
Stanford antepuso el título de «doctor» a su nombre. Estaba enseñando
felizmente economía en Davidson cuando un nombramiento de compromiso
lo envió al Senado para cubrir un período de sesiones incompleto.
Se presentó a regañadientes para un período completo y, a partir
de entonces, se había pasado tres décadas haciendo todo lo posible por
largarse de Washington. Al final lo había conseguido, a los setenta y un
años. Cuando dejó el Senado se llevó un dominio del espionaje estadounidense
que ningún político podía igualar.
269
Accedió a acudir al Marriott con Cari Pratt, un viejo amigo del club de
tenis, por simple curiosidad. Que él supiera, el misterio de Neptuno jamás
se había resuelto. Pero es que ya llevaba cinco años fuera del ambiente
y se pasaba casi todo el día en su barco, pescando en las aguas
entre Hatteras y Cape Lookout.
En el ocaso de su carrera de senador había observado cómo Joel
Backman se convertía en el último de una larga lista de representantes
de poderosos lobbys que había perfeccionado el arte de ejercer presión
a cambio de honorarios descomunales. Él ya se estaba yendo de Washington
cuando Jacy Hubbard, otra cobra que había tenido su merecido,
había sido hallado muerto.
No le interesaba la gente de su ralea.
Cuando se abrió la puerta de la habitación 520 y entró detrás de Cari
Pratt, se encontró cara a cara con el demonio en persona.
Pero el demonio era muy amable y simpático y parecía otra persona.
La cárcel.
Joel se presentó a sí mismo y presentó a su hijo Neal al senador Clayburn.
Se estrecharon formalmente todas las manos y se dieron las debidas
gracias. La mesa de la pequeña suite estaba llena de pastelillos,
café y zumos de fruta. Habían acercado cuatro sillas en círculo abierto a
su alrededor y todos se sentaron.
–Esto no creo que vaya a durar mucho –dijo Joel–. Senador, necesito
su ayuda. No sé hasta qué punto está al corriente del enrevesado asunto
que me envió durante unos cuantos años...
–Conozco lo esencial, pero siempre ha habido preguntas.
–Pues yo estoy muy seguro de conocer las respuestas.
–¿A quién pertenece el sistema de satélites?
Joel no podía permanecer sentado. Se acercó a la ventana, miró sin
ver nada y después respiró hondo.
–Lo construyó la China comunista con unos costes astronómicos. Tal
como usted sabe, los chinos están muy por detrás de nosotros en armas
convencionales y por eso se gastan tanto dinero en cosas de alta
tecnología. Nos robaron una parte de nuestra tecnología y consiguieron
lanzar con éxito el sistema –apodado Neptuno– sin el conocimiento de
la CIA.
–¿Y cómo lo lograron?
–Con algo tan poco tecnológico como un incendio forestal. Una noche
incendiaron mil hectáreas de bosque en una provincia del norte. El fuego
provocó una enorme nube de humo y, en medio de ella, lanzaron
tres cohetes, cada uno con tres satélites.
270
–Eso ya lo hicieron los rusos una vez –dijo Clayburn.
–Y los rusos fueron engañados con su propia triquiñuela. Ellos tampoco
detectaron Neptuno... nadie lo detectó. Nadie en el mundo conocía
su existencia hasta que mis tres clientes se tropezaron con él.
–Los estudiantes paquistaníes.
–Sí, y los tres están muertos.
–¿Quién los mató?
–Sospecho que lo hicieron unos agentes de la China comunista.
–¿Quién mató a Jacy Hubbard.
–Los mismos.
–¿Y hasta qué extremo están cerca de usted estas personas?
–Más cerca de lo que yo quisiera.
Clayburn alargó la mano hacia una pasta y Pratt apuró un vaso de
zumo de naranja. Joel añadió:
–Tengo en mi poder el software... JAM, tal como ellos lo bautizaron.
Sólo había una copia.
–¿La que usted intentó vender? –preguntó Clayburn.
–Sí. Y la verdad es que quiero librarme de ella. Está resultando muy
mortífera y deseo desesperadamente deshacerme de ella. Pero es que
no estoy muy seguro de quién conviene que la tenga.
–¿Qué tal la CIA? –dijo Pratt, porque todavía no había dicho nada.
Clayburn ya estaba meneando la cabeza para decir que no.
–No me fío de ellos –dijo Joel–. Teddy Maynard me consiguió el indulto
para poder permanecer sentado, contemplando cómo otros me mataban.
Ahora hay una directora en funciones.
–Y un nuevo presidente –dijo Clayburn–. En estos momentos, la CIA
está hecha un desastre. Yo no me acercaría a ellos.
Con lo cual, el senador Clayburn cruzó la línea y, de simple espectador
curioso, pasó a convertirse en asesor.
–¿Con quién me pongo en contacto? –preguntó Joel–. ¿De quién me
puedo fiar?
–De la DIA, la Agencia de Defensa de Inteligencia –contestó Clayburn
sin dudar–. El jefe de allí es el comandante Wes Roland, un viejo amigo
mío.
–¿Cuánto tiempo lleva en el cargo?
Clayburn lo pensó un momento y después contestó:
–Diez, puede que doce años. Es experto y más listo que el hambre. Y,
además, un hombre honrado.
–¿Y podría usted hablar con él?
–Sí. Nos hemos mantenido en contacto.
–¿No tiene que informar al director de la CIA? –preguntó Pratt.
271
–Sí, eso lo tiene que hacer todo el mundo. Hay por lo menos quince
agencias de espionaje distintas –algo contra lo cual luché durante veinte
años– y, por imperativo legal, todas tienen que informar a la CIA.
–¿O sea que Wes Roland tomará lo que yo le dé y se lo dará a la CIA?
–preguntó Joel.
–No tiene más remedio. Pero hay distintas maneras de hacerlo. Wes
Roland es un hombre juicioso y sabe jugar a la política. Por eso ha sobrevivido
tanto tiempo.
–¿Puede concertarme una reunión?
–Sí, pero ¿qué ocurrirá en la reunión?
–Le entregaré el JAM y saldré corriendo del edificio.
–¿Y a cambio?
–Es un acuerdo muy sencillo, senador. No quiero dinero. Sólo un poco
de ayuda.
–¿Qué?
–Prefiero discutirlo con él. Estando usted presente en la habitación,
naturalmente.
Hubo una pausa en la conversación mientras Clayburn miraba al suelo
y sopesaba la situación. Neal se acercó a la mesa y eligió un cruasán.
Joel se volvió a llenar la taza de café. Pratt, bajo los visibles efectos de
una resaca, se bebió otro vaso alto de zumo de naranja.
Al final, Clayburn se reclinó contra el respaldo de su asiento y dijo:
–Supongo que es urgente.
–Más que urgente. Si el comandante Roland está disponible, podría
reunirme ahora mismo con él. En cualquier sitio.
–Estoy seguro de que dejará cualquier cosa que esté haciendo.
–El teléfono está por allí.
Clayburn se levantó y se acercó al escritorio.
Pratt carraspeó diciendo:
–Bueno, chicos, a estas alturas del juego, yo preferiría largarme. No
quiero oír nada más. No quiero ser un testigo o un acusado u otra víctima.
Por consiguiente, con su permiso, regreso a mi despacho.
No esperó la respuesta. Desapareció en un santiamén y la puerta se
cerró ruidosamente a su espalda. Los otros tres la contemplaron unos
segundos, desconcertados en cierto modo por su repentina retirada.
–Pobre Cari –dijo Clayburn–. Siempre asustado de su propia sombra.
Levantó el auricular y puso manos a la obra.
En mitad de la cuarta llamada, y de la segunda directa al Pentágono,
Clayburn cubrió con la mano el teléfono y le dijo a Joel:
–Prefieren reunirse en el Pentágono.
272
Joel ya estaba meneando la cabeza.
–No. Yo no voy allí con el software antes de que se cierre el trato. No
lo llevaré encima. Se lo entregaré más tarde, pero no puedo entrar allí
con él.
Clayburn lo comunicó a su interlocutor y después escuchó un buen
rato. Volvió a cubrir el auricular y preguntó:
–¿Qué es el software?
–Cuatro discos.
–Tendrán que comprobarlo, ¿comprende?
–Muy bien, llevaré dos de los discos cuando vaya al Pentágono. Es
aproximadamente la mitad. Podrán echarles un rápido vistazo.
Clayburn se inclinó sobre el teléfono y repitió las condiciones de Joel.
–¿Quiere mostrarme los discos?
–Sí.
Dejó la llamada en espera mientras Joel tomaba su cartera de documentos.
Sacó el sobre y después los cuatro discos y los depositó encima
de la cama para que Neal y Clayburn los vieran. Clayburn regresó al
teléfono y dijo:
–Estoy contemplando cuatro discos. El señor Backman me asegura
que es lo que es.
Escuchó unos minutos y volvió a pulsar el botón de espera.
–Quieren que vayamos ahora mismo al Pentágono –dijo.
–Vamos.
Clayburn colgó diciendo:
–Están en ascuas. Creo que los chicos están emocionados. ¿Vamos?
–Me reuniré con usted en el vestíbulo dentro de cinco minutos –dijo
Joel.
Cuando la puerta se cerró detrás de Clayburn, Joel recogió rápidamente
los discos y se guardó dos de ellos en el bolsillo de la chaqueta.
Los otros dos –los números tres y cuatro– los guardó de nuevo en la
cartera de documentos, que entregó a Neal, diciendo:
–Cuando salgamos, acércate al mostrador de recepción y pide otra
habitación. Insiste en registrarte ahora mismo. Llama a esta habitación,
déjame un mensaje y dime dónde estás. Quédate allí hasta que yo te
llame.
–De acuerdo, papá. Espero que sepas lo que haces.
–Simplemente cerrar un trato, hijo. Como en los viejos tiempos.
El taxi los dejó en la cara sur del Pentágono, cerca de la boca del Metro.
Dos miembros uniformados del equipo de colaboradores del co273
mandante Roland estaban esperando con credenciales e instrucciones.
Los acompañaron a través de los controles de seguridad y mandaron
hacerles unas fotografías para sus tarjetas de identidad provisionales.
Clayburn se pasó el rato pensando en lo fácil que era todo aquello en
los viejos tiempos.
Pero, independientemente de los viejos tiempos, él había pasado a
convertirse rápidamente, del crítico escéptico que era, en un destacado
participante, implicado de lleno en la intriga de Backman.
Mientras recorrían los anchos pasillos del segundo piso, recordó lo
sencilla que era la vida cuando sólo había dos superpotencias. Siempre
teníamos a los soviéticos. Los chicos malos eran fáciles de identificar.
Subieron por la escalera al tercer piso, Ala C, donde los funcionarios
los acompañaron a través de varias puertas a una suite de despachos
en la que evidentemente los esperaban. El comandante Roland en persona
aguardaba su llegada. Tenía unos sesenta años y parecía en muy
buena forma, enfundado en su uniforme caqui. Se hicieron las presentaciones
y el comandante los invitó a sentarse alrededor de su mesa de
reuniones. A un extremo de la larga y ancha mesa situada en el centro,
tres técnicos estaban ocupados comprobando los datos de un ordenador
de gran tamaño que, resultaba evidente, acababan de instalar allí.
El comandante Roland le pidió permiso a Joel para que pudieran estar
presentes dos ayudantes. Por supuesto que sí. Joel no ponía el menor
reparo.
–¿Le importa que grabemos la reunión en vídeo? –preguntó Roland.
–¿Con qué objeto? –preguntó Joel.
–Para tenerla filmada en caso de que alguien de más arriba la quiera
ver.
–¿Como quién?
–Tal vez el presidente.
Joel miró a Clayburn, su único amigo en la habitación, aunque tampoco
lo era demasiado.
–¿Y qué me dice de la CIA? –preguntó Joel.
–Tal vez.
–Dejemos el vídeo, por lo menos inicialmente. Puede que, en determinado
momento de la reunión, accedamos a encender la cámara.
–Me parece muy bien. ¿Café o bebidas sin alcohol?
Nadie estaba sediento.
El comandante Roland preguntó a los técnicos informáticos si el equipo
ya estaba preparado. Lo estaba y les pidió que se retiraran.
274
Joel y Clayburn se sentaron a un lado de la mesa de reuniones. El
comandante Roland estaba flanqueado por dos de sus asistentes. Los
tres tenían pluma y cuaderno de notas a punto. Joel y Clayburn no tenían
nada.
–Vamos a empezar y terminar una conversación sobre la CIA –
empezó diciendo Backman, dispuesto a llevar la voz cantante–. Según
mis conocimientos legales, o, por lo menos, tal como estaban las cosas
cuando yo trabajaba por aquí, el director de la CIA está al frente de todas
las actividades de espionaje.
–Exacto –dijo Roland.
–¿Qué hará usted con la información que yo estoy a punto de facilitarle?
El comandante miró a su derecha y la mirada que se intercambiaron
él y su asistente dejó traslucir una gran incertidumbre.
–Tal como usted ha dicho, señor, el director tiene derecho a conocer
y a tenerlo todo.
Backman sonrió y carraspeó.
–Mi comandante, la CIA ha tratado de liquidarme, ¿comprende? Y,
que yo sepa, todavía me busca. No me interesan demasiado los tipos
de Langley.
–El señor Maynard se ha ido, señor Backman.
–Y otro ha ocupado su lugar. No quiero dinero, mi comandante. Quiero
protección. Primero, quiero que mi propio Gobierno me deje en paz.
–Eso se puede arreglar –dijo Roland con autoridad.
–Y necesitaré un poco de ayuda con otras personas.
–¿Por qué no nos lo dice todo, señor Backman? Cuanto más sepamos,
más lo podremos ayudar.
Con la excepción de Neal, Joel Backman no se fiaba de nadie en la faz
de la Tierra. Pero había llegado el momento de ponerlo todo sobre el
tapete y confiar en que saliera lo mejor posible. La persecución había
terminado; ya no había ningún otro lugar adonde huir.
Empezó con el propio Neptuno y explicó que lo había construido la
China comunista tras robar la tecnología a dos contratistas distintos del
Departamento de Defensa de Estados Unidos, que lo había lanzado
usando una estratagema y conseguido engañar no sólo a Estados Unidos
sino también a los rusos, los británicos y los israelíes. Contó la larga
historia de los tres paquistaníes... de su desafortunado descubrimiento,
de su temor a lo que habían encontrado, de su curiosidad ante
el hecho de poder establecer comunicación con Neptuno y de su inteligencia
al haber conseguido crear un programa capaz de manipular y
275
neutralizar el sistema. Habló sin tapujos de su propia e insensata codicia
al haber tratado de vender JAM a distintos Gobiernos en la esperanza
de ganar más dinero del que jamás nadie hubiera podido soñar. No
trató de defenderse al recordar la temeridad de Jacy Hubbard y los descabellados
planes que ambos forjaron para ofrecer su producto a distintos
compradores. Reconoció sin vacilar sus errores y asumió toda la
responsabilidad del caos que había provocado. Y después siguió adelante.
No, los rusos no tuvieron interés por lo que él les ofrecía. Ya tenían
sus propios satélites y no podían permitirse el lujo de negociar la adquisición
de otros.
No, con los israelíes jamás se llegó a ningún acuerdo. Se quedaron al
margen, pero lo bastante cerca para saber que era inminente un acuerdo
con los saudíes. Los saudíes estaban desesperadamente ansiosos de
comprar JAM. Tenían sus propios satélites, pero nada comparable a
Neptuno.
Nada se podía comparar con Neptuno, ni siquiera la última generación
de satélites estadounidenses.
De hecho, los saudíes habían llegado a ver los cuatro discos. En el
transcurso de un experimento muy controlado, los tres paquistaníes
ofrecieron una demostración del software a dos agentes de su policía
secreta. El experimento tuvo lugar en un laboratorio informático del
campus de la Universidad de Maryland y había sido una demostración
deslumbrante y extremadamente convincente. Backman estaba presente,
como Hubbard.
Los saudíes ofrecieron cien millones de dólares por JAM. Hubbard,
que se consideraba amigo íntimo de los saudíes, fue el hombre clave
durante las negociaciones. Se pagaron unos «honorarios de transacción
» de un millón de dólares y el dinero se transfirió a una cuenta de
Zúrich. Hubbard y Backman replicaron exigiendo quinientos millones de
dólares.
De repente, se desencadenó un infierno. Los federales atacaron con
órdenes de detención, acusaciones e investigaciones y los saudíes se
asustaron. Hubbard fue asesinado. Joel se refugió en la seguridad de la
cárcel, dejando a su espalda un ancho camino de destrucción y a toda
una serie de enfurecidas personas agraviadas.
El resumen de cuarenta y cinco minutos de duración terminó sin una
sola interrupción. Cuando Joel acabó, ninguno de los tres hombres del
otro lado de la mesa tomaba apuntes. Estaban demasiado ocupados es276
cuchando.
–Estoy seguro de que podemos hablar con los israelíes –dijo el comandante
Roland–. Si éstos se convencen de que los saudíes jamás
pondrán las manos en JAM, respirarán mucho más tranquilos. Llevamos
años discutiendo con ellos. JAM ha sido uno de los temas más frecuentes.
Estoy seguro de que se les puede calmar.
–¿Y los saudíes?
–Ellos también se han interesado a los más altos niveles. Tenemos
muchos intereses comunes últimamente. Estoy seguro de que suspirarán
de alivio si saben que lo tenemos nosotros y jamás nadie lo tendrá.
Conozco bien a los saudíes y creo que lo descartarán como un mal negocio.
Queda el pequeño detalle de los honorarios de la transacción.
–Para ellos un millón de dólares es sólo dinero de bolsillo. No es negociable.
–Muy bien. Creo que ahora nos quedan los chinos.
–¿Alguna sugerencia?
Clayburn aún no había abierto la boca. Inclinándose hacia delante sobre
los codos, dijo:
–En mi opinión, jamás lo olvidarán. Sus clientes prácticamente los
atracaron, les robaron un sistema valorado en muchos billones de dólares
y, con su software de fabricación casera, lo inutilizaron. Los chinos
tienen nueve de los mejores satélites que jamás se han construido dando
vueltas por aquí arriba y no los pueden utilizar. No van a perdonar ni
a olvidar, y la verdad es que no se les puede reprochar. Por desgracia,
ejercemos muy poca influencia sobre Pekín en asuntos de espionaje.
El comandante Roland asentía con la cabeza.
–Me temo que estoy de acuerdo con el senador. Les podemos hacer
saber que tenemos en nuestro poder el software, pero eso es algo que
jamás olvidarán.
–No se lo reprocho. Estoy tratando simplemente de sobrevivir, eso es
todo.
–Haremos lo que podamos con los chinos, pero puede que no sea
mucho.
–Éste es el trato, caballeros. Ustedes me dan su palabra de que me
quitarán de encima a la CIA y que actuarán rápidamente para apaciguar
a los israelíes y los saudíes. Hagan todo lo posible con los chinos, aunque
comprendo que, a lo mejor, será muy poco. Y me facilitan ustedes
dos pasaportes: uno australiano y otro canadiense. En cuanto los tengan
listos, y esta misma tarde no sería demasiado pronto, me los entregan
y yo les entrego a cambio los otros dos discos.
–Trato hecho –dijo Roland–. Pero, como es natural, tenemos que
277
echar un vistazo al software.
Joel se metió la mano en el bolsillo y sacó los discos uno y dos. Roland
volvió a llamar a los técnicos informáticos y todo el grupo se congregó
alrededor del gigantesco monitor.
Un agente del Mossad llamado Albert en clave creyó ver a Neal Backman
entrar en el vestíbulo del Marriott de la calle Veintidós. Llamó a su
supervisor y, en cuestión de treinta minutos, otros dos agentes se situaron
en el interior del hotel. Albert volvió a ver a Neal Backman una
hora después saliendo del ascensor con una cartera de documentos que
no llevaba al entrar en el hotel, acercándose al mostrador de recepción
y cumplimentando al parecer un impreso de registro. Después Neal sacó
su billetero y entregó una tarjeta de crédito.
A continuación, regresó al ascensor donde Albert lo perdió en cuestión
de segundos.
El hecho de que Joel Backman pudiera alojarse en el Marriott de la
calle Veintidós era extremadamente importante, pero planteaba también
enormes problemas. Primero, el asesinato de un estadounidense
en territorio norteamericano era una operación tan delicada que habría
sido necesario consultar con el primer ministro. Segundo, el asesinato
propiamente dicho era una pesadilla logística. El hotel disponía de seiscientas
habitaciones, tenía centenares de clientes, centenares de empleados,
centenares de visitantes y nada menos que cinco convenciones
en curso. Miles de testigos en potencia.
Pese a ello, inmediatamente se forjó un plan.
34
Almorzaron con el senador al fondo de un restaurante vietnamita de
comidas para llevar situado cerca de Dupont Circle, un lugar que ellos
consideraban a salvo de los miembros de los lobbys y de los antiguos
conocidos que pudieran verlos juntos y empezar a divulgar uno de los
muchos y escandalosos rumores que mantenían viva y paralizaban la
ciudad. Por espacio de una hora, mientras bregaban con unos picantes
fideos tan duros que casi no se podían comer, Joel y Neal escucharon
los interminables relatos del pescador de Ocracoke acerca de sus días
de gloria en Washington. Este repitió más de una vez que no echaba de
menos la política, pero sus recuerdos de aquellos días estaban llenos de
intriga, humor y muchas amistades.
Clayburn había empezado el día pensando que una bala en la cabeza
278
de Joel Backman habría sido muy poco en comparación con lo que éste
se merecía, pero, cuando ambos se despidieron en la acera, delante del
establecimiento, le pidió por favor que fuera a visitar su barco y que
llevara consigo a Neal. Joel llevaba sin pescar desde su infancia y sabía
que jamás conseguiría ir a los Outer Banks, pero, por gratitud, prometió
intentarlo.
Joel estuvo más cerca de una bala en la cabeza de lo que jamás podría
imaginar. Cuando él y Neal bajaron por la avenida Connecticut
después del almuerzo, los vigilaba muy de cerca el Mossad. Un tirador
de precisión estaba apostado detrás de una camioneta de reparto alquilada.
Pero aún no se había recibido el visto bueno de Tel Aviv. Y la acera
estaba abarrotada de gente.
Utilizando las páginas amarillas de su habitación de hotel, Neal había
encontrado un establecimiento de artículos masculinos que anunciaba
retoques inmediatos, y estaba deseando ayudar. Su padre necesitaba
desesperadamente un nuevo vestuario. Joel se compró un traje de tres
piezas azul marino, una camisa blanca de vestir, dos corbatas, alguna
que otra prenda informal y, gracias a Dios, dos pares de zapatos negros
de vestir. Pagó el total de 3.100 dólares en efectivo. Los zapatos de jugar
a los bolos fueron a parar a la papelera a pesar de los tibios elogios
que les había dedicado el dependiente.
A las cuatro en punto de la tarde, mientras ambos se encontraban en
una cafetería Starbuck de la avenida Massachusetts, Neal sacó el móvil
y marcó el número que le había facilitado el comandante Roland. Después
le pasó el teléfono a su padre.
Contestó Roland en persona.
–Estamos de camino –dijo éste.
–Habitación cinco–veinte –dijo Joel mientras sus ojos vigilaban a los
demás bebedores de café–. ¿Cuántos son?
–Un buen grupo –contestó Roland.
–No me importa cuántas personas lo acompañen, pero usted déjelas
a todas en el vestíbulo.
–Así lo haré.
Se olvidaron del café y recorrieron diez manzanas a pie de regreso al
Marriott, vigilados de cerca en todo momento por agentes del Mossad
armados. Todavía sin respuesta de Tel Aviv.
Los Backman llevaban unos cuantos minutos en la habitación cuando
llamaron a la puerta.
279
Joel le dirigió una nerviosa mirada a su hijo, que se quedó helado y
con la cara tan preocupada como la de su padre. Ahí podía acabar todo,
pensó Joel. El épico viaje que se había iniciado en las calles de Bolonia,
a pie, en taxi a Módena, en taxi hasta Milán, más otros pequeños recorridos
a pie y más taxis y después en tren con destino a Stuttgart, pero
con un inesperado rodeo pasando por Zug donde otro taxista aceptó el
dinero y lo llevó a Zúrich, dos tranvías y después Franz y el BMW verde
que recorrió 150 kilómetros hasta Munich, donde los cálidos y acogedores
brazos de la Lufthansa lo devolvieron a casa. Aquello podía ser el final
del camino.
–¿Quién es? –preguntó Joel, acercándose a la puerta.
–Wes Roland.
Joel miró por la mirilla y no vio a nadie. Respiró hondo y abrió la
puerta. El comandante vestía chaqueta deportiva y corbata, y estaba
solo y con las manos vacías. Por lo menos, lo parecía. Joel miró hacia el
fondo del pasillo y vio a dos personas tratando de esconderse. Cerró
rápidamente la puerta y presentó a Roland a Neal.
–Aquí están los pasaportes –dijo Roland, metiendo la mano en el bolsillo
y sacando dos pasaportes de aspecto usado. El primero tenía las
tapas de color azul oscuro con la palabra AUSTRALIA en letras doradas.
Joel lo abrió y estudió la fotografía. Los técnicos habían utilizado la de
seguridad del Pentágono, le habían aclarado considerablemente el cabello,
le habían quitado las gafas y unas cuantas arrugas y habían obtenido
una imagen bastante buena. Su nombre era Simón Wilson McAvoy.
–No está mal –dijo Joel.
El segundo estaba encuadernado en azul marino con el rótulo de
CANADÁ en letras doradas. La misma fotografía y el nombre de Ian Rex
Hatteboro. Joel asintió con la cabeza en señal de aprobación y entregó
ambos pasaportes a Neal para que los inspeccionara.
–Hay cierta preocupación por la investigación del Gran Jurado acerca
del escándalo del indulto –dijo Roland–. Antes no hablamos de eso.
–Mi comandante, usted y yo sabemos que yo no estoy implicado en
ese asunto. Espero que la CIA convenza a los chicos del edificio Hoover
de que no tengo nada que ver. No tenía ni idea de que se estaba preparando
un indulto. El escándalo no es mío.
–Puede que lo llamen a declarar ante un Gran Jurado.
–Muy bien. Me ofreceré voluntariamente. Será una comparecencia
muy breve.
Roland pareció darse por satisfecho. Era un simple mensajero. Empezó
a mirar a su alrededor, buscando la otra parte del trato.
280
–Y ahora, hablemos del software.
–No está aquí –dijo Joel con innecesario dramatismo. Asintió con la
cabeza mirando a Neal y éste abandonó la habitación–. Sólo un minuto
–añadió, mirando a Roland, el cual ya estaba enarcando las cejas con
los ojos entornados.
–¿Hay algún problema? –preguntó Roland.
–Ninguno en absoluto. El paquete está en otra habitación. Perdone,
pero llevo demasiado tiempo actuando como un espía.
–No es mala costumbre para un hombre en su situación.
–Creo que ahora ya se ha convertido en un estilo de vida.
–Nuestros técnicos aún están trabajando con los dos primeros discos.
Es un trabajo realmente impresionante.
–Mis clientes eran unos chicos muy listos y unos buenos chicos. Pero
la codicia pudo con ellos, supongo. Como les ocurre a algunos.
Llamaron a la puerta y era Neal. Este le entregó el sobre a Joel, el
cual sacó los dos discos y se los dio a Roland.
–Gracias –dijo el comandante–. Ha hecho falta mucho valor.
–Algunas personas tienen más valor que cerebro, supongo.
El intercambio había terminado. Ya no quedaba nada más que decir.
Roland se encaminó hacia la puerta. Cuando ya tenía la mano en el tirador,
se le ocurrió otra cosa.
–Simplemente para que lo sepa –dijo con la cara muy seria–, la CIA
está razonablemente segura de que Sammy Tin ha aterrizado esta tarde
en Nueva York. El vuelo procedía de Milán.
–Gracias, supongo –dijo Joel.
En cuanto Roland abandonó la habitación con el sobre, Joel se tumbó
en la cama y cerró los ojos. Neal sacó dos cervezas del minibar y se
sentó en un sillón cercano. Se pasó unos cuantos minutos bebiendo
cerveza y finalmente preguntó:
–Papá, ¿quién es Sammy Tin?
–Mejor que no lo sepas.
–Pero quiero saberlo todo. Y me lo vas a contar.
A las seis de la tarde, el automóvil de la madre de Lisa se detuvo delante
de una peluquería de la avenida Wisconsin, en Georgetown. Joel
bajó y dijo adiós. Y gracias. Neal salió disparado, deseoso de regresar a
casa cuanto antes.
Joel había concertado la cita unas horas antes, sobornando a la recepcionista
con la promesa de quinientos dólares en efectivo. Una corpulenta
señora llamada Maureen lo estaba esperando, no demasiado
281
contenta por el hecho de tener que trabajar tan tarde, pero intrigada al
mismo tiempo por ver quién era capaz de soltar semejante cantidad de
dinero a cambio de un tinte rápido.
Joel pagó primero, dio las gracias tanto a la recepcionista como a
Maureen por su buena disposición y se sentó delante de un espejo.
–¿Quiere que se lo lavemos? –preguntó Maureen.
–No. Tengo prisa.
La mujer introdujo los dedos entre su cabello y dijo:
–¿Quién se lo hizo?
–Una señora de Italia.
–¿Qué color tenía usted pensado?
–Gris, un gris uniforme.
–¿Natural?
–No, más que natural. Casi blanco.
Maureen puso los ojos en blanco, mirando a la recepcionista. Aquí nos
viene cada uno...
Maureen puso manos a la obra. La recepcionista se fue a casa, cerrando
la puerta a su espalda. Cuando ya llevaban unos cuantos minutos,
Joel preguntó:
–¿Trabaja usted mañana?
–No, es mi día libre. ¿Por qué?
–Porque tendré que venir al mediodía para otra sesión. Mañana me
apetecerá algo un poco más oscuro, que cubra el gris que está usted
haciendo ahora.
Las manos de la mujer se detuvieron en seco.
–Pero ¿qué le pasa?
–Reúnase aquí conmigo al mediodía y le pagaré mil dólares en efectivo.
–Muy bien. ¿Y qué va a ser pasado mañana?
–Estaré muy bien cuando parte del gris haya desaparecido.
Dan Sandberg llevaba un buen rato holgazaneando en su escritorio
del Post a última hora de la tarde cuando se recibió la llamada. El caballero
del otro extremo de la línea se identificó como Joel Backman y dijo
que quería hablar. El comunicante de Sandberg tenía un número desconocido.
–¿El verdadero Joel Backman? –preguntó Sandberg, apresurándose a
tomar su ordenador portátil.
–El único que yo conozco.
–Es un placer. La última vez que le vi estaba en presencia de un tri282
bunal, declarándose culpable de toda suerte de maldades.
–Todo lo cual quedó anulado gracias a un indulto presidencial.
–Le creía escondido en la otra punta del mundo.
–Sí, me he cansado de Europa. Echaba de menos mi vieja tierra. Ahora
he regresado y estoy dispuesto a volver a mis negocios.
–¿Qué clase de negocios?
–Mi especialidad, naturalmente. De eso quería hablar.
–Estaré encantado. Pero le tendré que hacer preguntas acerca del indulto.
Corren muchos rumores descabellados al respecto.
–Eso es de lo primero de lo que vamos a hablar, señor Sandberg.
¿Qué tal mañana por la mañana a las nueve?
–No me lo perdería por nada del mundo. ¿Dónde nos reunimos?
–Ocupo la suite presidencial del Hay–Adams. Traiga un fotógrafo, si
quiere. El intermediario ha vuelto a la ciudad.
Sandberg colgó y llamó a Rusty Lowell, su mejor fuente en la CIA.
Lowell había salido y, como de costumbre, nadie tenía ni idea de dónde
estaba. Probó con otra fuente en Langley, pero no encontró a nadie.
Whitaker permanecía sentado en su asiento de primera clase del vuelo
de Alitalia desde Milán al Dulles. Allí delante la bebida era gratis y corría
profusamente, por lo que Whitaker hizo todo lo que pudo por pillar
una tajada. La llamada de Julia Javier lo había sobresaltado. Ésta empezó
haciéndole amablemente una pregunta:
–¿Alguien ha visto por ahí a Marco, Whitaker?
–No, pero lo estamos buscando.
–¿Cree que lo van a encontrar?
–Sí, estoy seguro de que aparecerá.
–La directora está bastante nerviosa en estos momentos, Whitaker.
–¡Dígale que sí, que lo encontraremos!
–¿Y por dónde lo buscan, Whitaker?
–Entre aquí, Milán, y Zúrich.
–Pues están perdiendo el tiempo, Whitaker, porque el viejo Marco ha
aparecido aquí, en Washington. Se ha reunido con el Pentágono esta
tarde. Se les ha escapado de los dedos, Whitaker, nos han hecho hacer
el ridículo.
–¿Qué?
–Vuelva a casa, Whitaker, y cuanto antes.
Veinticinco filas más atrás, Luigi, hundido en su asiento, rozaba las
rodillas de una niña de doce años que escuchaba el rap más espantoso
que él jamás hubiera oído. Ya iba también por el cuarto trago. No era
283
gratis y no le importaba lo que costara.
Sabía que Whitaker estaba allí delante haciendo anotaciones acerca
de la mejor manera de echarle toda la culpa a él. Él habría tenido que
estar haciendo lo mismo, pero, de momento, sólo le apetecía beber. La
siguiente semana en Washington sería muy desagradable.
A las seis de la tarde, hora oficial del Este, se recibió la llamada de
Tel Aviv ordenando interrumpir la operación de asesinato de Backman.
Abortar. Hacer las maletas y retirarse, esta vez no habría ningún cadáver.
Para los agentes fue una noticia agradable. Estaban adiestrados para
moverse con sigilo, hacer su trabajo y desaparecer sin dejar pistas, ni
pruebas, ni huellas. Bolonia era un lugar mucho más agradable que las
abarrotadas calles de Washington.
Una hora más tarde, Joel pagó la cuenta del Marriott y salió a disfrutar
de un largo paseo al aire libre. Pero no se alejó de las calles más
transitadas ni perdió el tiempo. Aquello no era Bolonia. Aquella ciudad
cambiaba mucho de noche. En cuanto la gente regresaba a casa de su
trabajo y el tráfico disminuía, resultaba peligrosa.
El recepcionista del Hay–Adams prefería una tarjeta de crédito, algo
de plástico, algo que no exigiera el uso del libro de contabilidad. Raras
veces un cliente insistía en pagar en efectivo, pero aquél no aceptaba
un no por respuesta. La reserva se había confirmado y, con la obligada
sonrisa, el hombre entregó la llave y dio al señor Ferro la bienvenida a
su hotel.
–¿Lleva equipaje, señor?
–No.
Y éste fue el final de su breve conversación.
El señor Ferro se encaminó hacia los ascensores con sólo una barata
cartera de documentos de cuero negro.
35
La suite presidencial del Hay–Adams estaba en el octavo piso, con
tres ventanales que daban a la calle H y, más allá, al parque Lafayette
y la Casa Blanca. Tenía un dormitorio inmenso, un cuarto de baño muy
bien equipado de mármol y latón y un salón amueblado con piezas antiguas,
televisor y teléfonos ligeramente anticuados y un fax que raras
284
veces se utilizaba. Costaba 3.000 dólares por noche, pero ¿qué más le
daban estas cosas al intermediario?
Cuando Sandberg llamó a la puerta a las nueve, sólo tuvo que esperar
un minuto para que ésta se abriera de par en par y un cordial
«¡Buenos días, Dan!» lo saludara.
Backman alargó el brazo y, mientras le estrechaba fuertemente la
mano derecha con la suya, tiró enérgicamente de él para atraerlo a su
territorio.
–Me alegro de que haya podido venir –le dijo–. ¿Le apetece un café?
–Sí, claro, un café solo.
Sandberg dejó su cartera en una silla y observó a Backman mientras
llenaba las tazas desde una cafetera de plata. Mucho más delgado, con
el cabello más corto y casi blanco, el rostro demacrado. Se parecía un
poco al acusado Backman, pero no mucho.
–Póngase cómodo –le estaba diciendo Backman–. He pedido el desayuno.
Nos lo subirán enseguida. –Depositó las tazas en la mesita auxiliar,
delante del sofá, y dijo–: Vamos a trabajar aquí. ¿Utilizará una
grabadora?
–Si no le importa.
–Lo prefiero. Así se evitan malentendidos. Ambos ocuparon sus posiciones.
Sandberg colocó una pequeña grabadora sobre la mesa y después
sacó el cuaderno y el bolígrafo. Backman era todo sonrisas y permanecía
sentado en su sillón, con las piernas cruzadas tranquilamente
y el aire de un hombre que no teme ninguna pregunta. Sandberg se fijó
en los zapatos con duras suelas de goma casi sin estrenar. No había ni
una sola mota de suciedad en el cuero negro. Como era de esperar, el
abogado iba muy bien arreglado: traje azul marino, impecable camisa
blanca con puños y gemelos de oro y una aguja por encima de una vistosa
corbata rojo y oro que llamaba mucho la atención.
–Bueno, la primera pregunta es, ¿dónde ha estado?
–Por Europa, yendo de acá para allá, viendo el continente.
–¿Durante dos meses?
–Sí, es suficiente.
–¿Algún lugar en concreto?
–Pues, en realidad, no. He pasado mucho tiempo a bordo de trenes,
una maravillosa manera de viajar. Se ven muchas cosas.
–¿Por qué ha regresado?
–Ésta es mi casa. ¿A qué otro sitio podría ir? ¿Qué otra cosa podría
hacer? Recorrer Europa es estupendo, lo ha sido, pero no puedes convertirlo
en una profesión. Tengo trabajo que hacer.
–¿Qué clase de trabajo?
285
–El de siempre. Relaciones con el Gobierno, asesoría.
–Eso significa volver a los lobbys, ¿no?
–Mi bufete tendrá una rama especializada en lobbys, en efecto. Será
una parte significativa de nuestro negocio, pero en modo alguno la más
importante.
–¿Y qué bufete será ése?
–El nuevo.
–Écheme una mano que no le entiendo, señor Backman.
–Voy a abrir un nuevo despacho, el Backman Group, con sede aquí,
en Nueva York y en San Francisco. Tendremos seis socios inicialmente
y, en cuestión de un año, llegaremos aproximadamente a unos veinte.
–¿Quiénes son estas personas?
–Bueno, no puedo revelar sus nombres ahora. Estamos ultimando los
detalles, negociando los puntos más complejos, es algo muy delicado.
Pensamos cortar la cinta inaugural el primero de mayo, causará sensación.
–No lo dudo. Pero ¿no será un bufete jurídico?
–No, pero tenemos previsto añadir más adelante una sección jurídica.
–Pensé que le habían retirado la licencia cuando...
–En efecto. Pero, con el indulto, puedo volver a presentarme al examen
del Colegio de Abogados. Si me apetece empezar a presentar demandas,
volveré a echar un vistazo a los libros y conseguiré la licencia.
Pero no en un futuro próximo, ahora tengo demasiado trabajo que
hacer.
–¿Qué clase de trabajo?
–Poner en marcha la empresa, conseguir el capital y, sobre todo reunirme
con posibles clientes.
–¿Podría facilitarme los nombres de algunos de esos clientes?
–Por supuesto que no, pero espere unas semanas y la información ya
estará disponible.
Sonó el teléfono del escritorio y Backman frunció el entrecejo.
–Un segundo. Es una llamada que estaba esperando. –Se acercó y levantó
el auricular. Sandberg le oyó decir–: Backman, sí, hola, Bob. Sí,
mañana estaré en Nueva York. Mira, te llamo dentro de una hora, ¿de
acuerdo? Ahora mismo estoy ocupado. –Colgó diciendo–: Perdón.
Era Neal, llamándole según lo acordado exactamente a las 9.15, cosa
que seguiría haciendo cada diez minutos a lo largo de una hora.
–No se preocupe –dijo Sandberg–. Hablemos de su indulto–. ¿Ha leído
los reportajes acerca de la presunta compra de indultos presidenciales?
286
–¿Que si los he leído? Ya tengo preparado un equipo de defensa, Dan.
Mis chicos ya están en ello. Cuando los federales consigan reunir un
Gran Jurado, si es que lo consiguen, les he comunicado que quiero ser
el primer testigo. No tengo absolutamente nada que ocultar y la insinuación
de que pagué dinero a cambio de un indulto es perseguible legalmente.
–¿Se propone presentar una demanda?
–Por supuesto que sí. Mis abogados están preparando ahora mismo
una demanda por difamación contra el New York Times y su lacayo,
Heath Frick. Será muy desagradable. Será un juicio tremendo y me van
a pagar un montón de dinero.
–¿Está seguro de que quiere que yo lo publique?
–¡Pues claro que sí! Y, ya que estamos, permítame dedicar un elogio
a usted y a su periódico por la discreción de que han hecho gala hasta
ahora. Es muy insólito, pero admirable sin duda.
El reportaje de aquella visita de Sandberg a la suite presidencial ya
habría sido más que suficiente para empezar. Pero ahora, el reportaje
acababa de ser lanzado a la portada de la mañana siguiente.
–Simplemente para que conste, ¿niega usted haber pagado a cambio
del indulto?
–Lo niego rotunda y categóricamente. Y presentaré una demanda contra
cualquiera que afirme lo contrario.
–Pues entonces, ¿por qué lo indultaron? Backman cambió de posición
en su asiento y estaba a punto de lanzarse a una larga explicación
cuando sonó el timbre de la puerta.
–Ah, el desayuno –dijo, levantándose de un salto. Abrió la puerta y
un camarero con chaqueta blanca entró empujando un carrito con caviar
y toda clase de exquisiteces, huevos revueltos con trufas y una botella
de champán Kruger en un cubo de hielo. Mientras Backman firmaba
la cuenta, el camarero descorchó la botella.
–¿Una copa o dos? –preguntó el camarero.
–¿Una copa de champán, Dan?
Sandberg no pudo por menos que consultar su reloj. Parecía un poco
temprano para empezar a beber alcohol, pero ¿por qué no? ¿Cuántas
veces podría estar sentado en la suite presidencial contemplando la Casa
Blanca mientras se bebía un champán que costaba trescientos dólares
la botella?
–Sí, pero sólo un poquito.
El camarero llenó dos copas, volvió a dejar la botella de Kruger en el
cubo de hielo y se marchó de la habitación mientras volvía a sonar el
teléfono. Esta vez era Randall desde Boston, el cual tendría que pasarse
287
una hora más sentado junto al teléfono mientras Backman terminaba el
asunto que tenía entre manos.
Colgó ruidosamente el teléfono diciendo:
–Coma algo, Dan, he pedido suficiente para los dos.
–No, gracias, antes ya me he tomado un bollo. Sandberg tomó la copa
de champán y dio un sorbo. Backman mojó un barquillo en un montón
de caviar de quinientos dólares y se lo metió en la boca como
habría podido hacer un adolescente con maíz frito y salsa. Masticó
mientras paseaba con la copa en la mano.
–¿Mi indulto? –dijo–. Le pedí al presidente Morgan que revisara mi
caso. Y la verdad es que no pensé que tuviera el menor interés, pero es
una persona muy astuta.
–¿Arthur Morgan?
–Sí, muy infravalorado como presidente, Dan. No se merecía la aplastante
derrota que sufrió. Se le echará de menos. Sea como fuere, cuanto
más estudiaba el caso Morgan, tanto más se preocupaba. Supo ver a
través de la pantalla de humo del Gobierno. Captó sus mentiras. Como
antiguo abogado defensor que era, conocía el poder de los federales
cuando éstos quieren atrapar a un inocente.
–¿Está diciendo que era usted inocente?
–Por supuesto que sí. No hice nada malo.
–Pero se declaró culpable.
–No tuve más remedio que hacerlo. Primero, nos acusaron a Jacy
Hubbard y a mí con pruebas falsas. Nosotros no cedimos. «Que se celebre
el juicio –dijimos–. Que nombren un jurado.» Les pegamos tal susto
a los federales que hicieron lo que suelen hacer siempre. Fueron por
nuestros amigos y nuestras familias. Estos idiotas dignos de la Gestapo
acusaron a mi hijo, Dan, un chico recién salido de la Facultad de Derecho,
que no sabía nada de mis asuntos. ¿Por qué no escribió usted nada
acerca de eso?
–Sí, escribí.
–Sea como fuere, no tuve más remedio que asumir la culpa. Para mí
se convirtió en un honor. Me declaré culpable para que se retiraran las
acusaciones contra mi hijo y mis socios. El presidente Morgan lo comprendió.
Por eso me indultaron. Me lo merecía.
Otro barquillo, otro bocado de oro, otro trago de Kruger para regarlo.
Paseaba arriba y abajo, ahora sin chaqueta, como un hombre que necesitara
librarse de muchos pesos. De pronto, se detuvo y dijo:
–Ya basta de hablar del pasado, Dan. Hablemos de mañana. Mire la
Casa Blanca allá al fondo. ¿Ha asistido alguna vez a una cena de Estado,
esmoquin, guardia de honor de la Marina a la bandera, elegantes
288
damas con preciosos vestidos?
–No.
Backman se acercó a la ventana y contempló la Casa Blanca.
–Yo he estado un par de veces –dijo con cierta nostalgia–. Y volveré.
Déme dos o puede que tres años y un día me entregarán en mano una
invitación de cartulina con letras doradas en relieve: «El Presidente y la
Primera Dama solicitan el honor de su presencia...» –Se volvió y miró
con una relamida sonrisa a Sandberg–. Esto es el poder, Dan. Para eso
vivo.
Sería un buen reportaje, pero no exactamente lo que Sandberg quería.
Devolvió bruscamente al intermediario a la realidad con un repentino:
–¿Quién mató a Jacy Hubbard?
Backman encorvó los hombros mientras se acercaba al cubo de hielo
para otra ronda.
–Fue un suicidio, Dan, pura y llanamente un suicidio. Jacy se sintió
humillado hasta el límite de lo increíble. Los federales lo destruyeron. Y
no pudo soportarlo.
–Bueno, pues es usted la única persona de la ciudad que cree que fue
un suicidio.
–Y yo soy la única persona que conoce la verdad. Publíquelo, haga el
favor.
–Lo haré.
–Hablemos de otra cosa.
–Francamente, señor Backman, su pasado es mucho más interesante
que su futuro. Tengo una buena fuente que dice que usted fue indultado
porque la CIA lo quería poner en libertad, que Morgan se vino abajo
ante las presiones de Tedd Maynard y que lo escondieron en algún lugar
para ver quién lo atrapaba primero.
–Necesita otras fuentes.
–¿O sea que niega...?
–¡Estoy aquí! –Backman extendió los brazos para que Sandberg lo
pudiera ver todo–. ¡Estoy vivo! Si la CIA me quisiera muerto, ya estaría
muerto. –Tomó un sorbo de champán y añadió–: Búsquese otra fuente
mejor. ¿Le apetecen unos huevos? Se están enfriando.
–No, gracias.
Backman echó una buena ración de huevos revueltos en un platito y
se la comió mientras paseaba por la estancia de ventana en ventana sin
jamás alejarse demasiado de la vista de la Casa Blanca.
–Están muy ricos, llevan trufa.
289
–No, gracias. ¿Cuántas veces los toma como desayuno?
–No muchas.
–¿Conocía usted a Bob Critz?
–Pues claro, todo el mundo conocía a Bob Critz. Llevaba por aquí tanto
tiempo como yo.
–¿Dónde estaba usted cuando murió?
–En San Francisco, en casa de un amigo, lo vi en los telediarios. Francamente
lamentable. ¿Qué tiene Critz que ver conmigo?
–Simple curiosidad.
–¿Significa eso que se le han acabado las preguntas?
Sandberg estaba repasando sus notas cuando volvió a sonar el teléfono.
Esta vez era Ollie y Backman le dijo que le llamaría más tarde.
–Tengo un fotógrafo abajo –dijo Sandberg–. A mi jefe de redacción le
gustarían unas cuantas fotografías.
–Naturalmente.
Joel se puso la chaqueta, se arregló la corbata, se alisó el cabello y se
estudió los dientes en un espejo. Después tomó otra cucharada de caviar
mientras se presentaba el fotógrafo y descargaba su equipo. Éste
ajustó la iluminación mientras Sandberg mantenía la grabadora en
marcha y lanzaba otras preguntas.
La mejor instantánea según el fotógrafo, pero también la que a Sandberg
le parecía muy bonita, era una imagen de Joel sentado en el sofá
de cuero color rojo oscuro, debajo de un retrato que colgaba en la pared,
a su espalda. Posó para otras fotografías junto a la ventana, procurando
que la Casa Blanca siempre apareciera en la distancia.
El teléfono seguía sonando, pero, al final, Joel no le prestó atención.
Neal tenía que ir llamando cada cinco minutos en caso de que Joel no
contestara a una llamada y cada diez en caso de que contestara. Después
de una sesión fotográfica de veinte minutos, el teléfono los estaba
volviendo locos.
El intermediario era un hombre ocupado.
El fotógrafo terminó, recogió su equipo y se marchó. Sandberg se
quedó unos cuantos minutos y, al final, se encaminó hacia la puerta. Al
salir, dijo:
–Mire, señor Backman, mañana esto será un gran reportaje, no le
quepa la menor duda. Pero, para que lo sepa, no me creo la mitad de
las trolas que hoy me ha dicho.
–¿Qué mitad?
–Usted era totalmente culpable. Y Hubbard también. Él no se suicidó
y usted huyó a la cárcel para salvar el pellejo. Maynard le consiguió el
290
indulto. Arthur Morgan no tenía ni idea de nada.
–Muy bien. Esta mitad no es importante.
–¿Cuál es la importante?
–El intermediario ha regresado. Encárguese de que eso figure con toda
claridad en la primera plana.
Maureen estaba de mucho mejor humor. Su día libre jamás había valido
mil dólares. Acompañó al señor Backman a un salón privado de la
parte de atrás, lejos del parloteo de las señoras a las que estaban peinando
en el salón de la parte delantera. Juntos estudiaron los colores y
los tonos y, al final, eligieron uno que resultara fácil de mantener. Para
ella, «mantener» significaba la esperanza de 1.000 dólares cada cinco
semanas.
A Joel le daba igual. Jamás volvería a verla.
La peluquera transformó el blanco en gris y añadió el castaño suficiente
para borrarle cinco años de la cara. Allí no estaba en juego la vanidad.
La juventud no importaba. Él sólo quería esconderse.
36
La última invitada que lo visitó en la suite lo hizo llorar. Neal, el hijo
al que apenas conocía, y Lisa, la nuera a la que jamás había visto, le
entregaron a Carrie, la nieta de dos años con la que sólo había podido
soñar. Al principio, la niña también lloró, pero después se calmó cuando
su abuelo empezó a pasear con ella en brazos por la habitación y le
mostró la Casa Blanca allí al fondo. La llevó de ventana en ventana y de
habitación en habitación, haciéndola saltar entre sus brazos y charlando
con ella como si tuviera experiencia con una docena de nietos. Neal sacó
más fotografías, pero de un hombre distinto que ya no llevaba un
elegante traje sino unos chinos y una camisa a cuadros escoceses con
los extremos del cuello abrochados con botones. Lejos quedaban las
bravatas y la arrogancia; era un simple abuelo disfrutando con una chiquilla
preciosa.
El servicio de habitaciones les subió un tardío almuerzo a base de sopas
y ensaladas y todos disfrutaron de una sencilla comida familiar, la
primera de Joel en muchos, muchos años Comió con una sola mano,
pues la otra la tenía ocupada sosteniendo a Carrie sobre una rodilla. No
dejó ni un solo momento de brincar.
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Les advirtió acerca del reportaje que al día siguiente se publicaría en
el Post y les explicó los motivos que se ocultaban detrás del mismo. Era
importante que lo vieran en Washington y de la manera más visible posible.
Le permitiría ganar un poco de tiempo y confundiría a todos los
que tal vez todavía seguían buscándolo. Causaría sensación y se hablaría
de él durante varios días, mucho después de que él se hubiera ido.
Lisa quería saber hasta qué punto corría peligro y Joel le confesó que
no estaba seguro. Desaparecería algún tiempo, cambiaría de sitio y
procuraría tener siempre mucho cuidado. En los últimos dos meses
había aprendido muchas cosas.
–Regresaré dentro de unas cuantas semanas –dijo–. Y vendré de vez
en cuando. Espero que dentro de unos cuantos años la situación sea
más segura.
–¿Adonde vas ahora? –preguntó Neal.
–Tomaré el tren con destino a Filadelfia y después volaré a Oakland.
Me gustaría visitar a mi madre. Sería bonito que le enviarais una postal.
Yo me lo tomaré con calma y, al final, acabaré en algún lugar de Europa.
–¿Qué pasaporte utilizarás?
–No los que ayer me facilitaron.
–¿Cómo?
–No pienso consentir que la CIA controle todos mis movimientos. Excepto
en caso de emergencia, jamás los utilizaré.
–¿Y cómo viajarás?
–Tengo otro pasaporte. Una amiga me lo prestó.
Neal le miró con recelo, como si ya supiera lo que significaba la palabra
«amiga». Pero Lisa no lo entendió y la pequeña Carrie aprovechó el
momento para ensuciarse. Joel se apresuró a devolvérsela a su madre.
Mientras Lisa estaba en el cuarto de baño cambiándole el pañal, Joel
bajó la voz diciendo:
–Tres cosas. Primero, busca una empresa de seguridad para que examine
tu casa, tu despacho y tus automóviles. Puede que te lleves una
sorpresa. Costará diez billetes de los grandes, pero hay que hacerlo.
Segundo, me gustaría que buscaras una residencia asistida cerca de
aquí. Mi madre, tu abuela, está abandonada allí, en Oakland, sin que
nadie se ocupe de su situación. Una buena residencia costará de tres a
cuatro mil dólares mensuales.
–Supongo que tienes el dinero.
–Tercero, sí, tengo el dinero. Está en una cuenta de aquí, en el Maryland
Trust. Tú figuras como uno de los titulares. Retira veinticinco mil
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para cubrir los gastos que has hecho hasta ahora y guarda el resto a
mano.
–No necesito tanto.
–Bueno pues, gasta un poco más, hombre. Suéltate un poco. Lleva a
la niña a Disney World.
–¿Cómo nos mantendremos en contacto?
–De momento, por correo electrónico, el sistema de Grinch. Soy un
auténtico mago de la informática, ¿sabes?
–¿Hasta qué extremo estás a salvo, papá?
–Lo peor ya ha pasado.
Lisa ya estaba de vuelta con Carrie, la cual quería regresar a la rodilla
saltarina. Joel la retuvo en sus brazos todo lo que pudo.
Padre e hijo entraron juntos en Union Station mientras Lisa y Carrie
esperaban en el automóvil. El bullicio y el ajetreo volvieron a poner nervioso
a Joel; le sería muy difícil librarse de las viejas costumbres. Tomó
un carrito y lo llenó con todas sus pertenencias.
Compró un billete para Filadelfia y, mientras ambos se encaminaban
lentamente hacia la zona de los andenes, Neal dijo:
–Quiero saber de verdad adonde vas.
Joel se detuvo y lo miró:
–Regreso a Bolonia.
–Allí tienes una amistad, ¿no es cierto?
–Sí.
–¿De sexo femenino?
–Pues sí.
–¿Por qué será que no me sorprende?
–No lo puedo evitar, hijo. Siempre ha sido mi debilidad.
–¿Es italiana?
–Mucho. Es auténticamente especial.
–Todas eran especiales.
–Ésta me salvó la vida.
–¿Sabe que regresas?
–Creo que sí.
–Por favor, ten cuidado, papá.
–Te veré dentro de un mes aproximadamente.
Ambos se abrazaron y se dijeron adiós.
FIN DE “EL INTERMEDIARIO”
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